20021230

Lógica
Ella mira el mar
Él la mira a ella
Él mira el mar

(inspirado por la película El lado oscuro del corazón)

20021218

Asesinato selectivo
Esta mañana leía El País (el de papel, el electrónico es ahora de pago) en el bar de Paco. Una de las cosas que suelo leer es la columna "Visto/Oído", que Eduardo Haro Tecglen firma desde hace años en un rincón, al final de las páginas de economía que no me interesan ni una mierda. El de hoy era especialmente brillante, y sin permiso alguno lo reproduzco íntegro (después de copiarlo a mano; no suelo hacer esto a menudo, pero el artículo se lo vale). Ni que decir tiene que comulgo plenamente con Haro Tecglen:

Asesinato selectivo
(Eduardo Haro Tecglen, El País, 20021218)
Los moralistas de tiempos mejores nos ponemos un poco nerviosos ante la orden de Bush de que sus agentes maten a unas cuantas personas acusadas por él de terroristas; así demostramos lo tontos que somos Parece que preferimos que destrocen los países que suponen que les albergan. Parece que no se ha hecho nunca. La lucha que llevamos durante siglos estos moralistas sonados acabará con nosotros, no con ellos. Oí la tertulia de don Federico en La Brújula (COPE, de la Iglesia española) en la que explicaba que es mejor matar a unos cuantos si se evita con ello la agresión contra las Torres Gemelas. Otro, quizá él mismo, decía que si hubiera tenido la ocasión de matar a Hitler lo hubiera hecho, y alguno añadió que también a Stalin. El asesinato preventivo, equivalente a la guerra preventiva que aprueba ya la ONU si la hace Estados Unidos. También había algún tonto útil que manifestaba su deseo de mantener un orden moral. Generalmente, el terrorismo sirve para todo a quien quiere, también, matar: le encubre. El caso es que estos "asesinatos selectivos" existen ya, que Sharon les dio el nombre y el arma, que Estados Unidos los ha practicado ya y que es posible que todo poder tenga las manos manchadas de sangre, y todos los perfumes de Arabia no conseguirán limpiarla, como le pasaba a Lady Macbeth, ejemplo de crímenes de Estado como asesinatos selectivos.

Quizá sea más angustiosa la decisión del mismo Bush/Macbeth de pagar a los periodistas -¡del mundo!- por medio de una oficina militar que debe difundir los argumentos en defensa de los intereses de EE.UU. Si no se tiene moral, se compra. Por lo que llevo "visto y oído", no es difícil, y tampoco es una novedad. Últimamente se hacía con discreción, y se negaba; hubo un tiempo en el que se hacía declaradamente y los soviéticos hicieron el AGIT-Prop (agitación y propaganda) mientras los nazis creaban el Ministerio de Propaganda y daban mucho, mucho dinero. Los moralistas tontos estábamos contentos de que aquellas cosas cesaran, y no cesaban: se pagaba a escondidas. Volvemos a la declaración del horror como superioridad. En la política de Estados Unidos se acuñó hace tiempo la frase de "speaking frankly", hablar francamente. Bush responde admirablemente: pagar al periodista, matar al enemigo, bombardear al que, quién sabe, le puede bombardear a él.
Pavarotti 6
Hacía mucho tiempo, más de un mes, que no hacía ninguna entrada. Supongo que la causa se podría denominar "agitación vital multiforme". Puede que algún día entre en detalles. También puede que no. Es mi blog y lo administro como me da la gana.

Mi hámster, Pavarotti 5, murió la semana pasada. Me lo encontré frito debajo de su rueda, con el cuerpo aplanado, en una tanatoposición tirando a indigna (cosa que a él le importaba más bien poco, puesto que estaba muerto). Un hámster miniatura es un bicho al que le puedes coger, o al menos es mi caso, una cantidad limitada de cariño, por lo que sentí su muerte durante unos segundos y, acto seguido, lo envolví en un papel de cocina y lo tiré por el water. Recquiescat in pace.

Unos días después, el sábado, R. y yo pasamos por los puestos de animales de las Rambles, en donde adquirí (por cierto, 4 euros, cada vez son más baratos) a ese bicho tan mono cuya imagen acompaña esta entrada. Le llamé, en un alarde de imaginación, Pavarotti 6. Creo que una vez conté por qué mis hámsters se llaman así, pero como me da pereza verificarlo, lo contaré aquí: el día en que compré el primero, también en las Rambles, éste soltó un agudo gritito al cogerlo por el cuello. Como no esperaba que un bicho tan minúsculo (no creo que pasase de los 4 o 5 cm de longitud) se expresase con tamaña estentoreidad, y dada la proximidad del Gran Teatre del Liceu, decidí ponerle un nombre de tenor, Pavarotti. No me importó mucho que me dijesen, segundos después, que se trataba de una hembra, puesto que de todos modos no pensaba dejarla ejercer como tal. Así que Pavarotti se quedó. Tiempo después, cuando Pavarotti ya iba por su tercer recambio, compré un ratón enano, mus japonica, al que llamé Carreras. Mis intenciones ocultas (bueno, en realidad eran públicas y notorias y se las revelaba a cualquiera que me escuchase) era formar un trío de roedores que pensaba completar con la adquisición de un jerbo al que, por supuesto, llamaría Domingo. Lamentablemente, Carreras murió a causa de un espectacular quiste en el cuello antes de que pudiese completar mi trío de belcantistas amantes de las pipas de girasol. Fue una pena, y el hecho acabó con mis ínfulas de promotor operístico. Quizá haya sido mejor así, porque me he ahorrado que el juez Garzón, que ahora persigue de oficio (y de puro aburrimiento, debe ser) a la gente que habla mal de la familia real por Internet, me buscase las cosquillas.

20021113

Verdades
Hace un par de días venía en "El país" el chiste de Forges que acompaña a esta entrada. Me interesa especialmente la parte de "Y si cuela cuela, y si no da igual". Enlaza, de hecho, con algo que he leído hoy también en "El país", acerca de la represión por parte de la policía afgana de una protesta de estudiantes en la universidad de Kabul. Cito textualmente: "Según el Ministerio del Interior, la represión ha provocado una víctima mortal, mientras que un portavoz de los estudiantes señaló que seis jóvenes habían muerto durante la protesta. La televisión afgana, por su parte, aseguró que se produjeron dos muertos y cinco heridos". Podemos extraer la siguiente consecuencia por la cuenta de la vieja: 1+6+2 = 9; 9/3 = 3 estudiantes muertos. O algo así.

Tanto el ministerio del interior afgano como la televisión y los estudiantes están hablando de entidades contables. Un muerto es uno y dos muertos son dos. Pero no. El número de muertos importa una mierda. En esta caricatura de sociedad la verdad no depende de los hechos, sino de cuántas veces se repite una información y el volumen al que se repite, que depende a su vez de las capacidades de cada cual, sea persona o institución, para emitir información al público. Si lo dices más veces y más alto que el vecino, es completamente superfluo quién diga la verdad: te van a creer a ti. La razón es triste, pero obvia: es más sencillo creer que pensar. Creer es un hecho automático, casi diría que reptiliano. Sólo hay que ver, por poner un ejemplo, una explanada llena de musulmanes con turbante doblando el espinazo en dirección al Este. La liturgia ya la pensó alguien, el resto se limita a seguirla y procurar no perder el control del esfínter anal durante la inclinación.

Cómo, me pregunto, es posible llegar a la verdad en un caso como el expuesto? Me contesto: no es posible. Lo más que se puede hacer es una media aritmética estándar como la que yo he hecho, para llegar a la conclusión de que, más o menos, deben haber recogido tres cadáveres. A los muertos, después de todo, ya no les importa lo que se diga de ellos.

La verdad, me refiero a los hechos, se ha convertido en un concepto caduco y obsoleto, barrido por el relativismo posmoderno de estos tiempos. Ya no hay verdad, sino verdades. De repente, un muerto es algo subjetivo. Se lo podrían preguntar a la novia del muerto número 4, el pobre desgraciado que se ha quedado fuera de la media aritmética. Pero nadie lo hará.

20021112

Cumpleaños
Ayer cumplí años. 36. Un cuadrado perfecto. Y que cumpla muchos más. También tomé (o retomé) conciencia de que lo único que me gusta agridulce es la salsa.

20021029

La esencia
En el periódico de hoy venía un pequeño reportaje acerca de las personas que se ven obligadas a cuidar de sus padres, abuelos u otros parientes enfermos de Alzheimer. Hablaba sobre la extraordinaria dureza de esa misión ingrata y sin ninguna compensación más que constatar que, al menos, la persona a la que cuidas no muere de desnutrición o septicemia.

No he tenido la desgracia de pasar por una situación así. A la madre de uno de mis mejores amigos se le diagnosticó Alzheimer poco después de jubilarse. Había sido profesora toda su vida, y la jubilación se abría ante sus ojos como una caída hacia el abismo. El mundo es, a menudo, cruel.

En el entorno en el que casi todos nos movemos, la vida es el bien supremo. Se idolatra a la vida (quizá viendo en ella el reflejo de aquello divino que muchos creen que tenemos) como el don que debemos preservar, y a toda costa. Bueno, no está mal como planteamiento inicial, pero cabría preguntarse cuál es la esencia del hombre. Pregunta complicada? Desde luego, y abierta a múltiples interpretaciones. Ésta es, únicamente, la mía.

El hombre es extraordinariamente complejo. Se percibe a sí mismo, se ve como parte de un todo mayor, es consciente de que es, en definitiva. Cada uno lo es de formas diversas, pero quizá eso sea lo que nos hace humanos.

Cuando alguna circunstancia nos impide ejercer nuestra propia autoconciencia, nuestra percepción de nosotros mismos como individuos, o la realización práctica de ésta, nos está arrebatando nuestra esencia. Nuestra esencia no es la vida: las plantas están vivas, y mi hámster también lo está. Es otra cosa. No me estoy refiriendo a nada sobrenatural. Me estoy refiriendo a hechos, situaciones, estados, que hacen que seamos A y no B.

Pondré un ejemplo: hace años vi una obra de teatro interpretada por Josep Maria Flotats; se llamaba El dret d'escollir, y era un alegato a favor de la eutanasia protagonizado por un escultor que, debido a un accidente, había quedado tetrapléjico, postrado en una cama. El escultor no tenía la posibilidad física de matarse, pero quería acabar con su vida. No se trataba de una simple depresión, algo que le podría haber sucedido si hubiese quedado simplemente imposibilitado de cintura para abajo, o si sus riñones hubiesen quedado afectados condenándolo a diálisis de por vida. Se trataba de algo completamente distinto: la esencia de esa persona, la forma como él se veía, era ser escultor. El accidente le había arrebatado algo mucho más valioso que la vida: le había arrebatado a su persona. Le había convertido en otro. Y él no quería ser otro.

La consecuencia terrible del Alzheimer es la demencia. Y es terrible porque el demente pierde lo único que tiene de valor: a sí mismo. No su vida, sino su esencia. No hay nada peor que eso. Cualquier otra cosa, por dura, por injusta, por dolorosa que sea, puede superarse. Pero cuando nos hemos perdido a nosotros mismos ya no nos queda nada. La muerte es, en tales casos, no menos que un acto de compasión. Espero no tener que verme jamás en una circunstancia así sin ser capaz de proporcionarme una retirada digna, mientras aún siga siendo yo y no ese otro que no quiero ser.

20021028

L'Ovidi
(Esta entrada la redacté ayer por la noche, pero no he podido colgarla hasta esta misma mañana. Blogger me estuvo gastando jugarretas durante unas horas. Lo digo porque, obviamente, no suelo cenar a las ocho de la mañana - N. del A.)
Cenaba hace cosa de una hora. No había podido decidirme por ninguna película, de modo que estaba haciendo algo de zapping sin demasiadas esperanzas. Me equivocaba: hoy he pillado una perla. En el Canal 33 ponían un reportaje sobre Ovidi Montllor.

