Hace un par de semanas ocurrió algo que me llenó de sentimientos contradictorios: euforia, porque sucedió, y mala hostia, porque sucedió tarde y en la cama. Me refiero a la muerte de una de las personas más negras de la ya de por sí oscura historia de este país, de sus políticos y de sus figuras de relieve: Jesús Gil y Gil.
El mismo fin de semana de su muerte coincidí en uno de mis períodos de zapping de 7 minutos (otro día contaré por qué duran 7 minutos) con imágenes de un campo de fútbol. Los jugadores estaban parados mirando al aire, guardando un minuto de silencio, mientras una foto del tipejo aparecía en el marcador electrónico. Le estaban rindiendo homenaje a aquel ser nauseabundo. Esas imágenes me ofendieron como ser humano y, en última instancia, me han llevado a escribir esta contraelegía.
El delincuente común en cuestión, al que muchos tarugos admiraban por razones que se me escapan, ha pasado la mitad de su vida entrando y saliendo de los juzgados y la otra mitad ilustrando con abundantes ejemplos lo de "el fin justifica los medios". Incluso tenía su propio partido, cuyas siglas coincidían con su apellido. Megalomanías de cateto. Con estudios universitarios, eso sí, pero cateto, zafio y palurdo. Y no hay nada peor que un cateto con una ambición desmesurada.
Los trapicheos y desmanes de Gil son públicos y notorios. Quizá el más sonado, y desgraciadamente bastante olvidado, tuvo que ver con el derrumbamiento en 1969 del restaurante de una urbanización que había construido en Segovia, Los Ángeles de San Rafael, que costó la vida a 58 personas. El mencionado sujeto pasó una corta temporadita en la cárcel y, previo pago de una suculenta multa, fue indultado por su excelencia el generalérrimo, cuyo nombre creo que voy a pasar de escribir por no superar el número máximo de hijoputas por párrafo establecido en el libro de estilo de El País (y si no está establecido, no sé a qué esperan).
Alguien dirá que no se debe uno regocijar por la muerte de ningún ser humano. Y yo le contestaré que determinadas tibiezas, demagogias y pusilanimidades contribuyen a hacer del mundo un lugar desagradable para mucha, mucha gente. Reivindico mi derecho a proclamar el deleite que me ha causado la muerte de Gil y Gil, igual que lo haré cuando se muera, por ejemplo, Pinochet (que también, maldito sea, va camino de morirse en su camita, bien tranquilo). En momentos como estos echo de menos creer en la vida eterna, porque mi felicidad sería redonda imaginándome a Gil asándose por toda la eternidad en un jacuzzi de plomo fundido. Lamentablemente, me tendré que conformar con imaginarme a los gusanos necrófagos devorando su gordo culo sin dejarse ni el esfínter, y desear que los ultrasur (por poner un ejemplo; en realidad me vale cualquier grupo de vándalos) profanen su inmunda tumba.
Gabinete Caligari sacaron un tema en el álbum Al calor del amor en un bar llamado Malditos refranes, lúcido y cínico como solían serlo sus temas, que los semipuretas recordarán y que decía:
Es hecho harto conocido que, durante el siglo XVIII, Johann Sebastian Bach y una parte importante de su muy extensa prole regalaron al mundo algunas de las composiciones más agradables del barroco -la archifamosa Tocata y fuga o la Pasión según San Mateo son solo un par de las más conocidas-. Este hecho podría llevar a los más incautos a colegir que el apellido Bach proporciona algún tipo de marchamo de calidad a sus portadores. Nada más lejos de la realidad, como espero demostrar con un par de contraejemplos sencillos, para que incluso los menos dotados de entre mis superdotados compañeros de club social (de listorros) me entiendan.