20020527

Los derechos del lector
En mi libro de francés hay una imagen, ésa de al lado, en la que se muestran los "diez derechos del lector". Estos derechos aparecen en el ensayo del novelista y ensayista francés Daniel Pennac Comme un roman (Como una novela), en el que habla sobre la lectura y los lectores. Para los no francoleyentes, traduciré estos derechos, que me parecen no sólo razonables, sino incluso brillantes:

1. Derecho a no leer
2. Derecho a saltarse páginas
3. Derecho a no terminar un libro
4. Derecho a releer
5. Derecho a leer cualquier cosa
6. Derecho al bovarismo (enfermedad transmisible textualmente)
7. Derecho a leer en cualquier lugar
8. Derecho a hojear
9. Derecho a leer en voz alta
10. Derecho a callarnos

Sabéis cómo empieza Comme un roman? Pues empieza diciendo que el verbo leer no admite el imperativo, y que en eso se parece a verbos como soñar o amar. Como ya he dicho muchas veces, cómo envidio a la gente que sabe ser clara y concisa.

Forzar a leer es un error. Se puede llevar una vida normal sin leer, y la prueba es que una mayoría lo hace. Desengañémonos, el mundo es de los no lectores. Si no va a ser un placer, mejor no leer. Pero no: los dogmáticos de la igualdad han decidido que toda la población debe, por decreto-ley, alucinar bellotas con la letra impresa. Cre-ti-nos. Repito: cre-ti-nos.

Contaré mi caso, que es el que conozco. El motivo de que yo lea no es que en la escuela, y luego en el instituto, me forzasen a ello. En todo caso, sigo leyendo a pesar de ello. Leo porque no puedo no hacerlo. Prefiero que me peguen un tiro en la rodilla a que me quiten la posibilidad de leer.

No tengo una mala vida; incluso diría que no puedo quejarme de mi vida. Lo que sucede es que no me basta con la mía: tengo que vivir otras, muchas, miles de ellas. Tengo que hacerlo porque puedo hacerlo, y lo hago a través de las letras, en algún lugar del cerebro que llevo puesto, quiera o no quiera, las 24 horas del día. Ese es mi mundo, y se alimenta de Times New Roman.

20020522

La rebelión de los objetos
Toda mi vida me ha jodido sobremanera que las cosas se me subiesen a las barbas. Con esto me refiero a que los objetos hagan algo distinto de lo que yo espero que hagan, o se comporten de formas aparentemente creativas. Las aceitunas que no se dejan pinchar, el paraguas que se gira del revés, las botas que calan... Todos estos comportamientos imprevistos me desestabilizan y terminan con mi paciencia, ya de por sí escasa, en cuestión de pocos instantes.

Supongo que es a causa de esto (bueno, y de mi viejo, al que también le pasaba algo parecido) que siempre he tenido interés/curiosidad en averiguar cómo, más o menos, funcionan las cosas. Siendo racionalista radical como soy, me niego a creer que, si un objeto no hace lo que se supone que debe hacer, la culpa sea de ese objeto: la culpa, obviamente, siempre es mía, que me he perdido algo; a menudo, la susodicha paciencia. Eso sí: es extraordinariamente raro que, si los implicados son objetos y no personas, no consiga lo que me propongo. Para mí es un asunto personal entre el objeto y yo, asunto en el que me suelo alzar con la victoria (sí, a veces es pírrica, pero eso también me la suda). Gracias a ello, me he creado una especie de fama de tipo eficaz. Y lo soy, qué pasa.

Las personas son mucho más complicadas: lo normal es que, si esperas algo de alguna de ellas, no lo obtengas. De nuevo la culpa es tuya, por ingenuo. En cambio, si obtienes lo que esperas, tómatelo como un regalo. Vivirás más feliz y más años. Llámalo "la felicidad del pesimista" si te apetece. Y si no te gusta ese nombre, lo puedes llamar Eusebio.

20020509

Voy a apostatar. Bueno, ya hace meses que inicié los trámites y aún llevo en la cartera, junto a la Visa y el DNI, el papelito donde dice en qué parroquia tienen mi fe de bautismo (que tuve que ir a consultar en las oficina de la archidiócesis, porque al parecer me habían bautizado en la clínica en la que nací y no tenía ni repajolera idea de dónde podía parar ese documento). La carta de apostasía, que se envía al obispo de tu diócesis argumentando tu decisión, la saqué de arzobispado.com, una página divertida.

Que qué es apostatar? Pues mira, es como cuando eres socio del Barça porque el subnormal de tu viejo se empeñó en hacerte socio al nacer, y de mayor descubres que el fútbol te la trae completamente al pairo, pero que ahí estás, engrosando las filas de socios. La diferencia es que el fútbol, siendo un nido de corrupción, es mucho más respetable que la Iglesia.

