20031029

Cría y engorde de enemigos

En el club de listorros del que soy socio disponemos de una ficha en la que, entre otros datos más prosaicos, debemos especificar nuestras aficiones, con el loable propósito de encontrar almas gemelas que practiquen actividades de tipo similar y así poder echarse unas risas. Mi lista de aficiones es: Literatura, cine, cómic, teatro, escepticismo y pensamiento crítico, cría y engorde de enemigos. Las cuatro primeras no tienen mucha gracia; quizá sean las dos últimas las que tienen un poco de enjundia. Sobre todo la última.

Ya llevo casi 37 años arrastrándome por la superficie de esta bola de polvo con más o menos fortuna y, habiendo aprendido una cantidad no despreciable de cosas, una de las más útiles es la siguiente: la cantidad de gente que prefiero tener alejada de mi persona es muy grande. Alguien dirá: "mira qué listo, parece que haya inventado la sopa de ajo". Pues no. La diferencia entre un servidor de ustedes y casi todo el mundo es que con cierta frecuencia me permito el lujo de indicar mi desprecio a los afectados, generalmente por escrito y de forma pública. De este modo, un creciente número de homo sapiens de ambos sexos que podrían estar en la categoría de indiferentes pasan a la categoría de enemigos.

Por supuesto que, como todos, procuro mantener el tipo y poner cara de póquer o incluso sonreír si creo que el ejercicio de la hipocresía contribuye a evitar un mal mayor. En otras palabras: soy borde pero no estúpido. En cambio, si creo que alguien se merece ser puesto en evidencia, humillado y sometido a escarnio, lo hago. Mis campos de batalla suelen ser (aunque no siempre) las listas de correo, lugares peligrosos, porque los escritos quedan, mientras que las palabras habladas se las lleva el viento. Son lugares donde el gañán ignorante, el analfabeto funcional, el facha pseudoprogre y el vanidoso ombliguero se desmelenan sin pudor y quedan fielmente retratados. Y yo disfruto dedicándoles unos cuantos párrafos hirientes. Me cosquillea la tripa pensando en los cabreos que se pillan.

Las listas de correo del susodicho club de listorros son terreno abonado para la proliferación de este subgénero que tanto me gusta despreciar, por un sencillo motivo: como todos hemos pasado un test que dice que somos los más listos del mundo mundial, cualquier indocumentado se siente con autoridad para graznar sin complejos sus opiniones al viento en beneficio de la humanidad, como rezan los estatutos del club, elaborados sin duda durante una lisérgica orgía de pajas mentales.

La mayoría de personas, y es lógico, prefieren mantenerse en el nivel de indiferencia con relación a aquellos que les molestan. Para mí, en cambio, es un honor e incluso un deber aumentar la cuenta de personas que no pueden verme ni en pintura. Si estuviésemos en el Oeste en el siglo XIX, probablemente me callaría la boca debido al riesgo de recibir un balazo en la tripa; pero en un país (semi)civilizado como éste, ¿qué motivos tengo para callarme? De hecho, como suelo recordar a mis interlocutores, la libertad de expresión funciona en ambos sentidos: ellos tienen derecho a decir cualquier gilipollez y yo, por supuesto, tengo derecho a decir que lo es, siempre y cuando no incurra en algún delito castigado por el código penal. Por qué habría de guardarme la bilis que me hacen segregar estos desechos cerebrales, si tengo la posibilidad de vomitarla encima de ellos? Es para mí una cuestión de ética e higiene social.

El mundo está lleno de gente. La población mundial sobrepasa los seis mil millones de personas. Dejad que lo ponga en números, para que pilléis la dimensión: 6.000.000.000 de personas. Son 50.000 estadios del Barça llenos. Si viese a una persona por segundo, la población mundial tardaría más de 190 años en pasar por delante de mis ojos. En el mejor de los casos me quedan 40 o 50 años de vida. ¿Creéis que vale la pena perder un solo segundo haciendo el paripé por no ofender alguien a quien preferiríais ver debajo de las orugas de un carro de combate? Oh, no, nada de eso. Guerra a muerte.

Sólo hay una cosa que me inquieta: alguna persona lúcida dijo una vez "conoceréis a los hombres no por la calidad de sus amigos, sino por la de sus enemigos" (o algo parecido). Qué pena; según este criterio bastante razonable, mi calidad no debe de ser muy alta. Pero no hay problema: seguiré intentándolo. Y, como dijo mi admirado Cyrano,

A force de vous voir vous faire des amis,
Et rire à ces amis dont vous avez des foules,
D'une bouche empruntée au derrière des poules!
J'aime raréfier sur mes pas les saluts,
Et m'écrie avec joie: un ennemi de plus!


