20080904

Breves biografías iconoclastas - Hoy: Jesucristo
Jesucristo nació en Belén el 1 de enero del año 1 (o sea, 1-1-1; no parece una fecha de nacimiento, sino más bien las medidas de algún artrópodo). Eso es bastante práctico, para qué negarlo. Y además es una de las fechas de nacimiento más molonas de la historia. Siempre ayuda cuando te la asignan a posteriori, claro.

Su padre se llamaba José y era carpintero, y su madre virgen, que al parecer era un trabajo a tiempo completo. Bueno, su padre no era bien-bien su padre, sino su supuesto padre (pater putativus, de ahí que a los josés se les llame pepes; para que digáis que no se aprende nada en mi blog). Su padre de verdad era una palomica. Que resulta que era él mismo, y además un señor con un triángulo en la cabeza, que se había pasado todo el antiguo testamento muy cabreado. Con lo de la paternidad se le pasó, a pesar de que su hijo era él, y además también la palomica. Si todo esto os parece muy confuso, le podéis pedir aclaraciones al tío que vive aquí, por ejemplo. Seguro que está encantado de responderos, o de enviaros a su delegación territorial más cercana para que os lo expliquen y os quedará claro como un gazpacho de 2 euros.

Bueno, al tema. Este tal Jesucristo se ve que era judío, y vamos, no dejó de serlo nunca, pues no hay constancia de que apostatase (que seguro que en aquella época no era una cosa muy sencilla de hacer). Se ve que se vino a dedicar a lo de trabajar la madera y la ebanistería hasta que le dio porque se aburría. Entonces se hizo una panda y se fue a hacer el jipi por Galilea. La gente del lugar, que carecía de tele o radio debido al atraso inherente a la época iban a escucharlo cuando le daba el ramalazo (frecuente) de ponerse a chamullar en voz alta sobre cosas incomprensibles, como "bienaventurados los gansos" ( (c) Monty Python).

Cierto día les dijo a sus amigos que se quedasen si acaso un rato por aquí, que él se iba al huerto de los olivos (que habría más de uno, supongo, pero creo que se refería a uno concreto, si no seguro que hubiese dicho "un huerto de los olivos") a chatear con su padre, que era al mismo tiempo él y la palomica, no lo olvidemos. Uno se pregunta qué droga nueva habría descubierto ese día, que no le apetecía compartir con sus colegas. Yo mismo me lo preguntaría, incluso. Mientras tanto, sus amiguetes se quedaron dormidos por ahí, en plan jipi, que era lo suyo. Menos uno, un tal Iscariote, Judas de nombre de pila, que decidió que a los jipis les podían dar mucho por el culo y que él se iba a correr una juerga tremebunda con la recompensa que los romanos daban por Jesús. Se ve que en aquella época 30 monedas de plata era un dinero, o dos. Luego parece que los legionarios le preguntaron a Simón, que era uno de los amigos, expescador y ahora jipi, que si conocía a Jesús, y él dijo que si acaso que no le tocasen lo que no sonaba, que estaba ahí tan tranquilo antes de que viniesen a reprimirlo. Los legionarios, que muy listos no sé si eran pero al menos eran romanos y no putos jipis de mierda, no se fiaban mucho, así que se lo preguntaron un par de veces más, y el tío que no que no. Luego cantó un gallo, porque se ve que lo del interrogatorio era muy temprano.

