20030831

Patriotismo
Hace un par de meses se celebraron los 20 años de la emisora que suelo escuchar, Catalunya Ràdio. R. consiguió unas entradas para ir al Liceu a escuchar el concierto conmemorativo del aniversario, de modo que a las 20:30 aparecimos por allí para disfrutar por la cara (como toda la concurrencia) del evento.

El concierto consistió esencialmente en una colección de piezas de lo que yo suelo llamar "rock rural", es decir, musiquilla de medio pelo perpetrada por grupejos catalanes cuyo mérito exclusivo es el idioma y que en un país normal no hubiese salido de la cuadra en la que se ensayó, arreglada para orquesta y coro con mayor o menor fortuna (generalmente menor).

Lo que me dejó bastante frito fue el remate: la orquesta y los coros interpretaron Els Segadors, el himno nacional de Catalunya, como era de esperar. Todo bien hasta ahí. Al cabo de unos compases, la gente empezó a levantarse. Sin prisa pero sin pausa, unos segundos más tarde el Liceu entero, puesto en pie, coreaba Els Segadors. Bueno, todos menos yo, que estaba alucinado tomando fotos y vídeos con la digital. La mayoría no sabía qué hacer con los brazos, de modo que había de todo: gente que se los ponía detrás o los cruzaba, otros que los apoyaban sobre la baranda. Como en la iglesia, vamos. Los americanos nos ganan en esto: mano al corazón y a otra cosa.

Llevo muy, pero que muy mal, lo del patriotismo. Después de haber visto (era pequeñajo, pero me acuerdo; además, sé leer) la exaltación ridícula de los valores patrios que se ejercía como norma durante el franquismo, el simple sonido de la palabra "patria" me provoca urticaria. Cualquier patria. Tengo asociado el concepto a que determinada gente sea atropellada, vilipendiada, reprimida o directamente asesinada en nombre de una patria. Porque, claro, la patria de uno es mejor que la patria de los demás. Las razones no importan: el concepto "patria" no es racional. Racional es "nación", "estado" o "país". "Patria", no; la "patria" va directa a los cojones, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las 20.000 pesetas. A los cojones de la turbamulta, de la mayoría desgraciada y aburrida que no entiende de matices. A los de las jaurías de militares sedientos de poder. Oscar Wilde, lúcido sin parangón, dijo "Patriotism is the virtue of the vicious", El patriotismo es la virtud de los perversos. Las personas que enarbolan banderas me dan miedo; me llevo mucho mejor con los que las queman (desgraciadamente, con frecuencia son los mismos cretinos: queman unas banderas para luego enarbolar otras). Ya hace unos meses mencionaba la bandera monstruosa que los camisaviejas mal reciclados que nos gobiernan habían colgado en la plaza de Colón, en Madrid, con la pretensión de rendirle un homenaje mensual. Patriotismo constitucional, le llaman. El adjetivo es para disimular; en realidad es el mismo patriotismo ultramontano de siempre. El mismo del "arriba España" en el festival de Eurovisión. Y da el mismo miedo.

Como reflexionó hace unos días mi cuñado J., otro tipo lúcido, la situación de indefinición nacional que vivimos en Catalunya es relativamente cómoda. ¿Independencia? Sí, me parecería bien; mejor que lo que hay. Seguiría viajando al resto de España a ver a mis amigos, con la salvedad de que ahora no sería "el resto de", y la gestión de los recursos sería más próxima, lo cual me parece deseable. Pero, ¿patriotismo? No, gracias. Puedes meterte tus banderas por el ojete, que servidor se va a hacer islandés. Y que me dejen en paz.
Los otros profesores
Ayer (o más bien, esta madrugada) dediqué una entrada a algunos de mis profesores; de la escuela, del instituto... Personas de las que aprendí en positivo. Hay, sin embargo, otras formas de aprender. No puedo dejar de recordar a algunas de las personas que me hicieron crecer por contraste. Porque me mostraron el lado negro de la gente. Malas experiencias que también te cambian, a veces para bien, otras no tanto. No han sido muchas, en parte porque las he evitado y en parte porque las he olvidado. El tiempo obra maravillas.

Recuerdo a A., que para mi desgracia me acompañó desde la escuela hasta la universidad. Era un verdadero cabrón, una de esas personas a las que no conviene dar la espalda; azote de débiles, maestro de hipócritas, con más dobleces que un abanico. Exhibía una blanquísima sonrisa que engañaba a casi todo el mundo. Menudo elemento.

