20031230

Orgullosos de su móvil

La empresa de telefonía móvil Movistar ha puesto en marcha una (otra) campaña para la renovación de los terminales de sus usuarios. La cosa es que, con los puntos acumulados por hacer llamadas, por cuatro perras se cambia uno el terminal por otro molón, con pantalla de coloricos, acámara de afotos, gprs, mms y gti turbo diesel. El eslogan de la campaña es Estarás orgulloso de tu móvil. Orgulloso? Veamos; yo, cuando veo que una palabra se usa de una forma que me hace rechinar las neuronas, lo que hago es mirar el diccionario, más que nada por tener una referencia. Esto es lo que el diccionario de la RAE dice de "orgulloso":

orgulloso, sa.

1. adj. Que tiene orgullo. U. t. c. s.


Vale; busquemos entonces "orgullo":

orgullo.
(Del cat. orgull).
1. m. Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.


(De entrada, me parece curioso que el origen de la palabra sea catalán; no debe haber muchos préstamos en esa dirección. En segundo lugar, "orgullo" se utiliza con mucha frecuencia de forma no peyorativa y me parece bastante marciano que los de la RAE cuasieviten graciosamente esta común acepción. Pero me voy del tema; sigamos.)

Muy bien, pues ya sabemos lo que es orgullo según la apolillada RAE. A ver cómo se aplica en este caso. Comenzaremos por desechar la parte de "que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas", puesto que no tiene nada de noble ni de virtuoso el poseer un terminal móvil (tampoco el no poseerlo); yo lo clasificaría como acto sin calificación moral. Nos queda entonces la parte "arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia". Bien, recapitulemos: Movistar dice Estarás orgulloso de tu móvil, y la Real Academia dice que "orgullo" es arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia. Es decir, que el hecho de tener un móvil va a aumentar mi arrogancia, mi vanidad y mi estimación propia (o autoestima, en jerga giliautoayuda). Debo ser raro: no veo que el entrar en una tienda Movistar y adquirir un terminal móvil tenga relación alguna con la percepción que tengo de mí mismo. Como soy bastante tecnófilo, estos cacharros con muchas funciones y cosillas de colores me parecen graciosos, y si tuviese uno, de seguro estaría bastante satisfecho con él. Pero de satisfecho a orgulloso hay un salto, y no sólo semántico, que no estoy dispuesto a asumir. Uno puede estar orgulloso (en el sentido bueno) de sus músculos que le cuestan dos horas de pesas cada día, de su habilidad para resolver problemas de ajedrez, de la torre de Pisa construida con palillos que acaba de rematar (con el mismo ángulo que la original respecto del suelo), de sus capacidades culinarias o de haber acabado la carrera de ingeniería de caminos, tareas todas ellas que implican un cierto esfuerzo, una cierta implicación personal y una finalidad más o menos satisfactoria, ya sea para uno mismo o para otros. Que venga el creativo publicitario que parió el eslogan (y el directivo que lo aprobó, ya puestos) a explicarme exactamente qué tipo de imbécil puede sentir un incremento en su nivel de orgullo por el hecho de poseer un terminal móvil más moderno.

Se puede aducir que el objetivo de la campaña es atrapar a un público adolescente (de edad física o de edad mental) que está explorando las posibilidades del mundo y aún no acaba de tener muy claro la cosa ésta de los valores (si es de edad mental, no lo tendrá claro en la vida). Quizá sea maravilloso para las ventas, pero es perverso. Me parece de una nada dudosa inmoralidad ligar la posesión de objetos con el orgullo. Me parece torcido mover el mercado a base de crear, solapadamente, infelicidad por la no posesión. De acuerdo, siempre es así, pero no siempre es tan obvio, tan feo. Además, ni siquiera se trata de objetos asociados a un status, con lo cual me resulta incomprensible incluso desde el punto de vista del pijo subnormal que, al volante de su BMW Z3, mira por encima de la hombrera de su polo Burberry a los infusorios a los que avasalla con sus centenares de innecesarios caballos. No: aquí se trata de cacharros que cuestan desde 79 euros (y hasta 150 euros de saldo gratis, infórmate llamando al 609). La felicidad al alcance del pueblo. Es miserable.

Ese eslogan infecto, te sentirás orgulloso de tu móvil, enunciado en un profético futuro de indicativo, contiene mucho más de lo que dice. Es toda una filosofía. Detectadla y acabad con ella.

20031218

Comentarios

Pregunta (retórica): ¿Por qué no tengo un apartado de comentarios en mi blog?

Opciones de respuesta (elegir una):

a) Porque no sé ponerlo
b) Porque todos los blogs lo tienen
c) Porque la opinión de todo el mundo (excepto la de un grupo selecto de homo sapiens que se suele comunicar conmigo por medios convencionales que incluyen los mensajes de correo electrónico) sobre mis posts me la trae al pairo
d) Por tugal
e) Por sche Carrera

La respuesta correcta es la c. Estoy seguro de que no es una sorpresa. Salvando las distancias, creo que Mariano José de Larra no tenía un link de comentarios al lado de la columna ésta que firmaba como "El pobrecito hablador". Tampoco lo tiene, hasta donde llega mi información, mi admirado Quim Monzó, cuya misantropía e irónica mala hostia son una guía para mí desde la noche de los tiempos. Por coherencia conmigo mismo (y yo tengo mucho de eso; bueno, a veces), ¿cómo iba yo a tener un apartado de comentarios?

A veces leo los comentarios de los blogs de mis amiguetes y me suelen aburrir. A menudo son elogios, y opino que es muy difícil elogiar sin que suene a manido. Otras veces son bromas o comentarios tan privados que, a efectos de lectura por parte de los no directamente implicados, igual podrían estar escritos en húngaro. Otras muchas, en fin, es puro hablar por hablar. Y, como dijo el poeta, si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor mantén el pico clausurado, perdedor. O algo parecido.

Solo un par o tres de veces he hecho comentarios en algún blog, y por lo que (apenas) recuerdo creo que han sido de mal rollo, de estos para hacer amigos que tan bien me salen. O quizá es que he olvidado los otros. De todas formas, si un post me gusta (y eso sucede a menudo en ciertos blogs, algunas veces en otros y nunca en muchos) suelo decírselo al implicado de forma privada, por un motivo: un elogio público tiene tanto de homenaje al autor como de exhibición ante la concurrencia del (buen o mal) gusto del comentarista. No me siento cómodo practicando esa forma, confusa en mi opinión, de comunicación. También hay otro motivo: mi comentario podría quedar en contacto con otros comentarios efectuados por entes a los que no deseo tener dentro de una esfera de 75 kilómetros centrada en mi persona, ni de forma real ni de forma virtual. En la realidad, a veces tengo que joderme y apechugar, pero la virtualidad la elijo yo, gracias.

Así que ya sabes: si tienes algún comentario puedes usar el teléfono (si lo sabes), el email (la dirección está aquí al lado; eso sí, quizá no lo lea) o la voz (si me vas a ver). Y si no hay comentarios, pues seré igual de feliz. Ni más ni menos: igual.

20031217

Felicitación

(Esto no es mío, es uno de esos textos que circulan por correo electrónico por todo el orbe, pero me ha parecido perversamente divertido y lo he usurpado para convertirlo en mi felicitación navideña de este año. Hale, felices fiestas a todos menos a uno.)

Querida y/o querido Señor, Señora, Señorito, Señorita o Cualquier Otro Tratamiento adecuado:

Este deseo le llega desde ............., sujeto a los términos que siguen.

Por favor, léalo con detenimiento, dado que soy consciente de nuestra posición de blanco potencial -aunque no de manera efectiva, por el momento- de personas con o sin nombre, implicadas o menos, con afán litigante.

Acéptelo, por favor, sin obligación explícita ni implícita: mis mejores deseos para una celebración sostenible, responsable con el medio ambiente, dentro de la preocupación social adecuada, sin ansiedad, evitando las adicciones, neutra en género y otras cuestiones tolerantes, de las fiestas en torno al solsticio de invierno del hemisferio norte terrestre, practicada dentro de las más felices tradiciones de la creencia religiosa de su gusto, o de la práctica laica que desee -de haber alguna- con el obvio respeto por cualesquiera otras creencias religiosas o laicas que sean, o incluso con la opción igualmente libre de no celebrar práctica o tradición religiosa o laica alguna...

...deseo que se extiende a un comienzo con éxitos financieros, de enriquecimiento personal, sin problemas médicos, del calendario ampliamente aceptado que nos coloca al comienzo del año 2004, todo ello sin menosprecio o menoscabo de cualesquiera otros tipos de calendario que puedan ser de su elección, correspondientes a culturas cuyas contribuciones a la sociedad han ido ayudando a ser lo que hoy somos, sin implicar por ello una visión que menosprecie o menoscabe el pasado o cualesquiera otras formas contemporáneas de civilización, específicamente sin que ello aluda ni por asomo a elecciones competitivas o no igualitarias de raza, credo, color, edad, capacidades físicas, fes religiosas, elección de sistema operativo o preferencias sexuales y culinarias de la persona a la que dirijo este deseo...

(Al aceptar esta felicitación está usted aceptando estos términos. Una felicitación que está sujeta, si es menester, a clarificación o a simple retirada. Es transferible de manera libre y gratuita, siempre que se mantenga el fraseado original. No implica, por parte del deseante, promesa de que suponga imposición de deseos sobre cualesquiera otras personas, se considerará completamente vacía allá donde esté prohibida por la ley, y además será revocable con la mera voluntad del deseante. Este deseo se garantiza que funcione durante el periodo usual de aplicación de un año, o hasta la elaboración de otro tipo de felicitación posterior, lo que antes suceda. La garantía se limita, en cualquier caso, a su cambio por otra más o menos concreta en función de la voluntad de quien la desea).

Por lo demás, felicidades.

20031214

Miquel

Aquests profunds silencis plens de tu,
aquests silencis clars i vehements,
tan plens de tu que ja tot hi és sobrer;
aquesta solitud sense després
que compartim fins a esgotar-ne els sons;
aquesta quietud que vulnerem
a penes amb els ulls, o bé amb les mans
és un projecte i un acompliment.
Marta, l'embruix de tu m'ha tant sotmès
que ja ni em dol la vida que no visc
i em perdo amb tu per llocs inconeguts
i no hi ha espai entre el teu cos i el meu.
Arribarem al cor de l'espiral
ponts a través, sense temor del vent,
mars a través, esperonats pel foc.
Boja com jo, m'escoltes i somrius.
Tots els camins són bons per fer camí.

(Miquel Martí i Pol, Estimada Marta, 1978)


Con un mes y pico de retraso que ya no te puede importar, sólo quería decirte esto: adéu i gràcies, Miquel.
Cineterapia

Hace ya unos meses, paseando por la FNAC, me topé con un libro con el (iba a decir sugerente) título de Cineterapia. El libro, de tamaño medio, encuadernado en tapa dura, con una colorista (i.e., hortera) portada de estilo Bridget Jones/Jordi Labanda (el ilustrador de la campaña de Font Vella; no lo puedo soportar, me produce gases) y autorado por dos exbarbies norteamericanas de mediana edad, unas tales Nancy Peske y Beverly West, promete en la portada, entre otras frases sublimes: Te han dejado plantada? Te sugerimos las mejores películas en las que son ellos los abandonados. Ignoro el éxito que este libro ha tenido en nuestro país, pero en los USA han sacado tres libros más del mismo estilo. En su web encontraréis datos acerca de ellos y de sus autoras. Baste citar el siguiente título de sección (del libro Bibliotherapy): "Books That Are the Equivalent of Citronella for Men". Emético.

