20050425

La legitimación del robo

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, un grupo de facinerosos, mayormente de uniforme, se rebelaron contra un gobierno democráticamente elegido y legalmente constituido. Tras tres largos años de guerra, los facinerosos en cuestión se alzaron con la victoria y, no-sorprendentemente, la serie de desmanes en nombre de dios y de la patria prosiguió. Muchas vidas terminaron contra paredes anónimas, a manos de hombres y de armas cuya misión era defenderlas. Y se robó y se expolió, a menudo por simple humillación.

En el párrafo anterior hay dos licencias poéticas, que pasaré a revelar para los menos despiertos: ni hace mucho tiempo, ni fue en ninguna galaxia lejana. Fue hace 70 años, y el lugar era España. Aunque se puede uno extender durante volúmenes enteros hablando de la maldición que fue la guerra civil, quiero referirme únicamente a un tema que ahora está de nuevo de actualidad.

Tras la derrota del gobierno de la república (que, repito de nuevo por si a alguien se le había olvidado, era un gobierno legalmente constituido y elegido en sufragio universal), los delincuentes que entonces detentaban el poder decidieron despojar a la Generalitat de Catalunya, el gobierno autónomo del país en el que me encuentro, de sus archivos, y llevárselos a otro lado. Podrían haberlos dejado aquí, en el mismo sitio en el que estaban, puesto que la zarpa de su dominio incluía la ciudad de Barcelona, pero no hubiese sido lo mismo. Lo que hicieron transmitía un par de mensajes que ellos deseaban transmitir: el de la arbitrariedad y el de la impunidad; o, dicho con palabras sencillas, lo hago porque me sale de los cojones y al que me tosa le pego un tiro en la boca del estómago. La expoliación y traslado tenia también un propósito mucho más macabro: facilitar el examen de los documentos para la identificación de "elementos subversivos" y su posterior detención y, en muchos casos, ejecución.

El retrasado mental que tuvo la sartén de España por el mango durante casi 4 décadas ya hace mucho tiempo que cascó (desgraciadamente el traspaso tuvo lugar en la cama, aunque por fortuna el sujeto fue concienzudamente puteado por los médicos durante sus últimas semanas de vida; no es lo que yo llamaría justicia poética, pero menos da una piedra). Muerto el perro y pasada la transición y el ruido de sables, parecía un hecho simple que el botín del robo antes mencionado, que había sido trasladado a Salamanca, fuese devuelto a sus legítimos propietarios, es decir, la Generalitat de Catalunya, para que lo administrasen a su conveniencia. Bueno, puede que en un mundo ideal suceda eso, pero en este las cosas son distintas.

Por algún motivo, una parte importante de los salmantinos (y de los no salmantinos) perciben la devolución de un material que fue robado como un robo a su vez. Gentes de muy diversos colores políticos (uno podría pensar que todo son tonalidades del azul, pero se equivocaría de medio a medio) han emitido todo tipo de barbaridades para justificar la permanencia en esa muy universitaria ciudad del producto del expolio faccioso. Baste recordar la frase más tristemente famosa de todo el asunto, la pronunciada por Gonzalo Torrente Ballester en 1989 desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca durante una manifestación, en el sentido de que aquellos papeles pertenecían a los salmantinos por derecho de conquista. Pudiendo elegir los gozos, Torrente se decantó, vergonzosamente, por las sombras.

La semana pasada, el gobierno de España decretó la devolución de esa documentación robada, los llamados "papeles de Salamanca", a la Generalitat y a los particulares (no así a los ayuntamientos, por motivos que se me escapan). Aunque es evidente para cualquier persona razonable que se trata de un acto de justicia, los ladridos de los detractores seguirán, se hablará de destrucción del archivo, de fraccionamiento de la memoria histórica y, sobre todo, se volverá a decir que el gobierno está a merced de los insaciables separatistas catalanes, que lo quieren todo para ellos. Todo ello en un intento de justificar lo injustificable: la conservación del producto de un delito.

Muchos creían que el franquismo había acabado con la muerte del susodicho. Qué gran error. El franquismo es una actitud, una forma de vida, la realización del grito muera la inteligencia, viva la muerte que Millán Astray vomitó en una de las aulas de la universidad de esa misma ciudad de Salamanca. En muchos lugares, en muchas cabezas, está tan vivo como lo estaba en 1940. Pensar en ello me da miedo.

20050421

Reflejos
No sé si alguna vez os han hecho un masaje en los pies (conviene llevarlos limpios), pero una vez que me hicieron uno a mí me quedé de un relajado y de un buen rollo... Admitámoslo: lo de que te toquen los pies da gustito. En la película Pulp Fiction hablaban de un tío al que alguien había lanzado por el balcón por haber hecho masaje en los pies a la mujer de Marcellus Wallace, un sujeto no muy recomendable; parece que Marcellus no se tomó muy bien que un gordo samoano le manosease los pies a su churri.

