20020830

El 6
En España se vive la época de esplendor del 6. Por virtud del tratado de Maastricht, que fijó el cambio 1000 pesetas = 6 euros (máomeno), el 6 ha obtenido un protagonismo del que nunca en la historia había disfrutado.

El 6 es, admitámoslo, un número bastante anodino. De entrada, parece como si hubiese nacido cansado: si se traza el centro de gravedad de las cifras del 0 al 9, el 6 es el que lo tiene más bajo, porque está gordo y con la tripa caída. Probad a preguntar a las personas de vuestro entorno cuál es su número favorito: estoy convencido de que ni el 6% dirá que es el 6.

No se me ocurre ningún conjunto famoso que sean 6. Los Beatles eran 4 (Lennon y McCartney, Harrison y Ringo), los Stones son 5 (Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts, y podéis contar cinco con Brian Jones (d.e.p.) o con Bill Wyman; ni la lengua de Mick Jagger ni la boca de buzón de Watts cuentan como miembros independientes), y el Orfeón Donostiarra son un huevo de gente. Los colores del arco-iris son uno más de 6, los números del premio de la Primitiva son 6 y el complementario (si yo fuese el 6, me sentiría muy ofendido por esto último), y los jinetes del Apocalipsis se quedaron en 4 gracias a que en aquella época no existían ni José María Aznar ni María Teresa Campos.

El hermano mayor del 6, el 12, se llevó más allá de la barrera de las dos cifras los honores que podrían haber correspondido a nuestro modesto y denostado personaje. Tu madre no va a la huevería y pide una seisena de huevos, sino media docena. Ni siquiera en esa circunstancia se le presta la más mínima atención. Los del patíbulo eran 12, y 12 las tribus de Israel que, a juzgar por la Biblia, ya debía ser un sitio muy animado en aquella época.

Pero la hora de los humildes ha llegado. Hasta el más patán (o sea, cualquier votante estándar) sabe ahora que 6 euros son lo que antes era un talego, y que la moneda de 20 pavos se ha transformado incómodamente en dos, una de 50 céntimos y otra de 10, total 60. Un kilo son 6.000 euros, y la sábana de 10.000 pesetas son ahora 3 de 20 euros; es decir, 60 euros.

El 6 se está desquitando de siglos de oscuridad. Ha sacado su mejor traje del cajón del fondo y, apestando a naftalina, pasea hoy su casi ofensivo barrigón por las calculadoras mentales de todo el país. Un servidor, que siempre ha sentido una debilidad tremenda por los perdedores, está contento. A la mierda las mayorías. Larga vida a 6 Primero, el Gordo. Tiembla, 7: vamos a por ti.

20020828

A dónde se fue la democracia?
Leía esta mañana El País, cuyas secciones de política y economía suelo saltarme con presteza. Me he encontrado, en cambio, leyendo las Cartas al director, unas cuantas de las cuales comentaban la ilegalización de Batasuna, Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o el nombre que sea, no importa.

Situación: los padres de la patria, es decir, esos 350 Homo Sapiens que se reúnen en esa sala semicircular de todos conocida, nos acaban de vender (en mi caso, sólo intentarlo) que, para terminar con el problema de una serie de gente que utiliza métodos violentos para reivindicar sus ideas, lo que hay que hacer es prohibir pensar que tienen razón. Vamos a repetir la frase, por si no se ha entendido correctamente: prohibir pensar que tienen razón. Ojo, pensar en sentido estricto, no, porque aún no se ha inventado la telepatía. Me refiero a pensar y actuar en consecuencia según las reglas de la democracia: poder reunirse, dar forma a un grupo y buscar apoyo en las urnas. Para entendernos: lo mismo que hacen los descerebrados del Front National en Francia.

