Hace un par de meses se celebraron los 20 años de la emisora que suelo escuchar, Catalunya Ràdio. R. consiguió unas entradas para ir al Liceu a escuchar el concierto conmemorativo del aniversario, de modo que a las 20:30 aparecimos por allí para disfrutar por la cara (como toda la concurrencia) del evento.
El concierto consistió esencialmente en una colección de piezas de lo que yo suelo llamar "rock rural", es decir, musiquilla de medio pelo perpetrada por grupejos catalanes cuyo mérito exclusivo es el idioma y que en un país normal no hubiese salido de la cuadra en la que se ensayó, arreglada para orquesta y coro con mayor o menor fortuna (generalmente menor).
Lo que me dejó bastante frito fue el remate: la orquesta y los coros interpretaron Els Segadors, el himno nacional de Catalunya, como era de esperar. Todo bien hasta ahí. Al cabo de unos compases, la gente empezó a levantarse. Sin prisa pero sin pausa, unos segundos más tarde el Liceu entero, puesto en pie, coreaba Els Segadors. Bueno, todos menos yo, que estaba alucinado tomando fotos y vídeos con la digital. La mayoría no sabía qué hacer con los brazos, de modo que había de todo: gente que se los ponía detrás o los cruzaba, otros que los apoyaban sobre la baranda. Como en la iglesia, vamos. Los americanos nos ganan en esto: mano al corazón y a otra cosa.
Llevo muy, pero que muy mal, lo del patriotismo. Después de haber visto (era pequeñajo, pero me acuerdo; además, sé leer) la exaltación ridícula de los valores patrios que se ejercía como norma durante el franquismo, el simple sonido de la palabra "patria" me provoca urticaria. Cualquier patria. Tengo asociado el concepto a que determinada gente sea atropellada, vilipendiada, reprimida o directamente asesinada en nombre de una patria. Porque, claro, la patria de uno es mejor que la patria de los demás. Las razones no importan: el concepto "patria" no es racional. Racional es "nación", "estado" o "país". "Patria", no; la "patria" va directa a los cojones, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las 20.000 pesetas. A los cojones de la turbamulta, de la mayoría desgraciada y aburrida que no entiende de matices. A los de las jaurías de militares sedientos de poder. Oscar Wilde, lúcido sin parangón, dijo "Patriotism is the virtue of the vicious", El patriotismo es la virtud de los perversos. Las personas que enarbolan banderas me dan miedo; me llevo mucho mejor con los que las queman (desgraciadamente, con frecuencia son los mismos cretinos: queman unas banderas para luego enarbolar otras). Ya hace unos meses mencionaba la bandera monstruosa que los camisaviejas mal reciclados que nos gobiernan habían colgado en la plaza de Colón, en Madrid, con la pretensión de rendirle un homenaje mensual. Patriotismo constitucional, le llaman. El adjetivo es para disimular; en realidad es el mismo patriotismo ultramontano de siempre. El mismo del "arriba España" en el festival de Eurovisión. Y da el mismo miedo.
Como reflexionó hace unos días mi cuñado J., otro tipo lúcido, la situación de indefinición nacional que vivimos en Catalunya es relativamente cómoda. ¿Independencia? Sí, me parecería bien; mejor que lo que hay. Seguiría viajando al resto de España a ver a mis amigos, con la salvedad de que ahora no sería "el resto de", y la gestión de los recursos sería más próxima, lo cual me parece deseable. Pero, ¿patriotismo? No, gracias. Puedes meterte tus banderas por el ojete, que servidor se va a hacer islandés. Y que me dejen en paz.
Seguro que todos los habéis visto por las calles de vuestra ciudad, pueblo o campo de refugiados: al volante de un coche radicalmente modificado respecto de su aspecto original, pelo cortado a lo búho, música chumba-chumba a 170 decibelios. Son los maxituning, el último insecto humanoide transgénico de nuestra querida sociedad. Los hay de muchos colores, tendencias e intensidades, como la estantería de yogures del supermercado, y no todos son igual de gusanos. Veamos sus características.