En otro orden de cosas, resulta que un médico norteamericano, William H. Fitzgerald (1872-1942), postuló hace como un siglo que el cuerpo humano estaba recorrido por una serie de "meridianos" aproximadamente paralelos al eje de simetría y que terminaban en las manos y en los pies. Según él, los distintos órganos del cuerpo se "reflejaban" en zonas de los pies o de las manos (en realidad es más genérico que eso) y la estimulación mediante masaje de estas zonas podía ejercer efectos curativos sobre los males que aquejasen a dichos órganos. No es muy distinto de los canales de circulación de energía vital, "chi" o "ki", en la que buena parte de la medicina tradicional china sienta sus bases. Me atrevería a decir que en realidad es lo mismo, reformulado. Estas ideas han dado lugar a una serie de disciplinas pseudomédicas, la más conocida de las cuales es la reflexología podal, pero que incluye diversas variantes, algunas tan sorprendentes como la iridología o diagnóstico por el iris.

Bueno, sucede lo siguiente: esos meridianos son una fantasía. La energía vital, chi o ki, es otra fantasía. Nadie ha detectado nunca la existencia de los unos ni de la otra. Me refiero a una detección fiable, contrastable y científica, no a que un, ejem, terapeuta que se gana la vida con ello afirme que existen. Los sacerdotes también aseguran que dios existe, pero los más razonables admiten que no hay forma de demostrarlo, sino que se trata de una cuestión de fe. Uno puede tener fe en dios, en el ratoncito Pérez, en los reyes magos, en los meridianos y en la energía vital, y cada una de estas fes tiene sus implicaciones. Las dos últimas tienen diversas implicaciones claras, dos de las cuales son el flujo unidireccional de dinero de los bolsillos de los pacientes a los de los terapeutas y la puesta en marcha de un efecto placebo, parecido al que provoca un médico cuando escucha un rato a un jubilado al que ya ni sus hijos hacen caso y le receta alguna tontería inocua. Lamentablemente, el sistema de sanidad pública que ha permitido mejorar el bienestar de muchas personas y alargar nuestras vidas ha supuesto también la cuasidesaparición de la relación de confianza entre médico y paciente que permitía desencadenar este tipo de mecanismos.

La ciencia ha logrado maravillas; estamos rodeados de ellas. El hombre ha puesto su pie en la Luna (que, creedme, está muy, pero que muy lejos). La misma máquina que utilizo para escribir esto es percibida como un puro artefacto mágico por muchas personas. Es casi un proceso natural de la mente humana pensar que, si me duelen los riñones o me ha salido una desagradable erupción de verrugas, la ciencia tiene forzosamente que saber: a) por qué ha sucedido, y b) la forma de remediarlo. Lástima; las malas noticias son que muchas veces, ni se sabe la causa ni se tiene puñetera idea de cuál es el remedio. La magia, es necesario ser conscientes de ello, no existe. Existe gente que se dedica a intentar averiguar cómo funciona el universo y, por extensión, el cuerpo humano, para poder hacer nuestro tránsito por este pedrusco giratorio al que llamamos Tierra lo menos desagradable posible. El camino para averiguarlo se llama ciencia. La fe es otra cosa, y se refiere a menesteres mucho menos tangibles. Es muy peligroso confundir la una con la otra.

La reflexología y sus variantes, del mismo modo que otras medicinas alternativas (aunque yo prefiero designarlas como alternativas a la medicina), sacan provecho de la incompletitud y de la falibilidad de la ciencia médica. Medran en esa amplia franja gris de afecciones que la medicina ignora cómo tratar pero que afectan a muchas personas, y sus practicantes toman el relevo del médico de cabecera al prestar a estas personas la atención que esperan y desean. Es difícil que un enfermo acepte como respuesta no sabemos lo que le pasa y por tanto no sabemos cómo ponerle remedio; lo siento, la vida es dura. Al fin y al cabo, somos humanos y estamos llenos de miedos: al dolor, a la invalidez, a la muerte. Con frecuencia, además, nuestro cuerpo necesita simplemente ese empujón de moral que le permita poner en marcha sus propios mecanismos de regeneración y curación; de ahí que funcione (aunque las causas específicas no parecen estar aún muy claras) el efecto placebo al que me refería: el cuerpo es el mejor médico de sí mismo, y es natural que así sea, porque la medicina se inició anteayer y la especie humana lleva unos cientos de miles de años sobreviviendo.