Pues bien: los padres de la patria, una mayoría de ellos, han reinventado la democracia. Libertad de pensamiento pero, cuidado, libertinaje no. Hay un problema: las leyes no impiden que los partidarios de la violencia con fines políticos (en el caso vasco, según mi opinión, de justificación imposible a estas alturas del siglo) funden partidos y se voten y salgan elegidos. Dije problema? Bah, paparruchas: se hace una ley a medida para poder impedirlo y listos.

En este país de pichaflojas y disminuidos mentales sobrevenidos, parece que millones de personas están corriéndose de gusto delante del telediario desde anteayer. La ilegalización de Batasuna los ha sumido en un teresiano éxtasis místico con reminiscencias sacroimperiales. Ya está. "Los violentos" tienen su merecido. Problema resuelto, a otra cosa mariposa.

Supongo que el hecho, de sencilla comprensión, de que cambiar de sitio la línea de la ley no hace que el (ahora, antes no) delito desaparezca no quita el sueño a todo este montón de imbéciles. Tampoco les debe quitar el sueño la perversión de la democracia que significa el hecho de convertir en ilegal una opción política apoyada, muy a pesar suyo (y mío, por cierto) por un número significativo de personas. Lo siguiente será, supongo, aprobar una ley de aborto retroactivo para los sospechosos de haber votado por HB en alguna elección. No, por favor, no lo confundamos con la pena de muerte: se trata únicamente de cambiar de sitio la línea de la ley (la ley del aborto, en este caso), y en condiciones muy específicas. Sólo para los violentos.

El mundo está lleno de violentos, que es lo mismo que decir que el mundo está lleno de personas. Las democracias también están llenas de violentos. De derechas, de izquierdas, con uniforme, con traje Armani, con hábito, con mono de currante, con bata de boatiné, hombres, mujeres y niños. Y qué. Muchos millones de personas se han dejado la sangre para que esos violentos y los demás, personas todos ellos, puedan hablar en libertad, aunque el mensaje sea inicuo, torcido o psicopático. No es obligatorio que nos guste lo que se diga, pero es *necesario* que pueda decirse. Ponerle un bozal a la libertad de expresión es pervertir la democracia. Inventarse leyes nuevas que escondan los problemas o modifiquen las definiciones no resuelve los problemas. Lo único que hace es incrementar el odio, y también el número de votos que los "abanderados de la libertad bien entendida" ganan con cada muerto, porque a la masa siempre le toca la fibra sensible un buen funeral lleno de autoridades. Tranquilos: nuestro presidente lleva el coche blindado. A él no le va a pasar nada. Y, bueno, los subalternos son sacrificables en pro de un fin elevado. La resolución del problema vasco es, ahora lo entiendo, una cuestión secundaria, o incluso una cuestión inexistente. Lo importante es mantenerse agarrado a la teta del poder. O a la de la oposición, que está allí al ladito, esperando el relevo.

Los padres de la patria me han robado la poca, poquísima, fe que tenía en la democracia. Han convertido la libertad de expresión en una puta barata: cuantos más votos para mí, más libertad para mí, menos libertad para ti, y si no ya me inventaré algo. Eso es, según ellos, la democracia bien entendida. Les deseo, desde el fondo de mi cada vez más negro corazón, un buen accidente de avión a todos ellos. De esos muertos no van a poder sacar partido.

20020827

La dimensión de la tontería
Acabo de ver 3 o 4 minutos (más no aguanto) del programa de chuminadas esotéricas de Antena3 TV Otra dimensión. Hace cuestión de un mes y pico estuve en Madrid asistiendo a ese mismo programa como "público con papel" (para diferenciar de la "audientia vulgaris"; a éstos no les pagan el avión desde su casa), para ver si ponía un poco de marcha escéptica en una entrega cuyo tema era El poder de la mente. Resultó que estaba rodeado de brujas (lástima, me confiscaron la cámara nada más entrar en los estudios y no pude hacerles fotos) y, punto curioso, casi todas ellas habían venido de Catalunya. Apenas pude decir un par de frases (y, para lo que dije, igual podía haberme quedado callado) pero, en cambio, pude oír a las brujas (y a un brujo estafador hijueputa) la mayor sarta de gilipolleces que he tenido nunca la desgracia de oír decir a un grupo de personas en tan poco tiempo. Con el atrevimiento que proporciona una mezcla de ignorancia supina, sentido del negocio y una vaga conciencia de que, por muy imbécil que uno sea, si da una patada al suelo salen quinientos desgraciados que aún lo son más, estos ejemplares prescindibles de la raza humana llenaron un poco más el cosmos de basura radioeléctrica en esa madrugada de lunes/martes.

