(Aviso a navegantes: esta entrada es sólo para iniciados; para los demás no tiene mucho interés. Gracias por su atención)
El club de listorros que tiene el dudoso honor de tenerme como miembro es, como ya he dicho numerosas veces, una caja de sorpresas. La última ha sido, en todo caso, desagradable. Un subgrupo (al que solemos llamar cariñosamente la subsecta) de amiguetes del club creamos hace un par de años una lista de correo privada en la que despotricamos a gusto acerca de los ejemplares más odiables del club (a los que llamamos "jabalíes", de la frase pronunciada por Ortega y Gasset en las Cortes en 1931: "A las cortes no se puede venir a hacer ni el payaso, ni el tenor ni el jabalí") sin tener que montar follón en las listas generales. También aprovechamos para ponernos de acuerdo para la organización de eventos dentro del club (los subsectarios somos, por cierto, los más activos del club en el nivel organizativo) y para debatir sobre cargos, elecciones y así. Aunque cada uno de los subsectarios es de su padre y de su madre, el etiquetado de los jabalíes es un tema en el que nos solemos poner de acuerdo, con mayor o menor vehemencia en la clasificación. Incluso otorgamos el premio GDM al jabalí más recalcitrante del mes. Dejo como ejercicio al lector avispado averiguar el significado de las siglas GDM.
Hace unos días, un delincuente hijueputa hackeó la cuenta de uno de los miembros de la subsecta, descargó la totalidad de los mensajes de los dos años y pico (más de 4000), montó una página con la lista de mensajes y una selección de los más, según él, jugosos, y la colgó en la web. Minutos después, alguien publicitó el enlace en el canal de chat del club y otro delincuente (aunque quizá fuese el mismo, quién sabe) lo publicó en la lista general del club. Resultado: el pollo padre. No es difícil imaginárselo. Pensad en lo siguiente: invitáis a cenar a vuestra casa a unos compañeros de trabajo y aprovecháis para poner verde al cabroncete de vuestro jefe; volvéis a la oficina al día siguiente y os encontráis con vuestras conversaciones de la cena sonando a volumen 70 por la megafonía. Bonito, ¿eh? Sí; bonito, pero ilegal. El artículo 197 del Código Penal castiga con multa y penas de 2 a 5 años el delito de revelación de secretos. En consecuencia, se han interpuesto un cierto número de denuncias, que siguen su curso. Quizá el/los pobre/s imbécil/es pensaba/n que nos íbamos a quedar con los brazos cruzados.
Acerca del pollo: los jabalíes han hecho honor a su condición y no nos han defraudado. Salvo en uno o dos de los casos, han actuado como lo que son: idiotas (tontolculo también les pega bastante) y ombligueros (variante popular del término técnico autoomfaloscopista, es decir, observador de su propio ombligo). Dada mi opinión acerca de los tests de inteligencia, fundamentada sobre 12 años de pertenencia al club, 6 de ellos de bastante actividad, encuentro perfectamente natural la existencia de un muy numeroso contingente de idiotas en un club de listorros. Los otros uno o dos casos responden a algo distinto: se trata de verdaderos malos bichos, que se han tomado el joder al prójimo como su misión en la Tierra. Son indudablemente dañinos y peligrosos, y lo que de verdad me apetecería es dispararles en ambas rodillas, si no fuese porque a) el artículo 147 del mencionado código penal lo castiga, y b) carezco de acceso a un arma de fuego adecuada.
El efecto final de la revelación de la correspondencia de la subsecta ha sido, en todo caso (y a diferencia de lo que debía esperar el citado delincuente), catártico. Los chillidos de los jabalíes no son distintos de los de siempre (aunque quizá haya subido el número de decibelios), algunos subsectarios que, por razones de su cargo, tenían que poner sonrisitas y buenas caras a todo el mundo van a quedar, en cierta medida, aliviados de tan ardua tarea y, de propina, han surgido varias nuevas voces razonables (sorprendentemente razonables, en algunos casos) de entre la mayoría silenciosa (a la que, en general, todo esto le importa menos que un pedo). Proporciona un placer cuasimorboso el recibir, si no elogios, sí argumentos de defensa sólidos desde personas no implicadas en el follón. Esto, unido al hecho de que los jabalíes se desprecian entre sí y, en privado, maldicen a placer unos de otros (todos sabemos que el jabalí es una especie solitaria), así como a la proximidad de la reunión anual en la que, como siempre, los subsectarios jugaremos un papel protagonista, ayudará sin duda a la consolidación de este extraño club social al que, por peregrinas razones, tanto cariño le tengo.