Tengo casi 36 años, pero no hubiese tenido ni idea de la existencia de la Nova Cançó si no fuese por mi hermana mayor. Ella pilló el mogollón de la transición con toda su potencia. Yo solo pasaba por allí. Pero algunas cosas se me pegaron, por simple proximidad o por curiosidad, quién sabe. Ovidi fue una de esas cosas.

Ovidi Montllor era de Alcoi, lo que da para mucha coña. Era un tío menudo y más bien feo. Su voz tampoco era, digamos, bonita, aunque eso siempre depende de los gustos; a mí sí me gustaba; quizá fuese por una especie de vanidad presentida, ya que mi tono de voz actual es muy similar al suyo. Hacía canciones con poemas, poemas que eran canciones, ironía y crítica oculta, como tocaba en la época. Siempre me cayó bien Ovidi. En el año 75 apareció en un papel principal en Furtivos, una dura película de José Luis Borau, y más gente empezó a conocerlo. Yo tenía su imagen asociada a la portada del álbum suyo que corría por casa, Un entre tants. Me había aprendido, con mi catalán de castellanoparlante con facilidad para los sonidos ajenos, una canción que me hacía mucha gracia, La fera ferotge. La cantaba en el colegio, en la clase de música de un profesor medio rojillo que tenía en quinto curso de EGB, Froilán Galindo se llamaba, un tipo comprometido y buena gente, también valenciano, creo que de Manises. Mucho tiempo después supe que la letra de esa canción también era una metáfora.

Ovidi fue condenado al ostracismo al pasar la transición. No fue una condena real, pero no importa, el efecto fue parecido. Diez o doce años después alguien se acordó de su existencia y empezó a aparecer de nuevo por los escenarios con una cierta regularidad, siempre con su inseparable guitarrista, Toti Soler. Sobre todo, en recitales de poesía en los que Ovidi ponía, como siempre, el alma. La misma alma que se le escapó por la garganta, a través de un cáncer, en el año 1995. Ovidi había nacido en 1942. Su muerte me llenó de una pena extraña. Hacía mucho tiempo que no le prestaba ninguna atención. En otras palabras, se había transformado en un recuerdo. Supongo que nunca sabemos cuál es el poder de los recuerdos.

Una de las canciones que Ovidi compuso la dedicó a una maestra de su infancia (no se trataba de una verdadera maestra, pero eso no tiene importancia). Ese individuo feo y de aspecto eternamente desaliñado sacó de algún lugar una ternura sin medida y la moldeó en forma de canción. Se llama Homenatge a Teresa, y es una de esas canciones que soy incapaz de escuchar sin que los ojos se me llenen de lágrimas y la garganta de nudos; otra es Blue Valentines de Tom Waits. No la traduciré, porque no deseo dañarla; simplemente la transcribiré:

Homenatge a Teresa (Ovidi Montllor)

Com un record d'infantesa
sempre recordaré
a la Teresa,
ballant el vals.

Potser fou l'últim fet
amb algú que estimés
abans que un bombardeig
la tornés boja.
Tots els xiquets la seguíem,
i en un solar apartat
ens instruïem
al seu voltant.
Mig descabellonada
ens mostrava les cuixes
i ens donava lliçons
d'anatomia.
Ella ens va dir d'on veníem
i que els reis de l'Orient
no existien,
ni llops ni esperits.

Ens parlava de l'amor
com la cosa més bonica
i preciosa.
Sense pecats.
Ens ensenyà a ballar
a cantar i a estimar.
D'això ella era
la que més en sabia.
Amb una floreta al seu cap
i un mocador negre al coll
i faldes llargues
i un cigarret.
Va ser la riota dels grans,
i la mestra més volguda
dels infants.

Ara de gran comprenc
tot el que per tu sent
i et llence un homenatge
als quatre vents.

Com un record d'infantesa
sempre et recordaré a tu, Teresa,
ballant el vals.

20021020

Valek
Hace ya bastantes años, seguro que diez o doce al menos, tuve que hacer una de esas dolorosas limpiezas de librotes y papelotes en casa de mi madre. Fundamentalmente me dediqué a librarme de los libros de texto que había utilizado en la EGB, que creo que ahora se llama Primaria; es decir, el período de mi escolarización entre los 5 y los 13 años. Conservé algunos, muy pocos, de esos libros; la mayoría de ellos estaban bastante deteriorados, bastante obsoletos o me interesaban bastante poco. Recuerdo que conservé todos los libros de lectura de Santillana (todos ellos se llamaban Senda, e iban numerados del 3 al 8), que me proporcionaron muy buenos momentos, aunque reconozco que no los volví a abrir jamás. El resto se fueron a la basura, o al trapero, no sé.

Sin embargo, hubo un caso especial. En el libro de lenguaje de primero de EGB, destripado, desesquinado y hecho papilla, había una pequeña lectura acerca de un caballo. El caballo se llamaba Valek, y lo habían representado con ese encantador dibujo que reproduzco al lado. No recuerdo la historia más que de forma fragmentaria; sé que el caballo era propiedad de un soldado, Vanja Valeska, que el soldado se moría y Valek lloraba, muy apenado por su muerte, y que un gitano que tocaba el violín, Jarosh, recogía a Valek y éste volvía a ser feliz. No parece una historia muy complicada; después de todo, se trataba de una historia para enseñar a leer a niños de 5 o 6 años (bueno, para enseñar a leer a los otros niños; yo ya sabía). Pero no me importa la historia en sí: lo que a mí se me quedó grabado fue el dibujo de Valek. Ese caballico hecho de cuatro trazos y adornado con una crin, o más bien un flequillo, rojo fue el primer contacto con el concepto bello que recuerdo. En ese momento no creo que conociese la palabra, pero lo que sentí es que alguien, un dibujante más que anónimo, un ilustrador de libros de texto de principios de los 70, había captado la esencia de Valek, aquello que debía hacer que cayese simpático a esos primeros lectores, y la había plasmado en ese dibujo, tan simple, tan sintético, que no podía serlo más. Eso fue lo que pasó entonces por mi reducida cabeza; o, en todo caso, algo muy parecido. He visto y admirado muchos dibujos para niños después, un género que tiene mucho que ver con el cómic, pero Valek se me quedó grabado con tinta indeleble.

Pasaron muchos años hasta ese día de limpieza. Ese día indulté el dibujo de Valek, Vanja Valeska y Jarosh, lo recorté del libro y lo pegué en mi escritorio, el mismo lugar en el que me sentaba para trabajar, o fingirlo, en las tareas de la universidad. El contraste con el resto de la decoración me agradaba, pero la decoración no tenía nada que ver. Sólo yo sabía por qué Valek estaba allí.

Hace unos días despegué el dibujo del viejo escritorio y me lo llevé. Está amarillo por el tiempo, tal como lo podéis ver en la foto, pero no importa: en mi cabeza, Valek siempre será un caballo blanco que llora porque se ha muerto su dueño. Valek también fue mi primer contacto con la muerte. No sería el último.
Paco
Esta mañana he abierto los ojos poco antes de las diez; alas, estaba solo en la cama, nada extraño si tenemos en cuenta que también lo estaba cuando me fui a dormir, pasadas las cinco de la madrugada. En todo caso, me he despejado en unos minutos de encima la acechante sensación de lazy sunday morning prefrustrado, he reptado hacia el interior de la misma ropa que llevaba ayer (mi madre siempre me decía eso de "cámbiate los calzoncillos, que mira qué pensaran de ti en el hospital si te pasa algo"; mi madre es que es así muy de pueblo) y he salido a desayunar. He comprado El país, ya no sé si por gusto, por costumbre o por esnobismo, y luego he encaminado mis pasos más bien cansinos hacia el bar de Paco.

El bar de Paco se llama en realidad Stock, pero francamente no creo que ni el santísimo corazón de María Ostiz tenga ni pajolera idea de la existencia de ese nombre; yo lo he mirado específicamente para escribir esto. Para mí que todo el mundo lo llama simplemente "el bar de Paco". Paco es un sujeto de edad indeterminada, yo diría que entre 50 y 60, pero no sé. Es cubano, aunque supongo que debe llevar montones de años aquí (digo supongo porque en realidad lo ignoro prácticamente todo de él). Es un tipo amable, un dueño de bar servicial y más bien discreto, de voz suave y disposición atenta. Hace casi cuatro años que voy a desayunar a su bar quizá una vez por semana, a veces más, otras menos. Al principio pedía siempre un café con leche y una caña de cabello de ángel, que Paco invariablemente iba a comprar al instante en la panadería de la puerta de al lado, especialmente para mí, alegando que las que tenía en la bandeja eran del día anterior. Luego empecé a pedir café con leche y croissant, una combinación mucho más estándar y menos susceptible de provocar accesos de amabilidad profesional en Paco.

Cuando voy a desayunar al bar de Paco siempre llevo el diario; me coloco en la primera mesa, una mesita redonda de mármol situada demasiado cerca de la barra como para que los que pasan lo hagan con comodidad, y despliego el diario, que ocupa el noventa y siete por ciento del espacio de mesa disponible una vez apartado el cenicero que no voy a utilizar. Luego llega Paco con la taza de café con leche y el plato con el croissant (recuerdo que solía cortar la caña en tres; el croissant no, prefiere dejarlo entero), los distribuye como puede en el casi inexistente espacio libre, y aún consigue encajar un servilletero. La rutina que sigue no tiene mucho misterio: con una calma que reservo para esas situaciones ojeo, más que leer, el diario, saltándome las docenas de secciones que no me interesan, mientras mojo los cuernos del croissant en el café con leche. Cuando mi desayuno ya ha desaparecido me quedo un rato más, pasando páginas lentamente, sólo porque sí. Luego le pregunto a Paco lo que le debo, pago y me voy. Esos dos fragmentos de conversación, el pedido y el cobro, son y han sido mi única comunicación con él en todas estas ocasiones.

El bar de Paco es un bar de barrio, humilde y no muy cuidado, pero bien. Suelen acudir a él los parroquianos que uno puede imaginar acudiendo a un bar de barrio: gente de talleres, señoras con carros, ludópatas que se dejan en la tragaperras lo que tienen y lo que no, viejos con perros canijos y casi tan viejos y malcarados como ellos, personas así, cada una con su historia. En una de las paredes, encima de la plancha, un cartel con una lista de bocadillos llama la atención, pues está encabezada por un par de especialidades criollas que deben ser, barrunto yo, una de las pocas concesiones nostálgicas de Paco a la tierra de la que salió. Me sorprendería que más de una persona por período del cometa Halley pidiese alguno de esos bocadillos, ajenos a nuestra glorificada cultura mediterránea.

El recinto del bar está dividido en dos, la barra en sí, con algunas mesas, y un cuarto lateral más espacioso que contiene más mesas y un televisor con satélite, que por las mañanas suele vomitar lindezas como Gran Hermano o una de las tertulias marujiles habituales de esas horas, siempre a gran volumen. A veces alguien mira el televisor, pero la mayor parte del tiempo está solo para dar ambiente, o lo que sea que den esos programas. Al principio me resultaba molesto, pero ahora lo encuentro tan indisociable del bar de Paco que, si un día no estuviese, me daría una molesta impresión de funeral. Hasta los más inconformistas y rompepelotas somos, supongo, alimañas de costumbres.

Me cae bien Paco. A lo mejor me equivoco y en realidad es una fiera corrupia, pero me inclino a pensar que no es así, que su actitud de recién llegado que quiere agradar y su calva cubierta de mala forma por una docena de cabellos peinados estratégicamente lo revelan como la persona de buen trato que creo que es. Probablemente nunca lo sepa. Puede que un día vea un cartel en el bar de Paco que diga "Cerrado por defunción del dueño" y sienta, como en tantas ocasiones, que otro de mis vínculos con la realidad se ha convertido en humo, el humo blanco y aromático de un Montecristo del uno. Aunque también puede ser que eso no suceda.