En el instituto tuve una profe de filosofía, cuyo nombre he olvidado piadosamente, que dedicaba la totalidad de sus clases a dictar sus apuntes. No sólo no tenía ni idea de lo que se traía entre manos, sino que tampoco transmitía ni el más mínimo interés por su materia. Una verdadera desgracia, un modelo en negativo. Qué pérdida de tiempo.

En la mili, lugar/hecho que se caracteriza por su aleatoriedad, conocí a una buena colección de gente en absoluto recomendable. Recuerdo especialmente al capitán F., que disfrutaba como un gorrino aterrorizando a la tropa con su proverbial mala hostia y su gratuidad. El ejercicio gratuito del poder es lo peor. No se puede caer más bajo como persona. Pero él disfrutaba con ello. Aunque no había que irse a los escalafones profesionales para observar este tipo de comportamiento: entre los soldados de reemplazo venidos a más (o sea, cabos y cabos primero) era el pan nuestro de cada día.

Mi última experiencia negativa con personas cercanas es muy reciente, y no entraré a comentarla; algunos de mis lectores la conocen. Es lástima; ha minado gravemente mi confianza en las personas. Y total, para nada. Maldita sea mil veces.
Profesores
A estas alturas del siglo, quien más quien menos ha sufrido una etapa de formación académica de longitud variable en función de los intereses de cada cuál, o de razones más esotéricas. Uno suele tener como referencia de esta etapa, años después, los profesores por cuyas manos ha, metafóricamente, pasado. La naturaleza de los recuerdos es variable. Pero siempre queda un grupo, pequeño, de gente a la que se recuerda más. Personas que dejaron su huella, que modelaron parte de nuestra forma de ser, de ver y de vivir. Personas importantes.

Recuerdo a Tere, mi profesora de párvulos. Acababa de abrir su parvulario (que todavía posee y dirige) en mi calle. Entonces era poco más que una niña, pero para mí representó el primer adulto con quien tenía un trato cotidiano, aparte de mi familia. Le tengo cariño a Tere.

También tengo presentes a varios de mis profes de egb, o primaria, como se dice ahora. Don Ángel, de primero, al que echaba mi mini-mano para enseñar a leer a mis compis, porque servidor ya llegó al cole leyendo. María Pilar, de tercero, siempre risueña y cariñosa con todos, una madraza. Froilán, de quinto, progresista y comprometido, que robaba horas de otras materias para enseñarnos catalán medio destrangis. Eugenio Escura, de octavo, seco y austero como su tierra aragonesa. Buena gente.

El instituto, como a muchos, me cambió. De niño a no-se-sabe-qué, pero algo distinto. En realidad fueron las personas, claro: Pilar Jaime, Victoria Vives, Paco Anguera, Sara Freijido, Sofía Coca, Javier Martínez de Albéniz, Vicente Atanes, Jaume Auferil. Pilar, Victoria, tan pedagógicas pero tan distintas. Sara, que amaba la literatura con pasión, y lo transmitía. Paco, que me enseñó a pensar y no creer, a cuestionar, a pararme a reflexionar. Sofía, dulce sin quererlo, de la que casi todos estuvimos medio colgados en secreto. Jaume, frío como un témpano y finamente irónico. Vicente, jeta y socarrón, que nos animaba de forma solapada para que convirtiésemos sus clases de historia en debates sobre los temas que nos interesaban. Javier, al que aún veo de vez en cuando, maestro más que profesor. Hubo otros pero, francamente, no me importaron tanto.

No sé cómo terminar esta entrada. Nadie conoce a las personas que cito y, por tanto, las referencias no son válidas. Pero escribirla ha sido para mí como dar las gracias. Y me gusta dárselas a aquellas personas que hacen algo por mí.

20030813

Conoce a tu enemigo: el maxituning
(Con esta entrada recupero una antigua serie del e-zine Nameshifter, que mi amigo v4vendetta y yo publicamos durante unos años y al que todavía podéis acceder en http://fly.to/nameshifter. Servidor solía encargarse de la serie en cuestión, aportando de este modo una cierta utilidad psicosocial al e-zine. O algo parecido.)