Una vez, hace un huevo de años, mi perro (un pequinés de nombre Pumby, con una impresionante mala hostia) tuvo garrapatas. Para los que no hayáis tenido el placer, la garrapata es ese bicho bastante repugnante de aquí al lado. Mi madre, con no sé qué carajo de líquido, se las tuvo que despegar y seguidamente exterminar por el método de la presión irresistible. Servidor la contemplaba con una mezcla de asco y de más asco. Aunque en esa época era pequeñajo y mucho menos cínico, no me apiadé por la vida de esos parásitos, como no lo haría ninguna persona razonable. ¿Por qué debería importarme ni un pedo que Carmina Ordóñez se haya dejado el occipital pegado en su bañera?
Por otro, servidor tiene la costumbre de pasarse de vez en cuando por el blog de Javier Armentia,
Hace un par de semanas ocurrió algo que me llenó de sentimientos contradictorios: euforia, porque sucedió, y mala hostia, porque sucedió tarde y en la cama. Me refiero a la muerte de una de las personas más negras de la ya de por sí oscura historia de este país, de sus políticos y de sus figuras de relieve: Jesús Gil y Gil.
Gabinete Caligari sacaron un tema en el álbum Al calor del amor en un bar llamado Malditos refranes, lúcido y cínico como solían serlo sus temas, que los semipuretas recordarán y que decía:
Es hecho harto conocido que, durante el siglo XVIII, Johann Sebastian Bach y una parte importante de su muy extensa prole regalaron al mundo algunas de las composiciones más agradables del barroco -la archifamosa Tocata y fuga o la Pasión según San Mateo son solo un par de las más conocidas-. Este hecho podría llevar a los más incautos a colegir que el apellido Bach proporciona algún tipo de marchamo de calidad a sus portadores. Nada más lejos de la realidad, como espero demostrar con un par de contraejemplos sencillos, para que incluso los menos dotados de entre mis superdotados compañeros de club social (de listorros) me entiendan.
Decía ayer, al presentar la
Es bastante revelador, después de lo del jueves en Madrid, pasearse por algunas de las listas de correo de Mensa (lo siento, chicos, son de acceso restringido), el club de listillos al que pertenezco, para ver actuar en todo su esplendor a una numerosa piara de indocumentados y patéticos aprendices de Sherlock Holmes.
Conducía el otro día por Barcelona y me di cuenta de que el tío de delante llevaba una de esas pegatas de "Bebé a bordo", parecida a la que podéis ver aquí al lado. Son tan comunes que lo normal es que me pasen desapercibidas, pero recordé un artículo de Quim Monzó que leí al respecto en la noche de los tiempos y decidí que yo también diría la mía (que, por cierto, coincide bastante con la de Monzó; qué se le va a hacer, uno siempre está copiando a los grandes, con mayor o menor fortuna).
Estoy volviendo a leer Groucho & Me, uno de los tomos autobiográficos de Groucho Marx. Aunque es la primera vez que lo leo en inglés (lo acabo de recibir de
Acabo de comer. Mientras lo hacía, escuchaba la radio. He pillado la segunda media hora de las noticias de Catalunya Ràdio, íntegramente dedicada al deporte (es decir, 75% fútbol, 25% todo lo demás). Para lo que me interesa el mundo del deporte bien podría haber cambiado de emisora, pero me ha dado pereza; además, cuando como y estoy solo me gusta escuchar emisoras en las que se hable, y no hay muchas alternativas que me apetezcan (la COPE, por ejemplo, no me apetece nada; bueno, estaría bien escucharla si radiasen los gritos de terror y agonía de los tertulianos atrapados en el estudio durante un incendio; redios, me cosquillea el estómago sólo de pensarlo).