El brujo, autodenominado Sator y ataviado con vestimenta de cuero no muy discreta (destacaban especialmente las botas de cowboy chuloputas de piel de serpiente), pretendía hacer creer que podía juntar parejas por el simple procedimiento de la "inducción telepática". Para ilustrar su funcionamiento puso el siguiente ejemplo: una infeliz de nombre Pili llega a su consulta diciendo que su marido le ha puesto los cuernos con otra. Previo pago de una cantidad que no especificó, el tal Sator induce telepáticamente en la mente del adultero la frase "Pili es la mujer de tu vida", 66 veces (a lo mejor eran 69, aunque seguro que esa cifra la recordaría) para recomponer la maltrecha pareja. Y Santas Pascuas (o Holy Easters, diría un británico). Entonces me dio risa, pero tardé poco en sustituir la risa por indignación. Ese sujeto sietemesino hijo de una lombriz acababa de jactarse en público de costear sus viajes, sus caprichos y su cocaína aprovechándose de la desgracia de una persona. Cierto, la persona había ido a buscarlo. Pero yo sostengo que eso no le autoriza a subirse sobre ella para incrementar su cuenta bancaria. La ley protege a estos reptiles, lo cual no deja de ser una desgracia porque, si los tiras por la ventana de un sexto piso, tienes que montártelo para que parezca un accidente o se te cae el pelo. La justicia poética muy pocas veces coincide con la otra.

Mención aparte merece la presentadora del engendro, de nombre Carmen Baños. Es esa barbie de aquí al lado. No os dejéis engañar por su carita dulce de Conan O'Brien con ropa interior de La Perla: ni siquiera después de pasar una noche entera en una bañera llena de acido lisérgico se podría confundir a esta individua con nada parecido a una periodista/presentadora/moderadora mínimamente competente. Lidiar con un estudio lleno de iluminados oligofrénicos, timadores y subnormales (los huecos los cubre gente de salud mental un poco menos dudosa) no es tarea fácil, pero la susodicha tampoco hace ningún esfuerzo para que aquello no se convierta en una pelea de gitanas en el mercadillo. Diría que, de hecho, disfruta con ello. La culpa no es del todo suya, por supuesto: todo el programa está encarado para que la cosa acabe así. Qué se le puede dar a un público ávido de sensaciones en estado bruto, de Grandes Hermanos, de Operaciones Triunfos y de Pop-Stars? Cinco mil millones de humanos-mosca no pueden estar equivocados: come mierda. Y mierda es lo que hay.

El catering, todo hay que decirlo, era de calidad. Podría ser peor.

20020821

Suelo helado para la burra
Hacía tiempo que no pasaba por las páginas de Sergi Puertas, aka v4vendetta. De hecho, también hace meses que no le veo en persona. En todo caso, hoy he pasado por su web y he visto un nuevo poemario, Suelo helado para la burra. Ya había leído esos poemas en las listas de correo, pero si tú no lo has hecho, hazlo. Le amarás o le odiarás, y a él le dará lo mismo. Sergi es un buen amigo.

Sin su permiso, voy a copiar aquí uno de sus poemas antiguos, que puedes escuchar recitado por una voz femenina aquí:

Dios me debe un dólar

Dios me debe un dólar:

He hecho el payaso
y a los payasos se les paga.

