20021029

La esencia
En el periódico de hoy venía un pequeño reportaje acerca de las personas que se ven obligadas a cuidar de sus padres, abuelos u otros parientes enfermos de Alzheimer. Hablaba sobre la extraordinaria dureza de esa misión ingrata y sin ninguna compensación más que constatar que, al menos, la persona a la que cuidas no muere de desnutrición o septicemia.

No he tenido la desgracia de pasar por una situación así. A la madre de uno de mis mejores amigos se le diagnosticó Alzheimer poco después de jubilarse. Había sido profesora toda su vida, y la jubilación se abría ante sus ojos como una caída hacia el abismo. El mundo es, a menudo, cruel.

En el entorno en el que casi todos nos movemos, la vida es el bien supremo. Se idolatra a la vida (quizá viendo en ella el reflejo de aquello divino que muchos creen que tenemos) como el don que debemos preservar, y a toda costa. Bueno, no está mal como planteamiento inicial, pero cabría preguntarse cuál es la esencia del hombre. Pregunta complicada? Desde luego, y abierta a múltiples interpretaciones. Ésta es, únicamente, la mía.

El hombre es extraordinariamente complejo. Se percibe a sí mismo, se ve como parte de un todo mayor, es consciente de que es, en definitiva. Cada uno lo es de formas diversas, pero quizá eso sea lo que nos hace humanos.

Cuando alguna circunstancia nos impide ejercer nuestra propia autoconciencia, nuestra percepción de nosotros mismos como individuos, o la realización práctica de ésta, nos está arrebatando nuestra esencia. Nuestra esencia no es la vida: las plantas están vivas, y mi hámster también lo está. Es otra cosa. No me estoy refiriendo a nada sobrenatural. Me estoy refiriendo a hechos, situaciones, estados, que hacen que seamos A y no B.

Pondré un ejemplo: hace años vi una obra de teatro interpretada por Josep Maria Flotats; se llamaba El dret d'escollir, y era un alegato a favor de la eutanasia protagonizado por un escultor que, debido a un accidente, había quedado tetrapléjico, postrado en una cama. El escultor no tenía la posibilidad física de matarse, pero quería acabar con su vida. No se trataba de una simple depresión, algo que le podría haber sucedido si hubiese quedado simplemente imposibilitado de cintura para abajo, o si sus riñones hubiesen quedado afectados condenándolo a diálisis de por vida. Se trataba de algo completamente distinto: la esencia de esa persona, la forma como él se veía, era ser escultor. El accidente le había arrebatado algo mucho más valioso que la vida: le había arrebatado a su persona. Le había convertido en otro. Y él no quería ser otro.

La consecuencia terrible del Alzheimer es la demencia. Y es terrible porque el demente pierde lo único que tiene de valor: a sí mismo. No su vida, sino su esencia. No hay nada peor que eso. Cualquier otra cosa, por dura, por injusta, por dolorosa que sea, puede superarse. Pero cuando nos hemos perdido a nosotros mismos ya no nos queda nada. La muerte es, en tales casos, no menos que un acto de compasión. Espero no tener que verme jamás en una circunstancia así sin ser capaz de proporcionarme una retirada digna, mientras aún siga siendo yo y no ese otro que no quiero ser.

20021028

L'Ovidi
(Esta entrada la redacté ayer por la noche, pero no he podido colgarla hasta esta misma mañana. Blogger me estuvo gastando jugarretas durante unas horas. Lo digo porque, obviamente, no suelo cenar a las ocho de la mañana - N. del A.)
Cenaba hace cosa de una hora. No había podido decidirme por ninguna película, de modo que estaba haciendo algo de zapping sin demasiadas esperanzas. Me equivocaba: hoy he pillado una perla. En el Canal 33 ponían un reportaje sobre Ovidi Montllor.

Tengo casi 36 años, pero no hubiese tenido ni idea de la existencia de la Nova Cançó si no fuese por mi hermana mayor. Ella pilló el mogollón de la transición con toda su potencia. Yo solo pasaba por allí. Pero algunas cosas se me pegaron, por simple proximidad o por curiosidad, quién sabe. Ovidi fue una de esas cosas.