(Lo lamento por los que no lean francés; en fin, siempre nos quedará el Power Translator.)

20031028

Conoce a tu enemigo: el comercial

Vivimos en una sociedad dividida en dos: los que compran y los que venden. De hecho, la mayor parte de nosotros estamos en ambos lados de forma alternativa. No creo que tenga nada de malo. Lo que es realmente molesto es tropezarse con uno de esos gusanos que se pasa el día entero vendiendo.

Vamos, seguro que sabéis de qué hablo. Hablo de la persona que interactúa con el prójimo con la actitud del que te está queriendo convencer de que la compres. Gente que se describe a sí misma con palabras, en lugar de dejar que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Monopolizadores de conversaciones sin nada que aportar, malabaristas del lenguaje (incorrecto) vacío y del tiempo (ajeno) perdido, chupacámaras translúcidos, yo me manejo bien con todo el mundo, personalidades color de cachumbo. Es sorprendente constatar como muchos de estos entes son, de hecho, comerciales de profesión. Al parecer, están atrapados por su nine-to-five del carajo y se ven psíquicamente abocados a seguir con lo suyo incluso en situaciones en las que, no sólo no es necesario, sino que es inapropiado.

Esta gente suele poseer agendas monstruosas y toneladas de compromisos sociales. Puesto que su concepto de "amigo" es laxo, también poseen numerosos de estos amigos fules, de una catadura moral similar a la suya y en los que procuran no confíar demasiado porque, igual que ellos lo harían, en cualquier momento te pueden pegar una patada en las gónadas por detrás o te los puedes encontrar en la cama, echando un amistoso polvo con tu pareja.

Otro de los vicios de estas subpersonas es arreglar vidas ofreciendo (en realidad, vendiendo) consejos que nadie ha pedido, una actitud bastante irritante y que, contemplada desde fuera, provoca furibundos ataques de vergüenza ajena, que sólo se solucionan con un discreto mutis. Les chifla comenzar frases con "yo no soy xxx, pero...", siendo xxx cualquier cosa que en realidad sí son (por ejemplo, racistas, sexistas o peperos) y que, en su palurdez sin medida, intentan ocultar de esta forma burda y por demás infructuosa. Son los principales promotores del relativismo blanducho en el que estamos sumidos, ya que confunden "libertad de expresión" con "todas las opiniones merecen el mismo respeto", lo que les permite vomitar en público las opiniones más estúpidas sobre cualquier tema que ignoran como si estuviesen enunciando la ley de la gravitación universal.

El comercial no es un tipo humano muy peligroso, sobre todo si lo comparamos con el terrorista suicida o con el drogadicto sidoso con una jeringa en la mano. El truco está en identificarlo y a) mantenerse alejado de su área de influencia, o b) tirarlo por un balcón de forma que parezca un accidente.

20031024

Manolo

Ya estaba todo preparado a la espera de Fuster, que llegó cargado con sus regalos y señaló imperativamente la chimenea apagada, olisqueó el vino y puso la mesa mientras Carvalho buscaba en la biblioteca el libro que iba a servir de combustible base para la fogata. Eligió un libro de versos de Justo Jorge Padrón y un pequeño librito con dos piezas teatrales de Beckett, "La última cinta" y "Acto sin palabras". Fuster examinó los libros antes de que Carvalho los desguazara y quemara.

-¿Por qué?
-Ante todo porque son libros y luego porque sí.
-¿Los has leído?
-Hace años. Cuando leía.

(MVM, Los pájaros de Bangkok, 1983)


Adiós, Manolo Vázquez Montalbán. A los ateos como tú o yo, ni siquiera nos queda el magro consuelo del "hasta luego".

20031022

Monarquías

Acabo de ingerir mi minirración de noticias diaria, junto con una pizza. Me he enterado de que el periodista marroquí Alí Lamrabet, al que condenaron a 3 años de cárcel por un delito de "ultraje al rey", ha tenido hoy un juicio (en realidad, lo han aplazado) para aumentar la condena por un delito anterior por el que ya fue condenado (¿?¡!) y que tenía que ver con la difusión de una noticia acerca de la venta de un palacio de la familia real marroquí a unos inversores extranjeros. Hasta aquí los hechos.

No es el caso específico de Marruecos el que me interesa. Me interesa la supervivencia de las monarquías. Me interesa por un motivo similar al hecho de que haya gente que cree que se comunica con espíritus o a la proliferación de los teléfonos de tarotistas: porque no lo entiendo.