20021004

Sagan
No es la primera vez que menciono a Carl Sagan. Hace unos meses leía The Demon-Haunted World (El mundo y sus demonios, en la edición espanis) y hablaba sobre el entusiasmo pegadizo de ese hombre. Pues bien, hace unos días visité amazon.com para, por enésima vez, contemplar con avidez la página en la que aparecía la DVD Boxed Set Collector's Edition de la serie Cosmos. Esta vez, sin embargo, fue distinta: me la compré. Precio: unos 145 euros, con gastos de envío. O sea, una cantidad significativa de pasta. Pero, ¿sabéis?, recuperar un recuerdo de infancia no tiene precio. Y eso es Cosmos para mí: una referencia directa a lo que pasaba por mi cabeza cuando la serie fue emitida por primera vez, en el año 81 o quizá 82, no lo recuerdo con exactitud. En esa época yo era un sujeto de 14 o 15 años, más niño que adolescente, con un extraordinario interés por una serie de cosas que no interesaban mucho a la mayoría de gente que me rodeaba (salvo quizá a algunos buenos amigos del instituto, amigos que he conservado). Las ciencias me fascinaban, aunque lo ignoraba casi todo sobre ellas. Mis profesores de ese ramo no contribuían mucho a abrirme los ojos (recuerdo algunas muy honrosas excepciones: Javier Martínez de Albéniz, Victoria Vives... qué se habrá hecho de Victoria?), pero no me importaba, o al menos no era muy consciente de ello: explotaba mis relativamente limitados recursos y lograba mantener ese estado de embobamiento por el mundo que, en mayor o menor grado, ha sobrevivido hasta ahora.

Luego vino Cosmos. Durante los 13 episodios que duró aprendí mucho, y sobre todo me contagié de ese entusiasmo infinito que Sagan imprimía a sus amenas explicaciones. En los medios audiovisuales nunca ha habido un divulgador como Sagan. Lo suyo era nato. Podía tomar en sus dedos una semilla de diente de león (un "dandelion", qué bonita palabra inglesa, probablemente un préstamo del francés) y utilizarla en una metáfora no especialmente elaborada ni erudita, pero que te dejaba con la boca abierta, como el primer día que oíste los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda. Y lo mejor: esa metáfora no era un simple adorno: encajaba dentro de la explicación que la incluía y, lo que es más importante, contribuía a hacerla más clara, más atractiva y más fácil de recordar. Sagan era el profesor que todos hubiésemos querido tener.

He vuelto a ver los cinco primeros episodios de la serie, y he sentido lo mismo que sentí (o lo que recuerdo que sentí, nunca podemos saber si nuestros recuerdos son fiables, y lo más probable es que no lo sean) la primera vez. El idioma español, seguro que por desconocimiento mío, me parece menos adecuado que el inglés para, si no describir, sí al menos esbozar, esa sensación; los ingleses disponen del sustantivo awe (la raíz del adjetivo awesome), una palabra que se me antoja cuasionomatopéyica. Sentado en el sofá, delante de la tele, no soy el dilettante que muchos conocen, borde, socarrón, cínico e irremediablemente pesimista. Soy, en cambio, ese cachorro apenas salido de la infancia y de los juegos de indios y vaqueros al que le acaban de regalar la lámpara de Aladino, el mismo que fui en el año 81 o quizá 82, no lo recuerdo con exactitud.

Algunos de los episodios de la edición en DVD van acompañados de una breve coda denominada, convenientemente, Cosmos Update, en la que el propio Carl Sagan, 10 años después, agrega aspectos nuevos o matiza algunas de las afirmaciones de la serie original. Son principios de los 90, y Sagan está algo más delgado y considerablemente más envejecido que en los episodios originales. Una rara forma de cáncer está acabando con él, y se lo llevará al otro barrio en 1996, con sólo 62 años.

20021003

Perder antes de perder
Este fin de semana he tenido ensayo. Canto con un grupo de amiguetes, tenemos un concierto en noviembre. Hay cuatro músicos y cinco cantantes, y estamos repartidos entre Barcelona y Madrid, por lo que no es fácil que nos podamos encontrar para ensayar. Hacía meses que teníamos esto preparado, y yo estaba muerto de ganas de ir. Salió genial, conocí a gente que vale la pena y conocí más a otras personas que ya sabía que valían la pena, pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de una sensación. Una sensación que sentí repetidamente durante todo el fin de semana.

Seguro que lo que voy a contar no es una novedad, y que le ha pasado a 20 mil millones de personas desde el inicio de los tiempos. Me pasa lo siguiente: siento que estoy incapacitado para disfrutar por completo de cualquier situación, hecho o circunstancia agradable, cualquiera, porque no puedo quitarme de la cabeza que dicha situación es perecedera. Que se va a terminar. Que lo que sí, luego ya no. Inventé hace años un nombre para esto, no sé si tiene uno de verdad: lo llamo sensación de pérdida anticipada. Es una mierda, y no se la deseo a casi nadie.

Esta sensación no respeta nada. La siento mientras estoy mirando una película que me está fascinando, al leer un libro con el que me lo estoy pasando en grande, en mitad de un viaje y sí, también, en mitad de un polvo. No diré que me arruina el momento, pero me deja pensando que las cosas podrían haber sido mejores. Peores también, pero eso tiene que ver con la entropía y la ley de Murphy, no con lo que a mí me pase por la cabeza.

Con mi dilatada experiencia de monogamia múltiple (Henrietta a Charles en Four weddings and a funeral, película recomendada), he sufrido esta sensación en compañía de todas y cada una de mis sucesivas parejas galantes. También ha sido así, pero en una medida extraordinariamente más grande, en la casta compañía de aquellas a las que pretendí y nunca tuve, cicatrices que acaban ajando la piel, joven sólo en apariencia.

A veces me pregunto si no será un obvio efecto secundario del mucho pensar. Yo no sé qué pasa por la cabeza de las personas. Uno siempre se siente especial porque su punto de vista es privilegiado: cada uno es la única persona que puede mirarse a sí mismo desde dentro, independientemente de las gilipolleces románticas de culebrón del tipo te conozco como si estuviese dentro de ti o eres transparente para mí, por eso te quiero tanto, corassón, comentarios tan falsos como cretinos. Pero me voy del tema: decía si no será que simplemente no hay forma de detener este continuo sacar conclusiones y darle vueltas a las células grises, y siempre siguiendo la dirección entrópica, la del caos, el desorden máximo y la ruina. Quizá sea eso lo que llaman pesimismo. Aunque yo siempre he creído que un pesimista era un optimista informado.

Soy moderadamente feliz, a veces incluso bastante feliz. Ni me quejo ni aspiro a más, por la razón simple de que creo que no puedo. La sensación de pérdida anticipada, ese parásito, está ahí. No puedo matarlo. Él ganará la guerra, pero que no piense que le va a ser fácil.

20020916

Matar un ruiseñor
Ayer compré Matar un ruiseñor en DVD, en el Vips. Estaba barata, 11,95€. Aunque, desde mi punto de vista, podría costar 100 y seguir siendo barata.

Matar un ruiseñor se llama, en original, To kill a mockingbird (una vez me tomé la molestia de mirar qué era el tal "mockingbird", porque ruiseñor es "nightingale" y resultó ser un pájaro llamado "sinsonte"; tres puntos para el traductor por cambiarlo por un bicho identificable). Es una historia sobre la dignidad humana y la pérdida de la inocencia, sencilla, protagonizada por un abogado, Atticus Finch, y sus hijos, Scout y Jem, en el Sur de los Estados Unidos durante la Depresión, los años 30. La niña, Scout, narra en flashback. No sabemos cuántos años tiene cuando está narrando, pero durante la acción tiene 6 o 7 años. No voy a contar el argumento, eso podéis encontrarlo en un millón de páginas web.

No sabría decir qué me gusta más de esta película, si la historia, sencilla como ya he dicho, la interpretación de Gregory Peck, uno de los Oscar más merecidos de la historia, sin duda, o alguna otra cosa que no sé qué es. Quizá sea la fabulosa participación muda de Robert Duvall en los cinco últimos minutos de la película. O los dientes de Dill, el niño canijo que se hace amigo de los hijos de Atticus Finch. Puede que sea el retrato duro, sin concesiones, de la pobreza, de la ignorancia, de la ruindad, del desamparo. O una suma de todo ello. Nunca he sido buen crítico cinematográfico.

To kill a mockingbird fue primero una novela. Ganó el Pulitzer, pero eso no importa. Sería magnífica aunque no hubiese ganado el Pulitzer. Yo la leí en el año de Maricastaña; corría por casa en una edición vieja del Círculo de Lectores que había sido propiedad de una profesora de mi hermana mayor (lo sé porque su nombre está escrito en la portadilla). Al parecer se lo prestó y nunca fue devuelto, para beneficio mío, pues ahora está en mi biblioteca. También lo tengo en edición electrónica (pirata) y lo acabo de cargar en la PDA. Será la cuarta vez que lo lea, y la primera en inglés. No sé cuándo oí una frase parecida a si no vale la pena leer un libro dos veces, no vale la pena leerlo ninguna vez. Yo aplico con alegría esta frase. No me importa releer libros que me han gustado. Antes pensaba que era una pérdida de tiempo, habiendo tanto por leer; ahora pienso que, de todos modos, voy a morirme antes de haber leído ni siquiera el uno por ciento de lo que querría, por lo que no hay motivo razonable para no releer. Y además, lo hago porque me da la gana.

La película y la novela se cierran con esta frase simple, un resumen de recuerdos, con la que también acabaré esta notablemente deslavazada entrada:

I was to think of these days many times. Of Jem and Dill and Boo Radley, and Tom Robinson - and Atticus. He would be in Jem's room all night, and he would be there when Jem waked up in the morning.

20020905

Opening, Wall Street Institute y filosofías de caja tonta
Acabo de comer, y he estado viendo La princesa prometida (en realidad, The princess bride, puesto que la compré en amazon.co.uk y ni siquiera tiene subtítulos). "My name is Iñigo Montoya. You killed my father. Prepare to die." debe ser una de las mejores frases de la historia del cine, junto con "We're on a mission from God" de The Blues Brothers y "Romani ite domum" de La vida de Brian.

Pero no iba a hablar de esa peli. Cuando he terminado de comer he hecho un poco de zapping. Unos 5 minutos. Llevaba un tiempo sin hacer zapping. Me resulta sorprendente el hecho de olvidar con tanta facilidad que el zapping por las cadenas nacionales gratuitas no es bueno para mi salud mental.

La cantidad de basura que puede emanar de un tubo de rayos catódicos es inconmensurable. La potencia de salida de la misma, definida como mierda por unidad de tiempo (podríamos llamar a la unidad de potencia de salida de mierda "diarreo") también lo es. No creas que es sencillo: la mierda, como la energía, no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Hay que encontrar a gente que ya esté llena de mierda para que la puedan transformar en programas de televisión.

Lo que he dicho no es del todo justo. Todo el mundo tiene/tenemos una hipoteca que pagar, un rebaño de cachorros de homo sapiens que mantener o una cocaína cortada que comprar, y nos prostituimos de diversas formas. Los guionistas y creativos de TV generan lo que la gente pide. O eso nos dicen.

Yo creo que la cosa debe ser algo más compleja. "La gente", o sea, prácticamente todos nosotros, ve lo que le echan. El primer empresario que se dio cuenta de que la audiencia de un programa de televisión no tiene, prácticamente en ningún caso, relación con su calidad descubrió el reino de Jauja. A "la gente", que son quienes hacen que el mundo se mueva, no es necesario darles algo de calidad: basta con convencerlos de que lo que tienen es lo que quieren. No importa que lo que tienen sea una inmundicia, mientras crean que es su inmundicia, la que ellos han elegido.