Me pregunto qué tipo de entidades de cerebro alisado pueden comprar este libro a partir de una frase como la citada de "Te han dejado plantada? Te sugerimos las mejores películas en las que son ellos los abandonados." Desde mi punto de vista, alguien que cree que puede sacar algún consuelo de semejante basura merece ser abandonada (y, con un poco de suerte, no dar tiempo ni ocasión a ninguna de sus relaciones para que la preñe y nos condene a la perpetuación de sus genes), tantas veces como sea necesario hasta que aprenda a ser persona o hasta que se canse de una jodida vez. Por supuesto que una película específica, un libro específico o una canción específica pueden echarte una mano en situaciones emocionales difíciles. Pero la estúpida frivolidad con la que se aborda la situación me saca de quicio. No debería sorprenderme, en todo caso: responde al mismo tipo de degeneración ética que lleva a rebaños de marujas a los programas de televisión de la tarde para airear ante millones de personas breves ejemplos de la mierda en la que viven, han vivido y vivirán inmersas hasta el final de sus días. Sólo que el modelo de maruja siglo 21 está más delgada, lleva ropa más cara y pronuncia los nombres de los actores con un remedo de acento, en lugar de la pronunciación grafo-fonética de las generaciones anteriores. También leen el Cosmo (pero empezaron leyendo el Nuevo Vale; por cierto, conozco a una chica que trabajaba en la editora del Nuevo Vale y cuando la conocí llevaba ya escritas cuatro historias de "mi primera vez" para la revista), aunque no le hacen ascos al Pronto. Ah, y creen que ser feminista consiste en reunirse en aquelarre con sus amigas (en sentido amplio) y poner verdes a los tíos en general (gracias, Lidia Falcón, majica, por fomentar este tipo de actitudes constructivas e intelectuales), justamente la misma noche en la que sus respectivos se reúnen para beber y hablar de fútbol, de coches y de lo putas que son todas menos sus madres, sus hermanas, sus sufridoras, la virgen María y la madre Teresa de Calcuta.

Reflexión final: Mira, niña (o niño; el género importa un pijo): si te ha dejado tu costilla tienes, a grandes rasgos, un par de posibilidades: pegarte un tiro (pero hacia allá, por favor) o apechugar. Si mirar una peli te ayuda, adelante, mírala, y que te aproveche. Si mirar una peli te ayuda por el hecho de que en ella el abandonado es el contrario, quizá debas reconsiderar seriamente la primera posibilidad en beneficio de la especie. Si además eres poseedora de un ejemplar de Cineterapia, por favor, quémalo antes de suicidarte. Así matamos, y nunca mejor dicho, dos pájaros de un tiro. Occidente no te necesita. Gracias por su atención.

20031127

Traidores

No me gusta el fútbol, ni verlo ni jugarlo. Me aburre soberanamente, no lo entiendo demasiado bien y me asquea el ambiente futbolero, la prensa deportiva y las peñas. Aún así, confieso que soy del Espanyol, aunque no sé quiénes son sus jugadores, qué cara tienen, qué posición ocupa en la tabla (aunque ahora creo que va último, nada raro) ni cómo se llama su entrenador. Lo del Espanyol es algo así como tradición familiar; mi padre era periquito y solíamos ir juntos a ver los partidos, pero el fútbol me daba igual, a mí lo que me molaba era pasar la tarde con mi viejo. También hay una parte de espíritu tocapelotas: los triunfadores siempre me han dado grima, por lo que la sola idea de ser seguidor del Barça me provoca sarpullidos. Uno de mis mejores amigos es, en cambio, hincha perdido del Barça. Pertenece, por tanto, al sinnúmero de personas que calificaron (y califican) a Luis Figo (ese tío guaperas de la foto) de "traidor" por haberse dejado fichar por el Real Madrid, eterno rival.

Traición es una palabra del calibre 183 (como Margarita Rodríguez Garcés). Se puede aplicar con propiedad a un amigo que te clava una puñalada por la espalda, a una pareja que te pone los cuernos mientras te jura que eres el hombre de su vida o a un general que, después de haberse comprometido a defender un estado, se levanta en armas y monta una carnicería de tres años de duración.

Luis Figo es un futbolista portugués. Jugó en el Sporting de Lisboa antes de pasar por el Fútbol Club Barcelona. No me cabe la menor duda de que se encontraba bien en esta ciudad; es lo que le suele pasar a cualquiera que esté podrido de pasta y viva en una ciudad semicivilizada en la que se encuentra más o menos de todo y se puede adquirir todo aquello que se pueda pagar. En un momento determinado, el Real Madrid ofreció a Figo la oportunidad de jugar en el equipo. Supongo que la oferta económica fue sustanciosa, suficiente como para tomarse la molestia de cambiar otra vez de ciudad y de ambiente. El caso es que Figo, futbolista de profesión, ejerció su derecho a venderse al mejor postor (mejor desde su punto de vista, desde luego) y se largó a Madrid. Buen viaje.

No creo que Figo imaginase la reacción desmedida, estúpida e irracional que su marcha a Madrid iba a provocar entre los aficionados del Barça. Se le insultó de muchas formas, algo habitual en estas circunstancias, pero el insulto que más se oyó, se oye y, por lo que parece, se oirá, es "traidor". Ese "traidor" que se reserva a aquellos a quienes se ha otorgado la confianza y abusan de ella. Justo lo contrario de lo que hace un jugador de fútbol de élite, cuya filosofía del trabajo viene a ser: si A paga más que B, trabajo para A; si A me cae mal y me lo puedo permitir, trabajo para B; si no me da la gana, no trabajo ni para A, ni para B, ni para las putas madres que parieron, respectivamente, a ambos.

Compadezco a los aficionados que no saben, o no quieren, ver que el fútbol es un espectáculo que mueve cantidades ingentes de dinero, y que los actores de este juego se mueven al son del euro. No estamos hablando de equipos de barrio, nutridos del esfuerzo de amateurs que deciden pasar su tiempo de ocio practicando un deporte. Esto es un *negocio*, y se rige por la ley sin ley del *capitalismo*. Traición? Despierta, tontín, y sacúdete tu analfabetismo funcional. Puede gustarte o no gustarte, pero los futbolistas de élite son mercenarios y, obviamente, ofrecen sus servicios a quien les ofrece una mejor compensación a cambio de los mismos; en general, económica. Cuando hayas aprendido eso, cacho tarugo, pasaremos a la segunda fase: la suma llevando y la resta sin llevar.

20031111

Esoterismo

El fin de semana pasado se celebraba por aquí la 15 edición de la Feria Esotérica Internacional Magic 2003. Ya hacía unos años que tenía curiosidad por visitarla, de modo que el sábado R., mi amigo J. y yo nos llegamos al Palau Sant Jordi para echar un vistazo. J. tiene contactos en todos lados, así que consiguió unas invitaciones y nos ahorramos los 7 € de la entrada.

La feria ocupaba un recinto no muy grande anexo al Palau Sant Jordi, y lo primero que noté fue lo siguiente: allí dentro había mucha gente. Pero mucha. Miles de personas. Abarrotado, estaba aquello. Como J. reflexionó, si una cosa queda meridianamente clara es que el negocio esotérico mueve una cantidad en absoluto despreciable de dinero. Cabe decir que había más mujeres que hombres, pero no os creáis el mito: el porcentaje de hombres, aunque no era del 50%, era alto.

La feria en sí la constituían un centenar mal contado de stands de distintos tamaños. El predominio de las (casi siempre mujeres) tarotistas era obvio. Mesita, dos sillas, baraja de cartas y poca cosa más era todo lo que necesitaban estas modernas brujas para realizar su trabajo. Los precios de las tiradas variaban más o menos entre 10 y 20 euros, aunque tampoco presté mucha atención. El modelo estético Aramis Fuster se imponía: cabellos de tonos rojos/lilas/violetas, ropa vaporosa u orientalizante, maquillaje excesivo. Un número significativo de adeptas se apuntaban al mismo patrón. Daba un poco de grima.

Al fondo del recinto se encontraba la sala de conferencias, en la que "expertos" de diversos pelajes desgranaban sus exiguos conocimientos entre un proceloso piélago de lugares comunes, esdrújulas mal usadas y sobreabundancia de adjetivos. La intención: marear la perdiz y dar la impresión de que se han dicho cosas muy importantes. Ésa fue, al menos, la impresión que me llevé de los 20 minutos de conferencia acerca de "Los secretos de la gran pirámide", por Manuel Delgado, un tipo notable dentro del submundillo de los piramidiotas y dotado de una gran habilidad para no decir nada sin parar de hablar. Me llevé una decepción, ya que J. me había contado que había oído a Delgado decir los mayores embustes, en cadena y sin pestañear, pero ese día no debía estar muy inspirado. No es que no dijese bobadas, es que no fueron nada espectaculares. Vaya pérdida de tiempo, y encima sentado en el suelo, porque la sala estaba superpoblada.

Junto a la sala de conferencias, algún listillo (creo que el tal Delgado estaba implicado, porque no perdió la oportunidad de hacer publicidad al respecto) había montado un decorado de cartón piedra a (burda) imitación de un templo egipcio, con busto faraónico incluido, y cuya utilidad, al parecer, era "cargar" de energía cósmico/telúrica, sea lo que sea eso, un escarabajo de piedra azul que podías adquirir en el stand de información, a la entrada. El número de personas dispuestas a pasar por esa copia ful con exceso de purpurina para activar su escarabajo bastaba para colapsar uno de los cuatro pasillos de la feria. Junto a ellas, tres macizas plus lidiaban con la muchedumbre repartiendo folletos de una distribuidora de artículos erótico-esotéricos (?). Extraño matrimonio. En ese mismo pasillo, un tío con un desaseado aspecto de okupa agredía los tímpanos de una forma lamentablemente arrítmica con su tambor de don Nicanor. Creo que su intención era parecerse a esos grupos de folklore japoneses que tocan los tambores; huelga decir que el individuo fracasaba por completo. Debo admitir, sin embargo, que no dejaba indiferente: a mí, sin ir más lejos, me dieron ganas de meterle las baquetas por el esfínter anal, post-embadurne con chile verde.

Los esotéricos mediáticos destacaban claramente sobre los demás, tanto por el tamaño de sus stands como por la acumulación de gente en ellos. Principalmente, dos grupos: la profesora Rossana, patrocinadora del evento y musa del recontracutre Canal 25, y sus empleados/secuaces; y Mariló Casals y Joaquim Teixidor, los brujos residentes de la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, léase TV3 y Catalunya Ràdio. Tengo la sensación de que sus mercados son muy dispares: mientras que Rossana explota el mayoritario sector de marujeo de segunda regional, heredero de los rulos y la bata de boatiné, Mariló y el "senyor astròleg" se dedican más bien al sector finolis y de la ceba, menos numeroso pero de mayor potencia financiera. O esa es, al menos, la impresión que causan. La tal Rossana no es capaz de hilar tres palabras seguidas sin agredir con saña al DRAE y a la gramática de Manuel Seco, revelando con claridad meridiana dos cosas: que el rollo éste de la cultura lo aplazó para una vida posterior, y que ni puta falta que le hace para su negocio, porque recientemente ha abierto un Punto de Encuentro Esotérico en el Paral·lel de Barcelona, con 1.000 m2 de superficie. No está mal, aunque como delincuente con local comercial Mario Conde la supera de lejos (pero éste tiene preparación académica). El poder de Rossana, poder de convocatoria específicamente, quedó patente al salir de la pseudoconferencia sobre pirámides: una kilométrica cola de personas esperaban para asistir al siguiente acto celebrado en la sala, que protagonizaba la susodicha.

