20031127

Traidores

No me gusta el fútbol, ni verlo ni jugarlo. Me aburre soberanamente, no lo entiendo demasiado bien y me asquea el ambiente futbolero, la prensa deportiva y las peñas. Aún así, confieso que soy del Espanyol, aunque no sé quiénes son sus jugadores, qué cara tienen, qué posición ocupa en la tabla (aunque ahora creo que va último, nada raro) ni cómo se llama su entrenador. Lo del Espanyol es algo así como tradición familiar; mi padre era periquito y solíamos ir juntos a ver los partidos, pero el fútbol me daba igual, a mí lo que me molaba era pasar la tarde con mi viejo. También hay una parte de espíritu tocapelotas: los triunfadores siempre me han dado grima, por lo que la sola idea de ser seguidor del Barça me provoca sarpullidos. Uno de mis mejores amigos es, en cambio, hincha perdido del Barça. Pertenece, por tanto, al sinnúmero de personas que calificaron (y califican) a Luis Figo (ese tío guaperas de la foto) de "traidor" por haberse dejado fichar por el Real Madrid, eterno rival.

Traición es una palabra del calibre 183 (como Margarita Rodríguez Garcés). Se puede aplicar con propiedad a un amigo que te clava una puñalada por la espalda, a una pareja que te pone los cuernos mientras te jura que eres el hombre de su vida o a un general que, después de haberse comprometido a defender un estado, se levanta en armas y monta una carnicería de tres años de duración.

Luis Figo es un futbolista portugués. Jugó en el Sporting de Lisboa antes de pasar por el Fútbol Club Barcelona. No me cabe la menor duda de que se encontraba bien en esta ciudad; es lo que le suele pasar a cualquiera que esté podrido de pasta y viva en una ciudad semicivilizada en la que se encuentra más o menos de todo y se puede adquirir todo aquello que se pueda pagar. En un momento determinado, el Real Madrid ofreció a Figo la oportunidad de jugar en el equipo. Supongo que la oferta económica fue sustanciosa, suficiente como para tomarse la molestia de cambiar otra vez de ciudad y de ambiente. El caso es que Figo, futbolista de profesión, ejerció su derecho a venderse al mejor postor (mejor desde su punto de vista, desde luego) y se largó a Madrid. Buen viaje.

No creo que Figo imaginase la reacción desmedida, estúpida e irracional que su marcha a Madrid iba a provocar entre los aficionados del Barça. Se le insultó de muchas formas, algo habitual en estas circunstancias, pero el insulto que más se oyó, se oye y, por lo que parece, se oirá, es "traidor". Ese "traidor" que se reserva a aquellos a quienes se ha otorgado la confianza y abusan de ella. Justo lo contrario de lo que hace un jugador de fútbol de élite, cuya filosofía del trabajo viene a ser: si A paga más que B, trabajo para A; si A me cae mal y me lo puedo permitir, trabajo para B; si no me da la gana, no trabajo ni para A, ni para B, ni para las putas madres que parieron, respectivamente, a ambos.

Compadezco a los aficionados que no saben, o no quieren, ver que el fútbol es un espectáculo que mueve cantidades ingentes de dinero, y que los actores de este juego se mueven al son del euro. No estamos hablando de equipos de barrio, nutridos del esfuerzo de amateurs que deciden pasar su tiempo de ocio practicando un deporte. Esto es un *negocio*, y se rige por la ley sin ley del *capitalismo*. Traición? Despierta, tontín, y sacúdete tu analfabetismo funcional. Puede gustarte o no gustarte, pero los futbolistas de élite son mercenarios y, obviamente, ofrecen sus servicios a quien les ofrece una mejor compensación a cambio de los mismos; en general, económica. Cuando hayas aprendido eso, cacho tarugo, pasaremos a la segunda fase: la suma llevando y la resta sin llevar.

20031111

Esoterismo

El fin de semana pasado se celebraba por aquí la 15 edición de la Feria Esotérica Internacional Magic 2003. Ya hacía unos años que tenía curiosidad por visitarla, de modo que el sábado R., mi amigo J. y yo nos llegamos al Palau Sant Jordi para echar un vistazo. J. tiene contactos en todos lados, así que consiguió unas invitaciones y nos ahorramos los 7 € de la entrada.

La feria ocupaba un recinto no muy grande anexo al Palau Sant Jordi, y lo primero que noté fue lo siguiente: allí dentro había mucha gente. Pero mucha. Miles de personas. Abarrotado, estaba aquello. Como J. reflexionó, si una cosa queda meridianamente clara es que el negocio esotérico mueve una cantidad en absoluto despreciable de dinero. Cabe decir que había más mujeres que hombres, pero no os creáis el mito: el porcentaje de hombres, aunque no era del 50%, era alto.

La feria en sí la constituían un centenar mal contado de stands de distintos tamaños. El predominio de las (casi siempre mujeres) tarotistas era obvio. Mesita, dos sillas, baraja de cartas y poca cosa más era todo lo que necesitaban estas modernas brujas para realizar su trabajo. Los precios de las tiradas variaban más o menos entre 10 y 20 euros, aunque tampoco presté mucha atención. El modelo estético Aramis Fuster se imponía: cabellos de tonos rojos/lilas/violetas, ropa vaporosa u orientalizante, maquillaje excesivo. Un número significativo de adeptas se apuntaban al mismo patrón. Daba un poco de grima.