Esta filosofía se puede implementar de numerosas formas. Una de ellas está, por cierto, de actualidad. La cadena de academias de inglés Opening ha cerrado. Suspensión de pagos, o sea, cierre, a todos los efectos. Conozco el negocio: trabajé en la competencia, Wall Street Institute, durante 4 años. Los fundadores de Opening son viejos conocidos míos: habían sido mi jefe y mi alumno en WSI.

WSI fue, hasta donde yo tengo conocimiento, la primera academia de inglés del país concebida de cabo a rabo como una empresa de suministro de productos, en este caso, cursos de inglés. Los alumnos no eran tales, sino "clientes", y se trataba de dar a los clientes la máxima satisfacción, después de que estos hubiesen desembolsado una cantidad ridículamente grande por el producto. La novedad consistía en lo siguiente: no es necesario que el alumno aprenda inglés, porque prácticamente todo el mundo se queda contento si avanza, independientemente de si aprende o no. Detallemos este aparente contrasentido. Imaginad esta situación: el señor Bernabé Gador, empresariucho de medio pelo, llega a WSI y es sometido a un asedio completo por parte de un profesional de la venta al que ahora denominan eufemísticamente "Tutor personal" (siendo hombre, lo normal es que el profesional de la venta fuese mujer; no voy a explicar los motivos, todos vosotros sois ya mayorcitos). En muchos casos, el "Tutor" sabe cuatro palabras de inglés playero mal contadas. Don Bernabé paga un perú por un curso de 12 meses y te regalo 2 más, fíjate qué bueno soy y, como ya sabía un poquito de inglés, no empieza el curso en la unidad 1, sino en la unidad 4 (de 36). El tiempo pasa y el señor Gador, que ha acudido a clase con regularidad variable, se encuentra, 12 meses después, en la unidad 24. Cielos, 20 unidades en un año, qué triunfo de la voluntad. Atención, pregunta: ¿a nadie se le ha ocurrido que el método puede estar concebido para avanzar unidades, independientemente de los conocimientos adquiridos? A mí no se me tuvo que ocurrir; lo veía en directo cada día. Igual que todos los demás profesores de WSI, y los de Opening, puesto que el método es extraordinariamente similar. Inglés en píldoras, qué gran invento. Una píldora cada día, y cuando hayas tomado 200 píldoras, ya sabes inglés. Una tomadura de pelo a escala planetaria.

En WSI, aprender inglés no era imposible. Bastantes personas lo consiguieron. Pero lo importante no era si aprendías o no. Lo importante era que daba igual si lo hacías. El triunfo comercial de WSI ha sido y es el darse cuenta de que la satisfacción no depende de que el servicio sea bueno, sino de que esté bien vendido. Hasta un bosquimano estándar puede saber si un coche funciona o no funciona, pero cuántas personas son capaces de sostener que no han obtenido el provecho prometido de su curso mientras son asediadas por una rubia estupenda con corta falda y profundo escote (o su equivalente masculino; en cualquiera de los dos casos podéis cambiar físico por labia, da lo mismo) que trata de convencerles de lo contrario? Cómo se mide ese "provecho"? Con exámenes, quizá? Qué pasa si el concepto "examen" se ha tergiversado, convirtiéndose en otro de los mecanismos de satisfacción del cliente, en lugar del mecanismo de evaluación de conocimientos que debería ser? Lo dejo como problema para el lector.

Por suerte, ya hace mucho tiempo que me fui de allí. Pero ellos siguen, y si no son ellos serán otros, vendiendo "conocimientos sin esfuerzo". Al parecer, no es fácil darse cuenta de que el motivo de que la memez, la tontería y la ignorancia sean lo habitual es que lo contrario exige un esfuerzo. No se puede comprar a golpe de talonario. Sólo hay que ver al delincuente Jesús Gil: multimillonario y patán.

Me dan pena los pobres profesores de Opening, que no tienen puñetera culpa de nada, y los alumnos, que han perdido su dinero. En cuanto a la empresa, brindo porque su hundimiento sea completo, total, definitivo y con responsabilidades penales. Dust to dust, ashes to ashes, shit to shit, amen.

20020830

El 6
En España se vive la época de esplendor del 6. Por virtud del tratado de Maastricht, que fijó el cambio 1000 pesetas = 6 euros (máomeno), el 6 ha obtenido un protagonismo del que nunca en la historia había disfrutado.

El 6 es, admitámoslo, un número bastante anodino. De entrada, parece como si hubiese nacido cansado: si se traza el centro de gravedad de las cifras del 0 al 9, el 6 es el que lo tiene más bajo, porque está gordo y con la tripa caída. Probad a preguntar a las personas de vuestro entorno cuál es su número favorito: estoy convencido de que ni el 6% dirá que es el 6.

No se me ocurre ningún conjunto famoso que sean 6. Los Beatles eran 4 (Lennon y McCartney, Harrison y Ringo), los Stones son 5 (Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts, y podéis contar cinco con Brian Jones (d.e.p.) o con Bill Wyman; ni la lengua de Mick Jagger ni la boca de buzón de Watts cuentan como miembros independientes), y el Orfeón Donostiarra son un huevo de gente. Los colores del arco-iris son uno más de 6, los números del premio de la Primitiva son 6 y el complementario (si yo fuese el 6, me sentiría muy ofendido por esto último), y los jinetes del Apocalipsis se quedaron en 4 gracias a que en aquella época no existían ni José María Aznar ni María Teresa Campos.

El hermano mayor del 6, el 12, se llevó más allá de la barrera de las dos cifras los honores que podrían haber correspondido a nuestro modesto y denostado personaje. Tu madre no va a la huevería y pide una seisena de huevos, sino media docena. Ni siquiera en esa circunstancia se le presta la más mínima atención. Los del patíbulo eran 12, y 12 las tribus de Israel que, a juzgar por la Biblia, ya debía ser un sitio muy animado en aquella época.

Pero la hora de los humildes ha llegado. Hasta el más patán (o sea, cualquier votante estándar) sabe ahora que 6 euros son lo que antes era un talego, y que la moneda de 20 pavos se ha transformado incómodamente en dos, una de 50 céntimos y otra de 10, total 60. Un kilo son 6.000 euros, y la sábana de 10.000 pesetas son ahora 3 de 20 euros; es decir, 60 euros.

El 6 se está desquitando de siglos de oscuridad. Ha sacado su mejor traje del cajón del fondo y, apestando a naftalina, pasea hoy su casi ofensivo barrigón por las calculadoras mentales de todo el país. Un servidor, que siempre ha sentido una debilidad tremenda por los perdedores, está contento. A la mierda las mayorías. Larga vida a 6 Primero, el Gordo. Tiembla, 7: vamos a por ti.

20020828

A dónde se fue la democracia?
Leía esta mañana El País, cuyas secciones de política y economía suelo saltarme con presteza. Me he encontrado, en cambio, leyendo las Cartas al director, unas cuantas de las cuales comentaban la ilegalización de Batasuna, Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o el nombre que sea, no importa.

Situación: los padres de la patria, es decir, esos 350 Homo Sapiens que se reúnen en esa sala semicircular de todos conocida, nos acaban de vender (en mi caso, sólo intentarlo) que, para terminar con el problema de una serie de gente que utiliza métodos violentos para reivindicar sus ideas, lo que hay que hacer es prohibir pensar que tienen razón. Vamos a repetir la frase, por si no se ha entendido correctamente: prohibir pensar que tienen razón. Ojo, pensar en sentido estricto, no, porque aún no se ha inventado la telepatía. Me refiero a pensar y actuar en consecuencia según las reglas de la democracia: poder reunirse, dar forma a un grupo y buscar apoyo en las urnas. Para entendernos: lo mismo que hacen los descerebrados del Front National en Francia.

Pues bien: los padres de la patria, una mayoría de ellos, han reinventado la democracia. Libertad de pensamiento pero, cuidado, libertinaje no. Hay un problema: las leyes no impiden que los partidarios de la violencia con fines políticos (en el caso vasco, según mi opinión, de justificación imposible a estas alturas del siglo) funden partidos y se voten y salgan elegidos. Dije problema? Bah, paparruchas: se hace una ley a medida para poder impedirlo y listos.

En este país de pichaflojas y disminuidos mentales sobrevenidos, parece que millones de personas están corriéndose de gusto delante del telediario desde anteayer. La ilegalización de Batasuna los ha sumido en un teresiano éxtasis místico con reminiscencias sacroimperiales. Ya está. "Los violentos" tienen su merecido. Problema resuelto, a otra cosa mariposa.

Supongo que el hecho, de sencilla comprensión, de que cambiar de sitio la línea de la ley no hace que el (ahora, antes no) delito desaparezca no quita el sueño a todo este montón de imbéciles. Tampoco les debe quitar el sueño la perversión de la democracia que significa el hecho de convertir en ilegal una opción política apoyada, muy a pesar suyo (y mío, por cierto) por un número significativo de personas. Lo siguiente será, supongo, aprobar una ley de aborto retroactivo para los sospechosos de haber votado por HB en alguna elección. No, por favor, no lo confundamos con la pena de muerte: se trata únicamente de cambiar de sitio la línea de la ley (la ley del aborto, en este caso), y en condiciones muy específicas. Sólo para los violentos.

El mundo está lleno de violentos, que es lo mismo que decir que el mundo está lleno de personas. Las democracias también están llenas de violentos. De derechas, de izquierdas, con uniforme, con traje Armani, con hábito, con mono de currante, con bata de boatiné, hombres, mujeres y niños. Y qué. Muchos millones de personas se han dejado la sangre para que esos violentos y los demás, personas todos ellos, puedan hablar en libertad, aunque el mensaje sea inicuo, torcido o psicopático. No es obligatorio que nos guste lo que se diga, pero es *necesario* que pueda decirse. Ponerle un bozal a la libertad de expresión es pervertir la democracia. Inventarse leyes nuevas que escondan los problemas o modifiquen las definiciones no resuelve los problemas. Lo único que hace es incrementar el odio, y también el número de votos que los "abanderados de la libertad bien entendida" ganan con cada muerto, porque a la masa siempre le toca la fibra sensible un buen funeral lleno de autoridades. Tranquilos: nuestro presidente lleva el coche blindado. A él no le va a pasar nada. Y, bueno, los subalternos son sacrificables en pro de un fin elevado. La resolución del problema vasco es, ahora lo entiendo, una cuestión secundaria, o incluso una cuestión inexistente. Lo importante es mantenerse agarrado a la teta del poder. O a la de la oposición, que está allí al ladito, esperando el relevo.

Los padres de la patria me han robado la poca, poquísima, fe que tenía en la democracia. Han convertido la libertad de expresión en una puta barata: cuantos más votos para mí, más libertad para mí, menos libertad para ti, y si no ya me inventaré algo. Eso es, según ellos, la democracia bien entendida. Les deseo, desde el fondo de mi cada vez más negro corazón, un buen accidente de avión a todos ellos. De esos muertos no van a poder sacar partido.

20020827

La dimensión de la tontería
Acabo de ver 3 o 4 minutos (más no aguanto) del programa de chuminadas esotéricas de Antena3 TV Otra dimensión. Hace cuestión de un mes y pico estuve en Madrid asistiendo a ese mismo programa como "público con papel" (para diferenciar de la "audientia vulgaris"; a éstos no les pagan el avión desde su casa), para ver si ponía un poco de marcha escéptica en una entrega cuyo tema era El poder de la mente. Resultó que estaba rodeado de brujas (lástima, me confiscaron la cámara nada más entrar en los estudios y no pude hacerles fotos) y, punto curioso, casi todas ellas habían venido de Catalunya. Apenas pude decir un par de frases (y, para lo que dije, igual podía haberme quedado callado) pero, en cambio, pude oír a las brujas (y a un brujo estafador hijueputa) la mayor sarta de gilipolleces que he tenido nunca la desgracia de oír decir a un grupo de personas en tan poco tiempo. Con el atrevimiento que proporciona una mezcla de ignorancia supina, sentido del negocio y una vaga conciencia de que, por muy imbécil que uno sea, si da una patada al suelo salen quinientos desgraciados que aún lo son más, estos ejemplares prescindibles de la raza humana llenaron un poco más el cosmos de basura radioeléctrica en esa madrugada de lunes/martes.

