20030521

Migoya
Conocí (lateralmente) a Hernán Migoya el año pasado, durante el Saló del Còmic de BCN. Migoya y Man (a los que podéis ver en la foto; Migoya es el de la derecha) presentaban su cómic Kung Fu Kiyo, serie limitada de dos números. Lo publicaba "La Cúpula", editorial en la que, qué casualidad, mi amigo V4Vendetta ejerce de redactor jefe, empleo en el que sucedió a Migoya, precisamente. Para la presentación quisieron hacer algo divertido y, ya que presentaban un engendro denominado "Kung Fu Kiyo", decidieron que el show consistiese en un combate de algún arte marcial, supongo que Tae-Kwon Do, entre el dibujante (Man) y el guionista (Migoya himself). Fue gracioso, y la sangre no llegó al río, como podéis ver. El número 2 y último de "Kung Fu Kiyo" tardó bastante en salir, y la verdad es que me dejó más bien decepcionado, porque el tema daba para más. Pero eso no importa. Lo que importa es otra cosa bien distinta.

Resulta que Migoya publicó en marzo pasado un libro de relatos, de explícito título "Todas putas". Con ese título, uno puede esperar que los relatos sean bastante salvajes, y de hecho lo son. Tanto, que una serie de mentes bienpensantes han decidido denunciar el libro y, de rebote, a Migoya, por "apología de la violación". En concreto, uno de los relatos se titula "El violador" (aquí o
aquí podéis leerlo); en él, un violador justifica su peculiar y delictiva afición, en un tono al que podríamos llamar misógino-sociopático.

La editorial El Cobre, que fue la que publicó el libro en cuestión, pertenece a un grupo de personas entre las que se cuenta la actual directora del Instituto de la Mujer, una tal Miriam Tey de la que servidor no había oído hablar en la vida. Pero, ah, estamos en época de elecciones, y claro, el Instituto de la Mujer es una institución oficial, es decir, dependiente de este gobierno de mierda del PP que tenemos. Eso significa que la rentabilidad de atacar a Migoya por su libro es inmediata. Rentabilidad electoral, se entiende. Esta vez, las voces bienpensantes no pertenecen a la derecha, como suele suceder: desde la izquierda (buenos, ellos piensan que son de izquierdas), una serie de cretinos (dos de ellos han sido el portavoz del sóe, Jesús Caldera, y la niña ésta que presentan a la alcaldía de Madrid, Trini Jiménez) han sacado la caballería a la calle. La consecuencia ha sido la retirada fulminante del libro de Migoya de las librerías y su posible procesamiento, no sabría yo decir por qué delito.

Y ya estamos con "el tema": la libertad de expresión. ¿Cómo se atreven estos lechuguinos a llamarse de izquierdas? ¿No se suponía que era la derecha la que coartaba las libertades? ¿Acaso por el hecho de escribir un cuento en primera persona sobre un violador, está Migoya incitando a la gente a que salga a la calle a violar alegremente? ¿Le dijeron lo mismo a Muñoz Molina cuando publicó su excelente, e inquietante, "Plenilunio"? ¿Acaso American Psycho, de Bret Easton Ellis (del que, por cierto, recomiendo vivamente Less Than Zero) no es igualmente salvaje y apólogo, no sólo de la violación, sino de muchas otras aberraciones? La hipocresía pre-electoral, ¿puede alcanzar cotas más altas? ¿En qué caricatura de estado de derecho he tenido la desgracia de ir a caer? ¿Dónde fue a parar el respeto a la libertad de expresión? ¿Regresará después de las elecciones, o lo han guardado para siempre en el cajón mental de las palabras sucias? También he oído otras voces que decían que el relato era malo, como dejando caer que, en ese caso, no importa que lo prohiban. ¿Se puede ser más frívolo? Si hay algo que me toca los cojones hasta producirme urticaria es la frivolidad, sobre todo cuando está de más, y en este caso lo está.

Ya hace mucho, mucho tiempo que me avergüenza que mi DNI y mi pasaporte me identifiquen como ciudadano español. Lo que yo querría es ser islandés. Porque en este mierdoso país de pandereta aún nos faltan siglos para respetar a las personas. Profundamente. Al ciento por ciento. De la única forma posible.

20030516

Cines desaparecidos
Lo reconozco: soy adicto al cine. No soy cinéfilo, que el Gran Pitufo me libre de semejante estupidez snob: soy cinéfago; también se podría decir cinévoro, pero cinéfago me gusta más. Esto del cine, como muchas otras cosas, debe venir en parte de lo que uno respira por su casa, porque a mi viejo también le volvía loco el séptimo arte (afortunadamente, la naturaleza es sabia y, con su ayuda, he logrado superar la influencia negativa de mi madre y su absoluta indiferencia por cualquier manifestación estética, entre las cuales no incluyo ni la artesanía, ni el folklore, ni el bricolaje, ni a Lina Morgan). Pero me voy de tema: decía que mi viejo, como muchos de sus compañeros urbanitas de generación, creció rodeado de películas, que era el único entretenimiento al que los pobres de ciudad podían acceder sin poner en peligro de derrumbamiento sus inexistentes economías familiares.