Ovidi Montllor era de Alcoi, lo que da para mucha coña. Era un tío menudo y más bien feo. Su voz tampoco era, digamos, bonita, aunque eso siempre depende de los gustos; a mí sí me gustaba; quizá fuese por una especie de vanidad presentida, ya que mi tono de voz actual es muy similar al suyo. Hacía canciones con poemas, poemas que eran canciones, ironía y crítica oculta, como tocaba en la época. Siempre me cayó bien Ovidi. En el año 75 apareció en un papel principal en Furtivos, una dura película de José Luis Borau, y más gente empezó a conocerlo. Yo tenía su imagen asociada a la portada del álbum suyo que corría por casa, Un entre tants. Me había aprendido, con mi catalán de castellanoparlante con facilidad para los sonidos ajenos, una canción que me hacía mucha gracia, La fera ferotge. La cantaba en el colegio, en la clase de música de un profesor medio rojillo que tenía en quinto curso de EGB, Froilán Galindo se llamaba, un tipo comprometido y buena gente, también valenciano, creo que de Manises. Mucho tiempo después supe que la letra de esa canción también era una metáfora.

Ovidi fue condenado al ostracismo al pasar la transición. No fue una condena real, pero no importa, el efecto fue parecido. Diez o doce años después alguien se acordó de su existencia y empezó a aparecer de nuevo por los escenarios con una cierta regularidad, siempre con su inseparable guitarrista, Toti Soler. Sobre todo, en recitales de poesía en los que Ovidi ponía, como siempre, el alma. La misma alma que se le escapó por la garganta, a través de un cáncer, en el año 1995. Ovidi había nacido en 1942. Su muerte me llenó de una pena extraña. Hacía mucho tiempo que no le prestaba ninguna atención. En otras palabras, se había transformado en un recuerdo. Supongo que nunca sabemos cuál es el poder de los recuerdos.

Una de las canciones que Ovidi compuso la dedicó a una maestra de su infancia (no se trataba de una verdadera maestra, pero eso no tiene importancia). Ese individuo feo y de aspecto eternamente desaliñado sacó de algún lugar una ternura sin medida y la moldeó en forma de canción. Se llama Homenatge a Teresa, y es una de esas canciones que soy incapaz de escuchar sin que los ojos se me llenen de lágrimas y la garganta de nudos; otra es Blue Valentines de Tom Waits. No la traduciré, porque no deseo dañarla; simplemente la transcribiré:

Homenatge a Teresa (Ovidi Montllor)

Com un record d'infantesa
sempre recordaré
a la Teresa,
ballant el vals.

Potser fou l'últim fet
amb algú que estimés
abans que un bombardeig
la tornés boja.
Tots els xiquets la seguíem,
i en un solar apartat
ens instruïem
al seu voltant.
Mig descabellonada
ens mostrava les cuixes
i ens donava lliçons
d'anatomia.
Ella ens va dir d'on veníem
i que els reis de l'Orient
no existien,
ni llops ni esperits.

Ens parlava de l'amor
com la cosa més bonica
i preciosa.
Sense pecats.
Ens ensenyà a ballar
a cantar i a estimar.
D'això ella era
la que més en sabia.
Amb una floreta al seu cap
i un mocador negre al coll
i faldes llargues
i un cigarret.
Va ser la riota dels grans,
i la mestra més volguda
dels infants.

Ara de gran comprenc
tot el que per tu sent
i et llence un homenatge
als quatre vents.

Com un record d'infantesa
sempre et recordaré a tu, Teresa,
ballant el vals.

20021020

Valek
Hace ya bastantes años, seguro que diez o doce al menos, tuve que hacer una de esas dolorosas limpiezas de librotes y papelotes en casa de mi madre. Fundamentalmente me dediqué a librarme de los libros de texto que había utilizado en la EGB, que creo que ahora se llama Primaria; es decir, el período de mi escolarización entre los 5 y los 13 años. Conservé algunos, muy pocos, de esos libros; la mayoría de ellos estaban bastante deteriorados, bastante obsoletos o me interesaban bastante poco. Recuerdo que conservé todos los libros de lectura de Santillana (todos ellos se llamaban Senda, e iban numerados del 3 al 8), que me proporcionaron muy buenos momentos, aunque reconozco que no los volví a abrir jamás. El resto se fueron a la basura, o al trapero, no sé.

