En el club de listorros del que soy socio disponemos de una ficha en la que, entre otros datos más prosaicos, debemos especificar nuestras aficiones, con el loable propósito de encontrar almas gemelas que practiquen actividades de tipo similar y así poder echarse unas risas. Mi lista de aficiones es: Literatura, cine, cómic, teatro, escepticismo y pensamiento crítico, cría y engorde de enemigos. Las cuatro primeras no tienen mucha gracia; quizá sean las dos últimas las que tienen un poco de enjundia. Sobre todo la última.
Ya llevo casi 37 años arrastrándome por la superficie de esta bola de polvo con más o menos fortuna y, habiendo aprendido una cantidad no despreciable de cosas, una de las más útiles es la siguiente: la cantidad de gente que prefiero tener alejada de mi persona es muy grande. Alguien dirá: "mira qué listo, parece que haya inventado la sopa de ajo". Pues no. La diferencia entre un servidor de ustedes y casi todo el mundo es que con cierta frecuencia me permito el lujo de indicar mi desprecio a los afectados, generalmente por escrito y de forma pública. De este modo, un creciente número de homo sapiens de ambos sexos que podrían estar en la categoría de indiferentes pasan a la categoría de enemigos.
Por supuesto que, como todos, procuro mantener el tipo y poner cara de póquer o incluso sonreír si creo que el ejercicio de la hipocresía contribuye a evitar un mal mayor. En otras palabras: soy borde pero no estúpido. En cambio, si creo que alguien se merece ser puesto en evidencia, humillado y sometido a escarnio, lo hago. Mis campos de batalla suelen ser (aunque no siempre) las listas de correo, lugares peligrosos, porque los escritos quedan, mientras que las palabras habladas se las lleva el viento. Son lugares donde el gañán ignorante, el analfabeto funcional, el facha pseudoprogre y el vanidoso ombliguero se desmelenan sin pudor y quedan fielmente retratados. Y yo disfruto dedicándoles unos cuantos párrafos hirientes. Me cosquillea la tripa pensando en los cabreos que se pillan.
Las listas de correo del susodicho club de listorros son terreno abonado para la proliferación de este subgénero que tanto me gusta despreciar, por un sencillo motivo: como todos hemos pasado un test que dice que somos los más listos del mundo mundial, cualquier indocumentado se siente con autoridad para graznar sin complejos sus opiniones al viento en beneficio de la humanidad, como rezan los estatutos del club, elaborados sin duda durante una lisérgica orgía de pajas mentales.
La mayoría de personas, y es lógico, prefieren mantenerse en el nivel de indiferencia con relación a aquellos que les molestan. Para mí, en cambio, es un honor e incluso un deber aumentar la cuenta de personas que no pueden verme ni en pintura. Si estuviésemos en el Oeste en el siglo XIX, probablemente me callaría la boca debido al riesgo de recibir un balazo en la tripa; pero en un país (semi)civilizado como éste, ¿qué motivos tengo para callarme? De hecho, como suelo recordar a mis interlocutores, la libertad de expresión funciona en ambos sentidos: ellos tienen derecho a decir cualquier gilipollez y yo, por supuesto, tengo derecho a decir que lo es, siempre y cuando no incurra en algún delito castigado por el código penal. Por qué habría de guardarme la bilis que me hacen segregar estos desechos cerebrales, si tengo la posibilidad de vomitarla encima de ellos? Es para mí una cuestión de ética e higiene social.
El mundo está lleno de gente. La población mundial sobrepasa los seis mil millones de personas. Dejad que lo ponga en números, para que pilléis la dimensión: 6.000.000.000 de personas. Son 50.000 estadios del Barça llenos. Si viese a una persona por segundo, la población mundial tardaría más de 190 años en pasar por delante de mis ojos. En el mejor de los casos me quedan 40 o 50 años de vida. ¿Creéis que vale la pena perder un solo segundo haciendo el paripé por no ofender alguien a quien preferiríais ver debajo de las orugas de un carro de combate? Oh, no, nada de eso. Guerra a muerte.
Sólo hay una cosa que me inquieta: alguna persona lúcida dijo una vez "conoceréis a los hombres no por la calidad de sus amigos, sino por la de sus enemigos" (o algo parecido). Qué pena; según este criterio bastante razonable, mi calidad no debe de ser muy alta. Pero no hay problema: seguiré intentándolo. Y, como dijo mi admirado Cyrano,
A force de vous voir vous faire des amis,
Et rire à ces amis dont vous avez des foules,
D'une bouche empruntée au derrière des poules!
J'aime raréfier sur mes pas les saluts,
Et m'écrie avec joie: un ennemi de plus!