Vamos a ver: ¿qué es un rey? Hasta donde yo sé, un rey es una persona que, por el hecho de haber nacido por un agujero determinado, tiene poder sobre una serie de miles o millones de personas, sus "súbditos". No es relevante el hecho de que el poder que ostenta un rey sea relativo: lo relevante es que estas figuras paleolíticas, estos vestigios del pasado, sigan sobreviviendo. El Juanca, ese sujeto que ocupa el palacio de la Zarzuela, no parece un mal tipo. Un poco bobo, pero quién no lo es si en tu familia hace siglos que se casan primos con primos. Su hija mayor sí parece claramente disminuida, pero gracias a la ley sálica no hay muchas probabilidades de que ocupe el trono, por lo que da bastante igual (corrección: parece que no estoy muy al día porque, según el artículo 57.1 de la consti, Elena la premio Nobel es la segunda en la línea sucesoria; ¡que el Gran Pitufo nos coja confesados!). A mí lo que me jode es que exista la monarquía. Que una estirpe de personas reciban una corona y unas atribuciones que nos afectan a todos por la genética gracia de Dios. Que tenemos monarquía parlamentaria? Pues veréis, yo soy partidario de aplicar la navaja de Occam también a este caso: simplifiquemos. Si es "parlamentaria", para qué "monarquía"? Acaso no hay un parlamento? Cómo, que se necesita una figura representativa del estado en los organismos internacionales? Bien: elijamos un presidente de la república. Que sale más caro? Lo pago con gusto, sólo por el placer de saber que su mandato tiene una duración limitada y que depende de los votos de las personas, aun cuando piense que la mayoría de los votantes son unos catetos. Qué importa que la monarquía ya exista y que haya que cambiar muchas cosas para hacerla desaparecer? Quiere eso decir que tenemos monarquía para toda la eternidad? Qué sentido tiene hablar de eternidades en un estado (supuestamente) aconfesional? Somos personas. Acaso no tenemos todo el derecho a que sean personas, no entidades suprahumanas de duración indefinida, las que nos representen? Quién que no sea un estúpido, un carca, un inconsciente, un pervertido o cualquier combinación de los anteriores, puede desear la continuidad de la monarquía a estas alturas de la historia?

Me ofende también este pacto (semi)tácito de no agresión entre los periodistas y escritores y la casa real. Por qué? A cuento de qué no se puede tocar al rey? Sabéis que el artículo 56.3 de la Constitución dice: "La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad."? Por favor, estamos en el siglo 21! No 11, no 15, sino 21! Han pasado más de 200 años desde el Liberté, egalité, fraternité, pero en este país, y en otros muchos, no parecemos habernos enterado del todo de lo de la igualdad. Hordas de subnormales (así a bote pronto, no sé por qué, me viene a las mientes Luis María Ansón, de cuya imagen podéis disfrutar a la derecha) se siguen postrando, física o mentalmente, ante las figuras coronadas. Pues mira: yo creo que el único rey que tiene sentido es el del ajedrez. Sobre todo porque le puedes dar jaque mate.

20031020

Homeopaqué?

(Hace un par de años escribí esto para la revista del club de listorros al que pertenezco, Mensa. Hoy ha sido un día de poco trabajo, por lo que me he estado paseando por la web y, después de visitar la página de mi amiguete escéptico Ferran Tarrasa, he decidido recuperar este artículo para el blog. Su interés, creo yo, no ha disminuido. Juzgadlo vosotros mismos, en todo caso.)

Vivimos en una sociedad extraña. Parece obvio que, para una parte muy grande de la población, dios ha muerto. Lamentablemente, la mayoría de personas siguen necesitando un mecanismo de creencias para funcionar, lo cual no dice mucho positivo sobre la humanidad. El caso es que, muerto dios, ha surgido una cohorte de nuevas creencias en las que consumir parte de las calorías que se pasean por nuestro infrautilizado cerebro. Las llamadas “medicinas alternativas” constituyen una parte importante de este conjunto de creencias, y la homeopatía o medicina homeopática es, probablemente, junto con el uso de infusiones medicinales, la campeona en número de adeptos.

