20030221

Plantar un libro
Uno de los aforismos chinos más conocidos dice algo así como que un hombre puede morir tranquilo, seguro de haberse realizado en la vida, si cumple con la triple tarea de escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Como la mayoría de dichos populares, ya sean chinos o esquimales, éste también es una soberana estupidez. Despiecemos la frasecita.

Acerca de escribir un libro, es evidente para cualquier lector avezado que el 97 por ciento de los libros (o, generalizando, de los textos) que se escriben valen mucho menos que el papel sobre el cuál están impresos (en esta época de edición digital, menos que el ancho de banda que ocupan). Cierto es que, si el total de publicaciones aumenta y el porcentaje de basura se mantiene, la cantidad de libros decentes también se incrementa, pero llegar a la excelencia a través de la estadística me parece tan antióptimo y troglodita como intentar quedarse embarazada a base de frotarse los genitales con kleenex pescados de la papelera del gimnasio de un colegio de jesuitas. Lo cual enlaza con el segundo objetivo: tener un hijo.

Es para mí un misterio insondable que se valore como extraordinario el hecho de reproducirse. Cualquier pelagatos puede reproducirse, no hace falta nada especial para ello; echar un polvo está al alcance de cualquiera. Cierto que poner una persona nueva en el mundo debería ser una decisión meditada, pero mirad a vuestro alrededor: cuántos de estos casos hay? Yo mismo debo agradecer mi llegada a este mundo al doctor Ogino, como muchos de mis compinches de generación. No es que no esté contento de estar por aquí, pero no veo que un accidente aritmético aporte ni un ápice de honorabilidad oriental a ninguno de mis dos viejos (a los que, por otra parte, no les reprocho nada en absoluto, sino más bien lo contrario). Otros muchos de los humanos que nos rodean están aquí porque "se" tienen hijos, así, en impersonal reflexiva; y otra cantidad no despreciable están vivos porque los bebés son graciosos (luego dejan de ser graciosos y, de hecho, muchos de ellos pasan a ser unos desgraciados, sobre todo los que, viniendo de una familia humilde y sufriendo un curro de 12.000 euros brutos al año y con 30 años de hipoteca por delante, siguen votando al PP).

La plantación del árbol es the ultimate memez. Supongo que el chino original se debía referir, de una forma mística-pichaflójica, a saber apreciar y cuidar la naturaleza. No me parece mal. Pero a qué lo del arbolito? Si tener hijos y escribir libros son acciones bien concretas y determinadas, no veo por qué debo tomarme lo del árbol como una idea abstracta. Y si no lo es, es de una ingenuidad ofensiva. ICONA se tiró décadas repoblando con millones de eucaliptos los robledales que los caciques de Galicia quemaban; los eucaliptos crecen en un plis, lucen en las fotos y proporcionan pingües beneficios a corto plazo con la explotación de la madera. La idea es no dejar que los árboles se quemen, no ir proclamando días mundiales del árbol para que los ecologistas de salón se empuerquen de barro haciendo un trabajo que nunca debería haber sido necesario y que, en todo caso, no les corresponde.

Yo, por mi parte, he decidido adoptar una versión apócrifa del aforismo y he decidido:

a) tener un árbol -> véase la primera foto adjunta. De acuerdo, no es un árbol, sino una hortensia agonizante, pero está en mi balcón. Luego, la tengo.

b) plantar un libro -> véase la segunda foto adjunta. Espero que no me excomulguen por utilizar ese libro. Oh, lo olvidaba, soy apóstata y no pueden excomulgarme. Bueno, a ver si, como mínimo, no me cría cristianos.

c) escribir un hijo -> "un hijo".
Los "comosís"
Hace un tiempo conversaba con mi cuñado J. acerca de lo acostumbrados que estamos a las imitaciones de la realidad; tanto que a menudo, cuando vemos la versión fetén, no la reconocemos o nos desagrada profundamente. Él llamaba a estas imitaciones "los comosís". El término (ignoro si es de su propio cuño) es excelente, perfectamente descriptivo y conceptualmente impecable, por lo que decidí adoptarlo alegremente. Contaba J. que, según le había explicado una persona que ejercía como sufrido profesor de primaria, había pasado por la experiencia de hacer que los niños de su clase fabricasen mermelada a partir de fruta, siguiendo un proceso casero. Gran sorpresa y desilusión: a los niños les había parecido repugnante aquella cosa que no sabía como la mermelada ni tenía el color correcto. La realidad es que ésos eran los verdaderos color y sabor de la mermelada, a diferencia de los colores y sabores de la mermelada que podemos comprar en el supermercado, potenciados o directamente reemplazados mediante aditivos.