El Carroll que todo el mundo conoce, Lewis de nombre, fue el tipo que escribió Alicia en el país de las maravillas y otros hitos de la literatura surrealista como La caza del Snark. Pero no es a él a quien me quiero referir, sino a Pepe Carroll.
Nos hacemos viejos/modernos. El tiempo pasa inexorablemente al ritmo de 24 horas al día (no susceptible de modificación) y su avance se lleva por delante montones de cosas. Recuerdos y nostalgia sin sentido, en general. La carta de ajuste, los Bucaneros de Bimbo, los urbanos con salacot blanco, las reuniones de niñatos y niñatas fachas con camisa azul (ahora padres y madres de familia, igual de indeseables y encima viejos) en los bares de la plaza (ex)Calvo Sotelo, actual Francesc Macià, todo eso se ha perdido o ha sido reemplazado por algún pseudoequivalente (niñatos y niñatas porreros antiglobalización, antihigiene y anticivismo, en el caso de la plaza (ex)Calvo Sotelo, actual Francesc Macià, por ejemplo). Hoy pensaba precisamente en algo que hace mucho tiempo que no oigo: la flauta del afilador.
Hace unas semanas, barachan y yo paseábamos hacia el centro y vimos, a la puerta de un bar, un chico joven, de unos veintitantos, subido en una bici en dirección contraria al manillar, pedaleando y, sí, afilando cuchillos. Fui tímido y no tuve presencia de ánimo para preguntarle si todavía usaba esa flautita (que me he enterado que se llama
El gobierno de los Estados Unidos parece bastante preocupado por la seguridad en los vuelos que tienen como destino su país. Están tan preocupados que la Casablanca ha adoptado la decisión de empezar a exigir la presencia de guardias armados en los vuelos de aerolíneas extranjeras que atraviesen su espacio aéreo. Para aquellos de vosotros que tengan curiosidad, un guardia armado es un ejemplar de la especie Homo Sapiens pertrechado con un arma de fuego. Es de suponer que el arma estará cargada, básicamente para diferenciarla (desde un punto de vista operativo) de un teléfono o de una muñeca Barbie (esta última es bastante dañina, pero sólo a largo plazo; no es buena idea intentar utilizarla para secuestrar un avión). La decisión fue comunicada a la prensa en una declaración del secretario de Seguridad Interna de los USA, un tal Tom Ridge, a finales de diciembre del pasado año. Encontraréis más información en
No hay mucho que añadir, la verdad. La medida adoptada por Bush II, el infranormal, es tan idiota que cualquiera que no fuera él debería darse cuenta de ello de forma inmediata. Esta sub-sabandija sin córtex (así como los 540 partidarios que aparecen en la encuesta) no debe haber pensado en la siguiente posibilidad obvia: si quiero secuestrar un avión, no me importa morir (hay muchos majaras así) y no tengo forma de pasar un arma por los controles de los aeropuertos, pero estoy lo suficientemente cachas (o somos cuatro igual de majaras pero no tan cachas), no tengo más que identificar al pobre imbécil de la pistola, hundirle la nariz en el cráneo de un rodillazo, quitarle la fusca, pegarle al desgraciado un tiro en la nuca para asegurarme, apoderarme del avión y hacer lo que quiera con él; por ejemplo, estamparlo contra un rascacielos (a mí particularmente siempre me ha gustado el John Hancock Center de Chicago, esa mole negra de la derecha). Espero que se entienda mi vía de razonamiento, que considero accesible a las entendederas promedio de cualquier primate.

Buscando por la web la filiación del tal Judas Tadeo (ése de la derecha), he encontrado una joyita denominada, atención, 
Ya se han acabado las navidades. Menos mal, porque ya estaba hasta los mismísimos cojones de ellas; vamos, como de habitual. Para mí, este período de fiestas universales institucionalizadas tiene tanto sentido como una tabla de multiplicar del número e. Me repugna ir al centro por el motivo que sea (sí, a veces también voy a comprar yo, qué le vamos a hacer) y encontrármelo todo abarrotado de humanoides. Los putos villancicos, sobre todo los cantados por coros infantiles, invaden, agreden de hecho, mi esfera de percepción auditiva. Incluso
Distinguidas majestades suyas: