Tengo un amiguete, Vindicador, que escribe su diario y lo publica en una lista de correo; lo llama Diario de un perdedor, y probablemente es uno de los culpables de que yo esté haciendo algo semiparecido. En su último mail aparecía el siguiente fragmento:
Por la tarde me pongo a leer algunos mails que tenía sin mirar. Encuentro el de una tía que ha dado con mi dirección a través de estos diarios en internet. Me cuenta que solo ha leído un día y que le ha parecido aburridísimo. Añade que en ese día, mientras yo correteaba detrás de un pájaro que se coló en mi casa, ella estaba en el hospital por haberse intentado suicidar con un frasco de pastillas.
Esto me ha hecho reflexionar sobre uno de los aspectos de las personas: cada cuál se lo monta como puede para que le hagan un poco de caso. Algunos, como esta pobre imbécil, cuyos problemas ignoro e ignoraré, recurren a las pastillitas. Otros escribimos tonterías (a algunos, como Pérez Reverte, se las publican y un montón de gente las compra, encuadernadas en cartoné o en rústica, a 17.95 y 9.95 respectivamente). Cada uno, lo que puede para sacarle un poco de sentido al tiempo.
Lo que más me sorprende/irrita de la mujer suicida frustrada es su suposición de que a Vindicador le importa lo más mínimo el hecho de que ella estuviese en el hospital con el estómago limpito y una sobredosis de tranquilizantes en las venas. No estoy dentro de su pelada cabezota, pero hablaré como si yo fuese él y me dirigiera a la nena pastillera (a lo mejor no es nena y tiene 60 años, pero para el caso es lo mismo), porque me va a servir para establecer cuatro trazos sobre cómo me funciona el mecanismo social (también me va a servir para quedarme tranquilo un rato):
Mira, chiquita, sucede lo siguiente: no te conozco. Como no te conozco, ignoro el motivo por el cual me informas de que te intentaste suicidar, ya que el estado de salud de las personas a las que no conozco me la suda. El pájaro al que intentaba sacar de casa es para mí mucho más importante que tu supervivencia, puesto que forma una parte pequeña pero existente de mi vida, un caso distinto del tuyo, que no funcionas más que como un decorado necesario para configurar la realidad. Si miras a tu alrededor verás muchos más que despiertan en mí idéntica ausencia de sentimientos. En realidad, es la abrumadora mayoría de la humanidad. Soy incapaz de sentir por ti y por ellos nada más que algo abstracto y racional, que puede tener que ver con conceptos como libertad, justicia, opresión y cosas así, y que no me atrevería siquiera a denominar "sentimiento". Importarme, lo que se dice importarme, sólo me importa lo que les suceda a aquellos que dan forma a mi entorno. Los demás, tú entre ellos, por mí como si se operan con un cuchillo de obsidiana. Ah: otro día elige un método de verdad para suicidarte: un buen salto desde un piso 25, o un encuentro en la tercera fase con una máquina de tren. Fiabilidad garantizada. Ya que eres una perdedora profesional como todos nosotros, elige al menos un mutis digno.
Eso le diría. A ver si, o me hace caso, o al menos se calla. Que no se me malinterprete: no le deseo la muerte. Simplemente, no le deseo nada, ni la vida, ni la muerte, ni nada. Me da exactamente igual. Pero, si es posible, que se meta su cháchara de "yo *sí* que soy una víctima de la sociedad" por el ano.
Mi primer contacto con mi amiga peluquera fue más bien descorazonador. Fue en una cena donde estábamos M. (la amiga número 1) y su chico, R. y yo mismo. Después del vino y las copas, nos enzarzamos en una discusión estúpida sobre medicinas alternativas y escepticismos varios, y ella acabó llorando, lo que me hizo sentir bastante mal, dicho sea en mi descarga. El caso es que después de eso la he tenido muchas veces cerca de mi cerebro armada con instrumentos punzantes, y siempre ha respetado la integridad de mi persona; eso dice bastante acerca de su equilibrio mental y de mi temeridad. Las sesiones de peluquería suelen ser largas, porque mi pelo estándar me aburre y siempre me pongo mechas, puntas rubias u otras tonterías, por cambiar. No sé si os pasará lo mismo, pero siempre me ha gustado que me laven el pelo; es una sensación táctil casi erótica, que uno puede adquirir por un precio módico y disfrutar en público sin que nadie se escandalice, puesto que está socialmente aceptada. Las operaciones que se desarrollan en mi azotea después del lavado pertenecen al mundo oculto de la alquimia, y prefiero desconocerlas. El caso es que, unas tinturitas y un importante número de expertos tijeretazos después, mi cabeza tiene un aspecto distinto al que tenía un par de horas antes. Definitivamente, R. tiene el poder en sus tijeras.