Tuve también el placer de volver a ver a una bruja con la que medio me las tuve hace año y pico en un mierda-programa de Antena 3, Otra dimensión, y a la que mi amigo J.M. bautizó, de forma muy acertada en mi opinión, como Godzilla. Ésta es, si cabe, aún más burra que Rossana, y ni siquiera tiene un libro llamado Nací bruja, como la otra. Aunque tampoco parece muy necesario: a mí me resultó obvio que era una bruja desde el instante en que la conocí (y eso que no fue, que el Gran Pitufo me libre, en el sentido bíblico). Tampoco tenía aspecto de necesitar muchas luces, a tenor de la cantidad de clientes que esperaban ser recibidos (y timados) por ella.

El festival se completaba con diversas variantes de lo mismo: velas "preparadas" (los católicos también llevan siglos con el rollo de las velitas), altares candomblé, fuentes de los deseos por el módico precio de 1 €, fotografías del aura (si te pees durante la foto salen más colores, fijo) y muchas más. Incluso había un sujeto que vendía un Manual de escepticismo en el que ridiculizaba ciertas actitudes de los escépticos (no sé por qué lo haría: la guerra está perdida de antemano y los ganadores no somos los escépticos), con un sentido del humor no muy refinado, acorde con la capacidad mental promedio de sus (dos docenas de) lectores potenciales y la suya propia.

En fin, no sé qué más añadir. Una cosa es obvia: la mayoría de la gente necesita creer. Quizá sea una salida fácil para olvidar sus dificultades para llegar a fin de mes, sus problemas de salud, su analfabetismo funcional (cuyas manifestaciones más evidentes pueden captar incluso ellos), sus vidas de mierda en definitiva. También habrá, estoy convencido de ello, motivaciones menos truculentas. El mercado, en todo caso, existe, y en gran cantidad. Si no tienes escrúpulos, ¿a qué esperas para explotarlo? En el fondo, se lo merecen.

20031029

Cría y engorde de enemigos

En el club de listorros del que soy socio disponemos de una ficha en la que, entre otros datos más prosaicos, debemos especificar nuestras aficiones, con el loable propósito de encontrar almas gemelas que practiquen actividades de tipo similar y así poder echarse unas risas. Mi lista de aficiones es: Literatura, cine, cómic, teatro, escepticismo y pensamiento crítico, cría y engorde de enemigos. Las cuatro primeras no tienen mucha gracia; quizá sean las dos últimas las que tienen un poco de enjundia. Sobre todo la última.

Ya llevo casi 37 años arrastrándome por la superficie de esta bola de polvo con más o menos fortuna y, habiendo aprendido una cantidad no despreciable de cosas, una de las más útiles es la siguiente: la cantidad de gente que prefiero tener alejada de mi persona es muy grande. Alguien dirá: "mira qué listo, parece que haya inventado la sopa de ajo". Pues no. La diferencia entre un servidor de ustedes y casi todo el mundo es que con cierta frecuencia me permito el lujo de indicar mi desprecio a los afectados, generalmente por escrito y de forma pública. De este modo, un creciente número de homo sapiens de ambos sexos que podrían estar en la categoría de indiferentes pasan a la categoría de enemigos.

Por supuesto que, como todos, procuro mantener el tipo y poner cara de póquer o incluso sonreír si creo que el ejercicio de la hipocresía contribuye a evitar un mal mayor. En otras palabras: soy borde pero no estúpido. En cambio, si creo que alguien se merece ser puesto en evidencia, humillado y sometido a escarnio, lo hago. Mis campos de batalla suelen ser (aunque no siempre) las listas de correo, lugares peligrosos, porque los escritos quedan, mientras que las palabras habladas se las lleva el viento. Son lugares donde el gañán ignorante, el analfabeto funcional, el facha pseudoprogre y el vanidoso ombliguero se desmelenan sin pudor y quedan fielmente retratados. Y yo disfruto dedicándoles unos cuantos párrafos hirientes. Me cosquillea la tripa pensando en los cabreos que se pillan.

Las listas de correo del susodicho club de listorros son terreno abonado para la proliferación de este subgénero que tanto me gusta despreciar, por un sencillo motivo: como todos hemos pasado un test que dice que somos los más listos del mundo mundial, cualquier indocumentado se siente con autoridad para graznar sin complejos sus opiniones al viento en beneficio de la humanidad, como rezan los estatutos del club, elaborados sin duda durante una lisérgica orgía de pajas mentales.

La mayoría de personas, y es lógico, prefieren mantenerse en el nivel de indiferencia con relación a aquellos que les molestan. Para mí, en cambio, es un honor e incluso un deber aumentar la cuenta de personas que no pueden verme ni en pintura. Si estuviésemos en el Oeste en el siglo XIX, probablemente me callaría la boca debido al riesgo de recibir un balazo en la tripa; pero en un país (semi)civilizado como éste, ¿qué motivos tengo para callarme? De hecho, como suelo recordar a mis interlocutores, la libertad de expresión funciona en ambos sentidos: ellos tienen derecho a decir cualquier gilipollez y yo, por supuesto, tengo derecho a decir que lo es, siempre y cuando no incurra en algún delito castigado por el código penal. Por qué habría de guardarme la bilis que me hacen segregar estos desechos cerebrales, si tengo la posibilidad de vomitarla encima de ellos? Es para mí una cuestión de ética e higiene social.

El mundo está lleno de gente. La población mundial sobrepasa los seis mil millones de personas. Dejad que lo ponga en números, para que pilléis la dimensión: 6.000.000.000 de personas. Son 50.000 estadios del Barça llenos. Si viese a una persona por segundo, la población mundial tardaría más de 190 años en pasar por delante de mis ojos. En el mejor de los casos me quedan 40 o 50 años de vida. ¿Creéis que vale la pena perder un solo segundo haciendo el paripé por no ofender alguien a quien preferiríais ver debajo de las orugas de un carro de combate? Oh, no, nada de eso. Guerra a muerte.

Sólo hay una cosa que me inquieta: alguna persona lúcida dijo una vez "conoceréis a los hombres no por la calidad de sus amigos, sino por la de sus enemigos" (o algo parecido). Qué pena; según este criterio bastante razonable, mi calidad no debe de ser muy alta. Pero no hay problema: seguiré intentándolo. Y, como dijo mi admirado Cyrano,

A force de vous voir vous faire des amis,
Et rire à ces amis dont vous avez des foules,
D'une bouche empruntée au derrière des poules!
J'aime raréfier sur mes pas les saluts,
Et m'écrie avec joie: un ennemi de plus!


(Lo lamento por los que no lean francés; en fin, siempre nos quedará el Power Translator.)

20031028

Conoce a tu enemigo: el comercial

Vivimos en una sociedad dividida en dos: los que compran y los que venden. De hecho, la mayor parte de nosotros estamos en ambos lados de forma alternativa. No creo que tenga nada de malo. Lo que es realmente molesto es tropezarse con uno de esos gusanos que se pasa el día entero vendiendo.

Vamos, seguro que sabéis de qué hablo. Hablo de la persona que interactúa con el prójimo con la actitud del que te está queriendo convencer de que la compres. Gente que se describe a sí misma con palabras, en lugar de dejar que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Monopolizadores de conversaciones sin nada que aportar, malabaristas del lenguaje (incorrecto) vacío y del tiempo (ajeno) perdido, chupacámaras translúcidos, yo me manejo bien con todo el mundo, personalidades color de cachumbo. Es sorprendente constatar como muchos de estos entes son, de hecho, comerciales de profesión. Al parecer, están atrapados por su nine-to-five del carajo y se ven psíquicamente abocados a seguir con lo suyo incluso en situaciones en las que, no sólo no es necesario, sino que es inapropiado.

Esta gente suele poseer agendas monstruosas y toneladas de compromisos sociales. Puesto que su concepto de "amigo" es laxo, también poseen numerosos de estos amigos fules, de una catadura moral similar a la suya y en los que procuran no confíar demasiado porque, igual que ellos lo harían, en cualquier momento te pueden pegar una patada en las gónadas por detrás o te los puedes encontrar en la cama, echando un amistoso polvo con tu pareja.

Otro de los vicios de estas subpersonas es arreglar vidas ofreciendo (en realidad, vendiendo) consejos que nadie ha pedido, una actitud bastante irritante y que, contemplada desde fuera, provoca furibundos ataques de vergüenza ajena, que sólo se solucionan con un discreto mutis. Les chifla comenzar frases con "yo no soy xxx, pero...", siendo xxx cualquier cosa que en realidad sí son (por ejemplo, racistas, sexistas o peperos) y que, en su palurdez sin medida, intentan ocultar de esta forma burda y por demás infructuosa. Son los principales promotores del relativismo blanducho en el que estamos sumidos, ya que confunden "libertad de expresión" con "todas las opiniones merecen el mismo respeto", lo que les permite vomitar en público las opiniones más estúpidas sobre cualquier tema que ignoran como si estuviesen enunciando la ley de la gravitación universal.

El comercial no es un tipo humano muy peligroso, sobre todo si lo comparamos con el terrorista suicida o con el drogadicto sidoso con una jeringa en la mano. El truco está en identificarlo y a) mantenerse alejado de su área de influencia, o b) tirarlo por un balcón de forma que parezca un accidente.

20031024

Manolo

Ya estaba todo preparado a la espera de Fuster, que llegó cargado con sus regalos y señaló imperativamente la chimenea apagada, olisqueó el vino y puso la mesa mientras Carvalho buscaba en la biblioteca el libro que iba a servir de combustible base para la fogata. Eligió un libro de versos de Justo Jorge Padrón y un pequeño librito con dos piezas teatrales de Beckett, "La última cinta" y "Acto sin palabras". Fuster examinó los libros antes de que Carvalho los desguazara y quemara.

-¿Por qué?
-Ante todo porque son libros y luego porque sí.
-¿Los has leído?
-Hace años. Cuando leía.

(MVM, Los pájaros de Bangkok, 1983)


Adiós, Manolo Vázquez Montalbán. A los ateos como tú o yo, ni siquiera nos queda el magro consuelo del "hasta luego".

20031022

Monarquías

Acabo de ingerir mi minirración de noticias diaria, junto con una pizza. Me he enterado de que el periodista marroquí Alí Lamrabet, al que condenaron a 3 años de cárcel por un delito de "ultraje al rey", ha tenido hoy un juicio (en realidad, lo han aplazado) para aumentar la condena por un delito anterior por el que ya fue condenado (¿?¡!) y que tenía que ver con la difusión de una noticia acerca de la venta de un palacio de la familia real marroquí a unos inversores extranjeros. Hasta aquí los hechos.

No es el caso específico de Marruecos el que me interesa. Me interesa la supervivencia de las monarquías. Me interesa por un motivo similar al hecho de que haya gente que cree que se comunica con espíritus o a la proliferación de los teléfonos de tarotistas: porque no lo entiendo.

