En mi libro de francés hay una imagen, ésa de al lado, en la que se muestran los "diez derechos del lector". Estos derechos aparecen en el ensayo del novelista y ensayista francés Daniel Pennac Comme un roman (Como una novela), en el que habla sobre la lectura y los lectores. Para los no francoleyentes, traduciré estos derechos, que me parecen no sólo razonables, sino incluso brillantes:
1. Derecho a no leer
2. Derecho a saltarse páginas
3. Derecho a no terminar un libro
4. Derecho a releer
5. Derecho a leer cualquier cosa
6. Derecho al bovarismo (enfermedad transmisible textualmente)
7. Derecho a leer en cualquier lugar
8. Derecho a hojear
9. Derecho a leer en voz alta
10. Derecho a callarnos
Sabéis cómo empieza Comme un roman? Pues empieza diciendo que el verbo leer no admite el imperativo, y que en eso se parece a verbos como soñar o amar. Como ya he dicho muchas veces, cómo envidio a la gente que sabe ser clara y concisa.
Forzar a leer es un error. Se puede llevar una vida normal sin leer, y la prueba es que una mayoría lo hace. Desengañémonos, el mundo es de los no lectores. Si no va a ser un placer, mejor no leer. Pero no: los dogmáticos de la igualdad han decidido que toda la población debe, por decreto-ley, alucinar bellotas con la letra impresa. Cre-ti-nos. Repito: cre-ti-nos.
Contaré mi caso, que es el que conozco. El motivo de que yo lea no es que en la escuela, y luego en el instituto, me forzasen a ello. En todo caso, sigo leyendo a pesar de ello. Leo porque no puedo no hacerlo. Prefiero que me peguen un tiro en la rodilla a que me quiten la posibilidad de leer.
No tengo una mala vida; incluso diría que no puedo quejarme de mi vida. Lo que sucede es que no me basta con la mía: tengo que vivir otras, muchas, miles de ellas. Tengo que hacerlo porque puedo hacerlo, y lo hago a través de las letras, en algún lugar del cerebro que llevo puesto, quiera o no quiera, las 24 horas del día. Ese es mi mundo, y se alimenta de Times New Roman.

La religiosidad, a mi nada humilde entender, es una etapa que debe superarse. La moral no tiene por qué estar conectada con ningún mito sobrenatural: surge de las personas, y tiene que ver, entre otras cosas más profundas de las que un día hablaré o no, con la necesidad y/o la conveniencia de engrasar la convivencia de los grupos. El miedo al qué habrá después de es una enfermedad infantil, y puede curarse, porque yo lo he hecho. Y ningún fantasma peludo, con barba y bigote, túnica, cara de acidez de estómago y un triángulo (o un círculo) en la cabeza me va a castigar por lo que digo. Porque para eso tendría que existir primero. Vamos, digo yo. Resumiendo: me cago en dios. Aunque piense que los claustros románicos son cojonudos.