Se trata únicamente de un ejemplo, puesto que yo no estoy en contra del uso de aditivos en alimentación. Pero es un primer síntoma: la mayoría prefiere un "comosí" a la versión real, y esto sucede en muchos terrenos.

En su biografía Mujer en guerra, Maruja Torres cuenta algo que le sucedió en Haití durante la mini-invasión norteamericana (que debía facilitar el regreso del presidente electo). Los soldados USA llegaron, se desplegaron y ocuparon sin ninguna resistencia todos los puntos que tenían que ocupar, ante el aburrimiento de los reporteros, que esperaban un poco más de chicha. Pero un soldado más avispado que los demás decidió (o quizá le decidieron) proporcionar a la prensa aquello que había venido a buscar: mientras los fotógrafos bostezaban en la acera de uno de los edificios oficiales, un marine de guardia se tiró al suelo, avanzó a rastras hasta la valla metálica ("como si estuviera en la batalla de Guadalcanal", dice Maruja) y, con la ayuda de unos alicates, abrió un boquete en ella. Por supuesto, la imagen de ese "esforzado soldado" dio la vuelta al mundo. Aquello sí era una noticia decente y no el paseo triunfal que realmente estaba sucediendo. Una imagen vale más que mil palabras? Una imagen no vale ni una mierda. Una imagen es un fraude. Una imagen es un "comosí" de la realidad.

Es un mundo confuso, pero así es la cosa. Hacer que parezca sencillo o bonito no lo hace ni más sencillo ni más bonito. Apechuga con tu suerte, asume la realidad y cállate la boca. Puede que seas más infeliz, pero también serás más libre o, si lo prefieres, más persona. Y si prefieres ser menos libre, no me llames. Cretino.

20030218

"Oye, Juan, en los Monegros ¿hay naranjos?"
Juan, uno de mis mejores amigos, ha compartido conmigo muchos momentos divertidos de mi vida. Sin duda, el que se lleva la palma es el que voy a narrar a continuación.

La familia paterna de Juan es originaria de un precioso pueblito de Burgos, Arroyo de Valdivielso. No se encuentra en la zona más mesetaria de Burgos, sino en el Norte, en el valle del Ebro, en donde el río todavía es lo suficientemente pequeño y dócil como para bañarse en él. La familia tiene dos casas en el pueblo y ese verano Juan me había invitado a pasar unos días allí con su familia. Era agosto y yo no tenía coche aún (solía utilizar el de mi hermana, que se había ido de vacaciones con él), por lo que María, la hermana de Juan, nos prestó su Renault 5 de octava mano. Uno de los problemas que padecía ese coche era la imposibilidad de cerrar por completo la entrada de aire caliente del motor. Podéis imaginar la escena: pleno agosto, Juan y yo, sudando como cochinos, dirigiéndonos (con la alegría en el cuerpo, eso sí) hacia Burgos en ese trasto encantador.

Ese día no salimos de Barcelona muy temprano. Serían casi las 10 cuando finalmente nos pusimos en marcha. Confiábamos de todos modos en pasar por los Monegros evitando las horas de más calor. Armados con las obras completas de Siniestro Total en cassette, emprendimos alegre viaje. Ambos conocemos de memoria las letras de las canciones de nuestro grupo favorito, por lo que empezamos a vociferarlas de inmediato. La verdad es que nos lo pasábamos bomba. Tanto que no nos extrañó nada ver pasar a la izquierda de nuestro bólido la mole de hormigón del reactor de la central nuclear de Vandellós. Para vuestra información os diré que nunca debíamos haber pasado junto a esa central nuclear. Pero nosotros nada: vista al frente, seguimos con el "Sí, sí/opera tu fimosis/no lo pienses más/por favor/decídete ya/sabes que/no te dolerá".

No pasó demasiado rato, sólo alrededor de una hora, hasta que tomé conciencia de que el paisaje no era el que debíamos estar contemplando a esas alturas del viaje. Con la mosca detrás de la oreja, me giré y formulé la pregunta que da título a esta entrada:

-Oye, Juan, en los Monegros ¿hay naranjos?
-Creo que no. ¿Por?
-Pues diría que nos hemos pasado.

No acababa de decir esto cuando vimos pasar un cartel azul con letras blancas. Decía "Salida 15 - Vinaroz-Benicarló". El número es inventado, no recuerdo cuál era. Lo que sí recordé entonces fueron mis nociones de geografía: tanto Vinaroz como Benicarló estaban en la provincia de Castellón de la Plana, y nosotros debíamos habernos desviado hacia Zaragoza en la bifurcación de El Vendrell, en el norte de la provincia de Tarragona, a unos 100 kilómetros de distancia. Hacia atrás.

Superados los primeros segundos de cabreo, lo que nos dio a ambos fue un ataque de risa. Decidimos hacer un alto en uno de los campos de naranjos que nos rodeaban por todas partes (menos por una que nos unía al continente) y, con la carcajada aún puesta, comer y beber algo antes de seguir (en realidad, retroceder) camino. También decidimos inmortalizar el momento con una foto: ése de ahí es Juan con la guía Campsa, muerto de risa, señalando el punto en el que nos encontrábamos. Nótese el detalle de la lata de cerveza sobre la capota del coche. Eran otros tiempos.

Ni que decir tiene que el incidente nos retrasó más de dos horas, suficiente para que el calor de los Monegros cayese sobre nosotros en todo su esplendor canicular. Otra consecuencia fue el pago duplicado de los peajes en una de las autopistas más caras de España, la autopista del Azahar. Cuando finalmente llegamos a Burgos, sobre las 10 de la noche, la familia de Juan estaba algo intranquila. Dicha intranquilidad fue rápidamente reemplazada por pitorreo en cuanto narramos nuestra mini-aventura. Cierto que no era muy espectacular, pero es que tanto él como yo somos muy buenos narradores. El caso es que la anécdota ha pasado al acervo familiar y, según me ha dicho Juan, aún se cuenta entre grandes risotadas cuando se reúnen sus tíos. Mis allegados también se han reído a nuestra salud en numerosas ocasiones. Esto de hacer historia tiene su gracia, la verdad. Aunque sea de cachondeo.

20030213

Noticias
Debo dejar de leer tanto el periódico. Cada vez que lo leo me vienen a las mientes un centenar de temas para este blog, amén de los cabreos que me pillo página sí, página también.

Como consecuencia del cuasi-ayuno informativo en el que voluntariamente vivo sumergido a raíz de los ataques del 11 de setiembre (el de 1714 no, el otro), mi capacidad de sorpresa ha ido en aumento. Achaco dicha sorpresa al hecho de que la concentración de barbaridades que escucho, veo o leo se ha reducido de forma drástica, con lo que cada una de las veces que, casi diría que a mi pesar, practico el deporte de la adquisición de noticias me encuentro con nuevas estupideces que previamente había juzgado como imposibles, formas alternativas de meter la gamba hasta la cadera y reformulaciones siglo-21 de barbaridades que ya estaban pasadas de moda en el pleistoceno.

Los efectos secundarios (un sujeto al que "conozco" de una lista de traductores le encantaría verme escribir secundarios en lugar de colaterales; lamentablemente, no creo que lea este blog) de dicho ayuno se dejan sentir: día a día asisto a la continua e inexorable desactualización de mi cultura. Ya apenas me entero de lo que sucede en mi entorno (me concedo unos minutos diarios del magacín matinal de Catalunya Ràdio porque el presentador me cae bien) más que por lo que me cuentan. R., por ejemplo, suele mantenerme semi-informado de algunos de los hechos que más o menos me afectan. Los anuncios del metro me dicen cuáles son las marcas de moda, la tele del metro (por cierto, no sé quién fue el cretino que se inventó lo de poner tele en el metro; con lo que tranquilo que iba yo con mi libro y ahora las imágenes en movimiento provocan en mí un estúpido tropismo positivo del que me gustaría librarme) me dice los resultados deportivos (que me la sudan) y el tiempo (que me la suda igualmente) y a veces otras cosas (si es algo de cine me suele interesar más).