Vamos a ver: ¿qué es un rey? Hasta donde yo sé, un rey es una persona que, por el hecho de haber nacido por un agujero determinado, tiene poder sobre una serie de miles o millones de personas, sus "súbditos". No es relevante el hecho de que el poder que ostenta un rey sea relativo: lo relevante es que estas figuras paleolíticas, estos vestigios del pasado, sigan sobreviviendo. El Juanca, ese sujeto que ocupa el palacio de la Zarzuela, no parece un mal tipo. Un poco bobo, pero quién no lo es si en tu familia hace siglos que se casan primos con primos. Su hija mayor sí parece claramente disminuida, pero gracias a la ley sálica no hay muchas probabilidades de que ocupe el trono, por lo que da bastante igual (corrección: parece que no estoy muy al día porque, según el artículo 57.1 de la consti, Elena la premio Nobel es la segunda en la línea sucesoria; ¡que el Gran Pitufo nos coja confesados!). A mí lo que me jode es que exista la monarquía. Que una estirpe de personas reciban una corona y unas atribuciones que nos afectan a todos por la genética gracia de Dios. Que tenemos monarquía parlamentaria? Pues veréis, yo soy partidario de aplicar la navaja de Occam también a este caso: simplifiquemos. Si es "parlamentaria", para qué "monarquía"? Acaso no hay un parlamento? Cómo, que se necesita una figura representativa del estado en los organismos internacionales? Bien: elijamos un presidente de la república. Que sale más caro? Lo pago con gusto, sólo por el placer de saber que su mandato tiene una duración limitada y que depende de los votos de las personas, aun cuando piense que la mayoría de los votantes son unos catetos. Qué importa que la monarquía ya exista y que haya que cambiar muchas cosas para hacerla desaparecer? Quiere eso decir que tenemos monarquía para toda la eternidad? Qué sentido tiene hablar de eternidades en un estado (supuestamente) aconfesional? Somos personas. Acaso no tenemos todo el derecho a que sean personas, no entidades suprahumanas de duración indefinida, las que nos representen? Quién que no sea un estúpido, un carca, un inconsciente, un pervertido o cualquier combinación de los anteriores, puede desear la continuidad de la monarquía a estas alturas de la historia?

Me ofende también este pacto (semi)tácito de no agresión entre los periodistas y escritores y la casa real. Por qué? A cuento de qué no se puede tocar al rey? Sabéis que el artículo 56.3 de la Constitución dice: "La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad."? Por favor, estamos en el siglo 21! No 11, no 15, sino 21! Han pasado más de 200 años desde el Liberté, egalité, fraternité, pero en este país, y en otros muchos, no parecemos habernos enterado del todo de lo de la igualdad. Hordas de subnormales (así a bote pronto, no sé por qué, me viene a las mientes Luis María Ansón, de cuya imagen podéis disfrutar a la derecha) se siguen postrando, física o mentalmente, ante las figuras coronadas. Pues mira: yo creo que el único rey que tiene sentido es el del ajedrez. Sobre todo porque le puedes dar jaque mate.

20031020

Homeopaqué?

(Hace un par de años escribí esto para la revista del club de listorros al que pertenezco, Mensa. Hoy ha sido un día de poco trabajo, por lo que me he estado paseando por la web y, después de visitar la página de mi amiguete escéptico Ferran Tarrasa, he decidido recuperar este artículo para el blog. Su interés, creo yo, no ha disminuido. Juzgadlo vosotros mismos, en todo caso.)

Vivimos en una sociedad extraña. Parece obvio que, para una parte muy grande de la población, dios ha muerto. Lamentablemente, la mayoría de personas siguen necesitando un mecanismo de creencias para funcionar, lo cual no dice mucho positivo sobre la humanidad. El caso es que, muerto dios, ha surgido una cohorte de nuevas creencias en las que consumir parte de las calorías que se pasean por nuestro infrautilizado cerebro. Las llamadas “medicinas alternativas” constituyen una parte importante de este conjunto de creencias, y la homeopatía o medicina homeopática es, probablemente, junto con el uso de infusiones medicinales, la campeona en número de adeptos.

La homeopatía se la inventó un tal Hahnemann hace alrededor de 200 años. Al parecer, Hahnemann, intentando comprender los mecanismos por los que la quinina curaba la malaria, ingirió una pequeña cantidad de quinina y observó que, al cabo de un tiempo, mostraba una versión leve de los síntomas de la malaria. De esta sola anécdota concluyó lo que denominó “Ley de la similitud”: lo similar cura lo similar. O sea, las mismas sustancias que inducen unos síntomas en una persona sana pueden curar a una persona enferma. Probó un montón de sustancias naturales (artificiales no había) pero, como al parecer estimaba la vida de sus pacientes, para neutralizar y, si era posible, suprimir por completo los efectos secundarios de las barbaridades que metía en el cuerpo de la gente, diluía las sustancias en disolventes habituales, agua o etanol. Con una extraordinaria lucidez por su parte, comprobó que dichos efectos secundarios eran menores cuanto más disuelta estaba la sustancia. Además, los pacientes parecían curar mejor. Esto le llevó, contra cualquier lógica, a afirmar que la disminución de concentración de sustancia aumentaba el poder curativo de la disolución, y de ahí a formular la “ley de los infinitesimales”, segundo pilar de la homeopatía: cuanto menos, mejor.

Veamos un ejemplo de preparado homeopático, tal como Hahnemann lo describía y sus actuales seguidores practican. Una concentración homeopática habitual puede ser 30 X; esto es: se disuelve una parte de la sustancia en cuestión en 10 partes de disolvente, se agita y se repite el proceso con la disolución resultante: de nuevo 1:10, agitar, volver a disolver; así, 30 veces. No es necesario más que las matemáticas de primaria para saber que al final obtendremos una disolución de 1 parte de sustancia en 10 elevado a 30 partes de disolvente. Osea: si medimos las concentraciones en volumen de soluto por volumen de disolvente: 1 mililitro de soluto por cada 1000 cuatrillones de litros de disolvente. Yo, cuando tengo sed de verdad, me puedo beber de un par de viajes una botella de fontvella de 1,5 litros. Ejercicio para el lector: cuántas botellas de fontvella me tengo que arrear para beberme un mililitro de sustancia activa?

Claro, puede suceder una cosa: un mililitro de dicha sustancia puede contener una inmensa cantidad de moléculas, y por tanto la disolución, por descabellada que parezca, contener suficiente principio activo como para que aquello tenga poder terapéutico. Pero es que no: el número de Avogadro, descubierto por el susodicho unas décadas después de las investigaciones de Hahnemann, nos dice con precisión cuántas moléculas contiene un mol de cualquier sustancia (un mol es el peso en gramos igual al peso molecular de la sustancia en cuestión: un mol de agua, H2O, contiene unos 18 gramos de agua, 2 de hidrógeno y 16 de oxígeno, y exactamente 6,02 x 10^23 (o sea, unos 600.000 trillones) de moléculas de agua). Contando que estamos hablando de 7 órdenes de magnitud más de disolvente, no hace falta ni que nos tomemos el trabajo de calcular el peso de un mol de la sustancia X en cuestión; siempre habrá, en el mejor de los casos, un uno y un porrón de ceros de veces más disolvente que soluto.

Los homeópatas modernos, conscientes de que el número de Avogadro representa una desgraciada limitación para la credibilidad de su práctica, se han inventado la siguiente estupidez: el proceso de agitación “carga” el agua o el disolvente empleado con las propiedades curativas de la sustancia, de modo que éstas se van transmitiendo durante todo el proceso. No está mal, eh?: agua con memoria. Cuánta memoria, 256 megabytes/litro? Es RAM o ROM? Ah, ya sé, debe ser SPROM: Shake-it-baby Programmable Read Only Memory: Memoria de sólo lectura programable mediante mueve-tu-cu-cu. Y por cierto: cómo sabe el agua las propiedades que tiene que recordar? Las sustancias naturales tienen también, recordemos, efectos secundarios no deseables. Se acuerda de unas cosas y de otras no? Vaya, qué agua más lista. Por qué no la hacemos miembro de Mensa?

Los preparados homeopáticos se suelen suministrar en pildoritas esféricas de lactosa, y cada una de ellas contiene una gota de la disolución homeopática indicada en la etiqueta, con la concentración asimismo indicada. Nadie explica qué sucede cuando la gota de agua, que es la que recuerda cosas, se evapora. Le pasa la memoria a la pildorita? Lo que es seguro que pasa es el dinero del bolsillo del crédulo al del autodenominado médico homeópata. Y mucho dinero, contando que el coste de elaboración de las píldoras de lactosa debe ser próximo a nada.

En ciertos países (Alemania, sin ir más lejos) la homeopatía forma parte de la medicina oficial. Este último argumento se ha esgrimido contra los míos en una discusión con (o debería decir “contra”) una persona partidaria de la homeopatía. Es como argumentar que Berlusconi es una buena persona porque es primer ministro de Italia, elegido democráticamente. La democracia aplicada a la verdad. No recuerdo si me pareció cómico, patético, triste o indignante. Lo resolví bebiéndome otra cerveza, de dos tragos, a ver si se me pasaba el mal ídem.

Antes de despedirme, mencionaré el hecho de que a muchas personas la homeopatía les ha ayudado. Bueno: habéis oído hablar del efecto placebo? Pues lo dejo para un próximo número.

Weblografía:
- Por qué no creo que la homeopatía sea efectiva, por Ferran Tarrasa
- homeopathy en el Skeptical Dictionary
- ¿Es efectiva la homeopatía?, en la página de ARP-SAPC

20031019

Elogio (relativo) del suicidio

Hace unos 10 años, una amiga mía, Pilar, se suicidó. El motivo no me quedó muy claro, aunque creo que tenía que ver con su vida en pareja. Tampoco es importante. La verdad es que fue un golpe duro; Pilar era una chica encantadora y afable, a la que todos queríamos un montón. Pero ella decidió disponer de su vida. No le deseo a nadie pasar por un trance así. Bueno, miento: a casi nadie.

A raíz del suicidio de Pilar reflexioné bastante sobre el suicidio. Es obvio que se trata de un acto que afecta en una medida extraordinaria a las personas que rodean al suicida, ya sean su familia, sus amigos o sus compañeros o asociados de trabajo, cada uno de una forma distinta. Pero permitidme una reflexión ajena a las personas allegadas, una reflexión acerca de la esencia del suicidio tal como yo, no filósofo, la entiendo.

El cristianismo y, según tengo entendido, también otras religiones, abominan del suicidio y, de hecho, condenan a la excomunión y al enterramiento en terreno no santo a aquellos cristianos que se suiciden. La puesta en efecto de tales medidas punitivas es, en la actualidad, más bien laxa, pero no creo que haya que retroceder más de 40 o 50 años para encontrarnos con que, de laxitud, nada de nada. El motivo de tal anatematización es el siguiente: la vida no pertenece a las personas, sino que es una gracia divina, un don del que no podemos disponer, puesto que no es nuestro, sino de Dios (me refiero al tipo éste con un triángulo en la cabeza y un ojo en el interior, según la iconografía que tienen en mente el 95% de los creyentes). Ergo, básicamente la cosa viene a ser como que te presten un coche y lo lances por un barranco: está feo esto de destruir los bienes ajenos.

A raíz del lavado de cerebro sistemático al que la iglesia ha sometido a la población durante una serie de siglos (y de la bobez reinante), la ética occidental ha quedado imbuida de un sentimiento de rechazo hacia el suicidio. No se habla de él y, cuando se toca el tema, a menudo surge el lugar común estúpido de "hace falta más valor para seguir viviendo que para suicidarse", dicho así en general como si fuese válido para todos los casos. La realidad es que, como todos los lugares comunes, sólo sirve para alargar conversaciones estériles.

Veamos: si el suicidio te ha tocado de cerca, es evidente que hubieses preferido que no hubiese sido así. Pero no estoy hablando de eso. Estoy hablando de lo siguiente: en una ética laica y dejando aparte consideraciones relativas a las personas cercanas a uno mismo, la libertad para disponer de la propia vida es un derecho fundamental de la persona. Después de perderlo todo, dignidad incluida, lo último, lo que queda en el fondo del saco, es nuestra propia vida. En nombre de qué fantasía mística se les puede negar a las personas algo tan esencial? Y, en caso de incapacidad física para disponer de la vida, cómo es posible que se nos niegue legalmente la posibilidad de alienar este derecho de forma voluntaria? Me refiero a los casos de enfermos graves que deciden que prefieren morir pero carecen de la capacidad física de acabar con su propia vida. Al parecer, se nos puede obligar legalmente a vivir. Qué aberración es esa? Acaso se nos puede obligar legalmente a amar? Somos personas para unas cosas y objetos para otras?