El brujo, autodenominado Sator y ataviado con vestimenta de cuero no muy discreta (destacaban especialmente las botas de cowboy chuloputas de piel de serpiente), pretendía hacer creer que podía juntar parejas por el simple procedimiento de la "inducción telepática". Para ilustrar su funcionamiento puso el siguiente ejemplo: una infeliz de nombre Pili llega a su consulta diciendo que su marido le ha puesto los cuernos con otra. Previo pago de una cantidad que no especificó, el tal Sator induce telepáticamente en la mente del adultero la frase "Pili es la mujer de tu vida", 66 veces (a lo mejor eran 69, aunque seguro que esa cifra la recordaría) para recomponer la maltrecha pareja. Y Santas Pascuas (o Holy Easters, diría un británico). Entonces me dio risa, pero tardé poco en sustituir la risa por indignación. Ese sujeto sietemesino hijo de una lombriz acababa de jactarse en público de costear sus viajes, sus caprichos y su cocaína aprovechándose de la desgracia de una persona. Cierto, la persona había ido a buscarlo. Pero yo sostengo que eso no le autoriza a subirse sobre ella para incrementar su cuenta bancaria. La ley protege a estos reptiles, lo cual no deja de ser una desgracia porque, si los tiras por la ventana de un sexto piso, tienes que montártelo para que parezca un accidente o se te cae el pelo. La justicia poética muy pocas veces coincide con la otra.

Mención aparte merece la presentadora del engendro, de nombre Carmen Baños. Es esa barbie de aquí al lado. No os dejéis engañar por su carita dulce de Conan O'Brien con ropa interior de La Perla: ni siquiera después de pasar una noche entera en una bañera llena de acido lisérgico se podría confundir a esta individua con nada parecido a una periodista/presentadora/moderadora mínimamente competente. Lidiar con un estudio lleno de iluminados oligofrénicos, timadores y subnormales (los huecos los cubre gente de salud mental un poco menos dudosa) no es tarea fácil, pero la susodicha tampoco hace ningún esfuerzo para que aquello no se convierta en una pelea de gitanas en el mercadillo. Diría que, de hecho, disfruta con ello. La culpa no es del todo suya, por supuesto: todo el programa está encarado para que la cosa acabe así. Qué se le puede dar a un público ávido de sensaciones en estado bruto, de Grandes Hermanos, de Operaciones Triunfos y de Pop-Stars? Cinco mil millones de humanos-mosca no pueden estar equivocados: come mierda. Y mierda es lo que hay.

El catering, todo hay que decirlo, era de calidad. Podría ser peor.

20020821

Suelo helado para la burra
Hacía tiempo que no pasaba por las páginas de Sergi Puertas, aka v4vendetta. De hecho, también hace meses que no le veo en persona. En todo caso, hoy he pasado por su web y he visto un nuevo poemario, Suelo helado para la burra. Ya había leído esos poemas en las listas de correo, pero si tú no lo has hecho, hazlo. Le amarás o le odiarás, y a él le dará lo mismo. Sergi es un buen amigo.

Sin su permiso, voy a copiar aquí uno de sus poemas antiguos, que puedes escuchar recitado por una voz femenina aquí:

Dios me debe un dólar

Dios me debe un dólar:

He hecho el payaso
y a los payasos se les paga.

Dios me debe un dólar.

No leí la letra chica.
Nadie mencionó que intervinieran mujeres sin alma.
Percibí pronto que se trataba de un asunto turbio.
Me liaron: eso es todo.

Dios me debe un dólar.

El guión se amañó sobre la marcha.
Los actores lloran y beben bourbon sentados en un rincón.
Un fracaso de taquilla: un solo espectador que ríe desde su butaca.
Fuimos estafados: le puede pasar a cualquiera.

Dios me debe un dólar.

Hice, hicimos, lo que de nosotros se esperaba.
Fue cómico y triste. Fue vergonzoso, también.
La organización responde con vaguedades y evasivas.
El espectador se partió el pecho pero a mí no me hace gracia.

Dios me debe un dólar:

Tan difícil es de entender?

No quiero el cielo:
Quiero mi dinero.

(Sergi Puertas)

20020820

Generación B
En el blog de un amiguete, Beor, he visto una referencia a una tal Generación B. Al parecer la B hace referencia a Bartleby el escribiente, la novela corta de Herman Melville, que por cierto recomiendo encarecidamente a todo el mundo. La página contiene un nomanifiesto, y un test. Una vez leído el nomanifiesto y quedado suficientemente claro que no me apetecía nada ser B, he hecho el test de B-idad que la página incluye. Para mi tranquilidad, me ha salido esto:

yupi!!!!!

Recuerdos de caqui
(Hoy debo tener el día rollero; ésta es la tercera entrada, después de casi un mes de no abrir la boca. Quien lo entienda que me lo cuente.)
Yo fui uno de esos capullos que hizo la mili. La mili, el servicio militar, en mi época, consistía en un período de un año de reclusión mayor en una base o cuartel, rodeado de otros estúpidos como tú que no habían aprovechado la oportunidad de hacer objeción de conciencia.

El motivo por el que no hice objeción de conciencia fueron en realidad dos. El primero es que no tenía mucho que objetar, salvo el hecho de que me robasen un año de vida por la cara, y al parecer eso no era motivo suficiente. A mi conciencia se la sudaba en bastardilla lo de empuñar un arma. Creo que en esa época ya tenía en la cabeza el germen de la idea de que, si disparas al azar, lo normal es que aciertes en alguien que te cae gordo o que te da igual (lo cual no quiere decir que tenga ganas de salir a la calle a pegar tiros: tengo entendido que te meten en la cárcel por ello). El segundo motivo es que no me apetecía estar en vilo durante cuatro años, cosa nada extraña en esos momentos, a la espera de que me diesen un destino para hacer la prestación social que les tocaba a los objetores. Tenía intención de buscar un trabajo medio-de-verdad, y las posibilidades de que contratasen a alguien que tenia esa espada de Damocles en la cabeza eran similares a las que tiene José María Aznar de parecer inteligente.

Me tocó Berga. Ese curioso nombre hace referencia a una localidad de la Catalunya profunda, en las estribaciones de los Pirineos. El cuartel ya no está, lo cual es un alivio, aunque diversos bares y restaurantes de la localidad se fueron al carajo cuando lo cerraron. Creo que eso fue alrededor de 1992 o 1993. En todo caso, yo me había largado mucho tiempo atrás.

En la mili conoces un poco cómo funciona el ejército. Lo poco que necesitas para evitar que te arresten y para saludar diciendo el cargo correcto, porque nada cabrea más a un teniente que lo llamen "mi alférez". Y un militar cabreado es algo que no quieres conocer, acepta mi palabra.

La primera cosa que me sorprendió, aunque no debería haberme sorprendido, fue la poca o nula importancia de la razón en nada de lo que hacíamos. En el ejército se ha sustituido convenientemente la razón por la obediencia. Uno piensa, o no, y los demás obedecen, o los crujen vivos. Ese uno suele ser un militar profesional, aunque a veces es un desgraciado como tú al que le ha tocado el papel de dar gritos, como si fuese uno de los energúmenos a los que pagan por ello. El hecho de que piense se le supone, como el valor, pero tengo para mí que esa suposición es excesivamente aventurada en casi todos los casos. Lo normal era hacer siempre las mismas rutinas y dar unos cuantos ladridos, y ya está. Eso sí, si pillabas al mando de turno de mala luna podías acabar comiendo más mierda de la que produce Nueva York en una semana, por ninguna razón específica. Al cabo de unos cuantos días ya te habías acostumbrado a la gratuidad de los hechos, y simplemente procurabas sobrevivir lo menos mal posible. A veces topabas con un profesional que incluso era majete, y era un consuelo parcial. Los demás eran, a efectos prácticos, alimañas a evitar en lo posible. Puede que en su vida civil fuesen gente cojonuda, pero nosotros no podíamos disfrutar de sus momentos de civilidad. Para nosotros reservaban, principalmente, la mala hostia.

Contaré una anécdota. El segundo o tercer día de mili hicimos la primera clase teórica de lo que sería una larga serie de clases teóricas. En ellas se nos enseñaban tonterías diversas, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia en caso de invasión de los moros, que eran los malos. En esa clase concreta el sargento instructor, un Apolo canario de casi dos metros de altura, con músculos hasta en las uñas y el mismo contenido cerebral que un abejorro average, hizo sacar a uno de sus esbirros de reemplazo un CETME y un machete del armero. El CETME era el fusil de asalto, el "fusa" como lo llamaban ellos con cara de expertos, que usaba la infantería en la época, un trasto de madera y acero de unos cinco kilos de peso que disparaba munición de 7,62 mm y que podía perforar perfil de acero de 2 mm a 50 metros. El machete era lo que todo el mundo conoce como bayoneta, una especie de cuchillo muy pesado que se encajaba en la punta del cañón del fusil. El caso es que nuestro Einstein de uniforme cogió el CETME por la culata y, manteniendo el brazo extendido y el fusil vertical (desafío a cualquiera a que haga eso sin pestañear, como lo hacía aquel gorila) lo mostró a la concurrencia silabeando lo siguiente: "Esto es un fusa CETME y sirve... (pausa de 5 segundos) PARA MATAR!!!!". Esto último lo dijo a volumen 70. El motivo de que nadie se cagase es que ya hacía un rato que teníamos el esfínter apretado. Supongo que lo que quería era meternos el miedo en el cuerpo, y a fe mía que lo consiguió. Pero eso no fue todo. El mazas entregó el fusa a uno de los pobres auxiliares y cogió el machete, lo sacó de su vaina y mostrándolo a sus discípulos dijo: "Esto es un machete. No una bayoneta, un machete. Y sirve... (aquí se saltó la pausa, sustituyéndola ventajosamente por un golpe en la taquilla metálica de al lado que curvó por completo la puerta) PARA MATAR!!!!". Esto lo dijo también a volumen 70, pero nadie se dio cuenta, porque todos estábamos mirando lo que el antropoide que nos iba a tener en sus manos durante los dos meses siguientes había hecho en la chapa metálica de la taquilla. Muchos aprendimos la lección básica en ese momento: se obedece y se calla y se jode uno, punto y final. Ese mismo sujeto, días después, quedaría para siempre inmortalizado en los anales de la oratoria castrense con la frase "el CETME es el mejor fusa porque es el único fusa que hay". Efectivamente, eso era lo que había. La cera que habíamos visto arder era toda la cera.

Un año da para mucho, pero esto no es "Historias de la puta mili", y no tengo ninguna intención documental. Sólo cuento lo que me apetece, y hoy ya no me apetece contar nada más.
Mensa y yo
Lo diré. Soy miembro de una asociación de listorros. Se llama Mensa, lo cuál no deja de ser curioso, sobre todo en México, en donde "menso" significa "tonto". Para entrar en Mensa, aparte de una cuota tirando a microscópica, de unos 40 euros al año, hay que pasar un test de CI, o sea, de coeficiente (o cociente, siempre hay polémicas chorras con eso) intelectual. Se trata de que el resultado percentil del test sea de 98 o más; para entendernos, debe salir que, según el test, seas más inteligente que el 98% de la población. Qué cosas, verdad?