Sin embargo, hubo un caso especial. En el libro de lenguaje de primero de EGB, destripado, desesquinado y hecho papilla, había una pequeña lectura acerca de un caballo. El caballo se llamaba Valek, y lo habían representado con ese encantador dibujo que reproduzco al lado. No recuerdo la historia más que de forma fragmentaria; sé que el caballo era propiedad de un soldado, Vanja Valeska, que el soldado se moría y Valek lloraba, muy apenado por su muerte, y que un gitano que tocaba el violín, Jarosh, recogía a Valek y éste volvía a ser feliz. No parece una historia muy complicada; después de todo, se trataba de una historia para enseñar a leer a niños de 5 o 6 años (bueno, para enseñar a leer a los otros niños; yo ya sabía). Pero no me importa la historia en sí: lo que a mí se me quedó grabado fue el dibujo de Valek. Ese caballico hecho de cuatro trazos y adornado con una crin, o más bien un flequillo, rojo fue el primer contacto con el concepto bello que recuerdo. En ese momento no creo que conociese la palabra, pero lo que sentí es que alguien, un dibujante más que anónimo, un ilustrador de libros de texto de principios de los 70, había captado la esencia de Valek, aquello que debía hacer que cayese simpático a esos primeros lectores, y la había plasmado en ese dibujo, tan simple, tan sintético, que no podía serlo más. Eso fue lo que pasó entonces por mi reducida cabeza; o, en todo caso, algo muy parecido. He visto y admirado muchos dibujos para niños después, un género que tiene mucho que ver con el cómic, pero Valek se me quedó grabado con tinta indeleble.

Pasaron muchos años hasta ese día de limpieza. Ese día indulté el dibujo de Valek, Vanja Valeska y Jarosh, lo recorté del libro y lo pegué en mi escritorio, el mismo lugar en el que me sentaba para trabajar, o fingirlo, en las tareas de la universidad. El contraste con el resto de la decoración me agradaba, pero la decoración no tenía nada que ver. Sólo yo sabía por qué Valek estaba allí.

Hace unos días despegué el dibujo del viejo escritorio y me lo llevé. Está amarillo por el tiempo, tal como lo podéis ver en la foto, pero no importa: en mi cabeza, Valek siempre será un caballo blanco que llora porque se ha muerto su dueño. Valek también fue mi primer contacto con la muerte. No sería el último.
Paco
Esta mañana he abierto los ojos poco antes de las diez; alas, estaba solo en la cama, nada extraño si tenemos en cuenta que también lo estaba cuando me fui a dormir, pasadas las cinco de la madrugada. En todo caso, me he despejado en unos minutos de encima la acechante sensación de lazy sunday morning prefrustrado, he reptado hacia el interior de la misma ropa que llevaba ayer (mi madre siempre me decía eso de "cámbiate los calzoncillos, que mira qué pensaran de ti en el hospital si te pasa algo"; mi madre es que es así muy de pueblo) y he salido a desayunar. He comprado El país, ya no sé si por gusto, por costumbre o por esnobismo, y luego he encaminado mis pasos más bien cansinos hacia el bar de Paco.

El bar de Paco se llama en realidad Stock, pero francamente no creo que ni el santísimo corazón de María Ostiz tenga ni pajolera idea de la existencia de ese nombre; yo lo he mirado específicamente para escribir esto. Para mí que todo el mundo lo llama simplemente "el bar de Paco". Paco es un sujeto de edad indeterminada, yo diría que entre 50 y 60, pero no sé. Es cubano, aunque supongo que debe llevar montones de años aquí (digo supongo porque en realidad lo ignoro prácticamente todo de él). Es un tipo amable, un dueño de bar servicial y más bien discreto, de voz suave y disposición atenta. Hace casi cuatro años que voy a desayunar a su bar quizá una vez por semana, a veces más, otras menos. Al principio pedía siempre un café con leche y una caña de cabello de ángel, que Paco invariablemente iba a comprar al instante en la panadería de la puerta de al lado, especialmente para mí, alegando que las que tenía en la bandeja eran del día anterior. Luego empecé a pedir café con leche y croissant, una combinación mucho más estándar y menos susceptible de provocar accesos de amabilidad profesional en Paco.

Cuando voy a desayunar al bar de Paco siempre llevo el diario; me coloco en la primera mesa, una mesita redonda de mármol situada demasiado cerca de la barra como para que los que pasan lo hagan con comodidad, y despliego el diario, que ocupa el noventa y siete por ciento del espacio de mesa disponible una vez apartado el cenicero que no voy a utilizar. Luego llega Paco con la taza de café con leche y el plato con el croissant (recuerdo que solía cortar la caña en tres; el croissant no, prefiere dejarlo entero), los distribuye como puede en el casi inexistente espacio libre, y aún consigue encajar un servilletero. La rutina que sigue no tiene mucho misterio: con una calma que reservo para esas situaciones ojeo, más que leer, el diario, saltándome las docenas de secciones que no me interesan, mientras mojo los cuernos del croissant en el café con leche. Cuando mi desayuno ya ha desaparecido me quedo un rato más, pasando páginas lentamente, sólo porque sí. Luego le pregunto a Paco lo que le debo, pago y me voy. Esos dos fragmentos de conversación, el pedido y el cobro, son y han sido mi única comunicación con él en todas estas ocasiones.