He dejado voluntariamente para el final cierto tipo de pseudosuicidio: me refiero al que algunas personas utilizan como herramienta para buscar la atención de los demás. Suele consistir en atiborrarse de pastillas para dormir o de lo primero que pillan por el botiquín de casa. Me parece una forma frívola de tratar con la vida y con la muerte, la verdad, y creo que no tiene mucho que ver con lo que he intentado decir en estas líneas.

Por cierto, una curiosidad: existe un grupo de news, alt.suicide.holiday o a.s.h, dedicado a la reflexión y el debate sobre el suicidio. Tienen una curiosa página web de archivo que incluye un completísimo listado de métodos de suicidio para aquellos que se tomen la muerte en serio. Feliz vida o feliz muerte, lo que decidáis.

20030924

Hipermercados para bobos

Vengo de comprar del híper. Tenía un papelito en casa con una lista de cosas que faltaba comprar, papelito que he dejado estratégicamente olvidado sobre la mesa de la cocina, de modo que R. y yo hemos ido recorriendo filas de estantes en busca del producto perdido.

No era la primera vez que estaba en un híper. He estado varias docenas de veces en sitios así. La cosa es fácil: vas, pillas un carro y tu lista de suministros, compras y te vas. Fácil, verdad? Y una mierda seca. Es mucho más complicado que encontrar el camino a Mordor a través de la Ciénaga de los Muertos, con el agravante de que no hay ningún Sméagol a mano al que putear. Los diseñadores de estas sofisticadas trampas del siglo 21 se las saben todas.

De entrada, la distribución de las cosas es la que sea, lo cuál lleva a pensar en la posibilidad lógica de utilizar un mapa para indicar dónde, por ejemplo, encontrarás el papel de WC sin tener que revisar una docena de pasillos. Pero no: Mapas no tenemos, caballero. Aquí no nos fiamos de esas cosas modernas: en cada extremo de pasillo hay un cartelón con el nombre genérico de los productos que contiene; con eso ya basta. Quizá alguien debería informar a este hipotético cabroncete que lo de los carteles está bien cuando pueden leerse todos de una vez, y que los mapas se inventaron para que, si eras marinero, no tuvieses que llegarte hasta las costas de Sicilia para ver un puto cartel que dijese "A Siracusa, 7 estadios", o la unidad que fuese.

Pero este problema es una nadería al lado del que realmente me tiene obsesionado, y que podríamos llamar Hacia la inmovilidad por la diversidad. Veamos un ejemplo: quiero yogur. Después de recorrer ciento setenta pasillos con mi carro del tamaño de un Humvee, llego al pasillo de "Lácteos". Busco yogur, recordémoslo. Para mí existen dos tipos de yogur: el blanco y el otro. De un vistazo llego a la conclusión de que algo no funciona correctamente: una sinfonía de colores, sabores, tamaños, formatos y precios se abre ante mis ojos. Blanco, dije? Joder, hay 30 variedades que tienen pinta de ser de color blanco; entre ellas hay varias nacionalidades, con o sin azúcar, y una cosa que se llama mousse de yogur, que sirve para que en el mismo volumen entre menos yogur y los beneficios del fabricante se multipliquen por siete. El otro, dije? Estoy rodeado de objetos más o menos cilíndricos que dicen contener frutas que sólo aparecen en los libros de Emilio Salgari. Otros contienen entes identificados por iniciales o por nombres latinos (LC1? Qué cojones es LC1? Tendrá algo que ver con el L. Casei Immunitas de esta otra variedad, o es simplemente "Lámeme el Culo 1 vez"? Y lo del bífidus? Quiere decir que, si me lo como, me dará una espina bífida aguda? Joder, eso es muy chungo; y si me confunden con Aznar?). El calcio parece ser muy popular, porque hay 3,2e4 variedades que, en una esquinica, dicen "Contiene Calcio". En cambio, no veo ninguno que diga "Enriquecido con Astato" o "Ahora, con el doble de Tecnecio".

No se debe confundir este tipo de variedad con la de las pizzas de una pizzería, por ejemplo. La filosofía es distinta: una pizza es una base de pan, tomate y mozzarella, sobre la que se ponen cosas. Es, de hecho, una versión italiana tradicional de los huevos fritos con cosas, un plato de mi invención que ya glosé en la entrada Cocina para solteros. Esta diversidad no responde a esnobismo o re-equilibrado nutricional gilipollas, sino a que te apetezca carne, pescado, verduritas, champiñones o salchichón.

La diversidad absurda ataca a otros muchos tipos de productos: higiene personal (en el caso del champú, estoy convencido de que hay muchos más tipos de champú que tipos de cabello; de hecho, creo que hay tantos tipos de champú como personas con cabello. Esto dejaría fuera a los lamas, a los skins y a los calvos; también a los rastas, pero no por falta de cabello, sino por falta de higiene), limpieza del hogar (en Mercadona tienen 7 tipos 7 de jabón para la vajilla concentrado de marca Bosque Verde, que es ¡¡su propia marca blanca!! Y yo que pensaba que lo de la marca blanca te ayudaba a simplificar un poco...), alimentación canina y felina, mantequillas y margarinas, papel de WC, galletas, refrescos y un largo etcétera. Un último ejemplo: el pan. Llamadme nostálgico, pero qué fue de la sencillez de "una de medio, una de cuarto, un pan de molde, un pan de payés" (cántese con la música de "Uno de enero, dos de febrero...")? Mecagontóloquesemenea, pan de molde "sin corteza"? Y qué hacen con la corteza, cortezas de tocino sin colesterol? Me están tomando el pelo? La respuesta es: sí.

Tengo una propuesta para hacer a las grandes distribuidoras: apiádense de la gente simple. Gasten su buena acción del día en lo siguiente: habilitar un pasillo en cada una de sus elefantiásicas superficies para los bobos que, como yo, no entienden el mundo. Sería un pasillo aburrido, con carteles que rezarían: "Yogur del blanco/Yogur del otro", "Jamón salado/Jamón soso" o "Pan normal/Pan de molde". Podrían solicitar y, sin duda, obtener una subvención del Ministerio de Asuntos Sociales, Dirección General de Ayuda a los Inadaptados, Bobos y Sociópatas, Subsección Alimentación y Hogar. De este modo se resarcirían de las pérdidas que estos deshechos de la modernidad les ocasionaríamos por evitar los paseos por las secciones de material de oficina (“Para qué querré yo esta carpeta de las PowerPuff Girls, si hace un siglo que no uso carpetas?”) o de menaje de cocina (“Oh, qué bonitas pinzas de barbacoa he adquirido por sólo 3,95 euros; aunque, bien mirado, no tengo barbacoa...”) o de los ya mencionados lácteos. Fíjense qué poco cuesta hacernos felices. Si es que ya se sabe: a un bobo le das un lápiz de colores y ya puede llover lava.

20030914

Justicia poética, v2.0

Tengo un amigo (al que llamaremos tellhim) que tuvo una relación con una chica. Dicha chica (a la que llamaremos she who must not be named, o swmnbn para acortar; si no pillas la referencia, deberías leer Harry Potter) y tellhim compartieron círculo de amistades durante el tiempo que su relación duró. Cuando tellhim cortó con el tema, por motivos X, a swmnbn le sentó como un tiro de gran calibre en la boca del estómago, cosa bastante comprensible. Tellhim decidió apartarse durante un tiempo del círculo de amistades compartido, por dar un poco de cancha a swmnbn para que los amigos comunes enjugasen sus lágrimas. Al cabo de dos meses y pico, tellhim volvió a aparecer. A swmnbn le sentó como otro tiro de gran calibre en la boca del estómago, cosa quizá algo menos comprensible, aunque siempre opinable. Al cabo de unas semanas fue ella la que desapareció de la sociedad, cosa que a tellhim le pareció cojonuda, aunque innecesaria. De todos modos, swmnbn siguió solicitando de forma privada, y obteniendo, los hombros de algunos de los amigos comunes para enjugar sus renovadas lágrimas.

Un día, meses después, tellhim se encontró con swmnbn en la puerta de su casa (de la de tellhim). Le sorprendió relativamente, porque tellhim llevaba tres semanas sin contestarle al teléfono, después de una larga serie de desagradables, estúpidas y fuera-de-lugar broncas telefónicas cargadas de reproches. El motivo de la visita de swmnbn era solicitar a tellhim la devolución instantánea de todos aquellos regalos que le había hecho a lo largo (es un decir) de la relación, a lo que tellhim respondió que nanay of the Paraguay, con lo que ella empezó a tener (o fingir) un ataque de ansiedad en plena escalera. Ante tal situación, ésta ya muy poco comprensible, tellhim (imbécil de él) tomó la rápida, aunque a mi parecer errónea, decisión de devolver a swmnbn todo lo que ella pedía (salvo una bonita camiseta negra de Thomas Burberry que se le despistó). Los más morbosos pueden solicitar por mail una lista de los objetos devueltos.

Después del numerito narrado, tellhim pensó que swmnbn estaría contenta de una vez, y reanudó su vida normal. Se fue a vivir con su actual pareja, aprendió a sortear cajas y bolsas amontonadas por los sitios y empezó a ser bastante feliz. Craso error: swmnbn acechaba. Después de una reunión de vecinos que tellhim glosó en su blog (es que él también tiene uno), swmnbn hizo copias impresas de la glosa mencionada y las repartió por los buzones de la escalera de tellhim, que pasó a convertirse en el vecino más impopular de la historia de su barrio (con la excepción de uno que había asesinado a toda su familia con un formón). Chungo, eh? No se vayan todavía, aún hay más. (v2.0: swmnbn, por supuesto, jura y perjura que ella no está implicada en el hecho, pero el conjunto de indicios en su contra es tan abrumador que sólo es razonable creerla mediante una interrupción, voluntaria o no, permanente o no, traumática o no, de las funciones corticales.)

Tellhim tiene una amiga (a la que llamaremos mkgüen), una bellísima persona, una de las mejores personas con las que mi amigo ha tenido la suerte de cruzarse en este mediocre mundo. Mkgüen fue, durante un tiempo, paño de lágrimas de swmnbn, y aguantó todo lo aguantable y más. Pero cometió un error: siguió siendo amiga, tanto de tellhim como de su actual pareja. Swmnbn, despechada con esta, según su torcido entendimiento, nueva afrenta, envió a mkgüen, en uno de sus muchos días de cruce de cables, un mensaje de correo electrónico en el que la sometía uno por uno a todos aquellos vilipendios verbales que swmnbn, que tonta no es, sabía que más podían herir a mkgüen. Una verdadera canallada. Fue un error: mkgüen, como he dicho, es una persona simpar y todo el mundo la quiere con devoción. Mal asunto para swmnbn: inmediatamente, un montón de gente que antes la habían comprendido, ignorado o tolerado se alinearon con el, entonces reducido, ahora menos, grupo de personas que la desprecian.

El último capítulo se acaba de escribir. Tanto Tellhim como swmnbn estaban en una lista de correo de amiguetes a la que se accede después de pasar una rigurosa encuesta de aceptación. Swmnbn, que se había largado de la lista hacía unos meses, solicitó el reingreso, y a tal efecto se creó una encuesta. Pues bien: un día después de la creación de la encuesta, swmnbn contabilizaba, como se puede ver en la imagen adjunta, 10 votos negativos por 7 positivos. Teniendo en cuenta que el peso otorgado a los votos negativos es muy superior al de los positivos, ésta parece haber sido una de las encuestas menos disputadas de la historia de la lista. (v2.0: la encuesta se cerró un día y pico después de su creación, con el mismo resultado comentado; contrasta bastante con la unanimidad afirmativa obtenida por otro amiguete en encuesta simultánea)

Bueno, qué descanso: parece que, por una vez, los actos de swmnbn no le han salido gratis, sino que han tenido consecuencias. No os recuerda un poco al final de Las amistades peligrosas? No es reconfortante ver que a veces se recoge lo que se siembra? Se entiende ahora el sentido del título de esta entrada?