Al fondo del recinto se encontraba la sala de conferencias, en la que "expertos" de diversos pelajes desgranaban sus exiguos conocimientos entre un proceloso piélago de lugares comunes, esdrújulas mal usadas y sobreabundancia de adjetivos. La intención: marear la perdiz y dar la impresión de que se han dicho cosas muy importantes. Ésa fue, al menos, la impresión que me llevé de los 20 minutos de conferencia acerca de "Los secretos de la gran pirámide", por Manuel Delgado, un tipo notable dentro del submundillo de los piramidiotas y dotado de una gran habilidad para no decir nada sin parar de hablar. Me llevé una decepción, ya que J. me había contado que había oído a Delgado decir los mayores embustes, en cadena y sin pestañear, pero ese día no debía estar muy inspirado. No es que no dijese bobadas, es que no fueron nada espectaculares. Vaya pérdida de tiempo, y encima sentado en el suelo, porque la sala estaba superpoblada.

Junto a la sala de conferencias, algún listillo (creo que el tal Delgado estaba implicado, porque no perdió la oportunidad de hacer publicidad al respecto) había montado un decorado de cartón piedra a (burda) imitación de un templo egipcio, con busto faraónico incluido, y cuya utilidad, al parecer, era "cargar" de energía cósmico/telúrica, sea lo que sea eso, un escarabajo de piedra azul que podías adquirir en el stand de información, a la entrada. El número de personas dispuestas a pasar por esa copia ful con exceso de purpurina para activar su escarabajo bastaba para colapsar uno de los cuatro pasillos de la feria. Junto a ellas, tres macizas plus lidiaban con la muchedumbre repartiendo folletos de una distribuidora de artículos erótico-esotéricos (?). Extraño matrimonio. En ese mismo pasillo, un tío con un desaseado aspecto de okupa agredía los tímpanos de una forma lamentablemente arrítmica con su tambor de don Nicanor. Creo que su intención era parecerse a esos grupos de folklore japoneses que tocan los tambores; huelga decir que el individuo fracasaba por completo. Debo admitir, sin embargo, que no dejaba indiferente: a mí, sin ir más lejos, me dieron ganas de meterle las baquetas por el esfínter anal, post-embadurne con chile verde.

Los esotéricos mediáticos destacaban claramente sobre los demás, tanto por el tamaño de sus stands como por la acumulación de gente en ellos. Principalmente, dos grupos: la profesora Rossana, patrocinadora del evento y musa del recontracutre Canal 25, y sus empleados/secuaces; y Mariló Casals y Joaquim Teixidor, los brujos residentes de la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, léase TV3 y Catalunya Ràdio. Tengo la sensación de que sus mercados son muy dispares: mientras que Rossana explota el mayoritario sector de marujeo de segunda regional, heredero de los rulos y la bata de boatiné, Mariló y el "senyor astròleg" se dedican más bien al sector finolis y de la ceba, menos numeroso pero de mayor potencia financiera. O esa es, al menos, la impresión que causan. La tal Rossana no es capaz de hilar tres palabras seguidas sin agredir con saña al DRAE y a la gramática de Manuel Seco, revelando con claridad meridiana dos cosas: que el rollo éste de la cultura lo aplazó para una vida posterior, y que ni puta falta que le hace para su negocio, porque recientemente ha abierto un Punto de Encuentro Esotérico en el Paral·lel de Barcelona, con 1.000 m2 de superficie. No está mal, aunque como delincuente con local comercial Mario Conde la supera de lejos (pero éste tiene preparación académica). El poder de Rossana, poder de convocatoria específicamente, quedó patente al salir de la pseudoconferencia sobre pirámides: una kilométrica cola de personas esperaban para asistir al siguiente acto celebrado en la sala, que protagonizaba la susodicha.

Tuve también el placer de volver a ver a una bruja con la que medio me las tuve hace año y pico en un mierda-programa de Antena 3, Otra dimensión, y a la que mi amigo J.M. bautizó, de forma muy acertada en mi opinión, como Godzilla. Ésta es, si cabe, aún más burra que Rossana, y ni siquiera tiene un libro llamado Nací bruja, como la otra. Aunque tampoco parece muy necesario: a mí me resultó obvio que era una bruja desde el instante en que la conocí (y eso que no fue, que el Gran Pitufo me libre, en el sentido bíblico). Tampoco tenía aspecto de necesitar muchas luces, a tenor de la cantidad de clientes que esperaban ser recibidos (y timados) por ella.

El festival se completaba con diversas variantes de lo mismo: velas "preparadas" (los católicos también llevan siglos con el rollo de las velitas), altares candomblé, fuentes de los deseos por el módico precio de 1 €, fotografías del aura (si te pees durante la foto salen más colores, fijo) y muchas más. Incluso había un sujeto que vendía un Manual de escepticismo en el que ridiculizaba ciertas actitudes de los escépticos (no sé por qué lo haría: la guerra está perdida de antemano y los ganadores no somos los escépticos), con un sentido del humor no muy refinado, acorde con la capacidad mental promedio de sus (dos docenas de) lectores potenciales y la suya propia.

En fin, no sé qué más añadir. Una cosa es obvia: la mayoría de la gente necesita creer. Quizá sea una salida fácil para olvidar sus dificultades para llegar a fin de mes, sus problemas de salud, su analfabetismo funcional (cuyas manifestaciones más evidentes pueden captar incluso ellos), sus vidas de mierda en definitiva. También habrá, estoy convencido de ello, motivaciones menos truculentas. El mercado, en todo caso, existe, y en gran cantidad. Si no tienes escrúpulos, ¿a qué esperas para explotarlo? En el fondo, se lo merecen.