Ya de pequeñajo me chiflaba que me llevasen al cine, sin ser ello obstáculo para que me tragase todas las pelis posibles en la tele. Las de los sábados por la tarde ("Primera sesión", qué tiempos) eran especialmente alimenticias, y se dividían en cuatro géneros: guerra con o sin submarinos, aventuras, oeste y todo lo demás. Cuando tuve once o doce años, mis viejos me autorizaron a ir al cine por iniciativa propia, acompañado de mi vecino Diego. Diego era un año mayor que yo, cosa que le costó la designación de facto de ángel protector de vuestro seguro servidor. Pagábamos esta afición de nuestros muy poco boyantes bolsillos, por lo que ni en sueños se nos hubiese ocurrido ir a ver una película de estreno: frecuentábamos las salas de reestreno/programa doble del barrio, que por aquella época eran dos: el Delicias y el Texas. En estas salas se podía ver, por un precio de entre 15 y 20 duros, todo tipo de bazofia, y de hecho abundaban las pelis de Pajares y Esteso o de Terence Hill y Bud Spencer, por poner un par de ejemplos. Pero no me importaba. Aún faltaba bastante tiempo para que tuviese lo que luego supe que se llamaba "criterio". Yo disfrutaba como un camello con cualquier basura, igual que mi viejo había disfrutado con los westerns de tercera regional de Ken Maynard y Tom Mix. Con el paso de los años mis gustos se fueron refinando al tiempo que mi bolsillo se saneaba (o al menos, se saneaba lo suficiente como para permitirme elegir) y dejé de acudir con la misma frecuencia a los cines de programa doble. Estos cines también fueron languideciendo y cerrando sus puertas, víctimas de una crisis que después, con la apertura de los multisalas, se reveló como pasajera.

Un día, no recuerdo exactamente cuándo, mi padre me informó de que habían cerrado el Delicias. Lo dijo de forma casual, como quien comenta un resultado de fútbol. A mí no me pareció casual. Yo le tenía cariño a ese cine. Un cariño nostálgico, nutrido de recuerdos de un niño que empezaba a caminar sólo. Lloré por ese cine, y aún se me encoge el estómago cada vez que paso por delante de él y contemplo el concesionario de automóviles que ahora ocupa su lugar. Creo que es de Alfa Romeo. Nunca compraré un coche de esa marca.

Joan Manuel Serrat compuso hace unos 15 años, ayudado en la letra por Juan Marsé, la canción "Los fantasmas del Roxy", en la que habla de un cine que para él significó lo que para mí fue el Delicias. Tanto Serrat como, por supuesto, Marsé, saben moldear las palabras mucho mejor de lo que yo sabré nunca, de modo que les cedo mi teclado y me retiro a regodearme un rato en mi melancolía no-etílica, como es mi derecho:

Los fantasmas del Roxy
(Letra: Joan Marsé y J.M. Serrat; Música: J.M. Serrat)

Sepan aquellos que no estén al corriente,
que el Roxy del que estoy hablando fue
un cine de reestreno preferente
que iluminaba la Plaza Lesseps.
Echaban NO-DO y dos películas de ésas
que tú detestas y me chiflan a mí,
llenas de amores imposibles y
pasiones desatadas y violentas.
Villanos en cinemascope.
Hermosas damas y altivos
caballeros del Sur
tomaban el té en el Roxy
cuando apagaban la luz.

Era un típico local de medio pelo
como el Excelsior, como el Maryland,
al que a mi gusto le faltaba un gallinero,
con bancos de madera, oliendo a zotal.
No tuvo nunca el sabor del Selecto
ni la categoría del Kursaal,
pero allí fue donde a Lauren Bacall
Humphrey Bogart le juró amor eterno
mirándose en sus ojos claros.
Y el patio de butacas
aplaudió con frenesí
en la penumbra del Roxy,
cuando ella dijo que sí.

Yo fui uno de los que lloraron
cuando anunciaron su demolición,
con un cartel de: «Nuñez y Navarro,
próximamente en este salón».
Y en medio de una roja polvareda
el Roxy dio su última función,
y malherido como King-Kong
se desplomó su fachada en la acera.
Y en su lugar han instalado
la agencia número 33
del Banco Central.
Sobre las ruinas del Roxy
juega al palé el capital.

Pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas
a las que nadie encuentra explicación.
Un vigilante nocturno asegura
que un trasatlántico atravesó el hall
y en cubierta Fred Astaire y Ginger Rogers
se marcaban el Continental.
Atravesó la puerta de cristal
y se perdió en dirección a Fontana.
Y como pólvora encendida
por Gracia y por La Salud
está corriendo la voz
que los fantasmas del Roxy
son algo más que un rumor.

Cuentan que al ver a Clark Gable en persona
en la cola de la ventanilla dos
con su sonrisa ladeada y socarrona,
una cajera se desparramó.
Y que un oficial de primera interino
sorprendió al mismísimo Glenn Ford
en el despacho del interventor
abofeteando a una rubia platino.
Así que no se espante, amigo,
si esperando el autobús
le pide fuego George Raft.
Son los fantasmas del Roxy
que no descansan en paz.