Para qué es uno miembro de una asociación así? Bueh, hay tantos motivos como socios. Mi caso es éste: la vida académica de un servidor consistió en un paseo triunfal con fanfarria y coro de castratti desde el parvulario hasta justo antes de la universidad. En primero de carrera no pagué matrícula, puesto que llevaba en el bolsillo una flamante matrícula de honor. Dicho paseo triunfal se acabó a la altura de los exámenes parciales de febrero de primero de carrera (de física, específicamente). No fue muy agradable, pero yo perseveré durante un tiempo. Cinco años más, en concreto. Fui aprobando al ritmo de medio curso por año, con lo que acabé media carrera en el tiempo calculado para una carrera completa. Me sentía más o menos como el pakistaní que llega un minuto y medio después del ganador en una eliminatoria olímpica de doscientos metros estilos, y el comentarista cretino le sale con que "lo importante es participar". O sea, me sentía estúpido. Luego me fui a la mili y me cambié de carrera, pero seguí sintiéndome estúpido durante bastante tiempo. Llegué a creer que algún ente cabrón me había gastado una jugarreta durante mi infancia, haciéndome creer que mi cabeza funcionaba semi-bien, cuando evidentemente no era así.

Un día me tropecé con un test de ingreso a Mensa en una revista de juegos de ingenio que solía comprarme, Cacumen. Ese test ya no se usa, pero creo que se usó durante un montón de tiempo. El resultado fue bastante satisfactorio. Bueno, no fallé ni una. Por esas épocas yo me solía conectar a una BBS de Barcelona, Nexus de nombre, y en el área de archivos alguien había colgado un par de documentos que contaban de qué iba el asunto éste de Mensa. Con el ego hinchado como un pavo en la víspera del día de Acción de Gracias, me bajé los docs y les eché un ojo. Tampoco me pareció una cosa para tirar cohetes, pero qué podía hacer para mantener el nivel de autosatisfacción, salvo masturbarme compulsivamente o ingresar en Mensa? Opté por la segunda opción, sin cerrar del todo las puertas a la primera. Me hice hacer un test WAIS supervisado por un psicólogo, lo presenté y en unos meros 8 o 9 meses ya era socio. Uno se puede preguntar por qué tantos meses. Respuesta: el teórico funcionamiento administrativo fluido y racional que se le supone a una organización de listorros y su funcionamiento real están tan relacionados como la astronáutica y el plegado de kleen-ex. En otras palabras: la organización brillaba por su ausencia. No es que la gente de la dirección fuese mala gente, en absoluto; es que ninguno de ellos había adquirido un compromiso para hacer las cosas, y éstas se hacían cuando se podía, o no se hacían nunca.

Eso debió ser en el año 1992. Durante los siguientes seis años mi relación con la asociación se limitó a pagar la cuota y recibir la revista. En Barcelona se hacían un par de reuniones mensuales, pero yo no aparecí en ninguna de ellas hasta el año 1998. La verdad es que me bastó para quedarme medio tranquilo el ser consciente de que, según los psicólogos que habían parido el test, el menda tenía una inteligencia estratosférica.

Un día me di cuenta de que estaba pagando una cuota anual (pequeña, pero en todo caso significativa) para recibir una revista cuyo contenido no me interesaba prácticamente nunca, y nada más. Celoso de mi cuenta corriente, me presenté en una de las famosas reuniones. Dichas reuniones se llevaban a cabo, y se siguen llevando a cabo, en un bar (aunque el bar ha cambiado). Allí me encontré con media docena de personas bastante heterogéneas, charlando y tomando refrescos o cerveza. Me junté rápidamente con los cerveceros y me lo acabé pasando cañón. También conocí a uno de mis mejores amigos, C""C.

Han pasado casi cuatro años de aquello. Mi visión de Mensa ha cambiado mucho. El número de socios ha crecido y las reuniones de media docena de personas se han convertido en reuniones de 4 docenas de personas. Internet ha disparado la actividad de la asociación, y se han creado grupos de socios con intereses diversos, que se mueven en torno a listas de correo, páginas web y canales de chat. He conocido a mucha gente cojonuda, y a un número importante de gilís, muchos de los cuales no pueden verme ni en pintura. Mis intervenciones en listas de correo o en la revista han conseguido que un par o tres de los más bobos hayan decidido buscar aires nuevos, en donde no hubiese cabrones superbordes como yo, lo cual, no puedo evitarlo, me produce una sensación agradable en la boca del estómago. Ah, porque Mensa contiene su porcentaje de bobos. Hay más o menos la misma proporción de capullos en Mensa que fuera de ella. Al parecer, los "tests de inteligencia" no son capaces de filtrarlos. Puede tener que ver con el hecho de que la inteligencia es algo tan complejo que, simplemente, no hay forma de definirlo, ni mucho menos medirlo. El reduccionismo, tan útil en la mayoría de campos de la ciencia, en la psicología es, en mi opinión, una estupidez. Mientras que la definición de campo eléctrico está ahí, tan maja, y no la mueve ni dios, hay tantas definiciones de inteligencia como definidores. Luego, no existe una definición. Nadie sabe lo que es. Alguien ha intentado definir, por poner un caso similar, la belleza? No lo sé, pero en caso afirmativo, me gustaría saber qué drogas tomó. En la película El club de los poetas muertos hay una escena que a mí me chifla, en la que el profesor Keating hace arrancar a sus alumnos las paginas de la introducción del libro de texto de literatura; en esa introducción un tal Dr. J. Evans Pritchard mide la grandeza de un poema representándolo en unos ejes de coordenadas, con "perfección" en el eje vertical e "importancia" en el horizontal; aquellos poemas que ocupen un área mayor serán, según él, los más grandes. Keating califica al método, y de rebote al autor, de la única forma posible: "un excremento". Sublime.

Algunos psicólogos, y mucha gente en Mensa, creen que la inteligencia también se puede medir así. Yo también lo pensé, hace años. Es obvio que me equivocaba. Basta con asistir a algunas reuniones, intervenir en algunas listas, leer algunos números de la revista. Las personas de Mensa no tenemos nada especial en nuestra cabeza. Quizá somos más freaks que la media, pero hasta eso dudo. Me da la impresión de que lo único que tenemos es ganas de reunirnos de vez en cuando, cenar y echarnos unas risas. Mensa es una buena excusa para ello, y también lo es el coleccionismo de bolas de navidad.

Una cosa sí es cierta: en Mensa he conocido muchos amigos; amigos de verdad. Quizá los podría haber encontrado en otra parte (y también los he encontrado, de hecho). Pero no importa: me lo paso bien con ellos, y ninguno de ellos comenta nada de "qué listos somos, qué orgullosos estamos". De los que dicen eso, que son legión, no me he hecho amigo. Me he hecho enemigo, y con gran placer. Como dijo el dramaturgo Georges Courteline, pasar por idiota a los ojos de un imbécil es un deleite de exquisito buen gusto. Adáptese a la situación.

Cocina para solteros
Creo que no es una sorpresa para nadie la siguiente información: soy soltero. Nací soltero, como casi todo el mundo, y soltero ando aún. No tiene mayor importancia: lo difícil es lo otro.
En todo caso, a lo que iba: he podido observar, básicamente mirándome a mí mismo (algo que no es especialmente placentero), que a muchos solteros del género masculino (y a una mayoría de casados también) no les suele apetecer lo más mínimo ponerse a cocinar para cumplir sus deberes con la madre Naturaleza y con su maltratado estómago. Ya hace unos cuantos años, concretamente desde poco después de comprarme un horno de microondas, inventé la receta que pasaré a detallar:

HUEVOS FRITOS CON COSAS

Ingredientes:
  • Huevos
  • Queso en lonchas
  • Pan de molde
  • Cosas
  • Aceite
  • Sal


Modo de preparación:
Se necesita un recipiente de plástico cuadrado, tipo tupperware, del tamaño aproximado de una rebanada de pan de molde. Procederemos a abrir el recipiente de marras, echar un chorrillo de aceite, y colocar una rebanada de pan. sobre ésta se debe poner una loncha de queso, y a continuación un par de huevos y las cosas.

El concepto "cosas" debería ser suficientemente claro a estas alturas, pero me estoy refiriendo a "lo que haya por la nevera". Valen restos de potaje de garbanzos, embutidos, patés, espaguetis con salsa boloñesa, salsa boloñesa sin espaguetis, un puñado de hierbas provenzales o cualquier cosa en general. Yo recomiendo dos salchichas de frankfurt cortadas por la mitad sin llegar a separar los dos cachos y colocadas en forma de cuadrado. Esta hábil maniobra permite poner los huevos en el hueco cuadrado y que no queden las dos yemas aplastadas en las paredes del tupperware.

Una vez tenemos los huevos y las cosas, hay que poner sal y aceite en los huevos. El aceite es importante, puesto que, aunque es obvio que no vamos a freír los huevos, éstos tienen que creer que vamos a freírlos. Confía en mí, que por algo soy el maestro cocinero. Después del aceite y la sal con los que vamos a engañar a los huevos, es necesario cubrirlos con otra loncha de queso y rematar el conjunto con otra rebanada de pan, y otro chorrillo de aceite. Esto hace que el plato quede simétrico respecto del plano horizontal ubicado a media altura de la mezcla huevos-cosas, y todo el mundo sabe, en especial los japoneses, que la belleza forma parte indisoluble del mundo de la cocina.

Tápese ahora el tupperware, dejando un lado sin cerrar para que salga el aire caliente, y póngase como 10 minutos a un tercio de potencia (en mi microondas eso viene a ser 300 vatios). Desafío a cualquiera a que se pase de potencia, y luego me envíe una foto del interior de su microondas antes de limpiarlo. Una vez quise hacer un huevo duro (bueno, es cierto que en ese caso estaba dentro de la cáscara, pero es un ejemplo) y, feliz idea, se me ocurrió ponerlo dentro de un vaso de agua para, pensé yo, "equilibrar el calentamiento y evitar la explosión". Sucedió lo siguiente: el huevo se bamboleó dos o tres veces dentro del vaso y luego explotó. Os aseguro que ni con toda mi dedicación y cariño hubiese conseguido enguarrar el interior de un microondas más eficazmente que aquel huevo hijueputa. Eso sí, qué ataque de risa. Tardé media hora en poder caminar erguido.

Al cabo de esos diez minutos, la masa informe en la que se habrá transformado el contenido del tupperware, gracias principalmente a la clara de huevo que actúa de amalgama, se podrá extraer del recipiente y tirar sobre un plato, en modalidad flan. Como supongo que no querréis perforar un tupper cada vez que preparéis esto, y serán numerosísimas las veces, podéis despegarlo de las paredes del tupper con un cuchillo. Si habéis seguido mis instrucciones cuidadosamente, el resultado no es muy atractivo. En realidad, es poco atractivo. Pero es a) nutritivo, y b) rápido. Si queríais comida de verdad, deberíais haber ido a un restaurante o a casa de vuestra madre. En mi casa, mi objetivo es no morirme de hambre y que no tengan que encontrar mi cadáver por el olor que emane por debajo de la puerta.

20020725

De pueblos y raíces
Estoy en el pueblo de mi madre. He venido a pasar tres días aquí con ella.

El pueblo de mi madre está en Teruel, en la cuenca minera. Se llama Alloza, y no lo conoce ni la madre que lo parió. Cuando yo era pequeñajo, mi familia, y yo con ella, pasaba aquí todos los meses de agosto. Eran otros tiempos. Ni mejores ni peores, otros.

Hacía muchos años que no pasaba un tiempo significativo aquí. Hace cosa de año y medio vine un par de días, también con mi madre, y acabé huyendo y pasando un día en Zaragoza. No había luz en la vieja casa de mi madre, con lo que tuvimos que dormir quieras que no en casa de una de mis tías. A un servidor se le agota el instinto familiar muy rápido, y más cuando no hay la opción de volverse a casa cuando a uno le apetece. Conclusión: coche y carretera a 150 kilómetros por hora. No muy lógico por mi parte. ¿O sí?

Las circunstancias son otras. La casa de mi madre ha sido adecuadamente electrificada, con sus schukos de 220 voltios, y casi parece que estemos a mediados del siglo 20. Suficiente para mí: puedo enchufar el trasto con el que estoy escribiendo esto, el cargador de mi móvil, y no despeñarme por las escaleras si me apetece bajar a mear por la noche. Qué más quieres Catalina.