La homeopatía se la inventó un tal Hahnemann hace alrededor de 200 años. Al parecer, Hahnemann, intentando comprender los mecanismos por los que la quinina curaba la malaria, ingirió una pequeña cantidad de quinina y observó que, al cabo de un tiempo, mostraba una versión leve de los síntomas de la malaria. De esta sola anécdota concluyó lo que denominó “Ley de la similitud”: lo similar cura lo similar. O sea, las mismas sustancias que inducen unos síntomas en una persona sana pueden curar a una persona enferma. Probó un montón de sustancias naturales (artificiales no había) pero, como al parecer estimaba la vida de sus pacientes, para neutralizar y, si era posible, suprimir por completo los efectos secundarios de las barbaridades que metía en el cuerpo de la gente, diluía las sustancias en disolventes habituales, agua o etanol. Con una extraordinaria lucidez por su parte, comprobó que dichos efectos secundarios eran menores cuanto más disuelta estaba la sustancia. Además, los pacientes parecían curar mejor. Esto le llevó, contra cualquier lógica, a afirmar que la disminución de concentración de sustancia aumentaba el poder curativo de la disolución, y de ahí a formular la “ley de los infinitesimales”, segundo pilar de la homeopatía: cuanto menos, mejor.

Veamos un ejemplo de preparado homeopático, tal como Hahnemann lo describía y sus actuales seguidores practican. Una concentración homeopática habitual puede ser 30 X; esto es: se disuelve una parte de la sustancia en cuestión en 10 partes de disolvente, se agita y se repite el proceso con la disolución resultante: de nuevo 1:10, agitar, volver a disolver; así, 30 veces. No es necesario más que las matemáticas de primaria para saber que al final obtendremos una disolución de 1 parte de sustancia en 10 elevado a 30 partes de disolvente. Osea: si medimos las concentraciones en volumen de soluto por volumen de disolvente: 1 mililitro de soluto por cada 1000 cuatrillones de litros de disolvente. Yo, cuando tengo sed de verdad, me puedo beber de un par de viajes una botella de fontvella de 1,5 litros. Ejercicio para el lector: cuántas botellas de fontvella me tengo que arrear para beberme un mililitro de sustancia activa?

Claro, puede suceder una cosa: un mililitro de dicha sustancia puede contener una inmensa cantidad de moléculas, y por tanto la disolución, por descabellada que parezca, contener suficiente principio activo como para que aquello tenga poder terapéutico. Pero es que no: el número de Avogadro, descubierto por el susodicho unas décadas después de las investigaciones de Hahnemann, nos dice con precisión cuántas moléculas contiene un mol de cualquier sustancia (un mol es el peso en gramos igual al peso molecular de la sustancia en cuestión: un mol de agua, H2O, contiene unos 18 gramos de agua, 2 de hidrógeno y 16 de oxígeno, y exactamente 6,02 x 10^23 (o sea, unos 600.000 trillones) de moléculas de agua). Contando que estamos hablando de 7 órdenes de magnitud más de disolvente, no hace falta ni que nos tomemos el trabajo de calcular el peso de un mol de la sustancia X en cuestión; siempre habrá, en el mejor de los casos, un uno y un porrón de ceros de veces más disolvente que soluto.

Los homeópatas modernos, conscientes de que el número de Avogadro representa una desgraciada limitación para la credibilidad de su práctica, se han inventado la siguiente estupidez: el proceso de agitación “carga” el agua o el disolvente empleado con las propiedades curativas de la sustancia, de modo que éstas se van transmitiendo durante todo el proceso. No está mal, eh?: agua con memoria. Cuánta memoria, 256 megabytes/litro? Es RAM o ROM? Ah, ya sé, debe ser SPROM: Shake-it-baby Programmable Read Only Memory: Memoria de sólo lectura programable mediante mueve-tu-cu-cu. Y por cierto: cómo sabe el agua las propiedades que tiene que recordar? Las sustancias naturales tienen también, recordemos, efectos secundarios no deseables. Se acuerda de unas cosas y de otras no? Vaya, qué agua más lista. Por qué no la hacemos miembro de Mensa?

Los preparados homeopáticos se suelen suministrar en pildoritas esféricas de lactosa, y cada una de ellas contiene una gota de la disolución homeopática indicada en la etiqueta, con la concentración asimismo indicada. Nadie explica qué sucede cuando la gota de agua, que es la que recuerda cosas, se evapora. Le pasa la memoria a la pildorita? Lo que es seguro que pasa es el dinero del bolsillo del crédulo al del autodenominado médico homeópata. Y mucho dinero, contando que el coste de elaboración de las píldoras de lactosa debe ser próximo a nada.

En ciertos países (Alemania, sin ir más lejos) la homeopatía forma parte de la medicina oficial. Este último argumento se ha esgrimido contra los míos en una discusión con (o debería decir “contra”) una persona partidaria de la homeopatía. Es como argumentar que Berlusconi es una buena persona porque es primer ministro de Italia, elegido democráticamente. La democracia aplicada a la verdad. No recuerdo si me pareció cómico, patético, triste o indignante. Lo resolví bebiéndome otra cerveza, de dos tragos, a ver si se me pasaba el mal ídem.

