20020725

De pueblos y raíces
Estoy en el pueblo de mi madre. He venido a pasar tres días aquí con ella.

El pueblo de mi madre está en Teruel, en la cuenca minera. Se llama Alloza, y no lo conoce ni la madre que lo parió. Cuando yo era pequeñajo, mi familia, y yo con ella, pasaba aquí todos los meses de agosto. Eran otros tiempos. Ni mejores ni peores, otros.

Hacía muchos años que no pasaba un tiempo significativo aquí. Hace cosa de año y medio vine un par de días, también con mi madre, y acabé huyendo y pasando un día en Zaragoza. No había luz en la vieja casa de mi madre, con lo que tuvimos que dormir quieras que no en casa de una de mis tías. A un servidor se le agota el instinto familiar muy rápido, y más cuando no hay la opción de volverse a casa cuando a uno le apetece. Conclusión: coche y carretera a 150 kilómetros por hora. No muy lógico por mi parte. ¿O sí?

Las circunstancias son otras. La casa de mi madre ha sido adecuadamente electrificada, con sus schukos de 220 voltios, y casi parece que estemos a mediados del siglo 20. Suficiente para mí: puedo enchufar el trasto con el que estoy escribiendo esto, el cargador de mi móvil, y no despeñarme por las escaleras si me apetece bajar a mear por la noche. Qué más quieres Catalina.

El reencuentro con estos lugares trae consigo recuerdos. Tengo montones de ellos, porque los mini-homosapiens es lo que tienen: mucha capacidad cerebral y poco en qué pensar, así que se acuerdan de todo como magnetófonos que cagan y lloran. Yo no soy una excepción. Más bien al revés: recuerdo tanto que me da la sensación de que estoy cargado de gigabytes de dudosa utilidad. Aunque, bien mirado, no creo que ninguno de mis gigabytes sea demasiado útil en general. Y a quién le importa? A mí no, desde luego.

Recuerdo que la habitación de mis viejos, en la que yo también dormía de enano (y, de hecho, una de las dos únicas habitaciones), estaba empapelada con pósters que habían venido de alguna de las ferias profesionales en las que mi padre pasaba media vida. Había dos o tres pósters de la Nasa, con vistas de la Luna, la Tierra, el módulo lunar Eagle y un astronauta con traje completo que, si no me equivoco, era Ed White, el del paseo espacial en la misión Gemini 4. Había también un póster de Matt Monro, un crooner que se hizo famoso en España con Alguien cantó, pero cuya canción favorita para mí era Born free, que tengo por ahí en mp3 y cuya audición tengo que dosificar porque, como muchas otras tonterías que no entiendo, me pone un nudo en la garganta y acaba por hacerme llorar. Esos pósters desaparecieron en algún momento, creo que con una reforma que se hizo en una época en la que yo ya no venía, y me duele en la tripa no haber podido darles una última ojeada. Otro cordón umbilical con la infancia seccionado de cualquier manera.

En la otra habitación, en la que dormían mis hermanas, había una chimenea. Ocupaba parte de la pared larga, hasta que la cambiaron a la pared corta durante una reforma, cuando yo debía tener no más de seis años. La nueva nunca funcionó demasiado bien, y de hecho ya no existe: fue cubierta durante otra de las múltiples reformas. Quién ha visto una casa de pueblo sin chimenea? Yo, en este instante.

Las reformas han sido siempre indisociables de este agujero al que, en este año 2002, malamente se podría llamar casa, a menos que uno fuese un embustero profesional o le tuviese el cariño que, contra toda lógica, yo le tengo. La familia de mi madre nunca ha sido una familia de posibles, y esto es lo que había, y nada más. Las familias muy pobres siempre viven en el filo, y gastan su porción de esperanza según su entendimiento les guía. Mi abuelo, al que nunca conocí, era pastor. Pastor de cabras. Pero incluso un pastor de cabras tiene derecho a prosperar. Sin embargo, la prosperidad de los pastores en los años 20 se debió agotar en el pueblo de al lado, porque mi abuelo hipotecó las escasísimas propiedades de la familia en busca de un negocio que lo hiciese, si no rico, al menos razonablemente desahogado, y sólo alcanzó la ruina completa. En esa época, al parecer, el tema de los bancos no debía estar muy desarrollado por el bajo Aragón, y Manuel el Santicos, mi abuelo, cayó en las zarpas de un prestamista/usurero de Zaragoza, un tal Binaja, médico de profesión, que firmó con diligencia los documentos que, en última instancia, le llevarían a apropiarse con toda legalidad de las citadas propiedades. El que no corre, vuela, y el susodicho usurero era el único de los dos que tenía licencia de piloto. Mi abuelo tuvo además el mal gusto de morirse poco antes de que naciese mi madre, dejando a su familia en una situación entre jodida y desesperada. Sin extenderme más, no es difícil concluir los motivos por los cuales la casa desde la que escribo no tiene ese aspecto rústico de Ikea de las casas de pueblo de segunda residencia, sino otro muy distinto.

Hace cuestión de dos años mi madre dijo que iba a vender la casa del pueblo. Hacía casi 20 años que yo no pasaba por aquí más que a alguna boda de primos o bobadas similares, pero no me gustó la idea. En absoluto. Esa casa destartalada, con ocasionales goteras, con un desigual suelo de mortero cuya horizontalidad sólo es patente después de un mental y generoso promedio estadístico, no podía venderse.