En fin, que gracias a la diligencia de Iscariote, los legionarios finalmente le echaron el guante al cabecilla, que venía a venir siendo Jesucristo, y se lo llevaron al pretor Poncio Pilatos, que anda que no tenía el tío cosas que hacer como para que le viniesen sus sorchis que a ver que hacían con el peludo. Pilatos hizo lo único razonable: lavarse las manos antes de sentarse/tumbarse en su triclinium para comer y enviar al otro a la zona habitual de ejecución, a que le diesen lo suyo. Y bueno, ya lo creo que se lo dieron: lo hicieron cargarse la cruz a la espalda y venga, monte Calvario arriba. Bueno, se ve que antes le dieron de hostias con un látigo y le pusieron una corona de espinas, que eso no debe de dar ningún buen rollo. Bueno, el caso es que llegó a la cima del monte ese, que debía de oler como las letrinas de un galeón pirata, entre el amor a la higiene de los locales y los cadáveres de gente en descomposición, y lo clavaron a la cruz y lo pusieron de pie. Bueno, pusieron de pie la cruz. Entre la solana que pegaba y lo incómodo de la postura, pues el tío se murió, no sin antes decir una serie de cosas que tenían casi tanto sentido como lo que solía decir en sus discursos públicos previos. Antes de que se muriese, un legionario que se aburría (no me extraña) le dio un lanzazo, que total debió ser para pasar el rato, porque ya se iba a morir igual, y otro le dio a beber hiel y vinagre, que claro, es algo que todos los legionarios romanos solían llevar encima por si algún crucificado pedía de beber antes de palmar. Luego su madre y su churri se llevaron el cadáver y lo envolvieron en una sábana. Y ya está. Es lo que pasa cuando te mueres, que ya está. Bueno, hay una serie de miles de millones de personas que dicen que no está, que a los tres días se levantó y se puso a levitar, pero claro, lo que tiene la realidad es que no es nada democrática. Levantarse después de muerto, no se levanta ni tu puta madre.
¿Agnóstico yo?

Servidor ha estado un mazo de años definiéndose como agnóstico. Pensaba yo: "Coño, si no creo que exista dios, igual de poco razonable es creer que no existe". Buena lógica, digo yo. Eso sí, si alguien me hubiese pedido que asignase una probabilidad a la existencia de ese ente, habría puesto un gúgol de ceros después de la coma y antes del 1. Pero esa pregunta no solía surgir. Casi todo el mundo (bueno, la reducidísima parte del mundo con la que he tenido esta conversación) se quedaba contento con lo de agnóstico y, pienso yo, con la idea de "mira qué tío más equilibrado y sensato, no dice ni que sí ni que no". Que para la mayor parte de homo sapiens se traduce mental y automáticamente en una probabilidad de 50/50.

Por suerte, acabo de leer "The God Delusion" (aquí se ha traducido como "El espejismo de dios") de Richard Dawkins. Este biólogo británico es conocido por su libro "El gen egoísta" y por su ateísmo militante. El libro, como todo lo que toca Dawkins, es brillante, claro en la exposición y de lectura agradable. En él habla, entre otras cosas, de las definiciones de ateo y creyente, y dice la siguiente frase, "I am agnostic only to the extent that I am agnostic about fairies at the bottom of the garden" ("Soy agnóstico [respecto de la existencia de Dios] en la misma medida en que lo soy respecto de la existencia de hadas en el jardín"). Como el propio Dawkins menciona, los ateos carecemos de fe, y la razón sola no basta para adquirir la convicción plena de la inexistencia de cualquier ente. Dawkins propone una "escala de fe" desde el creyente que afirma con certeza plena la existencia de dios (no, no pienso escribir dios con la inicial mayúscula) hasta el ateo que afirma con certeza plena su inexistencia; estos últimos son escasos, por el motivo que he mencionado, a diferencia de los primeros, que son muy numerosos. Es así juicioso, dice Dawkins (y yo estoy de acuerdo) llamarse ateo sin necesidad de entrar en el poco razonable ámbito de la fe "al revés" que consistiría en afirmar con convicción la inexistencia de ese ente. El grueso de mis amigos ateos (que son el grueso de mis amigos) estarían, creo yo, en el mismo ámbito en el que yo me coloco.

"The God Delusion" está preñado de ideas que habían pasado por mi cabeza en forma no elaborada ni sofisticada. El envidiablemente preciso y ameno verbo de Dawkins me ha ahorrado muchas horas de reflexión, y para eso sirven los libros. "The God Delusion" me ha abierto mucho los ojos acerca de determinados aspectos de la fe (o de las fes, si se quiere) y me ha descubierto algunos autores de los que había oído hablar, pero de los que no había leído nada (ni lo he hecho aún, de momento, pero eso se resolverá pronto): Sam Harris, Daniel Dennett, Michael Shermer, entre otros. También ha acentuado mi admiración por Dawkins, que debe de ser una de las personas con la cabeza mejor amueblada de la historia. Y sobre todo, ha servido para que abandonase mi, hasta cierto punto, cobarde autodefinición de agnóstico, que provocaba más de una sonrisa de condescendencia, y "abrazase" mi condición de ateo.