Uno de los aforismos chinos más conocidos dice algo así como que un hombre puede morir tranquilo, seguro de haberse realizado en la vida, si cumple con la triple tarea de escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Como la mayoría de dichos populares, ya sean chinos o esquimales, éste también es una soberana estupidez. Despiecemos la frasecita.
Acerca de escribir un libro, es evidente para cualquier lector avezado que el 97 por ciento de los libros (o, generalizando, de los textos) que se escriben valen mucho menos que el papel sobre el cuál están impresos (en esta época de edición digital, menos que el ancho de banda que ocupan). Cierto es que, si el total de publicaciones aumenta y el porcentaje de basura se mantiene, la cantidad de libros decentes también se incrementa, pero llegar a la excelencia a través de la estadística me parece tan antióptimo y troglodita como intentar quedarse embarazada a base de frotarse los genitales con kleenex pescados de la papelera del gimnasio de un colegio de jesuitas. Lo cual enlaza con el segundo objetivo: tener un hijo.
Es para mí un misterio insondable que se valore como extraordinario el hecho de reproducirse. Cualquier pelagatos puede reproducirse, no hace falta nada especial para ello; echar un polvo está al alcance de cualquiera. Cierto que poner una persona nueva en el mundo debería ser una decisión meditada, pero mirad a vuestro alrededor: cuántos de estos casos hay? Yo mismo debo agradecer mi llegada a este mundo al doctor Ogino, como muchos de mis compinches de generación. No es que no esté contento de estar por aquí, pero no veo que un accidente aritmético aporte ni un ápice de honorabilidad oriental a ninguno de mis dos viejos (a los que, por otra parte, no les reprocho nada en absoluto, sino más bien lo contrario). Otros muchos de los humanos que nos rodean están aquí porque "se" tienen hijos, así, en impersonal reflexiva; y otra cantidad no despreciable están vivos porque los bebés son graciosos (luego dejan de ser graciosos y, de hecho, muchos de ellos pasan a ser unos desgraciados, sobre todo los que, viniendo de una familia humilde y sufriendo un curro de 12.000 euros brutos al año y con 30 años de hipoteca por delante, siguen votando al PP).
La plantación del árbol es the ultimate memez. Supongo que el chino original se debía referir, de una forma mística-pichaflójica, a saber apreciar y cuidar la naturaleza. No me parece mal. Pero a qué lo del arbolito? Si tener hijos y escribir libros son acciones bien concretas y determinadas, no veo por qué debo tomarme lo del árbol como una idea abstracta. Y si no lo es, es de una ingenuidad ofensiva. ICONA se tiró décadas repoblando con millones de eucaliptos los robledales que los caciques de Galicia quemaban; los eucaliptos crecen en un plis, lucen en las fotos y proporcionan pingües beneficios a corto plazo con la explotación de la madera. La idea es no dejar que los árboles se quemen, no ir proclamando días mundiales del árbol para que los ecologistas de salón se empuerquen de barro haciendo un trabajo que nunca debería haber sido necesario y que, en todo caso, no les corresponde.
Yo, por mi parte, he decidido adoptar una versión apócrifa del aforismo y he decidido:
a) tener un árbol -> véase la primera foto adjunta. De acuerdo, no es un árbol, sino una hortensia agonizante, pero está en mi balcón. Luego, la tengo.
b) plantar un libro -> véase la segunda foto adjunta. Espero que no me excomulguen por utilizar ese libro. Oh, lo olvidaba, soy apóstata y no pueden excomulgarme. Bueno, a ver si, como mínimo, no me cría cristianos.
c) escribir un hijo -> "un hijo".
En su biografía 

Debo dejar de leer tanto el periódico. Cada vez que lo leo me vienen a las mientes un centenar de temas para este blog, amén de los cabreos que me pillo página sí, página también.
Hace unos días me preguntaba un amigo por correo electrónico si el "corner" de "dilettante's corner" era un rincón o una esquina. Supongo que la pregunta era más retórica que otra cosa, pero me hizo reflexionar.

La semana pasada me hicieron un regalo. Me regalaron un piso. Vamos por partes.
Hace tres días que el transbordador espacial Columbia estalló en pedacitos (como los de la foto de la derecha) durante la reentrada en la atmósfera. Aparte del hecho de que ir y volver del espacio siempre supone un riesgo y que es hasta cierto punto normal que pasen cosas como ésta de vez en cuando, me interesó especialmente un breve apunte acerca del astronauta israelí que era uno de los tripulantes de la misión, Ilan Ramon se llamaba. Al parecer, Ramon no sólo fue el primer astronauta israelí de la historia, sino que también fue el primero que pidió comida kosher durante la misión. Parece que también declaró que, si los trabajos de la misión lo permitían, iba a respetar la festividad del Sabbath, durante la cual los judíos tienen prohibido, entre otras actividades, trabajar. Estas declaraciones suscitaron en Israel una polémica entre rabinos, ya que no acaba de quedar claro cuándo empieza y cuándo acaba el Sabbath (ni ningún otro día) cuando uno está subido en una nave que va dando vueltas a la Tierra a razón de una cada ratito.