Sacar provecho de los miedos y las debilidades de los semejantes es crueldad. Apelar a la tradición milenaria, como si antiguo fuese equivalente a cierto, denota una extraordinaria confusión de conceptos. Inventar fantasías o acogerse a las que otros han inventado para tomar el pelo a la gente y así poder pagar tu alquiler, tu pensión alimenticia o tu cocaína es de una extraordinaria ruindad moral. Me corrijo: puede también deberse a ignorancia o a estupidez. Pero eso no es disculpa: si tus actos afectan a la salud de otros, no estás autorizado a ser ni ignorante, ni estúpido. Afectar incluye tanto la acepción activa, efectuando acciones diversas sobre el propio enfermo, como la pasiva, impidiéndole (a menudo mediante un malicioso cultivo de la desconfianza y de la desorientación interesadas) que se ponga en las manos de personas que, aun sin ofrecer garantías de solución, poseen las únicas herramientas válidas: conocimientos contrastados y reflexión racional. Lo demás son cosas de brujas. Por mucho que te guste que te toquen los pies.

Enlaces:

- Artículo reflexology en la Wikipedia
- Artículo reflexology en el Skeptics Dictionary de Todd Carroll
- Información sobre reflexología en Cuadernos de Bioética

20050402

De lunas y períodos
Hace cosa de tres años solía escuchar un programa de radio de madrugada en Catalunya Ràdio, llamado La nit dels ignorants, o sea, La noche de los ignorantes. Se mantuvo un porrón de años en antena, y en los últimos lo presentaba un locutor excepcionalmente competente de nombre Joan Bosch (es curioso que el programa alcanzase su máxima fama cuando estaba en manos de un locutor eminentemente gilipollas y borde de nombre Carles Cuní; ¿será que a la gente le va la marcha?). El programa, como su nombre sugiere, consistía en recibir llamadas en que los oyentes preguntaban cosas que no sabían (generalmente, esas piezas de información inconexas que uno no sabe cómo buscar en los libros) o contestaban las preguntas de otros oyentes. En la época de Internet y Google no sé si tiene tanto sentido un programa así (y de hecho, ha desaparecido de la parrilla esta temporada), pero hace unos años aún lo tenía y, a pesar de que lo emitían de 1:30 a 3 de la mañana, si no me equivoco, y no se trataba de uno de esos programas de confesiones que tan enfermo me ponen, la audiencia era abundante y fiel.

El caso es que, en uno de los programas, una señora muy amable y bienintencionada dio respuesta a una pregunta de otro oyente que se interesaba por el origen de una costumbre ancestral, al menos en Catalunya: que las mujeres con la regla no pueden hacer allioli, porque se corta. La señora sugería que a menudo los días de la regla van acompañados de problemas de salud menores, como por ejemplo febrículas, y que esas décimas de grado de más podían influir en la emulsión de la mencionada y deliciosa salsa, dificultándola o imposibilitándola. Ahí quedó la cosa, y se dio paso a la siguiente llamada. En ella, una joven embarazada a punto de parir se interesaba por algo que había oído decir por ahí: que el parto es más probable en los días de cambio de luna; preguntaba entonces cuándo era más probable que diese a luz, contando que salía de cuentas uno de esos días. Una memez por noche puedo aguantarla, pero dos me superan; lo cuál se tradujo, claro está, en una rápida llamada a la radio.

En ella, y con un tono especialmente amable respecto del que me suele caracterizar, me dediqué en primer lugar a desmontar las razones de la señora del allioli: es obvio que la microscópica influencia de las posibles décimas de fiebre sobre la emulsión está ordenes de magnitud por debajo de la posible influencia de la temperatura ambiente (y yo he visto hacer allioli en invierno y en verano), de la de los huevos (si se utilizan), de la del mortero o de la del aceite. Todo ello sin mencionar el hecho de que la mano del mortero suele ser de madera, un magnífico aislante térmico. La verdad es que lo del allioli y la regla es otra de esas supersticiones idiotas que es necesario torpedear a la menor ocasión, de forma similar a la afirmación profundamente subnormal que dice que las mujeres con la regla no pueden bañarse (de esta creo que ya casi nadie hace caso, afortunadamente).

Después de lo del allioli me dediqué a lo de la luna. De entre los diversos aspectos cretinos de esta segunda superstición, el primero y más increíble es el concepto cambio de luna. La verdad es que nadie tiene ni pajolera idea de qué quiere decir cambio de luna; hay quien piensa que se refiere al paso de menguante a creciente, es decir, el día de luna nueva; hay quien cree que es el paso de creciente a menguante, es decir, el día de luna llena; también hay quien opina que todos los días marcados con lunas en el calendario son días de cambio de luna, lo que nos da un total de cuatro por ciclo lunar. Esto es típico de la, ejem, sabiduría popular: depende de a qué parte del pueblo le preguntes será una cosa o será la contraria, o una mezcla de ambas, cubriendo toda la gama de casos posibles. Así no hay quien falle, claro.