El bar de Paco es un bar de barrio, humilde y no muy cuidado, pero bien. Suelen acudir a él los parroquianos que uno puede imaginar acudiendo a un bar de barrio: gente de talleres, señoras con carros, ludópatas que se dejan en la tragaperras lo que tienen y lo que no, viejos con perros canijos y casi tan viejos y malcarados como ellos, personas así, cada una con su historia. En una de las paredes, encima de la plancha, un cartel con una lista de bocadillos llama la atención, pues está encabezada por un par de especialidades criollas que deben ser, barrunto yo, una de las pocas concesiones nostálgicas de Paco a la tierra de la que salió. Me sorprendería que más de una persona por período del cometa Halley pidiese alguno de esos bocadillos, ajenos a nuestra glorificada cultura mediterránea.

El recinto del bar está dividido en dos, la barra en sí, con algunas mesas, y un cuarto lateral más espacioso que contiene más mesas y un televisor con satélite, que por las mañanas suele vomitar lindezas como Gran Hermano o una de las tertulias marujiles habituales de esas horas, siempre a gran volumen. A veces alguien mira el televisor, pero la mayor parte del tiempo está solo para dar ambiente, o lo que sea que den esos programas. Al principio me resultaba molesto, pero ahora lo encuentro tan indisociable del bar de Paco que, si un día no estuviese, me daría una molesta impresión de funeral. Hasta los más inconformistas y rompepelotas somos, supongo, alimañas de costumbres.

Me cae bien Paco. A lo mejor me equivoco y en realidad es una fiera corrupia, pero me inclino a pensar que no es así, que su actitud de recién llegado que quiere agradar y su calva cubierta de mala forma por una docena de cabellos peinados estratégicamente lo revelan como la persona de buen trato que creo que es. Probablemente nunca lo sepa. Puede que un día vea un cartel en el bar de Paco que diga "Cerrado por defunción del dueño" y sienta, como en tantas ocasiones, que otro de mis vínculos con la realidad se ha convertido en humo, el humo blanco y aromático de un Montecristo del uno. Aunque también puede ser que eso no suceda.

20021004

Sagan
No es la primera vez que menciono a Carl Sagan. Hace unos meses leía The Demon-Haunted World (El mundo y sus demonios, en la edición espanis) y hablaba sobre el entusiasmo pegadizo de ese hombre. Pues bien, hace unos días visité amazon.com para, por enésima vez, contemplar con avidez la página en la que aparecía la DVD Boxed Set Collector's Edition de la serie Cosmos. Esta vez, sin embargo, fue distinta: me la compré. Precio: unos 145 euros, con gastos de envío. O sea, una cantidad significativa de pasta. Pero, ¿sabéis?, recuperar un recuerdo de infancia no tiene precio. Y eso es Cosmos para mí: una referencia directa a lo que pasaba por mi cabeza cuando la serie fue emitida por primera vez, en el año 81 o quizá 82, no lo recuerdo con exactitud. En esa época yo era un sujeto de 14 o 15 años, más niño que adolescente, con un extraordinario interés por una serie de cosas que no interesaban mucho a la mayoría de gente que me rodeaba (salvo quizá a algunos buenos amigos del instituto, amigos que he conservado). Las ciencias me fascinaban, aunque lo ignoraba casi todo sobre ellas. Mis profesores de ese ramo no contribuían mucho a abrirme los ojos (recuerdo algunas muy honrosas excepciones: Javier Martínez de Albéniz, Victoria Vives... qué se habrá hecho de Victoria?), pero no me importaba, o al menos no era muy consciente de ello: explotaba mis relativamente limitados recursos y lograba mantener ese estado de embobamiento por el mundo que, en mayor o menor grado, ha sobrevivido hasta ahora.

Luego vino Cosmos. Durante los 13 episodios que duró aprendí mucho, y sobre todo me contagié de ese entusiasmo infinito que Sagan imprimía a sus amenas explicaciones. En los medios audiovisuales nunca ha habido un divulgador como Sagan. Lo suyo era nato. Podía tomar en sus dedos una semilla de diente de león (un "dandelion", qué bonita palabra inglesa, probablemente un préstamo del francés) y utilizarla en una metáfora no especialmente elaborada ni erudita, pero que te dejaba con la boca abierta, como el primer día que oíste los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda. Y lo mejor: esa metáfora no era un simple adorno: encajaba dentro de la explicación que la incluía y, lo que es más importante, contribuía a hacerla más clara, más atractiva y más fácil de recordar. Sagan era el profesor que todos hubiésemos querido tener.