Parece que va a haber una guerra en Irak. Morirá gente que pasaba por allí y no sabrá de dónde le caen las bombas, y habrá montones de personas que se llenarán la boca con el "Guerra sí" y más montones con el "Guerra no". Puestos a elegir casi prefiero que no, pero me da la impresión de que lo que yo piense al respecto tiene un peso total de cero más/menos cero gramos, por lo que, básicamente, no pienso nada al respecto. Espero, eso sí, que no me peguen un tiro *a mí* (eso incluye a mis allegados). No voy a ir a ninguna manifestación. Ya hace mucho tiempo que perdí la fe en la humanidad en su conjunto (es decir, en la inmensa mayoría de los individuos que la componen), y meterme a gritar consignas en mitad de un mogollón de personas a las que no conozco y que, si conociese, probablemente no me interesarían, me es tan ajeno como apuntarme a un taller de experiencias extracorpóreas.

Vivo bastante relajado dentro de mi burbuja aninformativa. Se me puede acusar de despreocupación e incluso de pasotismo. Adelante, que se me acuse. Del mismo modo que reconozco el derecho de todos a una información abundante, puntual y lo más objetiva posible, ejerzo el mío a que me importe, de forma consciente, un pimiento.

20030206

¿Rincón o esquina?
Hace unos días me preguntaba un amigo por correo electrónico si el "corner" de "dilettante's corner" era un rincón o una esquina. Supongo que la pregunta era más retórica que otra cosa, pero me hizo reflexionar.

Mi primera página web, la primera de todos los tiempos, parida en julio de 1996, alojada en Geocities y ya descolgada para bien, se llamó así. Era una página personal aburrida, con un diseño terrorífico y sin ningún interés en absoluto. Nunca la actualicé, con lo que mantuvo el mismo aspecto durante años. Durante un tiempo la utilicé exclusivamente para contener una foto mía que pudiese enviar en forma de enlace a la gente del chat a la que conocía, cuando se daba el caso de que me pidiesen una foto. En definitiva, vanitas vanitatis, y no muy lucido. Cuando quise ponerle nombre se me ocurrió dilettante's corner. El motivo del alias "dilettante" responde a la propia definición de la palabra, una copia de la cual se puede encontrar en la página de inicio de mi dominio, dilettant.net. La parte de "corner" la tomé de Speaker's Corner, un lugar de Londres que me chifla visitar.

En Speaker's Corner, cualquier iluminado puede llegar con una silla, una escalera o una caja de madera, subirse en ella y soltar su perorata sobre el tema que le dé la real gana. Los oyentes intervienen a veces, y las discusiones pueden llegar a ser muy acaloradas. Hay todo tipo de representantes de la raza humana, de diversos colores y también de diversos idiomas, aunque es obvio y natural el predominio del inglés. Tengo una impresión en absoluto justificada de que, incluso después de que el deficiente psíquico profundo de Bush y sus acólitos acaben con la libertad de expresión por la puerta de atrás del miedo, Speaker's Corner seguirá igual que a mediados del XIX. Speaker's Corner es tanto una esquina (no sólo la esquina noreste de Hyde Park, sino que se podría entender de forma metafórica como algo que sobresale de un todo más bien romo; es decir, un lugar muy visible) como un rincón, el rinconcillo sin importancia real donde los olvidados ejercen su derecho al pataleo fuera del mainstream social.

Según cómo me pille el día, siento este nuevo "dilettante's corner" que inicié hace casi un año, por motivos que ya no recuerdo, como una esquina o como un rincón. Estoy moderadamente satisfecho de él, y me sirve para soltar parte de la abundante bilis que el estado de las cosas me provoca. No aspiro a cambiar nada con él y me da igual si tengo mucho público o cuatro amiguetes. Es mi corner. Eso es todo.

20030203

Grandes esperanzas
La semana pasada me hicieron un regalo. Me regalaron un piso. Vamos por partes.

Mi madre está mayor, y delicada. Pasa la mayor parte del tiempo fuera de Barcelona, en el campo (es que es muy de campo, ella), en una casita con jardín y huerto y esas cosas con tierra y plantas. Su piso de Barcelona, el que fue piso de la familia, es un dúplex situado en una cuarta planta, y carece de ascensor. Un problema, ya que subir escaleras se ha convertido para ella en una tortura. De modo que maquinó lo siguiente: me propuso que buscase un piso con ascensor y luz para ella, que pagase su alquiler, y el piso de la familia era para mí. Bueno, para mí, no: para nosotros, para R. y para mí. Mi madre ya había hablado con mis dos hermanas, que estaban de acuerdo, y el único paso restante (que tampoco es sencillo) es encontrar el piso para ella.

