Vengo de comprar del híper. Tenía un papelito en casa con una lista de cosas que faltaba comprar, papelito que he dejado estratégicamente olvidado sobre la mesa de la cocina, de modo que R. y yo hemos ido recorriendo filas de estantes en busca del producto perdido.
No era la primera vez que estaba en un híper. He estado varias docenas de veces en sitios así. La cosa es fácil: vas, pillas un carro y tu lista de suministros, compras y te vas. Fácil, verdad? Y una mierda seca. Es mucho más complicado que encontrar el camino a Mordor a través de la Ciénaga de los Muertos, con el agravante de que no hay ningún Sméagol a mano al que putear. Los diseñadores de estas sofisticadas trampas del siglo 21 se las saben todas.
De entrada, la distribución de las cosas es la que sea, lo cuál lleva a pensar en la posibilidad lógica de utilizar un mapa para indicar dónde, por ejemplo, encontrarás el papel de WC sin tener que revisar una docena de pasillos. Pero no: Mapas no tenemos, caballero. Aquí no nos fiamos de esas cosas modernas: en cada extremo de pasillo hay un cartelón con el nombre genérico de los productos que contiene; con eso ya basta. Quizá alguien debería informar a este hipotético cabroncete que lo de los carteles está bien cuando pueden leerse todos de una vez, y que los mapas se inventaron para que, si eras marinero, no tuvieses que llegarte hasta las costas de Sicilia para ver un puto cartel que dijese "A Siracusa, 7 estadios", o la unidad que fuese.
Pero este problema es una nadería al lado del que realmente me tiene obsesionado, y que podríamos llamar Hacia la inmovilidad por la diversidad. Veamos un ejemplo: quiero yogur. Después de recorrer ciento setenta pasillos con mi carro del tamaño de un Humvee, llego al pasillo de "Lácteos". Busco yogur, recordémoslo. Para mí existen dos tipos de yogur: el blanco y el otro. De un vistazo llego a la conclusión de que algo no funciona correctamente: una sinfonía de colores, sabores, tamaños, formatos y precios se abre ante mis ojos. Blanco, dije? Joder, hay 30 variedades que tienen pinta de ser de color blanco; entre ellas hay varias nacionalidades, con o sin azúcar, y una cosa que se llama mousse de yogur, que sirve para que en el mismo volumen entre menos yogur y los beneficios del fabricante se multipliquen por siete. El otro, dije? Estoy rodeado de objetos más o menos cilíndricos que dicen contener frutas que sólo aparecen en los libros de Emilio Salgari. Otros contienen entes identificados por iniciales o por nombres latinos (LC1? Qué cojones es LC1? Tendrá algo que ver con el L. Casei Immunitas de esta otra variedad, o es simplemente "Lámeme el Culo 1 vez"? Y lo del bífidus? Quiere decir que, si me lo como, me dará una espina bífida aguda? Joder, eso es muy chungo; y si me confunden con Aznar?). El calcio parece ser muy popular, porque hay 3,2e4 variedades que, en una esquinica, dicen "Contiene Calcio". En cambio, no veo ninguno que diga "Enriquecido con Astato" o "Ahora, con el doble de Tecnecio".
No se debe confundir este tipo de variedad con la de las pizzas de una pizzería, por ejemplo. La filosofía es distinta: una pizza es una base de pan, tomate y mozzarella, sobre la que se ponen cosas. Es, de hecho, una versión italiana tradicional de los huevos fritos con cosas, un plato de mi invención que ya glosé en la entrada Cocina para solteros. Esta diversidad no responde a esnobismo o re-equilibrado nutricional gilipollas, sino a que te apetezca carne, pescado, verduritas, champiñones o salchichón.
La diversidad absurda ataca a otros muchos tipos de productos: higiene personal (en el caso del champú, estoy convencido de que hay muchos más tipos de champú que tipos de cabello; de hecho, creo que hay tantos tipos de champú como personas con cabello. Esto dejaría fuera a los lamas, a los skins y a los calvos; también a los rastas, pero no por falta de cabello, sino por falta de higiene), limpieza del hogar (en Mercadona tienen 7 tipos 7 de jabón para la vajilla concentrado de marca Bosque Verde, que es ¡¡su propia marca blanca!! Y yo que pensaba que lo de la marca blanca te ayudaba a simplificar un poco...), alimentación canina y felina, mantequillas y margarinas, papel de WC, galletas, refrescos y un largo etcétera. Un último ejemplo: el pan. Llamadme nostálgico, pero qué fue de la sencillez de "una de medio, una de cuarto, un pan de molde, un pan de payés" (cántese con la música de "Uno de enero, dos de febrero...")? Mecagontóloquesemenea, pan de molde "sin corteza"? Y qué hacen con la corteza, cortezas de tocino sin colesterol? Me están tomando el pelo? La respuesta es: sí.
Tengo una propuesta para hacer a las grandes distribuidoras: apiádense de la gente simple. Gasten su buena acción del día en lo siguiente: habilitar un pasillo en cada una de sus elefantiásicas superficies para los bobos que, como yo, no entienden el mundo. Sería un pasillo aburrido, con carteles que rezarían: "Yogur del blanco/Yogur del otro", "Jamón salado/Jamón soso" o "Pan normal/Pan de molde". Podrían solicitar y, sin duda, obtener una subvención del Ministerio de Asuntos Sociales, Dirección General de Ayuda a los Inadaptados, Bobos y Sociópatas, Subsección Alimentación y Hogar. De este modo se resarcirían de las pérdidas que estos deshechos de la modernidad les ocasionaríamos por evitar los paseos por las secciones de material de oficina (“Para qué querré yo esta carpeta de las PowerPuff Girls, si hace un siglo que no uso carpetas?”) o de menaje de cocina (“Oh, qué bonitas pinzas de barbacoa he adquirido por sólo 3,95 euros; aunque, bien mirado, no tengo barbacoa...”) o de los ya mencionados lácteos. Fíjense qué poco cuesta hacernos felices. Si es que ya se sabe: a un bobo le das un lápiz de colores y ya puede llover lava.

El paradigma que me viene a la cabeza al visualizar la palabra cultureta es Fernando Sánchez Dragó. Cuando pienso que a mí "Biblioteca Nacional", el primer programa en el que el susodicho payaso asomó regularmente su fea narizota, me molaba... Mirándolo con distancia, supongo que me debía gustar a pesar de Dragó. Recuerdo específicamente un programa en el que destripaba presencialmente a un por entonces joven Jesús Ferrero (acababa de publicar Belver Yin), sin pudor, sin respeto y sin nada. Lo hacía porque podía, porque él era el escritor con programa en TVE y Premio Nacional de Literatura y el otro un mindundi que había tenido la desfachatez de convertirse en un superventas. Dragó ha ido a peor: sólo hay que ver su "Negro sobre blanco", programa pajero donde los haya. Es una inmensa paja televisiva pagada con dinero del contribuyente. Casi lo que más me jode es haberle pagado las antiparras esas de media luna que se gasta el gachó.