Dios me debe un dólar.

No leí la letra chica.
Nadie mencionó que intervinieran mujeres sin alma.
Percibí pronto que se trataba de un asunto turbio.
Me liaron: eso es todo.

Dios me debe un dólar.

El guión se amañó sobre la marcha.
Los actores lloran y beben bourbon sentados en un rincón.
Un fracaso de taquilla: un solo espectador que ríe desde su butaca.
Fuimos estafados: le puede pasar a cualquiera.

Dios me debe un dólar.

Hice, hicimos, lo que de nosotros se esperaba.
Fue cómico y triste. Fue vergonzoso, también.
La organización responde con vaguedades y evasivas.
El espectador se partió el pecho pero a mí no me hace gracia.

Dios me debe un dólar:

Tan difícil es de entender?

No quiero el cielo:
Quiero mi dinero.

(Sergi Puertas)

20020820

Generación B
En el blog de un amiguete, Beor, he visto una referencia a una tal Generación B. Al parecer la B hace referencia a Bartleby el escribiente, la novela corta de Herman Melville, que por cierto recomiendo encarecidamente a todo el mundo. La página contiene un nomanifiesto, y un test. Una vez leído el nomanifiesto y quedado suficientemente claro que no me apetecía nada ser B, he hecho el test de B-idad que la página incluye. Para mi tranquilidad, me ha salido esto:

yupi!!!!!

Recuerdos de caqui
(Hoy debo tener el día rollero; ésta es la tercera entrada, después de casi un mes de no abrir la boca. Quien lo entienda que me lo cuente.)
Yo fui uno de esos capullos que hizo la mili. La mili, el servicio militar, en mi época, consistía en un período de un año de reclusión mayor en una base o cuartel, rodeado de otros estúpidos como tú que no habían aprovechado la oportunidad de hacer objeción de conciencia.

El motivo por el que no hice objeción de conciencia fueron en realidad dos. El primero es que no tenía mucho que objetar, salvo el hecho de que me robasen un año de vida por la cara, y al parecer eso no era motivo suficiente. A mi conciencia se la sudaba en bastardilla lo de empuñar un arma. Creo que en esa época ya tenía en la cabeza el germen de la idea de que, si disparas al azar, lo normal es que aciertes en alguien que te cae gordo o que te da igual (lo cual no quiere decir que tenga ganas de salir a la calle a pegar tiros: tengo entendido que te meten en la cárcel por ello). El segundo motivo es que no me apetecía estar en vilo durante cuatro años, cosa nada extraña en esos momentos, a la espera de que me diesen un destino para hacer la prestación social que les tocaba a los objetores. Tenía intención de buscar un trabajo medio-de-verdad, y las posibilidades de que contratasen a alguien que tenia esa espada de Damocles en la cabeza eran similares a las que tiene José María Aznar de parecer inteligente.

Me tocó Berga. Ese curioso nombre hace referencia a una localidad de la Catalunya profunda, en las estribaciones de los Pirineos. El cuartel ya no está, lo cual es un alivio, aunque diversos bares y restaurantes de la localidad se fueron al carajo cuando lo cerraron. Creo que eso fue alrededor de 1992 o 1993. En todo caso, yo me había largado mucho tiempo atrás.

En la mili conoces un poco cómo funciona el ejército. Lo poco que necesitas para evitar que te arresten y para saludar diciendo el cargo correcto, porque nada cabrea más a un teniente que lo llamen "mi alférez". Y un militar cabreado es algo que no quieres conocer, acepta mi palabra.

