Mensa y yo

Lo diré. Soy miembro de una asociación de listorros. Se llama Mensa, lo cuál no deja de ser curioso, sobre todo en México, en donde "menso" significa "tonto". Para entrar en Mensa, aparte de una cuota tirando a microscópica, de unos 40 euros al año, hay que pasar un test de CI, o sea, de coeficiente (o cociente, siempre hay polémicas chorras con eso) intelectual. Se trata de que el resultado percentil del test sea de 98 o más; para entendernos, debe salir que, según el test, seas más inteligente que el 98% de la población. Qué cosas, verdad?
Para qué es uno miembro de una asociación así? Bueh, hay tantos motivos como socios. Mi caso es éste: la vida académica de un servidor consistió en un paseo triunfal con fanfarria y coro de castratti desde el parvulario hasta justo antes de la universidad. En primero de carrera no pagué matrícula, puesto que llevaba en el bolsillo una flamante matrícula de honor. Dicho paseo triunfal se acabó a la altura de los exámenes parciales de febrero de primero de carrera (de física, específicamente). No fue muy agradable, pero yo perseveré durante un tiempo. Cinco años más, en concreto. Fui aprobando al ritmo de medio curso por año, con lo que acabé media carrera en el tiempo calculado para una carrera completa. Me sentía más o menos como el pakistaní que llega un minuto y medio después del ganador en una eliminatoria olímpica de doscientos metros estilos, y el comentarista cretino le sale con que "lo importante es participar". O sea, me sentía estúpido. Luego me fui a la mili y me cambié de carrera, pero seguí sintiéndome estúpido durante bastante tiempo. Llegué a creer que algún ente cabrón me había gastado una jugarreta durante mi infancia, haciéndome creer que mi cabeza funcionaba semi-bien, cuando evidentemente no era así.
Un día me tropecé con un test de ingreso a Mensa en una revista de juegos de ingenio que solía comprarme,
Cacumen. Ese test ya no se usa, pero creo que se usó durante un montón de tiempo. El resultado fue bastante satisfactorio. Bueno, no fallé ni una. Por esas épocas yo me solía conectar a una BBS de Barcelona, Nexus de nombre, y en el área de archivos alguien había colgado un par de documentos que contaban de qué iba el asunto éste de Mensa. Con el ego hinchado como un pavo en la víspera del día de Acción de Gracias, me bajé los docs y les eché un ojo. Tampoco me pareció una cosa para tirar cohetes, pero qué podía hacer para mantener el nivel de autosatisfacción, salvo masturbarme compulsivamente o ingresar en Mensa? Opté por la segunda opción, sin cerrar del todo las puertas a la primera. Me hice hacer un test WAIS supervisado por un psicólogo, lo presenté y en unos meros 8 o 9 meses ya era socio. Uno se puede preguntar por qué tantos meses. Respuesta: el teórico funcionamiento administrativo fluido y racional que se le supone a una organización de listorros y su funcionamiento real están tan relacionados como la astronáutica y el plegado de kleen-ex. En otras palabras: la organización brillaba por su ausencia. No es que la gente de la dirección fuese mala gente, en absoluto; es que ninguno de ellos había adquirido un compromiso para hacer las cosas, y éstas se hacían cuando se podía, o no se hacían nunca.
Eso debió ser en el año 1992. Durante los siguientes seis años mi relación con la asociación se limitó a pagar la cuota y recibir la revista. En Barcelona se hacían un par de reuniones mensuales, pero yo no aparecí en ninguna de ellas hasta el año 1998. La verdad es que me bastó para quedarme medio tranquilo el ser consciente de que, según los psicólogos que habían parido el test, el menda tenía una inteligencia estratosférica.
Un día me di cuenta de que estaba pagando una cuota anual (pequeña, pero en todo caso significativa) para recibir una revista cuyo contenido no me interesaba prácticamente nunca, y nada más. Celoso de mi cuenta corriente, me presenté en una de las famosas reuniones. Dichas reuniones se llevaban a cabo, y se siguen llevando a cabo, en un bar (aunque el bar ha cambiado). Allí me encontré con media docena de personas bastante heterogéneas, charlando y tomando refrescos o cerveza. Me junté rápidamente con los cerveceros y me lo acabé pasando cañón. También conocí a uno de mis mejores amigos, C""C.
Han pasado casi cuatro años de aquello. Mi visión de Mensa ha cambiado mucho. El número de socios ha crecido y las reuniones de media docena de personas se han convertido en reuniones de 4 docenas de personas. Internet ha disparado la actividad de la asociación, y se han creado grupos de socios con intereses diversos, que se mueven en torno a listas de correo, páginas web y canales de chat. He conocido a mucha gente cojonuda, y a un número importante de gilís, muchos de los cuales no pueden verme ni en pintura. Mis intervenciones en listas de correo o en la revista han conseguido que un par o tres de los más bobos hayan decidido buscar aires nuevos, en donde no hubiese cabrones superbordes como yo, lo cual, no puedo evitarlo, me produce una sensación agradable en la boca del estómago. Ah, porque Mensa contiene su porcentaje de bobos. Hay más o menos la misma proporción de capullos en Mensa que fuera de ella. Al parecer, los "tests de inteligencia" no son capaces de filtrarlos. Puede tener que ver con el hecho de que la inteligencia es algo tan complejo que, simplemente, no hay forma de definirlo, ni mucho menos medirlo. El reduccionismo, tan útil en la mayoría de campos de la ciencia, en la psicología es, en mi opinión, una estupidez. Mientras que la definición de campo eléctrico está ahí, tan maja, y no la mueve ni dios, hay tantas definiciones de inteligencia como definidores. Luego, no existe una definición. Nadie sabe lo que es. Alguien ha intentado definir, por poner un caso similar, la belleza? No lo sé, pero en caso afirmativo, me gustaría saber qué drogas tomó. En la película
El club de los poetas muertos hay una escena que a mí me chifla, en la que el profesor Keating hace arrancar a sus alumnos las paginas de la introducción del libro de texto de literatura; en esa introducción un tal Dr. J. Evans Pritchard mide la grandeza de un poema representándolo en unos ejes de coordenadas, con "perfección" en el eje vertical e "importancia" en el horizontal; aquellos poemas que ocupen un área mayor serán, según él, los más grandes. Keating califica al método, y de rebote al autor, de la única forma posible: "un excremento". Sublime.
Algunos psicólogos, y mucha gente en Mensa, creen que la inteligencia también se puede medir así. Yo también lo pensé, hace años. Es obvio que me equivocaba. Basta con asistir a algunas reuniones, intervenir en algunas listas, leer algunos números de la revista. Las personas de Mensa no tenemos nada especial en nuestra cabeza. Quizá somos más freaks que la media, pero hasta eso dudo. Me da la impresión de que lo único que tenemos es ganas de reunirnos de vez en cuando, cenar y echarnos unas risas. Mensa es una buena excusa para ello, y también lo es el coleccionismo de bolas de navidad.
Una cosa sí es cierta: en Mensa he conocido muchos amigos; amigos de verdad. Quizá los podría haber encontrado en otra parte (y también los he encontrado, de hecho). Pero no importa: me lo paso bien con ellos, y ninguno de ellos comenta nada de "qué listos somos, qué orgullosos estamos". De los que dicen eso, que son legión, no me he hecho amigo. Me he hecho enemigo, y con gran placer. Como dijo el dramaturgo Georges Courteline,
pasar por idiota a los ojos de un imbécil es un deleite de exquisito buen gusto. Adáptese a la situación.