El segundo aspecto es que, independientemente del cambio de luminosidad de la luna a lo largo de sus fases, la hija de puta está ahí entera todas las noches del mundo, con toda su masa y toda su gravedad. Me pregunto si la gente que dice lo del cambio de luna ha ido alguna vez al colegio y le han dibujado un esquema con el sol, la luna y la tierra y la luz que refleja ésta y el motivo de que existan fases. Recuerdo que, cuando yo era enano, uno de mis profesores tomó un día una naranja y una aguja de hacer media y, con la ayuda de una lámpara, nos mostró en directo cómo funcionaba todo esto de la traslación de la luna alrededor de la tierra y de los cuartos, las llenas y las nuevas. No hacía falta tener muchas luces para que quedase meridianamente claro. Pero no: la sabiduría popular se impone. Durante mi explicación en la radio mencioné el hecho de que, si se trata de una influencia de la luz reflejada por la luna, el hecho de que la bombilla de nuestra cocina sea de 60 o de 100 watios tiene una influencia cojonudamente más grande.

Otro argumento que suele aparecer al hablar de la luna es lo de que "la luna gira alrededor de la tierra en un período similar al período de ovulación humano". Vaya, pues qué casualidad. El período de ovulación de las canguras, que yo sepa, no tiene nada que ver con el período de traslación de la luna. Tampoco así el de las elefantas, ni el de las camellas. Me pregunto qué puede tener de especial como mamífero el homo sapiens como para plantearse que la coincidencia de períodos es algo más que eso, una coincidencia. Tras unos segundos de pausa (en los que si se presta atención se puede oír un leve chirriar de engranajes), el defensor de los valores de la sabiduría popular suele esgrimir el siguiente argumento de apoyo: "bueno, pero si la luna influye en las mareas, ¿cómo no va a influir en el ser humano, que es casi un 80% de agua?". Entonces es cuando uno respira hondo e intenta a) controlarse para no propinar un codazo lateral al espabilado y b) responder que, al mismo tiempo que se aprendía esa cifra porcentual, podía haber aprendido también que lo que crea las mareas es la gravedad de la luna y que dicha influencia gravitatoria se manifiesta únicamente en grandes masas de agua, en las que existe una diferencia significativa entre la atracción lunar en una de las orillas y en la orilla opuesta. Es esa diferencia la que provoca la subida y bajada de la marea, y por supuesto es inapreciable en masas de agua de pequeño tamaño como un ser humano o una botella de agua mineral (ni siquiera Bezoya). De hecho, es prácticamente inapreciable incluso en el Mar Mediterráneo, que es poco más que un charco al lado de los océanos de verdad.

Pero las personas se aferran a sus creencias (iba a escribir "nos aferramos", pero soy lo suficientemente militante del pensamiento crítico como para poder permitirme el lujo de usar la segunda persona, gracias). Cuando colgué el teléfono faltaban unos 20 minutos para el final del programa de radio. No sé cuántas llamadas entraron después de la mía, pero todas ellas se dedicaron a manifestar (a veces de malos modos) lo muy equivocado que estaba y la poca idea que tenía de las cosas de la vida. Las argumentaciones racionales fueron inexistentes, claro; ¿quién necesita argumentos cuando se posee la verdad de la tradición para uso y disfrute de propios y extraños? Recuerdo especialmente a uno de los oyentes que, después de decir que qué coño sabría el informático ése (se refería a mí, claro; el "de mierda" no se oyó, pero estoy convencido de que lo pensó fuerte), explicó que su madre había tenido un restaurante toda su vida y que nunca, jamás, había hecho allioli en los días en que tenia el período. Estuve a punto de volver a llamar, sólo para preguntarle que, si no lo había hecho nunca jamás, cómo sabía que se cortaba. No lo hice, claro. La mayoría no quiere explicaciones racionales; prefiere los cuentos de viejas. Los mismos cuentos de sus padres, de sus abuelos y de innumerables generaciones de ignorantes; en definitiva, de esclavos.

PS: Como curiosidad, tengo por aquí una hoja de Excel con estadísticas de nacimientos en Aragón día a día entre el 1 de enero de 1991 y el 12 de diciembre de 1993. Oh, vaya: no hay correlación alguna entre las fases de la luna y el número de partos. ¿Alguien pensaba lo contrario? Oye, ¿no te habrás equivocado de blog?