Antes de despedirme, mencionaré el hecho de que a muchas personas la homeopatía les ha ayudado. Bueno: habéis oído hablar del efecto placebo? Pues lo dejo para un próximo número.

Weblografía:
- Por qué no creo que la homeopatía sea efectiva, por Ferran Tarrasa
- homeopathy en el Skeptical Dictionary
- ¿Es efectiva la homeopatía?, en la página de ARP-SAPC

20031019

Elogio (relativo) del suicidio

Hace unos 10 años, una amiga mía, Pilar, se suicidó. El motivo no me quedó muy claro, aunque creo que tenía que ver con su vida en pareja. Tampoco es importante. La verdad es que fue un golpe duro; Pilar era una chica encantadora y afable, a la que todos queríamos un montón. Pero ella decidió disponer de su vida. No le deseo a nadie pasar por un trance así. Bueno, miento: a casi nadie.

A raíz del suicidio de Pilar reflexioné bastante sobre el suicidio. Es obvio que se trata de un acto que afecta en una medida extraordinaria a las personas que rodean al suicida, ya sean su familia, sus amigos o sus compañeros o asociados de trabajo, cada uno de una forma distinta. Pero permitidme una reflexión ajena a las personas allegadas, una reflexión acerca de la esencia del suicidio tal como yo, no filósofo, la entiendo.

El cristianismo y, según tengo entendido, también otras religiones, abominan del suicidio y, de hecho, condenan a la excomunión y al enterramiento en terreno no santo a aquellos cristianos que se suiciden. La puesta en efecto de tales medidas punitivas es, en la actualidad, más bien laxa, pero no creo que haya que retroceder más de 40 o 50 años para encontrarnos con que, de laxitud, nada de nada. El motivo de tal anatematización es el siguiente: la vida no pertenece a las personas, sino que es una gracia divina, un don del que no podemos disponer, puesto que no es nuestro, sino de Dios (me refiero al tipo éste con un triángulo en la cabeza y un ojo en el interior, según la iconografía que tienen en mente el 95% de los creyentes). Ergo, básicamente la cosa viene a ser como que te presten un coche y lo lances por un barranco: está feo esto de destruir los bienes ajenos.

A raíz del lavado de cerebro sistemático al que la iglesia ha sometido a la población durante una serie de siglos (y de la bobez reinante), la ética occidental ha quedado imbuida de un sentimiento de rechazo hacia el suicidio. No se habla de él y, cuando se toca el tema, a menudo surge el lugar común estúpido de "hace falta más valor para seguir viviendo que para suicidarse", dicho así en general como si fuese válido para todos los casos. La realidad es que, como todos los lugares comunes, sólo sirve para alargar conversaciones estériles.

Veamos: si el suicidio te ha tocado de cerca, es evidente que hubieses preferido que no hubiese sido así. Pero no estoy hablando de eso. Estoy hablando de lo siguiente: en una ética laica y dejando aparte consideraciones relativas a las personas cercanas a uno mismo, la libertad para disponer de la propia vida es un derecho fundamental de la persona. Después de perderlo todo, dignidad incluida, lo último, lo que queda en el fondo del saco, es nuestra propia vida. En nombre de qué fantasía mística se les puede negar a las personas algo tan esencial? Y, en caso de incapacidad física para disponer de la vida, cómo es posible que se nos niegue legalmente la posibilidad de alienar este derecho de forma voluntaria? Me refiero a los casos de enfermos graves que deciden que prefieren morir pero carecen de la capacidad física de acabar con su propia vida. Al parecer, se nos puede obligar legalmente a vivir. Qué aberración es esa? Acaso se nos puede obligar legalmente a amar? Somos personas para unas cosas y objetos para otras?

He dejado voluntariamente para el final cierto tipo de pseudosuicidio: me refiero al que algunas personas utilizan como herramienta para buscar la atención de los demás. Suele consistir en atiborrarse de pastillas para dormir o de lo primero que pillan por el botiquín de casa. Me parece una forma frívola de tratar con la vida y con la muerte, la verdad, y creo que no tiene mucho que ver con lo que he intentado decir en estas líneas.

Por cierto, una curiosidad: existe un grupo de news, alt.suicide.holiday o a.s.h, dedicado a la reflexión y el debate sobre el suicidio. Tienen una curiosa página web de archivo que incluye un completísimo listado de métodos de suicidio para aquellos que se tomen la muerte en serio. Feliz vida o feliz muerte, lo que decidáis.