Ayer estaba en Hacienda, pagando mi IVA, una de esas obligaciones-coñazo de los profesionales liberales. Mientras estaba en la cola, sonó un teléfono móvil. Nada especial, si no fuese porque sonó esa vomitiva melodía popularizada el año pasado por los capullines de Operación Triunfo que dice "A tu ladooo me sientooo seguroooo, a tu lado no dudoooo..." y no sé qué más. Empecé a buscar a la adolescente descerebrada que lucía tamaña agresión auricular en su instrumento, sin éxito. Entonces noté a un gordito corbatero que abandonaba la cola en dirección a las escaleras de bajada. Cuando pasó por mi lado, los compases del "A tu ladooo me sientooo segurooo" me perforaron el tímpano. Mi esquema social a freír monas. Lo miré con la infinita ascopena que uno reserva a los coprófagos, a los vendedores de enciclopedias, a los testigos de Jehová y a los obreros votantes del PP, pero él, obviamente, ni lo notó.
Con la mañana alegre después del palo tributario (que pago religiosamente y sin rechistar), al salir del metro me tropecé con tres personas charlando frente a un quiosco. Una de ellas era el quiosquero; las otras dos, una pareja anodina. El volumen y la vehemencia de la conversación eran notables, por lo que pensé que estarían hablando del precio de la vivienda o quizá de la originalidad de los ciudadanos norteamericanos al haber elegido a un presidente cuya bóveda craneal no se hunde gracias a unos contrafuertes especiales que ocupan el lugar en el que debería estar su cerebro. Me equivocaba: el tema de la conversación era la final de Operación Triunfo 2. Hablaban de una tal Ainhoa, que ganó, y de más nombres, que supongo que no ganaron.
En la época antigua, los ciudadanos de Roma solían pasar períodos de hambruna por causas diversas, unas veces la guerra, otras la corrupción. Los gobernantes, ya fuesen emperadores o no, sabían cómo hacer para mantener al pueblo quieto: se montaron recintos en los que tiraban a gente para que se los comiesen los leones, o para que luchasen entre sí. El circo, vamos. El espectáculo no era muy edificante, pero mantenía a la gente entretenida, y lo más embobada posible. Gente lista, los romanos. Algunos de ellos.
Actualmente, el hambre ya no azota a los habitantes de nuestro país (a la inmensa mayoría, al menos). Los problemas son otros. Pero el peligro de revuelta, o sus variantes siglo 21, no ha desaparecido. De modo que se han inventado la tele basura. Un dirigente del PP declaró hace un tiempo "han triunfado los valores del Partido Popular", en referencia al éxito de Operación Triunfo. Los "triunfitos", esos cantantes de karaoke glorified, son los nuevos héroes de la plebe, gente como nosotros, pobres desgraciaos destinados a nada, que salen del anonimato micrófono en mano para recordarnos que nosotros también podemos triunfar. Son los nuevos gladiadores. Son, de hecho, los novísimos ídolos del balón, con el fútbol en franca decadencia. Son la cara, la voz, el cuerpo y los orgasmos de la nueva España, la de las homenajeadas banderas de 294 metros cuadrados, la de los "arriba España" en plena televisión pública durante el festival de Eurovisión del año 2002. Me cago en la madre que los parió. A todos.
Hacía años, muchos, que no pensaba en Nieves. Me acordé de ella hace unos días, en el teatro, mientras asistía a un espectáculo de Ángel Pavlovski, "la Pavlovski", actor argentino de sexo ambiguo y un verdadero genio del monólogo colaborativo. Pavlovski recordaba su infancia en Argentina, un niño pobre y blanco de las burlas de sus compañeros. Describía lo mismo que sucedió hace más de 20 años, en mi mismo colegio. Con una niña. Nieves, se llamaba.


Las historias transcurren de forma simultánea y a veces se invaden entre sí, pero no se trata de una martingala del guionista, sino de algo distinto. En realidad no son importantes las interacciones entre los tres personajes principales. Quizá la intención fuese mostrar, en un mismo contexto, diversas manifestaciones de una misma derrota. El sabor amargo que la película deja en la boca tarda un tiempo en pasar. Cuando ha pasado, seguía viendo al viejo, con su bombilla en la mano, mateando. Puede que se muera antes que su perro.
Mi viejo está enterrado en un cementerio que queda cerca de casa, el Cementerio municipal de Sant Andreu. No voy nunca a visitar su tumba, porque para mí no tiene ningún sentido. Mi viejo quería que lo incinerásemos y esparciésemos sus cenizas por las Ramblas, el sitio del mundo por el que más le gustaba pasear, pero cometió el error de no dejar su voluntad por escrito. Mi madre, en un gesto terriblemente mezquino que, aunque ella ni lo sabe ni lo sabrá, no olvidaré en la vida, decidió que la voluntad de mi padre le importaba tres cojones, que lo quería enterrar porque era lo que se debía hacer y así podría llevarle flores y sentirse desgraciada durante el resto de sus días, que es lo que debe hacer una viuda según su magro entendimiento. No sé si llegó a decir que la incineración era una barbaridad de herejes, pero alguno de sus comentarios estuvo cerca. Qué pena me da mi madre, cuanto más mayor se hace más vuelve a su infancia miserable en el pueblo. No hay nada que se pueda hacer, qué puta vida.
Recuerdo un monumento funerario que me pareció especialmente impresionante, la figura femenina de tamaño natural que llora, ocultando su cara entre las manos, junto a una tumba de piedra blanca, y que aparece junto a estas líneas. El dolor que expresa esa estatua es infinito, y sólo se capta en toda su dimensión viéndola en su contexto, rodeada de tumbas, árboles y silencio. Es un dolor bello. y miente aquel que diga que ambas cosas son contradictorias. Igualmente bello puede ser el dolor sereno de una viuda que camina tras el cadáver de su marido, con el rostro tranquilo, como María Kodama (por cierto, kodama es "eco" en japonés; bonita imagen) en el entierro de Jorge Luis Borges. A mí me lo pareció tanto que, cuando lo vi, en un reportaje sobre Borges que A. me había prestado, lloré un río. Todo lo que no había llorado diez meses antes, cuando mi viejo nos dejó aquí abajo.
Ayer pasé bastante rato en la FNAC, haciendo tiempo, con lo que pude patearme a conciencia todas las secciones. Entre ellas, la de música. Esta sección viene a contener de todo, bueno y malo, calificación que viene a ser cuestión de gustos, y este blog, siendo mi blog, expresa el mío.
La característica común que encuentro en todos estos prescindibles y ruidosos mamíferos es la blandez. Si su música se pudiese convertir en comida, sería un bol de palomitas extragrande de esos que tocan las narices a los que vamos al cine a ver una película. No es que de vez en cuando no me apetezca comer palomitas, también soy humano, pero la sección de música de la FNAC bullía, literalmente, con ese tipo de ruido blanco enlatado. Me da la terrible sensación de que una mayoría de la población no es capaz de escuchar nada que tenga un poco de riesgo o un poco de tripas. La banda sonora de su vida es la misma que la de los ascensores o la de las consultas de dentista. No puedo más que pensar que el contenido de sus ideas es igual de blanduzco, informe y viscoso, como un Blandi-Blub, como los mocos de pega de un Baby Mocosete. Son un fraude. Y son la mayoría. La mayoría absoluta.