La primera cosa que me sorprendió, aunque no debería haberme sorprendido, fue la poca o nula importancia de la razón en nada de lo que hacíamos. En el ejército se ha sustituido convenientemente la razón por la obediencia. Uno piensa, o no, y los demás obedecen, o los crujen vivos. Ese uno suele ser un militar profesional, aunque a veces es un desgraciado como tú al que le ha tocado el papel de dar gritos, como si fuese uno de los energúmenos a los que pagan por ello. El hecho de que piense se le supone, como el valor, pero tengo para mí que esa suposición es excesivamente aventurada en casi todos los casos. Lo normal era hacer siempre las mismas rutinas y dar unos cuantos ladridos, y ya está. Eso sí, si pillabas al mando de turno de mala luna podías acabar comiendo más mierda de la que produce Nueva York en una semana, por ninguna razón específica. Al cabo de unos cuantos días ya te habías acostumbrado a la gratuidad de los hechos, y simplemente procurabas sobrevivir lo menos mal posible. A veces topabas con un profesional que incluso era majete, y era un consuelo parcial. Los demás eran, a efectos prácticos, alimañas a evitar en lo posible. Puede que en su vida civil fuesen gente cojonuda, pero nosotros no podíamos disfrutar de sus momentos de civilidad. Para nosotros reservaban, principalmente, la mala hostia.

Contaré una anécdota. El segundo o tercer día de mili hicimos la primera clase teórica de lo que sería una larga serie de clases teóricas. En ellas se nos enseñaban tonterías diversas, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia en caso de invasión de los moros, que eran los malos. En esa clase concreta el sargento instructor, un Apolo canario de casi dos metros de altura, con músculos hasta en las uñas y el mismo contenido cerebral que un abejorro average, hizo sacar a uno de sus esbirros de reemplazo un CETME y un machete del armero. El CETME era el fusil de asalto, el "fusa" como lo llamaban ellos con cara de expertos, que usaba la infantería en la época, un trasto de madera y acero de unos cinco kilos de peso que disparaba munición de 7,62 mm y que podía perforar perfil de acero de 2 mm a 50 metros. El machete era lo que todo el mundo conoce como bayoneta, una especie de cuchillo muy pesado que se encajaba en la punta del cañón del fusil. El caso es que nuestro Einstein de uniforme cogió el CETME por la culata y, manteniendo el brazo extendido y el fusil vertical (desafío a cualquiera a que haga eso sin pestañear, como lo hacía aquel gorila) lo mostró a la concurrencia silabeando lo siguiente: "Esto es un fusa CETME y sirve... (pausa de 5 segundos) PARA MATAR!!!!". Esto último lo dijo a volumen 70. El motivo de que nadie se cagase es que ya hacía un rato que teníamos el esfínter apretado. Supongo que lo que quería era meternos el miedo en el cuerpo, y a fe mía que lo consiguió. Pero eso no fue todo. El mazas entregó el fusa a uno de los pobres auxiliares y cogió el machete, lo sacó de su vaina y mostrándolo a sus discípulos dijo: "Esto es un machete. No una bayoneta, un machete. Y sirve... (aquí se saltó la pausa, sustituyéndola ventajosamente por un golpe en la taquilla metálica de al lado que curvó por completo la puerta) PARA MATAR!!!!". Esto lo dijo también a volumen 70, pero nadie se dio cuenta, porque todos estábamos mirando lo que el antropoide que nos iba a tener en sus manos durante los dos meses siguientes había hecho en la chapa metálica de la taquilla. Muchos aprendimos la lección básica en ese momento: se obedece y se calla y se jode uno, punto y final. Ese mismo sujeto, días después, quedaría para siempre inmortalizado en los anales de la oratoria castrense con la frase "el CETME es el mejor fusa porque es el único fusa que hay". Efectivamente, eso era lo que había. La cera que habíamos visto arder era toda la cera.

Un año da para mucho, pero esto no es "Historias de la puta mili", y no tengo ninguna intención documental. Sólo cuento lo que me apetece, y hoy ya no me apetece contar nada más.
Mensa y yo
Lo diré. Soy miembro de una asociación de listorros. Se llama Mensa, lo cuál no deja de ser curioso, sobre todo en México, en donde "menso" significa "tonto". Para entrar en Mensa, aparte de una cuota tirando a microscópica, de unos 40 euros al año, hay que pasar un test de CI, o sea, de coeficiente (o cociente, siempre hay polémicas chorras con eso) intelectual. Se trata de que el resultado percentil del test sea de 98 o más; para entendernos, debe salir que, según el test, seas más inteligente que el 98% de la población. Qué cosas, verdad?

