Antonio Gala nació en Andalucía, estoy seguro. En alguna parte de Andalucía, lo sé por el acento. Bueno, también podría ser Extremadura. En fin, nació.A Gala en el cole todos le pegaban de collejas porque ya hablaba con ese deje de que lo han interrumpido en mitad de su café con leche y está molesto, o algo.
Gala tenía un chucho que se llamaba Troylo. Un día le dio por ponerse a escribir charlas con Troylo. Eso es cojonudo para un tío que lo que realmente pretende es impartir su sabiduría de entidad humanoide sensible al mundo sin que nadie le dé una réplica, porque los perros no hablan, ni siquiera los de Gala. Luego el chucho se murió y Gala se quedó muy triste, pero no lo suficiente como para dejar de dar la brasa. Tiene varios premios de los fabricantes de bastones de todo el orbe, y lleva un pañuelito al cuello, lo cuál es muy práctico en caso de estrangulamiento; en concreto, para el estrangulador.
Cuando veo a Gala por la tele me acuerdo del chiste de la loca que cuenta un amigo mío, gay para mas señas. Dice así: ¿Cuál es la diferencia entre un tumor y una loca? Que algunos tumores son benignos. Alguien debería contarle a Gala, pero haciéndoselo entender, a capones si es preciso, que no es necesario utilizar el mismo chip de amaneramiento para escribir y para salir por la tele. A él le gustaría ser Oscar Wilde o Truman Capote, pero se ha quedado en Corín Tellado con exceso de adjetivación. Como Gala ya es mayorzote, un día de estos se morirá, como su chucho Troylo, y la lengua castellana perderá a uno de sus mayores exponentes, o logaritmos, o cotangentes, y la progresía bienpensante lo lamentará públicamente a grandes voces. A la malpensante, en cambio, nos chupará un pie.
Teresa de Jesús, llamada también Teresa de Ávila, nació en Ávila; y además, en 1515. Ante la perspectiva de pasar buena parte del siglo XVI en Ávila (villa sin duda dotada en la época de una trepidante animación cultural; ahora no sé, no tengo el gusto) decidió hacer lo que haría cualquier persona inteligente: quedarse en Ávila y hacerse monja. Ella era así, una chica brillante. Una vez en el convento, su afición a los estupefacientes y/o las sustancias psicoactivas (dicen que si el cornezuelo; pues igual sí, porque no me imagino un convento, en Ávila, en el siglo XVI, con un suministro regular de LSD; aunque digo yo que lo más probable es que tuviese algún trastorno con la secreción -excesiva, claro- de neurotransmisores) la sumía en tremebundos globos que ella, con la modestia que la caracterizaba, se empeñaba en denominar "éxtasis místicos". En ellos veía a toda la patulea celestial: Jeová, el niño y la madre que lo parió (o sea, María), con ángeles y trompetones dorados de los de Jericó y todo. Una vez también vio un ornitorrinco, pero ya le pareció demasiado raro y decidió que casi mejor reducía las dosis. Cuando se aburría, entre viaje y viaje (sin moverse del sitio), escribía cosas como "Vivo sin vivir en mí/y tan alta vida espero/que muero porque no muero.", pasaje que todos los profesores de literatura de la historia de la humanidad española han enseñado a sus alumnos como si se tratase de algún prodigio artístico (a mí siempre me han parecido los mediocres desvaríos de una fanática con un problema grave de drogadicción; pero en fin, para gustos, colores). Luego también se puso a fundar conventos. De carmelitas, se ve. Y al final se murió. Y luego cogieron su cadáver y lo hicieron a cachicos y lo repartieron por toda la cristiandad. Franco, que era un tío enrrollao, tenía un brazo, al que llamaban "el brazo incorrupto de santa Teresa"; a fe mía que era el brazo incorrupto con peor aspecto que he visto en mi vida. Y ya nada más de interés. Bueno, sí: la hicieron santa.
Dr. House:
Las personas de mi generación recordamos bien a Gloria Fuertes en la televisión de nuestra infancia: una señora ya mayor con aspecto más bien hombruno, pelo corto y traje chaqueta anticuado, rodeada de críos que la miraban mientras ella recitaba uno de sus poemas infantiles con su característica y archi-imitada voz rota/cazallesca. Sus poemas eran simples; muchos los confundían (los confundíamos) con poemas tontos, y pensábamos que su autora, con ese aspecto tan poco atractivo y femenino, debía de ser también tonta. Qué inmenso error. Gloria Fuertes era una poetisa excepcional. Tuvieron que pasar más de 20 años para que, por azar, la redescubriese y me diese cuenta de ello navegando por la página