Antonio Gala nació en Andalucía, estoy seguro. En alguna parte de Andalucía, lo sé por el acento. Bueno, también podría ser Extremadura. En fin, nació.A Gala en el cole todos le pegaban de collejas porque ya hablaba con ese deje de que lo han interrumpido en mitad de su café con leche y está molesto, o algo.
Gala tenía un chucho que se llamaba Troylo. Un día le dio por ponerse a escribir charlas con Troylo. Eso es cojonudo para un tío que lo que realmente pretende es impartir su sabiduría de entidad humanoide sensible al mundo sin que nadie le dé una réplica, porque los perros no hablan, ni siquiera los de Gala. Luego el chucho se murió y Gala se quedó muy triste, pero no lo suficiente como para dejar de dar la brasa. Tiene varios premios de los fabricantes de bastones de todo el orbe, y lleva un pañuelito al cuello, lo cuál es muy práctico en caso de estrangulamiento; en concreto, para el estrangulador.
Cuando veo a Gala por la tele me acuerdo del chiste de la loca que cuenta un amigo mío, gay para mas señas. Dice así: ¿Cuál es la diferencia entre un tumor y una loca? Que algunos tumores son benignos. Alguien debería contarle a Gala, pero haciéndoselo entender, a capones si es preciso, que no es necesario utilizar el mismo chip de amaneramiento para escribir y para salir por la tele. A él le gustaría ser Oscar Wilde o Truman Capote, pero se ha quedado en Corín Tellado con exceso de adjetivación. Como Gala ya es mayorzote, un día de estos se morirá, como su chucho Troylo, y la lengua castellana perderá a uno de sus mayores exponentes, o logaritmos, o cotangentes, y la progresía bienpensante lo lamentará públicamente a grandes voces. A la malpensante, en cambio, nos chupará un pie.