(Lo lamento por los que no lean francés; en fin, siempre nos quedará el Power Translator.)
Ya estaba todo preparado a la espera de Fuster, que llegó cargado con sus regalos y señaló imperativamente la chimenea apagada, olisqueó el vino y puso la mesa mientras Carvalho buscaba en la biblioteca el libro que iba a servir de combustible base para la fogata. Eligió un libro de versos de Justo Jorge Padrón y un pequeño librito con dos piezas teatrales de Beckett, "La última cinta" y "Acto sin palabras". Fuster examinó los libros antes de que Carvalho los desguazara y quemara.
Vamos a ver: ¿qué es un rey? Hasta donde yo sé, un rey es una persona que, por el hecho de haber nacido por un agujero determinado, tiene poder sobre una serie de miles o millones de personas, sus "súbditos". No es relevante el hecho de que el poder que ostenta un rey sea relativo: lo relevante es que estas figuras paleolíticas, estos vestigios del pasado, sigan sobreviviendo. El Juanca, ese sujeto que ocupa el palacio de la Zarzuela, no parece un mal tipo. Un poco bobo, pero quién no lo es si en tu familia hace siglos que se casan primos con primos. Su hija mayor sí parece claramente disminuida, pero gracias a la ley sálica no hay muchas probabilidades de que ocupe el trono, por lo que da bastante igual (corrección: parece que no estoy muy al día porque, según el artículo 57.1 de la consti, Elena la premio Nobel es la segunda en la línea sucesoria; ¡que el Gran Pitufo nos coja confesados!). A mí lo que me jode es que exista la monarquía. Que una estirpe de personas reciban una corona y unas atribuciones que nos afectan a todos por la genética gracia de Dios. Que tenemos monarquía parlamentaria? Pues veréis, yo soy partidario de aplicar la navaja de Occam también a este caso: simplifiquemos. Si es "parlamentaria", para qué "monarquía"? Acaso no hay un parlamento? Cómo, que se necesita una figura representativa del estado en los organismos internacionales? Bien: elijamos un presidente de la república. Que sale más caro? Lo pago con gusto, sólo por el placer de saber que su mandato tiene una duración limitada y que depende de los votos de las personas, aun cuando piense que la mayoría de los votantes son unos catetos. Qué importa que la monarquía ya exista y que haya que cambiar muchas cosas para hacerla desaparecer? Quiere eso decir que tenemos monarquía para toda la eternidad? Qué sentido tiene hablar de eternidades en un estado (supuestamente) aconfesional? Somos personas. Acaso no tenemos todo el derecho a que sean personas, no entidades suprahumanas de duración indefinida, las que nos representen? Quién que no sea un estúpido, un carca, un inconsciente, un pervertido o cualquier combinación de los anteriores, puede desear la continuidad de la monarquía a estas alturas de la historia?
Me ofende también este pacto (semi)tácito de no agresión entre los periodistas y escritores y la casa real. Por qué? A cuento de qué no se puede tocar al rey? Sabéis que el artículo 56.3 de la Constitución dice: "La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad."? Por favor, estamos en el siglo 21! No 11, no 15, sino 21! Han pasado más de 200 años desde el Liberté, egalité, fraternité, pero en este país, y en otros muchos, no parecemos habernos enterado del todo de lo de la igualdad. Hordas de subnormales (así a bote pronto, no sé por qué, me viene a las mientes Luis María Ansón, de cuya imagen podéis disfrutar a la derecha) se siguen postrando, física o mentalmente, ante las figuras coronadas. Pues mira: yo creo que el único rey que tiene sentido es el del ajedrez. Sobre todo porque le puedes dar jaque mate.
Vivimos en una sociedad extraña. Parece obvio que, para una parte muy grande de la población, dios ha muerto. Lamentablemente, la mayoría de personas siguen necesitando un mecanismo de creencias para funcionar, lo cual no dice mucho positivo sobre la humanidad. El caso es que, muerto dios, ha surgido una cohorte de nuevas creencias en las que consumir parte de las calorías que se pasean por nuestro infrautilizado cerebro. Las llamadas “medicinas alternativas” constituyen una parte importante de este conjunto de creencias, y la homeopatía o medicina homeopática es, probablemente, junto con el uso de infusiones medicinales, la campeona en número de adeptos.
He dejado voluntariamente para el final cierto tipo de pseudosuicidio: me refiero al que algunas personas utilizan como herramienta para buscar la atención de los demás. Suele consistir en atiborrarse de pastillas para dormir o de lo primero que pillan por el botiquín de casa. Me parece una forma frívola de tratar con la vida y con la muerte, la verdad, y creo que no tiene mucho que ver con lo que he intentado decir en estas líneas.