He vuelto a ver los cinco primeros episodios de la serie, y he sentido lo mismo que sentí (o lo que recuerdo que sentí, nunca podemos saber si nuestros recuerdos son fiables, y lo más probable es que no lo sean) la primera vez. El idioma español, seguro que por desconocimiento mío, me parece menos adecuado que el inglés para, si no describir, sí al menos esbozar, esa sensación; los ingleses disponen del sustantivo awe (la raíz del adjetivo awesome), una palabra que se me antoja cuasionomatopéyica. Sentado en el sofá, delante de la tele, no soy el dilettante que muchos conocen, borde, socarrón, cínico e irremediablemente pesimista. Soy, en cambio, ese cachorro apenas salido de la infancia y de los juegos de indios y vaqueros al que le acaban de regalar la lámpara de Aladino, el mismo que fui en el año 81 o quizá 82, no lo recuerdo con exactitud.

Algunos de los episodios de la edición en DVD van acompañados de una breve coda denominada, convenientemente, Cosmos Update, en la que el propio Carl Sagan, 10 años después, agrega aspectos nuevos o matiza algunas de las afirmaciones de la serie original. Son principios de los 90, y Sagan está algo más delgado y considerablemente más envejecido que en los episodios originales. Una rara forma de cáncer está acabando con él, y se lo llevará al otro barrio en 1996, con sólo 62 años.

20021003

Perder antes de perder
Este fin de semana he tenido ensayo. Canto con un grupo de amiguetes, tenemos un concierto en noviembre. Hay cuatro músicos y cinco cantantes, y estamos repartidos entre Barcelona y Madrid, por lo que no es fácil que nos podamos encontrar para ensayar. Hacía meses que teníamos esto preparado, y yo estaba muerto de ganas de ir. Salió genial, conocí a gente que vale la pena y conocí más a otras personas que ya sabía que valían la pena, pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de una sensación. Una sensación que sentí repetidamente durante todo el fin de semana.

Seguro que lo que voy a contar no es una novedad, y que le ha pasado a 20 mil millones de personas desde el inicio de los tiempos. Me pasa lo siguiente: siento que estoy incapacitado para disfrutar por completo de cualquier situación, hecho o circunstancia agradable, cualquiera, porque no puedo quitarme de la cabeza que dicha situación es perecedera. Que se va a terminar. Que lo que sí, luego ya no. Inventé hace años un nombre para esto, no sé si tiene uno de verdad: lo llamo sensación de pérdida anticipada. Es una mierda, y no se la deseo a casi nadie.

Esta sensación no respeta nada. La siento mientras estoy mirando una película que me está fascinando, al leer un libro con el que me lo estoy pasando en grande, en mitad de un viaje y sí, también, en mitad de un polvo. No diré que me arruina el momento, pero me deja pensando que las cosas podrían haber sido mejores. Peores también, pero eso tiene que ver con la entropía y la ley de Murphy, no con lo que a mí me pase por la cabeza.

Con mi dilatada experiencia de monogamia múltiple (Henrietta a Charles en Four weddings and a funeral, película recomendada), he sufrido esta sensación en compañía de todas y cada una de mis sucesivas parejas galantes. También ha sido así, pero en una medida extraordinariamente más grande, en la casta compañía de aquellas a las que pretendí y nunca tuve, cicatrices que acaban ajando la piel, joven sólo en apariencia.

A veces me pregunto si no será un obvio efecto secundario del mucho pensar. Yo no sé qué pasa por la cabeza de las personas. Uno siempre se siente especial porque su punto de vista es privilegiado: cada uno es la única persona que puede mirarse a sí mismo desde dentro, independientemente de las gilipolleces románticas de culebrón del tipo te conozco como si estuviese dentro de ti o eres transparente para mí, por eso te quiero tanto, corassón, comentarios tan falsos como cretinos. Pero me voy del tema: decía si no será que simplemente no hay forma de detener este continuo sacar conclusiones y darle vueltas a las células grises, y siempre siguiendo la dirección entrópica, la del caos, el desorden máximo y la ruina. Quizá sea eso lo que llaman pesimismo. Aunque yo siempre he creído que un pesimista era un optimista informado.

Soy moderadamente feliz, a veces incluso bastante feliz. Ni me quejo ni aspiro a más, por la razón simple de que creo que no puedo. La sensación de pérdida anticipada, ese parásito, está ahí. No puedo matarlo. Él ganará la guerra, pero que no piense que le va a ser fácil.