Y aquí estoy. En un pueblo que a nadie interesa, sin ningún atractivo, rodeado de nada, en el que te asas en verano y te hielas en invierno, escribiendo. Si fuese cristiano diría que los caminos del Señor son inescrutables. Como no lo soy, diré que me voy a dar una vuelta por los alrededores con el coche. Para contemplar la nada.

20020701

Lecturas electrónicas
El otro día E. se compró una PDA Palm m130 y me pasó la que tenía, una Casio Pocket Viewer PV-S250, que es este cacharro de aquí al lado, algo antiguo pero bastante apañao, con 2 megas y una cradle con conexión serie mediante la que se pueden cargar cosillas desde el PC. Me puse a buscar qué había por la red para mi nuevo juguete, y encontré que la gente se había matado mucho para hacer software de pequeño tamaño para este trasto, sobre todo en Alemania. Admirable.

El caso es que bajé un visor de texto, una aplicación para subir archivos desde el PC, y un conversor de formato, y cargué el primer libro de Harry Potter (ilegal, claro), con la idea de utilizar la PDA como dispositivo de lectura electrónica, pero pensando en el fondo que había leído demasiada ciencia-ficción y que, cuando llevase 3 minutos, estaría cansado de leer en ese soporte y que ni en sueños se podía comparar ese artilugio a un libro de los de papel.

Me equivocaba. Arrasé con la novelilla en tres días, utilizando intensivamente el cacharrito en todas partes, en el metro, en los bares, en el lavabo y en la cama. Si la luz no era suficiente, conectaba la retroiluminación de pantalla y solucionado. No es como un libro de papel: es mejor. Es cierto que carece por completo del encanto del objeto libro, pero todo el resto son ventajas. Si además te agencias una funda con forma de cartera y departamentos para las tarjetas de crédito y de bus, ni siquiera abulta mucho más que una cartera normal. Ya estoy acabando el segundo libro de Harry Potter (jo, cómo me gusta esa serie; mira que es sencillita, pero lo divertido que me lo paso), y voy cargando más material de los grupos de news.

En fin, que estoy encantado con mi nuevo juguete. Seguro que ya lo habíais notado.
Lo positivo
El otro día, un tío al que conozco lateralmente me preguntó que si alguna vez pensaba hacer un artículo/escrito/loquesea en plan positivo. Esto fue a raíz de una tontería sobre magufos que publiqué en la revista de una asociación a la que ambos pertenecemos. El artículo, huelga decirlo, era bastante ofensivo. Después de su pregunta/comentario/juicio de valor, estuve pensando la respuesta unos segundos y le respondí que no, que no pensaba hacerlo. Aprovechando la situación, me planteé los motivos que me llevan a pelearme con medio mundo por mail, por blog o por otros medios escritos. Llegué a algunas conclusiones, ninguna de las cuales es muy válida, muy fiable o muy permanente.

Uno de los motivos es que soy, siempre lo he sido, un mequetrefe debilucho. En el cole, todo el mundo me podía. De modo que empecé a cultivar la mala leche verbal desde muy pequeño. También empecé a cultivar la amistad con algunos de los hércules de mi clase, que actuaban de guardaespaldas de facto y me aseguraban contra posibles ataques por sorpresa de algún miembro de la pléyade de gente a la que yo caía gordo. Pasé de este modo mi infancia sin comerme prácticamente una sola hostia significativa, lo cual no está mal, considerando que mi físico era de sparring nato.

Otro de los motivos, aunque es más bien un corolario del anterior, tiene que ver con una frase de Esopo que he visto últimamente como firma en los mensajes de un amiguete: Es fácil ser valiente desde una distancia prudencial. No parece muy elogioso para mí. Y qué.

Tampoco me importa criar enemigos. En realidad, puesto que pienso que una mayoría de la humanidad estorba y que la biosfera podría prescindir de ellos, el hacerles llegar esta información me relaja. Aunque ninguno de ellos quiere matarme (o, en todo caso, ninguno lo ha intentado aún), acumulo un grupo numeroso de gente que no puede verme ni en pintura. Ni yo a ellos, de hecho. Lo más penoso es que, salvo escasísimas y relativamente dudosas excepciones, ninguno de ellos tiene la calidad suficiente como para que me sienta orgulloso de tenerlo como enemigo (ya sabéis, la calidad de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos, o algo parecido). Lo que me lleva a concluir que mi calidad no debe ser muy grande. Mejor, porque no pensaba dejar que me convirtiesen en paté "aux fines herbes". <--Broma estúpida

Otra cosa que excita mi mala leche tiene que ver con la frase una carcajada vale por cien mil silogismos, que no recuerdo quién dijo, pero que yo leí por primera vez en algún libro de Martin Gardner. En otras palabras: si piensas que alguien está equivocado y, después de evaluar las circunstancias, concluyes con cierta seguridad que "equivocado" es para este sujeto un modo de entender la vida, y que su influencia sobre su entorno inmediato es perniciosa, ridiculízalo. Haz que se rían de él. Procura hacerlo de forma que no sea demasiado obvio, porque la obviedad está al alcance de cualquier cretino, y no se trata de eso. Se trata de conseguir: a) que se calle, b) que más gente piense que es imbécil y c) un estado de paz interior. En mi caso, yo me quedo casi como después de un polvo. Estoy seguro de que un psicólogo tendría un par de cosas que decir al respecto.

En resumen: no, no creo que escriba demasiadas cosas en plan positivo. ¿Por qué habría de hacerlo? Para eso ya están el doctor Eduardo Criado o Dale Carnegie, y ambos me parecen unos gusanos.