Para qué es uno miembro de una asociación así? Bueh, hay tantos motivos como socios. Mi caso es éste: la vida académica de un servidor consistió en un paseo triunfal con fanfarria y coro de castratti desde el parvulario hasta justo antes de la universidad. En primero de carrera no pagué matrícula, puesto que llevaba en el bolsillo una flamante matrícula de honor. Dicho paseo triunfal se acabó a la altura de los exámenes parciales de febrero de primero de carrera (de física, específicamente). No fue muy agradable, pero yo perseveré durante un tiempo. Cinco años más, en concreto. Fui aprobando al ritmo de medio curso por año, con lo que acabé media carrera en el tiempo calculado para una carrera completa. Me sentía más o menos como el pakistaní que llega un minuto y medio después del ganador en una eliminatoria olímpica de doscientos metros estilos, y el comentarista cretino le sale con que "lo importante es participar". O sea, me sentía estúpido. Luego me fui a la mili y me cambié de carrera, pero seguí sintiéndome estúpido durante bastante tiempo. Llegué a creer que algún ente cabrón me había gastado una jugarreta durante mi infancia, haciéndome creer que mi cabeza funcionaba semi-bien, cuando evidentemente no era así.

Un día me tropecé con un test de ingreso a Mensa en una revista de juegos de ingenio que solía comprarme, Cacumen. Ese test ya no se usa, pero creo que se usó durante un montón de tiempo. El resultado fue bastante satisfactorio. Bueno, no fallé ni una. Por esas épocas yo me solía conectar a una BBS de Barcelona, Nexus de nombre, y en el área de archivos alguien había colgado un par de documentos que contaban de qué iba el asunto éste de Mensa. Con el ego hinchado como un pavo en la víspera del día de Acción de Gracias, me bajé los docs y les eché un ojo. Tampoco me pareció una cosa para tirar cohetes, pero qué podía hacer para mantener el nivel de autosatisfacción, salvo masturbarme compulsivamente o ingresar en Mensa? Opté por la segunda opción, sin cerrar del todo las puertas a la primera. Me hice hacer un test WAIS supervisado por un psicólogo, lo presenté y en unos meros 8 o 9 meses ya era socio. Uno se puede preguntar por qué tantos meses. Respuesta: el teórico funcionamiento administrativo fluido y racional que se le supone a una organización de listorros y su funcionamiento real están tan relacionados como la astronáutica y el plegado de kleen-ex. En otras palabras: la organización brillaba por su ausencia. No es que la gente de la dirección fuese mala gente, en absoluto; es que ninguno de ellos había adquirido un compromiso para hacer las cosas, y éstas se hacían cuando se podía, o no se hacían nunca.

Eso debió ser en el año 1992. Durante los siguientes seis años mi relación con la asociación se limitó a pagar la cuota y recibir la revista. En Barcelona se hacían un par de reuniones mensuales, pero yo no aparecí en ninguna de ellas hasta el año 1998. La verdad es que me bastó para quedarme medio tranquilo el ser consciente de que, según los psicólogos que habían parido el test, el menda tenía una inteligencia estratosférica.

Un día me di cuenta de que estaba pagando una cuota anual (pequeña, pero en todo caso significativa) para recibir una revista cuyo contenido no me interesaba prácticamente nunca, y nada más. Celoso de mi cuenta corriente, me presenté en una de las famosas reuniones. Dichas reuniones se llevaban a cabo, y se siguen llevando a cabo, en un bar (aunque el bar ha cambiado). Allí me encontré con media docena de personas bastante heterogéneas, charlando y tomando refrescos o cerveza. Me junté rápidamente con los cerveceros y me lo acabé pasando cañón. También conocí a uno de mis mejores amigos, C""C.

