No soy un tipo tradicional. De hecho, uno de los números de Nameshifter, la hija tonta de V4Vendetta y mía, se subdenomina "La tradición es una maldición", y contiene un artículo acerca de dicho asunto autorado (me acabo de inventar el verbo, por la cara) por mí. Aún así, reconozco que hay una tradición específica que me gusta: el día de Sant Jordi. Ya hace muchos años que procuro por todos los medios tener el máximo tiempo libre posible en ese día, para poder pasear por el centro mirando libros en los puestos callejeros. Mirar libros es algo que se puede hacer, y de hecho lo hago, cada vez que a uno le rote; pero el día de Sant Jordi tiene un extra: además de los libros están los autores, que firman y dedican, y yo siempre he tenido una cierta mitomanía hacia estos bichos. Muchos de esos autores son de los llamados "mediáticos": básicamente, presentadores de TV, cantantes y otros animales hertzianos. Hay otros híbridos, periodistas y gentes de quiosco a los que de vez en cuando les da la verborrea plúmica. Finalmente, están los pobres escritores a secas. Quedaría como un dandy si dijese que los dos primeros tipos no me interesan, pero no es así; la verdad es que no depende del tipo de autor, sino del autor en cuestión. Todo es muy subjetivo, por supuesto.
El caso es que E. y yo estuvimos de compras por Passeig de Gràcia, mirando las novedades, las ofertas y los autores y, armado con mi microcacharro digital, tomé unas cuantas fotos. Joaquín Sabina estaba firmando su poemario recién publicado, que no he leído (y no me apetece mucho, la verdad), Terenci Moix estaba con su "Arpista ciego" (al que le había robado las gafas), y Forges y Millás firmaban ejemplares de su "Números pares, impares e idiotas", un divertimento sin mucha trascendencia, pero gracioso, qué leches. Decidí regalárselo a E., y se lo di a Forges, que es un tipo que siempre me ha caído muy bien, para que escribiese su dedicatoria. Para mi sorpresa, Forges me dibujó *a mí*, como si fuese uno de sus personajes leyendo la dedicatoria. O sea, genial. Sobre todo porque en todo el día no vi a Antonio Gala, que es un estúpido y me produce urticaria.
Se puede argumentar que el día de Sant Jordi está contaminado a priori por el espíritu comercial del Gremio de libreros, y que la mayoría de gente compra los libros y no los lee jamás. Bien, de acuerdo. Aún así, me queda el suficiente poso de romanticismo como para creer que en el fondo del corazón de los libreros, al menos de una parte de ellos, existe algún sentimiento de una categoría distinta a lo que el dueño de un estanco siente por su mercancía. A lo mejor es que comparto con esos libreros el amor por la literatura, y en cambio no me puedo imaginar a alguien diciendo seriamente que ama los productos de charcutería. Dicho sea con todo el respeto hacia el foie trufado.
Hasta hace unos meses, aunque de una forma cada vez más lánguida, por así decir, procuraba mantenerme más o menos al día. Soportaba los pésimos telediarios con los que nos obsequian las televisiones, para conocer los temas principales, y solía leer con un poco más de frecuencia el periódico, para intentar compensar la podredumbre. Pero en septiembre sucedió un hecho especial: una pandilla de moros subnormales decidieron convertirse en brigada de demolición improvisada y estamparse contra un par de edificios en Nueva York. Seguro que habéis oído la noticia. Mientras estaba plantado delante de la tele, acojonado con el espectáculo, tuve la siguiente revelación: "Con la excusa del terrorismo, de la protección de Occidente y de la defensa de nuestra "way of life", vamos a tragar una cantidad extraordinaria de mierda procedente de los mass-media. Me voy a tener que blindar el córtex de alguna forma." Y así fue como decidí que no iba a volver a mirar ningún telediario, a poco que pudiese evitarlo. En todo caso, nunca de forma voluntaria. No es porque vayan a conseguir manipularme. Considero que tengo la cabeza suficientemente bien amueblada como para juzgar y aplicar criterios propios. Es una cuestión de ofensa estética/intelectual (cielos, no, *la* palabra). No quiero mirar esos telediarios porque son comida para reses, y a mí, San Críspulo me perdone, lo que me gusta es el chuletón de Ávila. No los miro porque prefiero Patricia Highsmith que Arturo Pérez-Reverte, y Frank Sinatra que David Bisbal. No los miro porque yo sí creo, no mediante fe sino mediante datos, que el hombre ha llegado a la Luna, y porque sé que la Atlántida es un cuento de viejas, a pesar de lo que sugiera Disney. No, señor, yo no soy una res. Que no me vengan jodiendo con la igualdad de los cojones. Derechos? Sí, los mismos, para todo homo sapiens. Y luego cada uno hace lo que quiere o puede con su cerebro. La mayoría, usarlo para que no colapse la bóveda craneal.