Estoy en el pueblo de mi madre. He venido a pasar tres días aquí con ella.
El pueblo de mi madre está en Teruel, en la cuenca minera. Se llama Alloza, y no lo conoce ni la madre que lo parió. Cuando yo era pequeñajo, mi familia, y yo con ella, pasaba aquí todos los meses de agosto. Eran otros tiempos. Ni mejores ni peores, otros.
Hacía muchos años que no pasaba un tiempo significativo aquí. Hace cosa de año y medio vine un par de días, también con mi madre, y acabé huyendo y pasando un día en Zaragoza. No había luz en la vieja casa de mi madre, con lo que tuvimos que dormir quieras que no en casa de una de mis tías. A un servidor se le agota el instinto familiar muy rápido, y más cuando no hay la opción de volverse a casa cuando a uno le apetece. Conclusión: coche y carretera a 150 kilómetros por hora. No muy lógico por mi parte. ¿O sí?
Las circunstancias son otras. La casa de mi madre ha sido adecuadamente electrificada, con sus schukos de 220 voltios, y casi parece que estemos a mediados del siglo 20. Suficiente para mí: puedo enchufar el trasto con el que estoy escribiendo esto, el cargador de mi móvil, y no despeñarme por las escaleras si me apetece bajar a mear por la noche. Qué más quieres Catalina.
El reencuentro con estos lugares trae consigo recuerdos. Tengo montones de ellos, porque los mini-homosapiens es lo que tienen: mucha capacidad cerebral y poco en qué pensar, así que se acuerdan de todo como magnetófonos que cagan y lloran. Yo no soy una excepción. Más bien al revés: recuerdo tanto que me da la sensación de que estoy cargado de gigabytes de dudosa utilidad. Aunque, bien mirado, no creo que ninguno de mis gigabytes sea demasiado útil en general. Y a quién le importa? A mí no, desde luego.
Recuerdo que la habitación de mis viejos, en la que yo también dormía de enano (y, de hecho, una de las dos únicas habitaciones), estaba empapelada con pósters que habían venido de alguna de las ferias profesionales en las que mi padre pasaba media vida. Había dos o tres pósters de la Nasa, con vistas de la Luna, la Tierra, el módulo lunar Eagle y un astronauta con traje completo que, si no me equivoco, era Ed White, el del paseo espacial en la misión Gemini 4. Había también un póster de Matt Monro, un crooner que se hizo famoso en España con Alguien cantó, pero cuya canción favorita para mí era Born free, que tengo por ahí en mp3 y cuya audición tengo que dosificar porque, como muchas otras tonterías que no entiendo, me pone un nudo en la garganta y acaba por hacerme llorar. Esos pósters desaparecieron en algún momento, creo que con una reforma que se hizo en una época en la que yo ya no venía, y me duele en la tripa no haber podido darles una última ojeada. Otro cordón umbilical con la infancia seccionado de cualquier manera.
En la otra habitación, en la que dormían mis hermanas, había una chimenea. Ocupaba parte de la pared larga, hasta que la cambiaron a la pared corta durante una reforma, cuando yo debía tener no más de seis años. La nueva nunca funcionó demasiado bien, y de hecho ya no existe: fue cubierta durante otra de las múltiples reformas. Quién ha visto una casa de pueblo sin chimenea? Yo, en este instante.
Las reformas han sido siempre indisociables de este agujero al que, en este año 2002, malamente se podría llamar casa, a menos que uno fuese un embustero profesional o le tuviese el cariño que, contra toda lógica, yo le tengo. La familia de mi madre nunca ha sido una familia de posibles, y esto es lo que había, y nada más. Las familias muy pobres siempre viven en el filo, y gastan su porción de esperanza según su entendimiento les guía. Mi abuelo, al que nunca conocí, era pastor. Pastor de cabras. Pero incluso un pastor de cabras tiene derecho a prosperar. Sin embargo, la prosperidad de los pastores en los años 20 se debió agotar en el pueblo de al lado, porque mi abuelo hipotecó las escasísimas propiedades de la familia en busca de un negocio que lo hiciese, si no rico, al menos razonablemente desahogado, y sólo alcanzó la ruina completa. En esa época, al parecer, el tema de los bancos no debía estar muy desarrollado por el bajo Aragón, y Manuel el Santicos, mi abuelo, cayó en las zarpas de un prestamista/usurero de Zaragoza, un tal Binaja, médico de profesión, que firmó con diligencia los documentos que, en última instancia, le llevarían a apropiarse con toda legalidad de las citadas propiedades. El que no corre, vuela, y el susodicho usurero era el único de los dos que tenía licencia de piloto. Mi abuelo tuvo además el mal gusto de morirse poco antes de que naciese mi madre, dejando a su familia en una situación entre jodida y desesperada. Sin extenderme más, no es difícil concluir los motivos por los cuales la casa desde la que escribo no tiene ese aspecto rústico de Ikea de las casas de pueblo de segunda residencia, sino otro muy distinto.
Hace cuestión de dos años mi madre dijo que iba a vender la casa del pueblo. Hacía casi 20 años que yo no pasaba por aquí más que a alguna boda de primos o bobadas similares, pero no me gustó la idea. En absoluto. Esa casa destartalada, con ocasionales goteras, con un desigual suelo de mortero cuya horizontalidad sólo es patente después de un mental y generoso promedio estadístico, no podía venderse.
Y aquí estoy. En un pueblo que a nadie interesa, sin ningún atractivo, rodeado de nada, en el que te asas en verano y te hielas en invierno, escribiendo. Si fuese cristiano diría que los caminos del Señor son inescrutables. Como no lo soy, diré que me voy a dar una vuelta por los alrededores con el coche. Para contemplar la nada.
