Estaba mirando hace un rato un capítulo de la serie "Dexter" (altamente recomendable, una serie con enjundia, no apta para los fans de la abundantísima comida basura televisiva); en un momento dado, el padre de Dexter le dice: "Será mejor que entres, chico. Se acerca una tormenta.";
acto seguido se pone a llover torrencialmente. Me ha gustado recordar eso, porque la serie transcurre en Miami, y fue Florida el destino de mi primer viaje a los USA, hace ya como diez años. Era el mes de septiembre, si no me equivoco, y el calor era de horno de panificadora, y tan húmedo que los mosquitos, más que volar, nadaban. Cada tarde, sin fallar ni una sola, descargaba una de esas tormentas tropicales que uno espera que descarguen en los trópicos -pero que es, de todos modos, un espectáculo bello y extraño. El agua caía en espesas cortinas, no con violencia, sino más bien con abundancia, casi diría que con generosidad. La sensación era inquietante; parecía que la naturaleza se hubiese hecho cargo de tu civilizado entorno inmediato por unos minutos. Yo no recordaba haber vivido una cosa semejante; mejor dicho, quizá sí, en alguna nevada, pero las nevadas no suelen suceder *cada tarde*, al menos no en ningún lugar donde yo haya estado, y esa periodicidad, esa seguridad de que al día siguiente aquello sucedería de nuevo, era una de las características esenciales del fenómeno. En aquella época yo solía salir a correr; un día del fin de semana, en que no trabajaba, salí a correr por la tarde y, calculando mal, me encontré demasiado lejos de mi apartamento en mitad de la tormenta vespertina. Huelga decir que llegué mojado hasta el alma; la lluvia caía sobre mí como si algún demoniejo cabrón me estuviese tirando sobre la cabeza cubos de agua especialmente dedicados a mi persona; me resultaba difícil creer que en el metro cuadrado de más allá estuviese cayendo la misma cantidad. Pero el agua era cálida y, superada la línea del empape, debo incluso decir que aquello no era desagradable.Ha pasado mucho tiempo y no creo que ahora me gustase ni gota esa especie de ducha escocesa vertical; también hace años que no practico deporte alguno. Pero ha sido gracioso recordar la sensación, y una excusa tan buena como cualquier otra para romper mi -gratuito- silencio de 10 meses en esta palestra pública.