Han pasado casi cuatro años de aquello. Mi visión de Mensa ha cambiado mucho. El número de socios ha crecido y las reuniones de media docena de personas se han convertido en reuniones de 4 docenas de personas. Internet ha disparado la actividad de la asociación, y se han creado grupos de socios con intereses diversos, que se mueven en torno a listas de correo, páginas web y canales de chat. He conocido a mucha gente cojonuda, y a un número importante de gilís, muchos de los cuales no pueden verme ni en pintura. Mis intervenciones en listas de correo o en la revista han conseguido que un par o tres de los más bobos hayan decidido buscar aires nuevos, en donde no hubiese cabrones superbordes como yo, lo cual, no puedo evitarlo, me produce una sensación agradable en la boca del estómago. Ah, porque Mensa contiene su porcentaje de bobos. Hay más o menos la misma proporción de capullos en Mensa que fuera de ella. Al parecer, los "tests de inteligencia" no son capaces de filtrarlos. Puede tener que ver con el hecho de que la inteligencia es algo tan complejo que, simplemente, no hay forma de definirlo, ni mucho menos medirlo. El reduccionismo, tan útil en la mayoría de campos de la ciencia, en la psicología es, en mi opinión, una estupidez. Mientras que la definición de campo eléctrico está ahí, tan maja, y no la mueve ni dios, hay tantas definiciones de inteligencia como definidores. Luego, no existe una definición. Nadie sabe lo que es. Alguien ha intentado definir, por poner un caso similar, la belleza? No lo sé, pero en caso afirmativo, me gustaría saber qué drogas tomó. En la película El club de los poetas muertos hay una escena que a mí me chifla, en la que el profesor Keating hace arrancar a sus alumnos las paginas de la introducción del libro de texto de literatura; en esa introducción un tal Dr. J. Evans Pritchard mide la grandeza de un poema representándolo en unos ejes de coordenadas, con "perfección" en el eje vertical e "importancia" en el horizontal; aquellos poemas que ocupen un área mayor serán, según él, los más grandes. Keating califica al método, y de rebote al autor, de la única forma posible: "un excremento". Sublime.

Algunos psicólogos, y mucha gente en Mensa, creen que la inteligencia también se puede medir así. Yo también lo pensé, hace años. Es obvio que me equivocaba. Basta con asistir a algunas reuniones, intervenir en algunas listas, leer algunos números de la revista. Las personas de Mensa no tenemos nada especial en nuestra cabeza. Quizá somos más freaks que la media, pero hasta eso dudo. Me da la impresión de que lo único que tenemos es ganas de reunirnos de vez en cuando, cenar y echarnos unas risas. Mensa es una buena excusa para ello, y también lo es el coleccionismo de bolas de navidad.

Una cosa sí es cierta: en Mensa he conocido muchos amigos; amigos de verdad. Quizá los podría haber encontrado en otra parte (y también los he encontrado, de hecho). Pero no importa: me lo paso bien con ellos, y ninguno de ellos comenta nada de "qué listos somos, qué orgullosos estamos". De los que dicen eso, que son legión, no me he hecho amigo. Me he hecho enemigo, y con gran placer. Como dijo el dramaturgo Georges Courteline, pasar por idiota a los ojos de un imbécil es un deleite de exquisito buen gusto. Adáptese a la situación.