El reencuentro con estos lugares trae consigo recuerdos. Tengo montones de ellos, porque los mini-homosapiens es lo que tienen: mucha capacidad cerebral y poco en qué pensar, así que se acuerdan de todo como magnetófonos que cagan y lloran. Yo no soy una excepción. Más bien al revés: recuerdo tanto que me da la sensación de que estoy cargado de gigabytes de dudosa utilidad. Aunque, bien mirado, no creo que ninguno de mis gigabytes sea demasiado útil en general. Y a quién le importa? A mí no, desde luego.

Recuerdo que la habitación de mis viejos, en la que yo también dormía de enano (y, de hecho, una de las dos únicas habitaciones), estaba empapelada con pósters que habían venido de alguna de las ferias profesionales en las que mi padre pasaba media vida. Había dos o tres pósters de la Nasa, con vistas de la Luna, la Tierra, el módulo lunar Eagle y un astronauta con traje completo que, si no me equivoco, era Ed White, el del paseo espacial en la misión Gemini 4. Había también un póster de Matt Monro, un crooner que se hizo famoso en España con Alguien cantó, pero cuya canción favorita para mí era Born free, que tengo por ahí en mp3 y cuya audición tengo que dosificar porque, como muchas otras tonterías que no entiendo, me pone un nudo en la garganta y acaba por hacerme llorar. Esos pósters desaparecieron en algún momento, creo que con una reforma que se hizo en una época en la que yo ya no venía, y me duele en la tripa no haber podido darles una última ojeada. Otro cordón umbilical con la infancia seccionado de cualquier manera.

En la otra habitación, en la que dormían mis hermanas, había una chimenea. Ocupaba parte de la pared larga, hasta que la cambiaron a la pared corta durante una reforma, cuando yo debía tener no más de seis años. La nueva nunca funcionó demasiado bien, y de hecho ya no existe: fue cubierta durante otra de las múltiples reformas. Quién ha visto una casa de pueblo sin chimenea? Yo, en este instante.

Las reformas han sido siempre indisociables de este agujero al que, en este año 2002, malamente se podría llamar casa, a menos que uno fuese un embustero profesional o le tuviese el cariño que, contra toda lógica, yo le tengo. La familia de mi madre nunca ha sido una familia de posibles, y esto es lo que había, y nada más. Las familias muy pobres siempre viven en el filo, y gastan su porción de esperanza según su entendimiento les guía. Mi abuelo, al que nunca conocí, era pastor. Pastor de cabras. Pero incluso un pastor de cabras tiene derecho a prosperar. Sin embargo, la prosperidad de los pastores en los años 20 se debió agotar en el pueblo de al lado, porque mi abuelo hipotecó las escasísimas propiedades de la familia en busca de un negocio que lo hiciese, si no rico, al menos razonablemente desahogado, y sólo alcanzó la ruina completa. En esa época, al parecer, el tema de los bancos no debía estar muy desarrollado por el bajo Aragón, y Manuel el Santicos, mi abuelo, cayó en las zarpas de un prestamista/usurero de Zaragoza, un tal Binaja, médico de profesión, que firmó con diligencia los documentos que, en última instancia, le llevarían a apropiarse con toda legalidad de las citadas propiedades. El que no corre, vuela, y el susodicho usurero era el único de los dos que tenía licencia de piloto. Mi abuelo tuvo además el mal gusto de morirse poco antes de que naciese mi madre, dejando a su familia en una situación entre jodida y desesperada. Sin extenderme más, no es difícil concluir los motivos por los cuales la casa desde la que escribo no tiene ese aspecto rústico de Ikea de las casas de pueblo de segunda residencia, sino otro muy distinto.

Hace cuestión de dos años mi madre dijo que iba a vender la casa del pueblo. Hacía casi 20 años que yo no pasaba por aquí más que a alguna boda de primos o bobadas similares, pero no me gustó la idea. En absoluto. Esa casa destartalada, con ocasionales goteras, con un desigual suelo de mortero cuya horizontalidad sólo es patente después de un mental y generoso promedio estadístico, no podía venderse.

Y aquí estoy. En un pueblo que a nadie interesa, sin ningún atractivo, rodeado de nada, en el que te asas en verano y te hielas en invierno, escribiendo. Si fuese cristiano diría que los caminos del Señor son inescrutables. Como no lo soy, diré que me voy a dar una vuelta por los alrededores con el coche. Para contemplar la nada.

20020701

Lecturas electrónicas
El otro día E. se compró una PDA Palm m130 y me pasó la que tenía, una Casio Pocket Viewer PV-S250, que es este cacharro de aquí al lado, algo antiguo pero bastante apañao, con 2 megas y una cradle con conexión serie mediante la que se pueden cargar cosillas desde el PC. Me puse a buscar qué había por la red para mi nuevo juguete, y encontré que la gente se había matado mucho para hacer software de pequeño tamaño para este trasto, sobre todo en Alemania. Admirable.

El caso es que bajé un visor de texto, una aplicación para subir archivos desde el PC, y un conversor de formato, y cargué el primer libro de Harry Potter (ilegal, claro), con la idea de utilizar la PDA como dispositivo de lectura electrónica, pero pensando en el fondo que había leído demasiada ciencia-ficción y que, cuando llevase 3 minutos, estaría cansado de leer en ese soporte y que ni en sueños se podía comparar ese artilugio a un libro de los de papel.

Me equivocaba. Arrasé con la novelilla en tres días, utilizando intensivamente el cacharrito en todas partes, en el metro, en los bares, en el lavabo y en la cama. Si la luz no era suficiente, conectaba la retroiluminación de pantalla y solucionado. No es como un libro de papel: es mejor. Es cierto que carece por completo del encanto del objeto libro, pero todo el resto son ventajas. Si además te agencias una funda con forma de cartera y departamentos para las tarjetas de crédito y de bus, ni siquiera abulta mucho más que una cartera normal. Ya estoy acabando el segundo libro de Harry Potter (jo, cómo me gusta esa serie; mira que es sencillita, pero lo divertido que me lo paso), y voy cargando más material de los grupos de news.

En fin, que estoy encantado con mi nuevo juguete. Seguro que ya lo habíais notado.
Lo positivo
El otro día, un tío al que conozco lateralmente me preguntó que si alguna vez pensaba hacer un artículo/escrito/loquesea en plan positivo. Esto fue a raíz de una tontería sobre magufos que publiqué en la revista de una asociación a la que ambos pertenecemos. El artículo, huelga decirlo, era bastante ofensivo. Después de su pregunta/comentario/juicio de valor, estuve pensando la respuesta unos segundos y le respondí que no, que no pensaba hacerlo. Aprovechando la situación, me planteé los motivos que me llevan a pelearme con medio mundo por mail, por blog o por otros medios escritos. Llegué a algunas conclusiones, ninguna de las cuales es muy válida, muy fiable o muy permanente.

Uno de los motivos es que soy, siempre lo he sido, un mequetrefe debilucho. En el cole, todo el mundo me podía. De modo que empecé a cultivar la mala leche verbal desde muy pequeño. También empecé a cultivar la amistad con algunos de los hércules de mi clase, que actuaban de guardaespaldas de facto y me aseguraban contra posibles ataques por sorpresa de algún miembro de la pléyade de gente a la que yo caía gordo. Pasé de este modo mi infancia sin comerme prácticamente una sola hostia significativa, lo cual no está mal, considerando que mi físico era de sparring nato.

Otro de los motivos, aunque es más bien un corolario del anterior, tiene que ver con una frase de Esopo que he visto últimamente como firma en los mensajes de un amiguete: Es fácil ser valiente desde una distancia prudencial. No parece muy elogioso para mí. Y qué.

Tampoco me importa criar enemigos. En realidad, puesto que pienso que una mayoría de la humanidad estorba y que la biosfera podría prescindir de ellos, el hacerles llegar esta información me relaja. Aunque ninguno de ellos quiere matarme (o, en todo caso, ninguno lo ha intentado aún), acumulo un grupo numeroso de gente que no puede verme ni en pintura. Ni yo a ellos, de hecho. Lo más penoso es que, salvo escasísimas y relativamente dudosas excepciones, ninguno de ellos tiene la calidad suficiente como para que me sienta orgulloso de tenerlo como enemigo (ya sabéis, la calidad de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos, o algo parecido). Lo que me lleva a concluir que mi calidad no debe ser muy grande. Mejor, porque no pensaba dejar que me convirtiesen en paté "aux fines herbes". <--Broma estúpida

Otra cosa que excita mi mala leche tiene que ver con la frase una carcajada vale por cien mil silogismos, que no recuerdo quién dijo, pero que yo leí por primera vez en algún libro de Martin Gardner. En otras palabras: si piensas que alguien está equivocado y, después de evaluar las circunstancias, concluyes con cierta seguridad que "equivocado" es para este sujeto un modo de entender la vida, y que su influencia sobre su entorno inmediato es perniciosa, ridiculízalo. Haz que se rían de él. Procura hacerlo de forma que no sea demasiado obvio, porque la obviedad está al alcance de cualquier cretino, y no se trata de eso. Se trata de conseguir: a) que se calle, b) que más gente piense que es imbécil y c) un estado de paz interior. En mi caso, yo me quedo casi como después de un polvo. Estoy seguro de que un psicólogo tendría un par de cosas que decir al respecto.

En resumen: no, no creo que escriba demasiadas cosas en plan positivo. ¿Por qué habría de hacerlo? Para eso ya están el doctor Eduardo Criado o Dale Carnegie, y ambos me parecen unos gusanos.

20020628

Aserejé
Estas tías de la derecha se hacen llamar Las Ketchup; el motivo es que su padre, cantaor flamenco, se hace llamar El Tomate. El responsable del nombre artístico es, está claro, una persona con gran imaginación y abundante buen gusto. Estas sujetas son responsables de una de las canciones imbéciles de este verano, llamada Aserejé, en la que dicen esto:

aserejé, ja deje tejebe tude jebere seiunouba majabi an de bugui an de buididipí

Yo no tenía ni idea de que esta cancioncilla existiese, y vivía feliz, hasta que la semana pasada cometí el error de ver un cacho de "Crónicas marcianas", programa-diarrea (y, por tanto, líder de audiencia) de las noches de Tele5. En un momento dado, una parte del equipo técnico fue llamada por Sardá para que se subiesen sobre la mesa a bailar eso. Y lo hicieron. Al principio pensé que era un happening con el que se recaudaban fondos para reformar un centro de acogida de disminuidos psíquicos profundos, y que los mismos pacientes habían compuesto esa canción durante una sesión de terapia de grupo ante la imposibilidad de rascar dinero de la administración pública. Pero no. Los disminuidos psíquicos responsables de la canción no están en ningún centro de acogida, sino en la calle, y se llaman Las Ketchup (y el compositor, un tal Manuel Ruiz "Queco").

La canción, como no podía ser de otra forma, ha sido, al parecer, un gran éxito. Cretinos de todo el país, así como personas relativamente normales cuyos estándares de calidad bajan por culpa del verano, del alcohol y de sus ansias por ligar, bailan el aserejé. Parece que se tienen que hacer unos gestos concretos para bailarla, que todos repiten como zombis, y se ve que es divertido. Sobre todo si eres concejal del PP, sargento de la Guardia Civil, pelao makinero, calientabraguetas de discoteca o miembro de otro grupo humano sin demasiadas exigencias en cuanto a capacidad cortical. O sea, la mayoría.

Estamos rodeados de fealdad cutre y estúpida. En verano, más. No me molestaría tanto si no se empeñasen en hacernos entrar a todos en ese juego. No me molesta Santiago Segura haciendo de Torrente y diciendo barbaridades, porque es una parodia, y muy bien lograda, y el tío lo hace simpático. Pero esta basura de la que he hablado no es ninguna parodia. Y no lo es porque los que están metidos en ella ignoran el significado de la palabra "parodia"; es demasiado complicada. Para esta chusma, las cosas, cuanto más simples mejor. Come, bebe, caga, mea, folla, paga, vota, duerme, ten críos, muérete. Y vuelta a empezar. Yo no juego.

