En el periódico de hoy venía un pequeño reportaje acerca de las personas que se ven obligadas a cuidar de sus padres, abuelos u otros parientes enfermos de Alzheimer. Hablaba sobre la extraordinaria dureza de esa misión ingrata y sin ninguna compensación más que constatar que, al menos, la persona a la que cuidas no muere de desnutrición o septicemia.
No he tenido la desgracia de pasar por una situación así. A la madre de uno de mis mejores amigos se le diagnosticó Alzheimer poco después de jubilarse. Había sido profesora toda su vida, y la jubilación se abría ante sus ojos como una caída hacia el abismo. El mundo es, a menudo, cruel.
En el entorno en el que casi todos nos movemos, la vida es el bien supremo. Se idolatra a la vida (quizá viendo en ella el reflejo de aquello divino que muchos creen que tenemos) como el don que debemos preservar, y a toda costa. Bueno, no está mal como planteamiento inicial, pero cabría preguntarse cuál es la esencia del hombre. Pregunta complicada? Desde luego, y abierta a múltiples interpretaciones. Ésta es, únicamente, la mía.
El hombre es extraordinariamente complejo. Se percibe a sí mismo, se ve como parte de un todo mayor, es consciente de que es, en definitiva. Cada uno lo es de formas diversas, pero quizá eso sea lo que nos hace humanos.
Cuando alguna circunstancia nos impide ejercer nuestra propia autoconciencia, nuestra percepción de nosotros mismos como individuos, o la realización práctica de ésta, nos está arrebatando nuestra esencia. Nuestra esencia no es la vida: las plantas están vivas, y mi hámster también lo está. Es otra cosa. No me estoy refiriendo a nada sobrenatural. Me estoy refiriendo a hechos, situaciones, estados, que hacen que seamos A y no B.
Pondré un ejemplo: hace años vi una obra de teatro interpretada por Josep Maria Flotats; se llamaba El dret d'escollir, y era un alegato a favor de la eutanasia protagonizado por un escultor que, debido a un accidente, había quedado tetrapléjico, postrado en una cama. El escultor no tenía la posibilidad física de matarse, pero quería acabar con su vida. No se trataba de una simple depresión, algo que le podría haber sucedido si hubiese quedado simplemente imposibilitado de cintura para abajo, o si sus riñones hubiesen quedado afectados condenándolo a diálisis de por vida. Se trataba de algo completamente distinto: la esencia de esa persona, la forma como él se veía, era ser escultor. El accidente le había arrebatado algo mucho más valioso que la vida: le había arrebatado a su persona. Le había convertido en otro. Y él no quería ser otro.
La consecuencia terrible del Alzheimer es la demencia. Y es terrible porque el demente pierde lo único que tiene de valor: a sí mismo. No su vida, sino su esencia. No hay nada peor que eso. Cualquier otra cosa, por dura, por injusta, por dolorosa que sea, puede superarse. Pero cuando nos hemos perdido a nosotros mismos ya no nos queda nada. La muerte es, en tales casos, no menos que un acto de compasión. Espero no tener que verme jamás en una circunstancia así sin ser capaz de proporcionarme una retirada digna, mientras aún siga siendo yo y no ese otro que no quiero ser.
(Esta entrada la redacté ayer por la noche, pero no he podido colgarla hasta esta misma mañana. Blogger me estuvo gastando jugarretas durante unas horas. Lo digo porque, obviamente, no suelo cenar a las ocho de la mañana - N. del A.)
Hace ya bastantes años, seguro que diez o doce al menos, tuve que hacer una de esas dolorosas limpiezas de librotes y papelotes en casa de mi madre. Fundamentalmente me dediqué a librarme de los libros de texto que había utilizado en la EGB, que creo que ahora se llama Primaria; es decir, el período de mi escolarización entre los 5 y los 13 años. Conservé algunos, muy pocos, de esos libros; la mayoría de ellos estaban bastante deteriorados, bastante obsoletos o me interesaban bastante poco. Recuerdo que conservé todos los libros de lectura de Santillana (todos ellos se llamaban Senda, e iban numerados del 3 al 8), que me proporcionaron muy buenos momentos, aunque reconozco que no los volví a abrir jamás. El resto se fueron a la basura, o al trapero, no sé.
Esta mañana he abierto los ojos poco antes de las diez; alas, estaba solo en la cama, nada extraño si tenemos en cuenta que también lo estaba cuando me fui a dormir, pasadas las cinco de la madrugada. En todo caso, me he despejado en unos minutos de encima la acechante sensación de lazy sunday morning prefrustrado, he reptado hacia el interior de la misma ropa que llevaba ayer (mi madre siempre me decía eso de "cámbiate los calzoncillos, que mira qué pensaran de ti en el hospital si te pasa algo"; mi madre es que es así muy de pueblo) y he salido a desayunar. He comprado El país, ya no sé si por gusto, por costumbre o por esnobismo, y luego he encaminado mis pasos más bien cansinos hacia el bar de Paco.
No es la primera vez que menciono a Carl Sagan. Hace unos meses leía
He vuelto a ver los cinco primeros episodios de la serie, y he sentido lo mismo que sentí (o lo que recuerdo que sentí, nunca podemos saber si nuestros recuerdos son fiables, y lo más probable es que no lo sean) la primera vez. El idioma español, seguro que por desconocimiento mío, me parece menos adecuado que el inglés para, si no describir, sí al menos esbozar, esa sensación; los ingleses disponen del sustantivo awe (la raíz del adjetivo awesome), una palabra que se me antoja cuasionomatopéyica. Sentado en el sofá, delante de la tele, no soy el dilettante que muchos conocen, borde, socarrón, cínico e irremediablemente pesimista. Soy, en cambio, ese cachorro apenas salido de la infancia y de los juegos de indios y vaqueros al que le acaban de regalar la lámpara de Aladino, el mismo que fui en el año 81 o quizá 82, no lo recuerdo con exactitud.
Este fin de semana he tenido ensayo. Canto con un grupo de amiguetes, tenemos un concierto en noviembre. Hay cuatro músicos y cinco cantantes, y estamos repartidos entre Barcelona y Madrid, por lo que no es fácil que nos podamos encontrar para ensayar. Hacía meses que teníamos esto preparado, y yo estaba muerto de ganas de ir. Salió genial, conocí a gente que vale la pena y conocí más a otras personas que ya sabía que valían la pena, pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de una sensación. Una sensación que sentí repetidamente durante todo el fin de semana.