Cocina para solteros
Creo que no es una sorpresa para nadie la siguiente información: soy soltero. Nací soltero, como casi todo el mundo, y soltero ando aún. No tiene mayor importancia: lo difícil es lo otro.
En todo caso, a lo que iba: he podido observar, básicamente mirándome a mí mismo (algo que no es especialmente placentero), que a muchos solteros del género masculino (y a una mayoría de casados también) no les suele apetecer lo más mínimo ponerse a cocinar para cumplir sus deberes con la madre Naturaleza y con su maltratado estómago. Ya hace unos cuantos años, concretamente desde poco después de comprarme un horno de microondas, inventé la receta que pasaré a detallar:

HUEVOS FRITOS CON COSAS

Ingredientes:
  • Huevos
  • Queso en lonchas
  • Pan de molde
  • Cosas
  • Aceite
  • Sal


Modo de preparación:
Se necesita un recipiente de plástico cuadrado, tipo tupperware, del tamaño aproximado de una rebanada de pan de molde. Procederemos a abrir el recipiente de marras, echar un chorrillo de aceite, y colocar una rebanada de pan. sobre ésta se debe poner una loncha de queso, y a continuación un par de huevos y las cosas.

El concepto "cosas" debería ser suficientemente claro a estas alturas, pero me estoy refiriendo a "lo que haya por la nevera". Valen restos de potaje de garbanzos, embutidos, patés, espaguetis con salsa boloñesa, salsa boloñesa sin espaguetis, un puñado de hierbas provenzales o cualquier cosa en general. Yo recomiendo dos salchichas de frankfurt cortadas por la mitad sin llegar a separar los dos cachos y colocadas en forma de cuadrado. Esta hábil maniobra permite poner los huevos en el hueco cuadrado y que no queden las dos yemas aplastadas en las paredes del tupperware.

Una vez tenemos los huevos y las cosas, hay que poner sal y aceite en los huevos. El aceite es importante, puesto que, aunque es obvio que no vamos a freír los huevos, éstos tienen que creer que vamos a freírlos. Confía en mí, que por algo soy el maestro cocinero. Después del aceite y la sal con los que vamos a engañar a los huevos, es necesario cubrirlos con otra loncha de queso y rematar el conjunto con otra rebanada de pan, y otro chorrillo de aceite. Esto hace que el plato quede simétrico respecto del plano horizontal ubicado a media altura de la mezcla huevos-cosas, y todo el mundo sabe, en especial los japoneses, que la belleza forma parte indisoluble del mundo de la cocina.

Tápese ahora el tupperware, dejando un lado sin cerrar para que salga el aire caliente, y póngase como 10 minutos a un tercio de potencia (en mi microondas eso viene a ser 300 vatios). Desafío a cualquiera a que se pase de potencia, y luego me envíe una foto del interior de su microondas antes de limpiarlo. Una vez quise hacer un huevo duro (bueno, es cierto que en ese caso estaba dentro de la cáscara, pero es un ejemplo) y, feliz idea, se me ocurrió ponerlo dentro de un vaso de agua para, pensé yo, "equilibrar el calentamiento y evitar la explosión". Sucedió lo siguiente: el huevo se bamboleó dos o tres veces dentro del vaso y luego explotó. Os aseguro que ni con toda mi dedicación y cariño hubiese conseguido enguarrar el interior de un microondas más eficazmente que aquel huevo hijueputa. Eso sí, qué ataque de risa. Tardé media hora en poder caminar erguido.

Al cabo de esos diez minutos, la masa informe en la que se habrá transformado el contenido del tupperware, gracias principalmente a la clara de huevo que actúa de amalgama, se podrá extraer del recipiente y tirar sobre un plato, en modalidad flan. Como supongo que no querréis perforar un tupper cada vez que preparéis esto, y serán numerosísimas las veces, podéis despegarlo de las paredes del tupper con un cuchillo. Si habéis seguido mis instrucciones cuidadosamente, el resultado no es muy atractivo. En realidad, es poco atractivo. Pero es a) nutritivo, y b) rápido. Si queríais comida de verdad, deberíais haber ido a un restaurante o a casa de vuestra madre. En mi casa, mi objetivo es no morirme de hambre y que no tengan que encontrar mi cadáver por el olor que emane por debajo de la puerta.