
Mi mujer Rosa y yo nos conocimos cantando rock.
Tanto ella como yo somos miembros de la misma asociación, que celebra una reunión anual en la que sus miembros de España se reúnen, se organizan actividades y, básicamente, se encuentran con amigos que están lejos. Un grupo de amigos de esta asociación decidieron, allá por el año 2001, montar un grupo de rock, “Los Pelafustanes”, y actuar en estas reuniones anuales. Las razones: a todos ellos les gustaba el rock, y pensaban que podía ser divertido amenizar con un concierto una de las noches de la reunión.
El año 2002 me uní a los Pelafustanes. Tocamos versiones de temas de los 70 y los 80, sobre todo, que es lo que nos gusta. No tenemos música propia: bastante trabajo nos da hacer versiones. Porque, claro, no vivimos en la misma ciudad: todos los músicos viven en Madrid, y Rosa y yo vivimos en Barcelona. El repertorio lo discutimos y decidimos por Internet, bendita herramienta. El fin de semana de Todos los Santos, Rosa y yo viajamos a Madrid, y nuestro guitarra Javi nos acoge en su casa, en donde, en un fin de semana de convivencias, ensayamos el repertorio. Nos lo pasamos muy, pero que muy bien. Pero no es fácil: da mucho trabajo. Y además, tenemos que tomar el tren, y no es barato.
El año pasado, mi hijo nació durante el concierto. No quiero decir que Rosa se pusiese de parto mientras cantaba una de Bonnie Tyler: lo que pasó es que no pudimos ir a la reunión y el concierto fue en versión reducida (“Los Fustanes”, como los llamamos), y el niño nació esa misma tarde-noche. Para la reunión de este año nos habíamos preparado un repertorio amplio, como de 20 temas. La verdad es que es un poco exagerado para el poco tiempo de ensayo en común de que disponemos, pero oye, quién dijo miedo. Además, siempre acabamos haciendo lo mismo. Nos va el riesgo, mira. Servidor, además, se tuvo que preparar la batería de 8 temas, porque nuestro batería, Chito, el hombre orquesta, se dobla como multiinstrumentista y yo lo sustituyo. También nos habíamos preparado este año el “Wish You Were Here”, de Pink Floyd, para dedicarla a la memoria de una amiga de todos que un cáncer cruel y veloz nos arrebató hace unas semanas.
El viernes, con la maleta preparada y los ya conocidos nervios hormigueando en el estómago (la verdad es que no podía esperar a cantarle el “Cumpleaños Feliz” a Julià durante el concierto), la “huelga” de controladores se llevó por delante nuestro buen humor, nuestra ilusión y nuestro trabajo. Nuestro vuelo salía a las 7 de la mañana del sábado, de modo que esperamos hasta última hora por si no lo cancelaban, pero claro, lo cancelaron. Como todos los demás. El concierto se hizo, sin nosotros: el resto de músicos llegaron a la reunión en coche y, de prisa y corriendo, reorganizaron lo que pudieron e hicieron buena la frase “the show must go on”.
Los controladores que decidieron llevar a cabo la acción de todos conocida, y los que, como Fuenteovejuna, los siguieron, se han ganado decenas de millones de enemigos este fin de semana. Hablan de “derechos de los trabajadores”, como si hablasen de camareros de temporada o de mineros de Almadén. La realidad es que, esgrimiendo una espeluznante sangre fría y falta de escrúpulos, se han llevado por delante un trocito de la felicidad de millones de personas. No han hecho uso del derecho a huelga, que provoca muchos inconvenientes cuando está avisada, pero es la única medida de presión que poseen muchos trabajadores. No. Lo que han hecho ha sido utilizar los abundantes recursos a su disposición y secuestrar al país. Lo que han hecho es, básicamente, un golpe de estado “interruptus”. Es como si la División Brunete hubiese sacado los carros de combate a la calle para aterrorizar a la población, aprovechando que disponen de ese recurso: carros de combate.
Muchas imágenes terribles me han pasado por la cabeza estos días; en una de las más satisfactorias, un tren de ganado cargado de gente con trajes de Armani y Prada, certificados del mercado de futuros bajo el brazo y papelinas con blanca colombiana en el bolsillo para ayudar a pasar el estrés, se dirigía a toda máquina hacia Dachau o Bergen-Belsen. Bestial. Lamentablemente, como la justicia cósmica no existe y tampoco existe ninguno de los seres imaginarios con los que la mayor parte de la población prueba de consolarse en los momentos chungos, ni esta imagen ni nada parecido se hará realidad. Yo quisiera disponer de los mismos recursos y la misma falta de escrúpulos que esta caterva de delincuentes mal nacidos. Pero, por desgracia, no es así. Me tendré que tragar la mierda en solitario, y esperar un consuelo parcial por parte de la justicia. No espero obtenerlo, la verdad. Han jugado con mis sentimientos, y el que ha perdido soy yo.
Acabo de pasar unos días de vacaciones en Madrid. Una de las cosas que me fascina de las grandes ciudades son las librerías, y más aún, las librerías de lance. Sumergirse en una montaña de libros viejos me produce, creo yo, la misma sensación que debió poseer a Alí Babá después de pronunciar Sésamo, ábrete por primera vez, o al tío Gilito al inaugurar con una zambullida su primera piscina de dinero. Cierto que los tesoros de Babá y los dólares de Gil Pato eran todos valiosos, y la mayoría de libros de una librería de lance no interesan ni un carajo ni a mí ni a casi nadie. Razón de más para tener los ojos abiertos en busca de tu tesoro particular.
El mundo está lleno de idiotas se ha convertido últimamente en una de mis frases favoritas. La utilizo mucho, pero, eso sí, siempre con razón; y razones no me faltan, porque resulta que el mundo está lleno de idiotas. La asociación de listorros a la que pertenezco no es una excepción, como sabrán mis (14) lectores habituales. Últimamente he tenido la oportunidad de interactuar levemente con un par de ellos (de idiotas, no de lectores), y mira, de algo ha servido: para sacar material para una entrada del blog y para que mis amiguetes se echen unas risas.
Jesucristo nació en Belén el 1 de enero del año 1 (o sea, 1-1-1; no parece una fecha de nacimiento, sino más bien las medidas de algún artrópodo). Eso es bastante práctico, para qué negarlo. Y además es una de las fechas de nacimiento más molonas de la historia. Siempre ayuda cuando te la asignan a posteriori, claro.