Acabo de pasar unos días de vacaciones en Madrid. Una de las cosas que me fascina de las grandes ciudades son las librerías, y más aún, las librerías de lance. Sumergirse en una montaña de libros viejos me produce, creo yo, la misma sensación que debió poseer a Alí Babá después de pronunciar Sésamo, ábrete por primera vez, o al tío Gilito al inaugurar con una zambullida su primera piscina de dinero. Cierto que los tesoros de Babá y los dólares de Gil Pato eran todos valiosos, y la mayoría de libros de una librería de lance no interesan ni un carajo ni a mí ni a casi nadie. Razón de más para tener los ojos abiertos en busca de tu tesoro particular.En Madrid hay muchas librerías de lance, pero a mí me gusta especialmente pasear por los puestos al aire libre de la Cuesta (o costanilla) de Moyano, junto al Jardín botánico y muy cerca del Prado. Allí he comprado de todo, desde una biografía de Siniestro Total que escribió Jesús Ordovás hasta unas "Cartas a un escéptico" publicadas en los 50 en el diario Pueblo o incluso una edición en español del Libro Rojo de Mao, ¡editada en China! por 3 euros. En un mundillo donde el regateo es lo habitual, yo debo de ser el único primo que paga siempre lo que dice la primera página por vergüenza. Pero no me importa: de todos modos, nunca suelo comprar libros suficientemente antiguos y caros como para que valga la pena regatear.
Hace unos años hicieron obras en la costanilla y trasladaron las paradas a la pared limítrofe, en el Paseo de Recoletos. Hubo rumores de que se iban a quedar allí, pero no: en 2007 regresaron a su antiguo enclave, reformada la calle y reformados los puestos. Ahora es una calle peatonal, lo que la hace aún más agradable, y los puestos están radiantes (radiantemente grises, sí, pero radiantes). Los libreros de la costanilla suelen ser proclives a la conversación, y conocen su mercancía. No sé hasta qué punto se ganan bien la vida, pero bueno, ahí siguen. Muchos venden también a través de iberlibro.com -que es ideal para encontrar rarezas- y supongo que eso ayuda.
En Barcelona, en la calle Diputació, detrás del edificio antiguo de la Universidad, teníamos también unos cuantos puestos de libros viejos. Con los años han ido languideciendo, y creo que ya sólo quedan un par que venden, sobre todo, revistas porno viejas. Recuerdo que el más cercano a la calle Balmes tenía una buena provisión de ciencia ficción y, si mirabas con atención, hasta podías encontrar una primera edición de "Lágrimas de luz" publicada por la mítica Dronte. Ahora da pena pasearse por allí; los borrachos que salen de los numerosos locales vecinos suelen usar los rincones de los puestos de libros como urinario improvisado los fines de semana. El encanto del papel impreso remojado en cerveza parcialmente procesada. Quiero mi costanilla de Moyano.