Cuando me decidí a hacerlo, hace unos meses, se lo dije a mi madre. Mi madre es de esas creyentes que no se han planteado la posibilidad de no serlo; más o menos, como la mayoría de socios de la Iglesia católica. En primer lugar le tuve que explicar qué rayos era eso de la apostasía, porque la palabreja tampoco es que sea de uso común. Sin embargo, cuando hubo entendido el concepto, lo que no entendía es por qué iba a hacer yo eso. A pesar de mi edad y de frecuentes comentarios y fragmentos de conversación, no entraba dentro de sus esquemas mentales que yo, bautizado y comulgado como dios manda, pudiese realmente ser ateo (o agnóstico de la rama dura, lo mismo me da). Haciendo un cierto esfuerzo, decidió aceptar mi postura como hipótesis de trabajo; entonces me planteó la siguiente cuestión: para qué? Estuve a punto de contestarle "paraguayo", pero es mi madre y le tengo un cierto respeto de sangre. En cambio, le conté que no tenía ningún sentido estar en una organización en la que me habían metido cuando no tenía criterio porque mi cerebro era como el de una musaraña, cuando de adulto he sacado mis propias conclusiones respecto de las explicaciones mágicas/míticas acerca de la vida, el universo, todo lo demás, hasta luego y gracias por el pescado. Que, como le dijo Laplace a Napoleón cuando éste le preguntó por qué en su Mechanique celeste no mencionaba a Dios ni una sola vez: Sire, je n'avais pas besoin de cette hypothèse. Que estoy firmemente convencido, porque no existe ninguna prueba en contra, de que cuando uno palma se pudre como un insecto cualquiera, y sus componentes pasan al estado de abono para plantas, y que me daba igual que fuese así, porque en ese momento yo ya estaría muerto y por mí como si me pintaban de lila. Y, finalmente, que me negaba a que se me incluyese en la irreal cuenta de adscritos al catolicismo que la Iglesia maneja para justificar su poder o su misma existencia.

La religiosidad, a mi nada humilde entender, es una etapa que debe superarse. La moral no tiene por qué estar conectada con ningún mito sobrenatural: surge de las personas, y tiene que ver, entre otras cosas más profundas de las que un día hablaré o no, con la necesidad y/o la conveniencia de engrasar la convivencia de los grupos. El miedo al qué habrá después de es una enfermedad infantil, y puede curarse, porque yo lo he hecho. Y ningún fantasma peludo, con barba y bigote, túnica, cara de acidez de estómago y un triángulo (o un círculo) en la cabeza me va a castigar por lo que digo. Porque para eso tendría que existir primero. Vamos, digo yo. Resumiendo: me cago en dios. Aunque piense que los claustros románicos son cojonudos.
La cosa de la reproducción nos tiene rodeados. Me refiero a esto que les suele pasar a las personas hembras de quedarse preñadas (los machos suelen aportar también su contribución) y, al cabo de un tiempo prudencial, lanzar al mundo un miniejemplar de homo sapiens. Por cierto, respecto al tiempo prudencial: antes, si se te ocurría salir con dos meses de anticipación y sobrevivir, el malnombre de sietemesino no te lo quitabas ni con lejía; ahora, la variedad de historiales obstétricos es tan grande que ya nadie se acuerda de esas viejas puyas, lo cual no está mal.

El caso es que, por motivos hormonales y por otros más complicados, casi todo el mundo acaba por semiclonarse. La mayoría de nosotros nos hemos beneficiado de las ansias de reproducción de nuestros padres, aunque a algunos parece que los hayan reconvertido a partir de una acelga. Pero en casi todos los casos es el método habitual y de sobra conocido el empleado para la copia.

Bueno, a servidor le parece bien que la gente se reproduzca. Alguien tendrá que trabajar y pagar impuestos para que no nos falten carreteras, transportes públicos y todo eso que hacen los estados y tal y cual. Lo que me jode es que se dé por supuesto que los bebés me tengan que producir algún tipo de sentimiento tierno. A ver si se me entiende: de entre los cinco simios superiores, a saber, el orangután, el gorila, el chimpancé, el bonobo y el hombre, la cría de humano es la que me parece estéticamente menos satisfactoria, en todos los sentidos. Un bebé me parece poco menos que un anélido feo y gordo, y ni siquiera está dentro de una botella de mezcal. Muchos de ellos se convertirán en adultos feos y gordos también, pero eso me da igual: tengo unos cuantos amigos que son feos y gordos, y yo mismo soy feo pero delgado. En el caso de los bebés, en cambio, a prácticamente todo el mundo le parece monísimo que tengan ese aspecto. Tengo una amiga, S., que se funde viva con las fotos de bebés de Anne Geddes, como la que ilustra esta entrada (por cierto, viene acompañada de la deficientementálica cita de un tal reverendo Henry N. Hudson, que dice: Se dice que la sonrisa del niño es el primer fruto de la razón). A mí, en cambio, me dan grima. Yo simpatizo más con las crías de camaleón, con su cola en forma de espiral y sus 2 centímetros y medio, la verdad. Y las que son la hostia son las crías de hipopótamo, como la que vi en el zoo en mi última visita.

Pero no. No hay forma. Periódicamente, cuando digo "a mí no me gustan los niños" (porque viene a cuento, no es que vaya piándolo por ahí todo el día), algún cretino iluminado de cualquiera de los sexos me contesta con una variante de "eso es porque no tienes ninguno; seguro que serías un padrazo", mientras me mira con una mezcla de incredulidad, complicidad y compasión. Me pregunto qué don sobrenatural tendrá esa gente para suponer que saben lo que pasa por mi cabeza. No, no seré un padrazo, porque no seré un padre. Es mi decisión, y ya hace muchos años que tengo pelos en los cojones como para que se piense que es una pose de rebelde mediomoña o algo parecido. Me aterroriza la sola posibilidad de encontrarme en la espantosa tesitura de tener que ejercer de padre. Por mí y por la desgraciada criatura que tuviese que aguantarme en esa hipotética antesala del infierno. Si no aguanto a la mayoría de adultos, y se me nota, cómo iba a poder con un crío? Si a los tres minutos de convivir con uno de esos seres empiezo a acordarme de Ted Bundy, cómo voy a ser un buen padre, o siquiera un padre mediocre? Ningún crío merece un padre como yo. Y yo no tengo nada que aportar al mundo en forma de material genético. A la mierda con mi estirpe. Acabo de llamar a la Fundació Puigvert para hacerme la vasectomía.