PS: una vez suprimí una entrada de mi blog porque alguien me lo pidió amablemente. Información actualizada: no existe suficiente amabilidad en este lado de la Vía Láctea como para que yo suprima esta entrada. Gracias.

20030903

Conoce a tu enemigo: el cultureta

Los vemos a menudo en tertulias televisivas "de las serias" (lo digo para diferenciarlas de los círculos de marujas gritonas analfabetas, putones y chuloputas de "Gran Hermano" y periodistas-sanguijuela de los medios de comunicación especializados en la víscera cardíaca). Con pose digna, desgranan sus muy fundamentadas (o no) opiniones sobre lo humano y lo divino para ilustración de los plebeyos. Son gente leída, todos leen mucho, dicen. No miran la tele, dicen. Añaden en su conversación guiños que sólo su interlocutor, en el mejor de los casos, entiende (en caso contrario, sonríe levemente y hace como que sí y santas pascuas), para que se vea que su sentido del humor es refinado. Manifiestan su gusto por el yass y la música clásica (en realidad, Mari Trini les pone cachondos). Este grupo humanoide son los culturetas.

Alto ahí: la cultura es cojonuda. Servir, no sirve para nada, pero hace que, si la posees, la vida sea mucho menos insulsa que en el caso de que carezcas de ella. Te permite disfrutar de cosas que a la mayoría de la población se la soplan, y todo eso que se pierden. Pero cuidado: culto, sí; cultureta, no padre. El cultureta te lanza su cultura a la jeta, para que veas que él es un tipo cultivado y tú no. Para esta variedad de débil mental, la cultura sólo adquiere sentido con la comparación y con la exhibición, como si fuese la cola de un pavo real. De hecho, uno de los usos que le dan es el mismo que el pavo le da a su cola: ligar para follar. En cualquier bar mediomoderniqui donde la música no esté a volumen 250 no es raro ver a un patético cultureta con gafas de pasta negra soltándole esdrújulas a una pavita con la que tiene la esperanza de compartir fluidos corporales en algún momento de la noche. ¿Que vale todo? Sí, claro. Pero eso no impide que él sea un patético cultureta de todos modos.

El paradigma que me viene a la cabeza al visualizar la palabra cultureta es Fernando Sánchez Dragó. Cuando pienso que a mí "Biblioteca Nacional", el primer programa en el que el susodicho payaso asomó regularmente su fea narizota, me molaba... Mirándolo con distancia, supongo que me debía gustar a pesar de Dragó. Recuerdo específicamente un programa en el que destripaba presencialmente a un por entonces joven Jesús Ferrero (acababa de publicar Belver Yin), sin pudor, sin respeto y sin nada. Lo hacía porque podía, porque él era el escritor con programa en TVE y Premio Nacional de Literatura y el otro un mindundi que había tenido la desfachatez de convertirse en un superventas. Dragó ha ido a peor: sólo hay que ver su "Negro sobre blanco", programa pajero donde los haya. Es una inmensa paja televisiva pagada con dinero del contribuyente. Casi lo que más me jode es haberle pagado las antiparras esas de media luna que se gasta el gachó.

Otro mequetrefe que va del mismo palo es Garci I, El progresista. José Luis Garci reúne a culturetas del mundo del cine, críticos con frecuencia, para hablar sobre una peli clásica que acaban de emitir en el programa (cuyo título gilipollas es "Qué grande es el cine"; quizá deberían llamarlo "Qué grande es mi ego"). La peli suele estar bien. El coloquio es otra colosal masturbación, una reunión de abuelos cebolleta consistente en a ver quién ha pillado más matices en el filme y a ver quién piensa con más ahínco que ya no se hace cine como el de antes. Ah: también es en TVE. Con el dinero de todos.

El cultureta es un tipo humano confuso: no es tan fácil pillarlo a la primera. A veces resulta que el tío al que uno calificaría de cultureta es simplemente un tío culto que habla (en tal caso, a lo mejor vale la pena escucharlo). En realidad, para ser un cultureta no es necesario ser culto. Un amigo mío tiene una vecina que va de eso y en realidad es más ignorante que un pastor de yaks del siglo 12. Pero, si eliges tu público con un poco de cuidado, puedes pasar como culto e instruido sin serlo en realidad. Es una cuestión de vehemencia y de cara dura. Y la vecina de mi amigo tiene abundancia de ambas.

Tener una cultura propia ayuda a desenmascarar rápida y eficazmente a estos ejemplares abyectos de la especie homo sapiens aprovechando una de las debilidades del cultureta: que habla de cualquier cosa con el mismo jetuño de experto. Si dominas el tema del cuál está hablando, dejarlo en evidencia y, si es posible, en espantoso ridículo, es fácil, conveniente, socialmente higiénico y un deber para con tus semejantes. Advertencia: la distancia de culto a cultureta es reducida y, a veces, la tentación de recorrerla es irresistible. Que la fuerza te acompañe.

20030831

Patriotismo
Hace un par de meses se celebraron los 20 años de la emisora que suelo escuchar, Catalunya Ràdio. R. consiguió unas entradas para ir al Liceu a escuchar el concierto conmemorativo del aniversario, de modo que a las 20:30 aparecimos por allí para disfrutar por la cara (como toda la concurrencia) del evento.

El concierto consistió esencialmente en una colección de piezas de lo que yo suelo llamar "rock rural", es decir, musiquilla de medio pelo perpetrada por grupejos catalanes cuyo mérito exclusivo es el idioma y que en un país normal no hubiese salido de la cuadra en la que se ensayó, arreglada para orquesta y coro con mayor o menor fortuna (generalmente menor).

Lo que me dejó bastante frito fue el remate: la orquesta y los coros interpretaron Els Segadors, el himno nacional de Catalunya, como era de esperar. Todo bien hasta ahí. Al cabo de unos compases, la gente empezó a levantarse. Sin prisa pero sin pausa, unos segundos más tarde el Liceu entero, puesto en pie, coreaba Els Segadors. Bueno, todos menos yo, que estaba alucinado tomando fotos y vídeos con la digital. La mayoría no sabía qué hacer con los brazos, de modo que había de todo: gente que se los ponía detrás o los cruzaba, otros que los apoyaban sobre la baranda. Como en la iglesia, vamos. Los americanos nos ganan en esto: mano al corazón y a otra cosa.

Llevo muy, pero que muy mal, lo del patriotismo. Después de haber visto (era pequeñajo, pero me acuerdo; además, sé leer) la exaltación ridícula de los valores patrios que se ejercía como norma durante el franquismo, el simple sonido de la palabra "patria" me provoca urticaria. Cualquier patria. Tengo asociado el concepto a que determinada gente sea atropellada, vilipendiada, reprimida o directamente asesinada en nombre de una patria. Porque, claro, la patria de uno es mejor que la patria de los demás. Las razones no importan: el concepto "patria" no es racional. Racional es "nación", "estado" o "país". "Patria", no; la "patria" va directa a los cojones, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las 20.000 pesetas. A los cojones de la turbamulta, de la mayoría desgraciada y aburrida que no entiende de matices. A los de las jaurías de militares sedientos de poder. Oscar Wilde, lúcido sin parangón, dijo "Patriotism is the virtue of the vicious", El patriotismo es la virtud de los perversos. Las personas que enarbolan banderas me dan miedo; me llevo mucho mejor con los que las queman (desgraciadamente, con frecuencia son los mismos cretinos: queman unas banderas para luego enarbolar otras). Ya hace unos meses mencionaba la bandera monstruosa que los camisaviejas mal reciclados que nos gobiernan habían colgado en la plaza de Colón, en Madrid, con la pretensión de rendirle un homenaje mensual. Patriotismo constitucional, le llaman. El adjetivo es para disimular; en realidad es el mismo patriotismo ultramontano de siempre. El mismo del "arriba España" en el festival de Eurovisión. Y da el mismo miedo.

Como reflexionó hace unos días mi cuñado J., otro tipo lúcido, la situación de indefinición nacional que vivimos en Catalunya es relativamente cómoda. ¿Independencia? Sí, me parecería bien; mejor que lo que hay. Seguiría viajando al resto de España a ver a mis amigos, con la salvedad de que ahora no sería "el resto de", y la gestión de los recursos sería más próxima, lo cual me parece deseable. Pero, ¿patriotismo? No, gracias. Puedes meterte tus banderas por el ojete, que servidor se va a hacer islandés. Y que me dejen en paz.
Los otros profesores
Ayer (o más bien, esta madrugada) dediqué una entrada a algunos de mis profesores; de la escuela, del instituto... Personas de las que aprendí en positivo. Hay, sin embargo, otras formas de aprender. No puedo dejar de recordar a algunas de las personas que me hicieron crecer por contraste. Porque me mostraron el lado negro de la gente. Malas experiencias que también te cambian, a veces para bien, otras no tanto. No han sido muchas, en parte porque las he evitado y en parte porque las he olvidado. El tiempo obra maravillas.

Recuerdo a A., que para mi desgracia me acompañó desde la escuela hasta la universidad. Era un verdadero cabrón, una de esas personas a las que no conviene dar la espalda; azote de débiles, maestro de hipócritas, con más dobleces que un abanico. Exhibía una blanquísima sonrisa que engañaba a casi todo el mundo. Menudo elemento.

En el instituto tuve una profe de filosofía, cuyo nombre he olvidado piadosamente, que dedicaba la totalidad de sus clases a dictar sus apuntes. No sólo no tenía ni idea de lo que se traía entre manos, sino que tampoco transmitía ni el más mínimo interés por su materia. Una verdadera desgracia, un modelo en negativo. Qué pérdida de tiempo.

En la mili, lugar/hecho que se caracteriza por su aleatoriedad, conocí a una buena colección de gente en absoluto recomendable. Recuerdo especialmente al capitán F., que disfrutaba como un gorrino aterrorizando a la tropa con su proverbial mala hostia y su gratuidad. El ejercicio gratuito del poder es lo peor. No se puede caer más bajo como persona. Pero él disfrutaba con ello. Aunque no había que irse a los escalafones profesionales para observar este tipo de comportamiento: entre los soldados de reemplazo venidos a más (o sea, cabos y cabos primero) era el pan nuestro de cada día.

Mi última experiencia negativa con personas cercanas es muy reciente, y no entraré a comentarla; algunos de mis lectores la conocen. Es lástima; ha minado gravemente mi confianza en las personas. Y total, para nada. Maldita sea mil veces.
Profesores
A estas alturas del siglo, quien más quien menos ha sufrido una etapa de formación académica de longitud variable en función de los intereses de cada cuál, o de razones más esotéricas. Uno suele tener como referencia de esta etapa, años después, los profesores por cuyas manos ha, metafóricamente, pasado. La naturaleza de los recuerdos es variable. Pero siempre queda un grupo, pequeño, de gente a la que se recuerda más. Personas que dejaron su huella, que modelaron parte de nuestra forma de ser, de ver y de vivir. Personas importantes.

Recuerdo a Tere, mi profesora de párvulos. Acababa de abrir su parvulario (que todavía posee y dirige) en mi calle. Entonces era poco más que una niña, pero para mí representó el primer adulto con quien tenía un trato cotidiano, aparte de mi familia. Le tengo cariño a Tere.

También tengo presentes a varios de mis profes de egb, o primaria, como se dice ahora. Don Ángel, de primero, al que echaba mi mini-mano para enseñar a leer a mis compis, porque servidor ya llegó al cole leyendo. María Pilar, de tercero, siempre risueña y cariñosa con todos, una madraza. Froilán, de quinto, progresista y comprometido, que robaba horas de otras materias para enseñarnos catalán medio destrangis. Eugenio Escura, de octavo, seco y austero como su tierra aragonesa. Buena gente.