Seguro que todos los habéis visto por las calles de vuestra ciudad, pueblo o campo de refugiados: al volante de un coche radicalmente modificado respecto de su aspecto original, pelo cortado a lo búho, música chumba-chumba a 170 decibelios. Son los maxituning, el último insecto humanoide transgénico de nuestra querida sociedad. Los hay de muchos colores, tendencias e intensidades, como la estantería de yogures del supermercado, y no todos son igual de gusanos. Veamos sus características.

El principal rasgo distintivo de los maxituning es su coche. No el modelo de su coche, sino el aspecto del mismo. El coche de un maxituning tiene alerones, faldones laterales, frontales y traseros, vidrios tintados, volante de competición, asientos envolventes (recaro, si pueden permitírselos), entradas de aire suplementarias en el capó, limpiaparabrisas aerodinamizados, retrovisores integrados, faros antiniebla megapotentes (no importa que vivan en una zona donde la última vez que hubo niebla se convocó un congreso de meteorólogos) y, muy importante, una inmensa pegata en la parte alta del parabrisas frontal con el nombre de su taller de tuning favorito. Estos complementos, junto con el equipo de música, del que hablaremos luego, les han costado entre 7 y 26 veces lo que pagaron por el coche en sí. Es un misterio la procedencia de la pasta con la que costean el tuneado del vehículo, pero, dado el nivel cerebral predominante en esta subespecie, es fácil imaginárselos trapicheando con rulas y farlopa en las discotecas de makineo de la zona. También están los mañosos (o profesionales del tema) que se lo curran todo personalmente, a los que se identifica por los añadidos de fibra de vidrio aún sin pintar.

El coche de un maxituning tiene un complemento necesario sin el cuál no es nada: el equipo de música. No se trata de un equipo de música normal: el equipo de música de un maxituning tiene un booster de graves y un juego de altavoces y subwoofers capaz de transformar los primeros compases de "Smoke on the water" en un terremoto de 7 grados en la escala abierta de Richter. El reproductor tiene muchas luces muy horteras, a juego con el propietario, y un cargador de 4 millones de CD en el maletero, que ocupa el espacio que dejan libres los altavoces (lo que convierte el maletero del coche del maxituning en un espacio inútil para el transporte de maletas, cosa que no tiene importancia, porque estos entes nunca viajan debido a un trastorno psiquiátrico denominado "falta de interés por el universo en general"). El equipo de música del maxituning es como la sirena de una ambulancia: anuncia su llegada 25 minutos antes de que ésta se produzca. Tiene, además, una función secundaria benéfica, que es llenar de música la vida, quizá aburrida, de los habitantes de la esfera de influencia sónica móvil del coche, incrementando de este modo el nivel de alegría y felicidad de éstos, salvo en casos en los que sólo incrementa el nivel de ganas de salir a la calle y lanzar un adoquín contra la dentadura del maxituning a 150 kilómetros por hora.

He hablado del equipo de música del maxituning, pero no de la música que le pone cachondo. Debo decir algo: estoy convencido de que existe un contubernio mundial de capullos para denominar "música" a lo que el maxituning escucha. Se trata de variantes de lo que en su momento se denominó "máquina" (ahora, al parecer, se debe escribir "makina", sin acento y con k, según las normas ortográficas modernas) de diferentes pelajes, todas ellas caracterizadas por una especie de "buda-buda-buda" en la frecuencia de resonancia de la caja torácica que impide cualquier pensamiento coherente, cosa que no representa ningún problema en el caso de los maxituning. A veces, como variante b, la novia del maxituning pone discos de los chicos de operación triunfo que el maxituning declara detestar pero que, en realidad, le chiflan, como a cualquier votante del PP (y a algunos ex-progres disidentes y entes ontológicamente complejos).

El maxituning representa el futuro del país. Es necesario, por tanto, cuidarlo, puesto que acabará pagando nuestra pensión. Otra solución sería exterminarlos a todos e irse a otro país cuyo futuro no sean los maxituning, pero el concepto "exterminio" es ligeramente fascista, por no hablar del pequeño impedimento que representa el código penal. Deberemos, por tanto, resignarnos a su existencia y aprender a evitarlos, porque para mí que se contagia: el otro día pasó por mi lado un tío con un R9 tuneado y me entraron deseos de equipar mi bólido (que, por cierto, se llama "Hipótesis") con un sistema de óxido nitroso para las salidas de los semáforos. Canela fina.