20020604

Más mecs
Mis pájaros que hacen mec (Johann Sebastian Meck y Anna Magdalena Meck) se han vuelto a reproducir. Estos bichos es que no paran. Claro, la cantidad de cosas para hacer en una jaula, por muy amplia que ésta sea, es reducida, por lo que encuentro bastante natural que se la pasen follando. También influye el hecho de que les colgué un comodísimo nido y una pelota de pelo de cabra para que lo forrasen y estuviesen cómodos y calentitos, y a fe que lo he conseguido. Bueno, lo de la comodidad, no lo sé; lo de la calentura, fijo que sí.

Como padre adoptivo de cuatro nuevas bolas de plumón más bien informes (aquí al lado podéis ver a papá mec, mamá mec y el pico abierto de minimec #1), me siento bastante orgulloso, e invitaré a un Montecristo del 1 a todos los que lo soliciten para celebrar el acontecimiento. Bueno, miento, no lo haré: quien quiera fumar, que se lo costee él mismo. De todos modos, es divertido esto de criar pájaros en plan amateur, y sobre todo proporciona un buen tema de conversación, ya que nadie me imagina como criador de pájaros; más bien me imaginan como consumidor de pájaros a la parrilla, o incluso prescindiendo de parrilla. Hay que ver qué poco me conocen.
Les Luthiers y Nina
Servidor es admirador de Les Luthiers desde que tuvo noticias de su existencia, allá en el pleistoceno. Les Luthiers son un grupo de músicos y humoristas argentinos que, ataviados con impecable traje negro y pajarita, hacen morir de risa a un público que sabe apreciar el humor inteligente, la música y los juegos del lenguaje. Sus fans constituyen una silenciosa legión de connoisseurs, y sus espectáculos son de los de carcajadas a veces, sonrisas otras y siempre la sensación de que, aunque la broma te haya salido por 6000 pafias del ala, ha sido barata. Yo ya llevo tres, y no me canso.

Nina es la directora de la Academia de Operación Triunfo, infausto engendro televisivo convertido, por algún motivo que no alcanzo a comprender, en fenómeno de masas. La tal Nina fue descubierta por Xavier Cugat cuando debía de tener apenas 16 añitos (o sea, unos 70 menos que Cugat) y lanzada a un efímero estrellato por el risueño músico catalano-yanqui. Sacó algún disquillo, presentó el Un, dos, tres y desapareció en un anonimato cuasitotal durante bastante tiempo. A veces se la podía ver en los culebrones del canal catalán, TV3, pero poco más. En su etapa de cantante siempre se caracterizó por su voz ultrapotente y su poca gracia en general. En resumen: siempre ha sido una gritona, punto.

Llegados a este punto, ¿cómo se liga la historia de la tonta’lbote ésta con Les Luthiers? Ahora voy a ello. Resulta que uno de los sketches de Les Luthiers, el llamado Cartas de color, se estructura en torno a un intercambio de misivas entre el brujo de una tribu africana y su sobrino Yogurtu Ngué, huido del poblado a causa de su profunda amistad con la mujer del jefe. En una de ellas, Yogurtu explica a su tío Oblongo que ha entrado a cantar en un coro:

...conseguí que me tomaran una prueba en el coro de la Congregación que dirige el reverendo O'Hara. El reverendo O'Hara tiene muy buena voz y ha enseñado su técnica a todos los integrantes del coro. Oyéndolos, se nota que todos ellos cantan... como el reverendo.

Y aquí viene la conexión, en la significativa pausa de un segundo que Yogurtu hace antes de decir "como el reverendo". Esto es lo que les ha sucedido a los concursantes de la mencionada basura, Operación Triunfo. Yo no sé si alguno de ellos tenía alguna posibilidad de convertirse en buen cantante, y francamente me la trae floja. Lo que sí sé es que lo poco que he oído, además de para producirme diarrea, ha servido para darme cuenta de que todos ellos se han convertido en unos gritones. Como su profesora. Como el reverendo. Pero a la masa no le importa: ya tienen a su heroína del pueblo, a su Rosa de España (o debería decir ¡España!, porque a mucha gente se le llena la boca cuando dice eso, como si estuviesen engullendo una gigantesca polla), una chica humilde que ha alcanzado el estrellato (y el peso ideal) gracias a la magia de la televisión. A la mayoría de pobres les encanta esto: coincide con su idea de justicia poética. A los pobres con cerebro nos da tanta grima como una bañera llena de pus. Pero somos minoría. Viva la democracia.

20020527

Los derechos del lector
En mi libro de francés hay una imagen, ésa de al lado, en la que se muestran los "diez derechos del lector". Estos derechos aparecen en el ensayo del novelista y ensayista francés Daniel Pennac Comme un roman (Como una novela), en el que habla sobre la lectura y los lectores. Para los no francoleyentes, traduciré estos derechos, que me parecen no sólo razonables, sino incluso brillantes:

1. Derecho a no leer
2. Derecho a saltarse páginas
3. Derecho a no terminar un libro
4. Derecho a releer
5. Derecho a leer cualquier cosa
6. Derecho al bovarismo (enfermedad transmisible textualmente)
7. Derecho a leer en cualquier lugar
8. Derecho a hojear
9. Derecho a leer en voz alta
10. Derecho a callarnos

Sabéis cómo empieza Comme un roman? Pues empieza diciendo que el verbo leer no admite el imperativo, y que en eso se parece a verbos como soñar o amar. Como ya he dicho muchas veces, cómo envidio a la gente que sabe ser clara y concisa.

Forzar a leer es un error. Se puede llevar una vida normal sin leer, y la prueba es que una mayoría lo hace. Desengañémonos, el mundo es de los no lectores. Si no va a ser un placer, mejor no leer. Pero no: los dogmáticos de la igualdad han decidido que toda la población debe, por decreto-ley, alucinar bellotas con la letra impresa. Cre-ti-nos. Repito: cre-ti-nos.

Contaré mi caso, que es el que conozco. El motivo de que yo lea no es que en la escuela, y luego en el instituto, me forzasen a ello. En todo caso, sigo leyendo a pesar de ello. Leo porque no puedo no hacerlo. Prefiero que me peguen un tiro en la rodilla a que me quiten la posibilidad de leer.

No tengo una mala vida; incluso diría que no puedo quejarme de mi vida. Lo que sucede es que no me basta con la mía: tengo que vivir otras, muchas, miles de ellas. Tengo que hacerlo porque puedo hacerlo, y lo hago a través de las letras, en algún lugar del cerebro que llevo puesto, quiera o no quiera, las 24 horas del día. Ese es mi mundo, y se alimenta de Times New Roman.

20020522

La rebelión de los objetos
Toda mi vida me ha jodido sobremanera que las cosas se me subiesen a las barbas. Con esto me refiero a que los objetos hagan algo distinto de lo que yo espero que hagan, o se comporten de formas aparentemente creativas. Las aceitunas que no se dejan pinchar, el paraguas que se gira del revés, las botas que calan... Todos estos comportamientos imprevistos me desestabilizan y terminan con mi paciencia, ya de por sí escasa, en cuestión de pocos instantes.

Supongo que es a causa de esto (bueno, y de mi viejo, al que también le pasaba algo parecido) que siempre he tenido interés/curiosidad en averiguar cómo, más o menos, funcionan las cosas. Siendo racionalista radical como soy, me niego a creer que, si un objeto no hace lo que se supone que debe hacer, la culpa sea de ese objeto: la culpa, obviamente, siempre es mía, que me he perdido algo; a menudo, la susodicha paciencia. Eso sí: es extraordinariamente raro que, si los implicados son objetos y no personas, no consiga lo que me propongo. Para mí es un asunto personal entre el objeto y yo, asunto en el que me suelo alzar con la victoria (sí, a veces es pírrica, pero eso también me la suda). Gracias a ello, me he creado una especie de fama de tipo eficaz. Y lo soy, qué pasa.

Las personas son mucho más complicadas: lo normal es que, si esperas algo de alguna de ellas, no lo obtengas. De nuevo la culpa es tuya, por ingenuo. En cambio, si obtienes lo que esperas, tómatelo como un regalo. Vivirás más feliz y más años. Llámalo "la felicidad del pesimista" si te apetece. Y si no te gusta ese nombre, lo puedes llamar Eusebio.

20020509

Voy a apostatar. Bueno, ya hace meses que inicié los trámites y aún llevo en la cartera, junto a la Visa y el DNI, el papelito donde dice en qué parroquia tienen mi fe de bautismo (que tuve que ir a consultar en las oficina de la archidiócesis, porque al parecer me habían bautizado en la clínica en la que nací y no tenía ni repajolera idea de dónde podía parar ese documento). La carta de apostasía, que se envía al obispo de tu diócesis argumentando tu decisión, la saqué de arzobispado.com, una página divertida.

Que qué es apostatar? Pues mira, es como cuando eres socio del Barça porque el subnormal de tu viejo se empeñó en hacerte socio al nacer, y de mayor descubres que el fútbol te la trae completamente al pairo, pero que ahí estás, engrosando las filas de socios. La diferencia es que el fútbol, siendo un nido de corrupción, es mucho más respetable que la Iglesia.

Cuando me decidí a hacerlo, hace unos meses, se lo dije a mi madre. Mi madre es de esas creyentes que no se han planteado la posibilidad de no serlo; más o menos, como la mayoría de socios de la Iglesia católica. En primer lugar le tuve que explicar qué rayos era eso de la apostasía, porque la palabreja tampoco es que sea de uso común. Sin embargo, cuando hubo entendido el concepto, lo que no entendía es por qué iba a hacer yo eso. A pesar de mi edad y de frecuentes comentarios y fragmentos de conversación, no entraba dentro de sus esquemas mentales que yo, bautizado y comulgado como dios manda, pudiese realmente ser ateo (o agnóstico de la rama dura, lo mismo me da). Haciendo un cierto esfuerzo, decidió aceptar mi postura como hipótesis de trabajo; entonces me planteó la siguiente cuestión: para qué? Estuve a punto de contestarle "paraguayo", pero es mi madre y le tengo un cierto respeto de sangre. En cambio, le conté que no tenía ningún sentido estar en una organización en la que me habían metido cuando no tenía criterio porque mi cerebro era como el de una musaraña, cuando de adulto he sacado mis propias conclusiones respecto de las explicaciones mágicas/míticas acerca de la vida, el universo, todo lo demás, hasta luego y gracias por el pescado. Que, como le dijo Laplace a Napoleón cuando éste le preguntó por qué en su Mechanique celeste no mencionaba a Dios ni una sola vez: Sire, je n'avais pas besoin de cette hypothèse. Que estoy firmemente convencido, porque no existe ninguna prueba en contra, de que cuando uno palma se pudre como un insecto cualquiera, y sus componentes pasan al estado de abono para plantas, y que me daba igual que fuese así, porque en ese momento yo ya estaría muerto y por mí como si me pintaban de lila. Y, finalmente, que me negaba a que se me incluyese en la irreal cuenta de adscritos al catolicismo que la Iglesia maneja para justificar su poder o su misma existencia.

La religiosidad, a mi nada humilde entender, es una etapa que debe superarse. La moral no tiene por qué estar conectada con ningún mito sobrenatural: surge de las personas, y tiene que ver, entre otras cosas más profundas de las que un día hablaré o no, con la necesidad y/o la conveniencia de engrasar la convivencia de los grupos. El miedo al qué habrá después de es una enfermedad infantil, y puede curarse, porque yo lo he hecho. Y ningún fantasma peludo, con barba y bigote, túnica, cara de acidez de estómago y un triángulo (o un círculo) en la cabeza me va a castigar por lo que digo. Porque para eso tendría que existir primero. Vamos, digo yo. Resumiendo: me cago en dios. Aunque piense que los claustros románicos son cojonudos.