El instituto, como a muchos, me cambió. De niño a no-se-sabe-qué, pero algo distinto. En realidad fueron las personas, claro: Pilar Jaime, Victoria Vives, Paco Anguera, Sara Freijido, Sofía Coca, Javier Martínez de Albéniz, Vicente Atanes, Jaume Auferil. Pilar, Victoria, tan pedagógicas pero tan distintas. Sara, que amaba la literatura con pasión, y lo transmitía. Paco, que me enseñó a pensar y no creer, a cuestionar, a pararme a reflexionar. Sofía, dulce sin quererlo, de la que casi todos estuvimos medio colgados en secreto. Jaume, frío como un témpano y finamente irónico. Vicente, jeta y socarrón, que nos animaba de forma solapada para que convirtiésemos sus clases de historia en debates sobre los temas que nos interesaban. Javier, al que aún veo de vez en cuando, maestro más que profesor. Hubo otros pero, francamente, no me importaron tanto.

No sé cómo terminar esta entrada. Nadie conoce a las personas que cito y, por tanto, las referencias no son válidas. Pero escribirla ha sido para mí como dar las gracias. Y me gusta dárselas a aquellas personas que hacen algo por mí.

20030813

Conoce a tu enemigo: el maxituning
(Con esta entrada recupero una antigua serie del e-zine Nameshifter, que mi amigo v4vendetta y yo publicamos durante unos años y al que todavía podéis acceder en http://fly.to/nameshifter. Servidor solía encargarse de la serie en cuestión, aportando de este modo una cierta utilidad psicosocial al e-zine. O algo parecido.)

Seguro que todos los habéis visto por las calles de vuestra ciudad, pueblo o campo de refugiados: al volante de un coche radicalmente modificado respecto de su aspecto original, pelo cortado a lo búho, música chumba-chumba a 170 decibelios. Son los maxituning, el último insecto humanoide transgénico de nuestra querida sociedad. Los hay de muchos colores, tendencias e intensidades, como la estantería de yogures del supermercado, y no todos son igual de gusanos. Veamos sus características.

El principal rasgo distintivo de los maxituning es su coche. No el modelo de su coche, sino el aspecto del mismo. El coche de un maxituning tiene alerones, faldones laterales, frontales y traseros, vidrios tintados, volante de competición, asientos envolventes (recaro, si pueden permitírselos), entradas de aire suplementarias en el capó, limpiaparabrisas aerodinamizados, retrovisores integrados, faros antiniebla megapotentes (no importa que vivan en una zona donde la última vez que hubo niebla se convocó un congreso de meteorólogos) y, muy importante, una inmensa pegata en la parte alta del parabrisas frontal con el nombre de su taller de tuning favorito. Estos complementos, junto con el equipo de música, del que hablaremos luego, les han costado entre 7 y 26 veces lo que pagaron por el coche en sí. Es un misterio la procedencia de la pasta con la que costean el tuneado del vehículo, pero, dado el nivel cerebral predominante en esta subespecie, es fácil imaginárselos trapicheando con rulas y farlopa en las discotecas de makineo de la zona. También están los mañosos (o profesionales del tema) que se lo curran todo personalmente, a los que se identifica por los añadidos de fibra de vidrio aún sin pintar.

El coche de un maxituning tiene un complemento necesario sin el cuál no es nada: el equipo de música. No se trata de un equipo de música normal: el equipo de música de un maxituning tiene un booster de graves y un juego de altavoces y subwoofers capaz de transformar los primeros compases de "Smoke on the water" en un terremoto de 7 grados en la escala abierta de Richter. El reproductor tiene muchas luces muy horteras, a juego con el propietario, y un cargador de 4 millones de CD en el maletero, que ocupa el espacio que dejan libres los altavoces (lo que convierte el maletero del coche del maxituning en un espacio inútil para el transporte de maletas, cosa que no tiene importancia, porque estos entes nunca viajan debido a un trastorno psiquiátrico denominado "falta de interés por el universo en general"). El equipo de música del maxituning es como la sirena de una ambulancia: anuncia su llegada 25 minutos antes de que ésta se produzca. Tiene, además, una función secundaria benéfica, que es llenar de música la vida, quizá aburrida, de los habitantes de la esfera de influencia sónica móvil del coche, incrementando de este modo el nivel de alegría y felicidad de éstos, salvo en casos en los que sólo incrementa el nivel de ganas de salir a la calle y lanzar un adoquín contra la dentadura del maxituning a 150 kilómetros por hora.

He hablado del equipo de música del maxituning, pero no de la música que le pone cachondo. Debo decir algo: estoy convencido de que existe un contubernio mundial de capullos para denominar "música" a lo que el maxituning escucha. Se trata de variantes de lo que en su momento se denominó "máquina" (ahora, al parecer, se debe escribir "makina", sin acento y con k, según las normas ortográficas modernas) de diferentes pelajes, todas ellas caracterizadas por una especie de "buda-buda-buda" en la frecuencia de resonancia de la caja torácica que impide cualquier pensamiento coherente, cosa que no representa ningún problema en el caso de los maxituning. A veces, como variante b, la novia del maxituning pone discos de los chicos de operación triunfo que el maxituning declara detestar pero que, en realidad, le chiflan, como a cualquier votante del PP (y a algunos ex-progres disidentes y entes ontológicamente complejos).

El maxituning representa el futuro del país. Es necesario, por tanto, cuidarlo, puesto que acabará pagando nuestra pensión. Otra solución sería exterminarlos a todos e irse a otro país cuyo futuro no sean los maxituning, pero el concepto "exterminio" es ligeramente fascista, por no hablar del pequeño impedimento que representa el código penal. Deberemos, por tanto, resignarnos a su existencia y aprender a evitarlos, porque para mí que se contagia: el otro día pasó por mi lado un tío con un R9 tuneado y me entraron deseos de equipar mi bólido (que, por cierto, se llama "Hipótesis") con un sistema de óxido nitroso para las salidas de los semáforos. Canela fina.

20030719

Vecinos, the end
Desde el día 19 de Julio hasta el día de hoy, totalizando 25 días, se ha podido leer en este blog una entrada de explicación-desagravio-disculpa relativa a una anterior entrada del mes de junio que fue suprimida en su momento. Cumplido el plazo que se me exigió, la entrada mencionada se ha suprimido también. Este blog continúa sus emisiones normales. El autor es, no obstante, más sabio de lo que era.

20030521

Migoya
Conocí (lateralmente) a Hernán Migoya el año pasado, durante el Saló del Còmic de BCN. Migoya y Man (a los que podéis ver en la foto; Migoya es el de la derecha) presentaban su cómic Kung Fu Kiyo, serie limitada de dos números. Lo publicaba "La Cúpula", editorial en la que, qué casualidad, mi amigo V4Vendetta ejerce de redactor jefe, empleo en el que sucedió a Migoya, precisamente. Para la presentación quisieron hacer algo divertido y, ya que presentaban un engendro denominado "Kung Fu Kiyo", decidieron que el show consistiese en un combate de algún arte marcial, supongo que Tae-Kwon Do, entre el dibujante (Man) y el guionista (Migoya himself). Fue gracioso, y la sangre no llegó al río, como podéis ver. El número 2 y último de "Kung Fu Kiyo" tardó bastante en salir, y la verdad es que me dejó más bien decepcionado, porque el tema daba para más. Pero eso no importa. Lo que importa es otra cosa bien distinta.

Resulta que Migoya publicó en marzo pasado un libro de relatos, de explícito título "Todas putas". Con ese título, uno puede esperar que los relatos sean bastante salvajes, y de hecho lo son. Tanto, que una serie de mentes bienpensantes han decidido denunciar el libro y, de rebote, a Migoya, por "apología de la violación". En concreto, uno de los relatos se titula "El violador" (aquí o
aquí podéis leerlo); en él, un violador justifica su peculiar y delictiva afición, en un tono al que podríamos llamar misógino-sociopático.

La editorial El Cobre, que fue la que publicó el libro en cuestión, pertenece a un grupo de personas entre las que se cuenta la actual directora del Instituto de la Mujer, una tal Miriam Tey de la que servidor no había oído hablar en la vida. Pero, ah, estamos en época de elecciones, y claro, el Instituto de la Mujer es una institución oficial, es decir, dependiente de este gobierno de mierda del PP que tenemos. Eso significa que la rentabilidad de atacar a Migoya por su libro es inmediata. Rentabilidad electoral, se entiende. Esta vez, las voces bienpensantes no pertenecen a la derecha, como suele suceder: desde la izquierda (buenos, ellos piensan que son de izquierdas), una serie de cretinos (dos de ellos han sido el portavoz del sóe, Jesús Caldera, y la niña ésta que presentan a la alcaldía de Madrid, Trini Jiménez) han sacado la caballería a la calle. La consecuencia ha sido la retirada fulminante del libro de Migoya de las librerías y su posible procesamiento, no sabría yo decir por qué delito.

Y ya estamos con "el tema": la libertad de expresión. ¿Cómo se atreven estos lechuguinos a llamarse de izquierdas? ¿No se suponía que era la derecha la que coartaba las libertades? ¿Acaso por el hecho de escribir un cuento en primera persona sobre un violador, está Migoya incitando a la gente a que salga a la calle a violar alegremente? ¿Le dijeron lo mismo a Muñoz Molina cuando publicó su excelente, e inquietante, "Plenilunio"? ¿Acaso American Psycho, de Bret Easton Ellis (del que, por cierto, recomiendo vivamente Less Than Zero) no es igualmente salvaje y apólogo, no sólo de la violación, sino de muchas otras aberraciones? La hipocresía pre-electoral, ¿puede alcanzar cotas más altas? ¿En qué caricatura de estado de derecho he tenido la desgracia de ir a caer? ¿Dónde fue a parar el respeto a la libertad de expresión? ¿Regresará después de las elecciones, o lo han guardado para siempre en el cajón mental de las palabras sucias? También he oído otras voces que decían que el relato era malo, como dejando caer que, en ese caso, no importa que lo prohiban. ¿Se puede ser más frívolo? Si hay algo que me toca los cojones hasta producirme urticaria es la frivolidad, sobre todo cuando está de más, y en este caso lo está.

Ya hace mucho, mucho tiempo que me avergüenza que mi DNI y mi pasaporte me identifiquen como ciudadano español. Lo que yo querría es ser islandés. Porque en este mierdoso país de pandereta aún nos faltan siglos para respetar a las personas. Profundamente. Al ciento por ciento. De la única forma posible.

20030516

Cines desaparecidos
Lo reconozco: soy adicto al cine. No soy cinéfilo, que el Gran Pitufo me libre de semejante estupidez snob: soy cinéfago; también se podría decir cinévoro, pero cinéfago me gusta más. Esto del cine, como muchas otras cosas, debe venir en parte de lo que uno respira por su casa, porque a mi viejo también le volvía loco el séptimo arte (afortunadamente, la naturaleza es sabia y, con su ayuda, he logrado superar la influencia negativa de mi madre y su absoluta indiferencia por cualquier manifestación estética, entre las cuales no incluyo ni la artesanía, ni el folklore, ni el bricolaje, ni a Lina Morgan). Pero me voy de tema: decía que mi viejo, como muchos de sus compañeros urbanitas de generación, creció rodeado de películas, que era el único entretenimiento al que los pobres de ciudad podían acceder sin poner en peligro de derrumbamiento sus inexistentes economías familiares.