Desde poco después de empezar la relación, R. y yo hemos tenido ganas de compartir algo más que los ratos que nuestros respectivos trabajos nos permitían. Sí, ha sido un proceso muy rápido, pero ya somos mayorcitos. Íbamos a buscar un sitio en las afueras de Barcelona, quizá en Terrassa, porque en BCN los alquileres están por las nubes. Ni en nuestros mejores sueños hubiésemos pensado que nos iba a caer del cielo algo así. Cierto que de todos modos vamos a tener que pagar un alquiler, pero no es lo mismo un piso para una persona mayor que para dos personas jóvenes y activas, que en principio necesitan más espacio. Pues toma espacio: dúplex, tres terrazas, chimenea, barrio tranquilo, equipado y en marcha. Qué más quieres Catalina. Quizá hasta podamos tener un bulldog como el de la foto. Lorenzo, lo queremos llamar.

La vida en común es complicada, eso no es ningún misterio. Pero ambos tenemos grandes esperanzas. Deseadnos suerte.
Beatonautas
Hace tres días que el transbordador espacial Columbia estalló en pedacitos (como los de la foto de la derecha) durante la reentrada en la atmósfera. Aparte del hecho de que ir y volver del espacio siempre supone un riesgo y que es hasta cierto punto normal que pasen cosas como ésta de vez en cuando, me interesó especialmente un breve apunte acerca del astronauta israelí que era uno de los tripulantes de la misión, Ilan Ramon se llamaba. Al parecer, Ramon no sólo fue el primer astronauta israelí de la historia, sino que también fue el primero que pidió comida kosher durante la misión. Parece que también declaró que, si los trabajos de la misión lo permitían, iba a respetar la festividad del Sabbath, durante la cual los judíos tienen prohibido, entre otras actividades, trabajar. Estas declaraciones suscitaron en Israel una polémica entre rabinos, ya que no acaba de quedar claro cuándo empieza y cuándo acaba el Sabbath (ni ningún otro día) cuando uno está subido en una nave que va dando vueltas a la Tierra a razón de una cada ratito.

En otro orden de cosas, pero relacionado, el número dos de la candidatura demócrata a la Casablanca, un tal Joseph Liebermann, es judío ortodoxo. En el caso de victoria de los demócratas (esperemos que así sea, por cierto), su adscripción religiosa le prohibiría ejercer sus labores de gobierno durante el mencionado Sabbath; según declaraciones propias, no va a dejar de respetar los preceptos de su religión por el hecho puramente anecdótico de ser secretario de estado.

Reflexión: está todo el mundo majara? Este bioma occidental no deja de sorprenderme. No me cabe en la cabeza que una persona con una formación científica lo suficientemente sólida como para que la metan en una nave espacial esté tan anclada en unas creencias religiosas como para transportarlas consigo a cualquier lado, incluida la susodicha nave. Tampoco entiendo los recursos mentales gastados en decidir cuál es la forma perfecta y ultraortodoxa de que el astronauta aplique los ritos de forma que ese dios tan exigente que tiene no se cabree. Mucho menos puedo comprender que un sujeto integrista religioso (cuya historia personal ignoro, pero que queda retratado por completo con lo poco que sé de él) ocupe el número dos en una lista demócrata para las elecciones USA. Sí, ya sabemos que las diferencias entre demócratas y republicanos son sutiles, pero lo de Liebermann es, sencillamente, ridículo, estúpido, malsano y enfermo. El mejor sitio en el que puede estar un individuo de ese calibre es en una sinagoga, decidiendo cuándo empieza el Sabbath en una nave espacial.

No comparto para nada el sentimiento religioso; de hecho, creo que es un atraso. Pero hay muchas, muchas formas de sentir la religión, sea cual sea ésta. Las posturas mencionadas, la de Ramon y la de Liebermann, son infantiles y maniqueas, reivindicaciones al estilo de "mi dios es el verdadero y yo soy mejor que tú y mis ritos son los más mejores del mundo mundial". Me puedo imaginar al imbécil beatonauta con el traje de la NASA y tocado con un gorrito estúpido en la coronilla, dando cabezazos en la puerta de la bodega de carga mientras sus compañeros de misión se afanan en sus tareas de persona. Él, no. Él es un siervo y actúa según los preceptos. Ahora será el más ortodoxo del cementerio espacial. Saluda a tu dios de mi parte, cacho cretino.