Ya de pequeñajo me chiflaba que me llevasen al cine, sin ser ello obstáculo para que me tragase todas las pelis posibles en la tele. Las de los sábados por la tarde ("Primera sesión", qué tiempos) eran especialmente alimenticias, y se dividían en cuatro géneros: guerra con o sin submarinos, aventuras, oeste y todo lo demás. Cuando tuve once o doce años, mis viejos me autorizaron a ir al cine por iniciativa propia, acompañado de mi vecino Diego. Diego era un año mayor que yo, cosa que le costó la designación de facto de ángel protector de vuestro seguro servidor. Pagábamos esta afición de nuestros muy poco boyantes bolsillos, por lo que ni en sueños se nos hubiese ocurrido ir a ver una película de estreno: frecuentábamos las salas de reestreno/programa doble del barrio, que por aquella época eran dos: el Delicias y el Texas. En estas salas se podía ver, por un precio de entre 15 y 20 duros, todo tipo de bazofia, y de hecho abundaban las pelis de Pajares y Esteso o de Terence Hill y Bud Spencer, por poner un par de ejemplos. Pero no me importaba. Aún faltaba bastante tiempo para que tuviese lo que luego supe que se llamaba "criterio". Yo disfrutaba como un camello con cualquier basura, igual que mi viejo había disfrutado con los westerns de tercera regional de Ken Maynard y Tom Mix. Con el paso de los años mis gustos se fueron refinando al tiempo que mi bolsillo se saneaba (o al menos, se saneaba lo suficiente como para permitirme elegir) y dejé de acudir con la misma frecuencia a los cines de programa doble. Estos cines también fueron languideciendo y cerrando sus puertas, víctimas de una crisis que después, con la apertura de los multisalas, se reveló como pasajera.

Un día, no recuerdo exactamente cuándo, mi padre me informó de que habían cerrado el Delicias. Lo dijo de forma casual, como quien comenta un resultado de fútbol. A mí no me pareció casual. Yo le tenía cariño a ese cine. Un cariño nostálgico, nutrido de recuerdos de un niño que empezaba a caminar sólo. Lloré por ese cine, y aún se me encoge el estómago cada vez que paso por delante de él y contemplo el concesionario de automóviles que ahora ocupa su lugar. Creo que es de Alfa Romeo. Nunca compraré un coche de esa marca.

Joan Manuel Serrat compuso hace unos 15 años, ayudado en la letra por Juan Marsé, la canción "Los fantasmas del Roxy", en la que habla de un cine que para él significó lo que para mí fue el Delicias. Tanto Serrat como, por supuesto, Marsé, saben moldear las palabras mucho mejor de lo que yo sabré nunca, de modo que les cedo mi teclado y me retiro a regodearme un rato en mi melancolía no-etílica, como es mi derecho:

Los fantasmas del Roxy
(Letra: Joan Marsé y J.M. Serrat; Música: J.M. Serrat)

Sepan aquellos que no estén al corriente,
que el Roxy del que estoy hablando fue
un cine de reestreno preferente
que iluminaba la Plaza Lesseps.
Echaban NO-DO y dos películas de ésas
que tú detestas y me chiflan a mí,
llenas de amores imposibles y
pasiones desatadas y violentas.
Villanos en cinemascope.
Hermosas damas y altivos
caballeros del Sur
tomaban el té en el Roxy
cuando apagaban la luz.

Era un típico local de medio pelo
como el Excelsior, como el Maryland,
al que a mi gusto le faltaba un gallinero,
con bancos de madera, oliendo a zotal.
No tuvo nunca el sabor del Selecto
ni la categoría del Kursaal,
pero allí fue donde a Lauren Bacall
Humphrey Bogart le juró amor eterno
mirándose en sus ojos claros.
Y el patio de butacas
aplaudió con frenesí
en la penumbra del Roxy,
cuando ella dijo que sí.

Yo fui uno de los que lloraron
cuando anunciaron su demolición,
con un cartel de: «Nuñez y Navarro,
próximamente en este salón».
Y en medio de una roja polvareda
el Roxy dio su última función,
y malherido como King-Kong
se desplomó su fachada en la acera.
Y en su lugar han instalado
la agencia número 33
del Banco Central.
Sobre las ruinas del Roxy
juega al palé el capital.

Pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas
a las que nadie encuentra explicación.
Un vigilante nocturno asegura
que un trasatlántico atravesó el hall
y en cubierta Fred Astaire y Ginger Rogers
se marcaban el Continental.
Atravesó la puerta de cristal
y se perdió en dirección a Fontana.
Y como pólvora encendida
por Gracia y por La Salud
está corriendo la voz
que los fantasmas del Roxy
son algo más que un rumor.

Cuentan que al ver a Clark Gable en persona
en la cola de la ventanilla dos
con su sonrisa ladeada y socarrona,
una cajera se desparramó.
Y que un oficial de primera interino
sorprendió al mismísimo Glenn Ford
en el despacho del interventor
abofeteando a una rubia platino.
Así que no se espante, amigo,
si esperando el autobús
le pide fuego George Raft.
Son los fantasmas del Roxy
que no descansan en paz.

20030409

Mudanzas
Hace mucho que no escribo, y el motivo es simple: me mudo el viernes y tengo mucho trabajo. Trabajo de mudanza(s) y del otro, del que te pagan por hacer. De vez en cuando se me ocurren temas sobre los que escribir, tomo nota mental de ellos y luego me olvido, claro. De todos modos, no me quejo por la situación: será para bien. Ayer, una persona me deseo que me fuese muy mal y que fuese muy infeliz, al menos tanto como ella; remató su maldición ancestral con un innecesario "cabrón". En fin, ¿qué decir? Creo que voy a decepcionarla.

20030221

Plantar un libro
Uno de los aforismos chinos más conocidos dice algo así como que un hombre puede morir tranquilo, seguro de haberse realizado en la vida, si cumple con la triple tarea de escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Como la mayoría de dichos populares, ya sean chinos o esquimales, éste también es una soberana estupidez. Despiecemos la frasecita.

Acerca de escribir un libro, es evidente para cualquier lector avezado que el 97 por ciento de los libros (o, generalizando, de los textos) que se escriben valen mucho menos que el papel sobre el cuál están impresos (en esta época de edición digital, menos que el ancho de banda que ocupan). Cierto es que, si el total de publicaciones aumenta y el porcentaje de basura se mantiene, la cantidad de libros decentes también se incrementa, pero llegar a la excelencia a través de la estadística me parece tan antióptimo y troglodita como intentar quedarse embarazada a base de frotarse los genitales con kleenex pescados de la papelera del gimnasio de un colegio de jesuitas. Lo cual enlaza con el segundo objetivo: tener un hijo.

Es para mí un misterio insondable que se valore como extraordinario el hecho de reproducirse. Cualquier pelagatos puede reproducirse, no hace falta nada especial para ello; echar un polvo está al alcance de cualquiera. Cierto que poner una persona nueva en el mundo debería ser una decisión meditada, pero mirad a vuestro alrededor: cuántos de estos casos hay? Yo mismo debo agradecer mi llegada a este mundo al doctor Ogino, como muchos de mis compinches de generación. No es que no esté contento de estar por aquí, pero no veo que un accidente aritmético aporte ni un ápice de honorabilidad oriental a ninguno de mis dos viejos (a los que, por otra parte, no les reprocho nada en absoluto, sino más bien lo contrario). Otros muchos de los humanos que nos rodean están aquí porque "se" tienen hijos, así, en impersonal reflexiva; y otra cantidad no despreciable están vivos porque los bebés son graciosos (luego dejan de ser graciosos y, de hecho, muchos de ellos pasan a ser unos desgraciados, sobre todo los que, viniendo de una familia humilde y sufriendo un curro de 12.000 euros brutos al año y con 30 años de hipoteca por delante, siguen votando al PP).

La plantación del árbol es the ultimate memez. Supongo que el chino original se debía referir, de una forma mística-pichaflójica, a saber apreciar y cuidar la naturaleza. No me parece mal. Pero a qué lo del arbolito? Si tener hijos y escribir libros son acciones bien concretas y determinadas, no veo por qué debo tomarme lo del árbol como una idea abstracta. Y si no lo es, es de una ingenuidad ofensiva. ICONA se tiró décadas repoblando con millones de eucaliptos los robledales que los caciques de Galicia quemaban; los eucaliptos crecen en un plis, lucen en las fotos y proporcionan pingües beneficios a corto plazo con la explotación de la madera. La idea es no dejar que los árboles se quemen, no ir proclamando días mundiales del árbol para que los ecologistas de salón se empuerquen de barro haciendo un trabajo que nunca debería haber sido necesario y que, en todo caso, no les corresponde.

Yo, por mi parte, he decidido adoptar una versión apócrifa del aforismo y he decidido:

a) tener un árbol -> véase la primera foto adjunta. De acuerdo, no es un árbol, sino una hortensia agonizante, pero está en mi balcón. Luego, la tengo.

b) plantar un libro -> véase la segunda foto adjunta. Espero que no me excomulguen por utilizar ese libro. Oh, lo olvidaba, soy apóstata y no pueden excomulgarme. Bueno, a ver si, como mínimo, no me cría cristianos.

c) escribir un hijo -> "un hijo".
Los "comosís"
Hace un tiempo conversaba con mi cuñado J. acerca de lo acostumbrados que estamos a las imitaciones de la realidad; tanto que a menudo, cuando vemos la versión fetén, no la reconocemos o nos desagrada profundamente. Él llamaba a estas imitaciones "los comosís". El término (ignoro si es de su propio cuño) es excelente, perfectamente descriptivo y conceptualmente impecable, por lo que decidí adoptarlo alegremente. Contaba J. que, según le había explicado una persona que ejercía como sufrido profesor de primaria, había pasado por la experiencia de hacer que los niños de su clase fabricasen mermelada a partir de fruta, siguiendo un proceso casero. Gran sorpresa y desilusión: a los niños les había parecido repugnante aquella cosa que no sabía como la mermelada ni tenía el color correcto. La realidad es que ésos eran los verdaderos color y sabor de la mermelada, a diferencia de los colores y sabores de la mermelada que podemos comprar en el supermercado, potenciados o directamente reemplazados mediante aditivos.

Se trata únicamente de un ejemplo, puesto que yo no estoy en contra del uso de aditivos en alimentación. Pero es un primer síntoma: la mayoría prefiere un "comosí" a la versión real, y esto sucede en muchos terrenos.

En su biografía Mujer en guerra, Maruja Torres cuenta algo que le sucedió en Haití durante la mini-invasión norteamericana (que debía facilitar el regreso del presidente electo). Los soldados USA llegaron, se desplegaron y ocuparon sin ninguna resistencia todos los puntos que tenían que ocupar, ante el aburrimiento de los reporteros, que esperaban un poco más de chicha. Pero un soldado más avispado que los demás decidió (o quizá le decidieron) proporcionar a la prensa aquello que había venido a buscar: mientras los fotógrafos bostezaban en la acera de uno de los edificios oficiales, un marine de guardia se tiró al suelo, avanzó a rastras hasta la valla metálica ("como si estuviera en la batalla de Guadalcanal", dice Maruja) y, con la ayuda de unos alicates, abrió un boquete en ella. Por supuesto, la imagen de ese "esforzado soldado" dio la vuelta al mundo. Aquello sí era una noticia decente y no el paseo triunfal que realmente estaba sucediendo. Una imagen vale más que mil palabras? Una imagen no vale ni una mierda. Una imagen es un fraude. Una imagen es un "comosí" de la realidad.

Es un mundo confuso, pero así es la cosa. Hacer que parezca sencillo o bonito no lo hace ni más sencillo ni más bonito. Apechuga con tu suerte, asume la realidad y cállate la boca. Puede que seas más infeliz, pero también serás más libre o, si lo prefieres, más persona. Y si prefieres ser menos libre, no me llames. Cretino.